Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 25. Gabriel
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25. Gabriel

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S oy un hijo de puta desquiciado, y si Sarah llega a descubrir alguna vez lo que ha pasado esta noche, me pedirá el divorcio sin dudarlo.

Sé que mi hermano está mirándonos entre las sombras desde que nos trasladamos a la isla de la cocina.

Lo sé, y aun así he continuado follándome a mi mujer hasta que se ha deshecho entre mis brazos.

Quería que Stefano viera lo preciosa que es cuando su rostro está desfigurado por el placer. No, quería que mi hermano viera que ya no le pertenece, que es mi nombre el que grita cuando está teniendo un orgasmo.

Quería que se enterase de una puta vez de que Sarah ahora es mía.

—¿Qué cojones haces ahí? —grito, intentando cubrirla con mi cuerpo— ¡Largo!

—No sabía que te iba el exhibicionismo, hermano... —bufa Stefano dirigiéndose al frigorífico— He venido a por una botella de agua, si no quieres que te vean follándote a Sarah, hazlo en tu puta habitación.

“Sarah”, no “tu mujer”. El hijo de puta se niega a aceptar que ahora estamos casados.

—Mi mujer —le corrijo—. ¡Sarah es mi mujer!

—Lo que sea. —Pasa por nuestro lado bebiendo agua—. Buenas noches.

Espero el tiempo suficiente para que vuelva a su habitación antes de apartarme. Sarah está temblando pegada a mi cuerpo, y me maldigo mil veces por haber sido tan hijo de puta, por no haber tenido en cuenta sus sentimientos.

Cuando al fin la suelto, salta de la isla sin mirarme y recoge el camisón del suelo para ponérselo rápidamente. Está cabreada, joder, y no es para menos. Me subo los pantalones y enciendo la luz para poder buscar las bragas, que no sé en qué momento le he arrancado.

—¿Estás bien? —pregunto, mirándola de reojo.

—Lo sabías... —me acusa—. Sabías que Stefano estaba mirándonos, ¿verdad?

—¿Qué? ¡Claro que no!

—Desde luego que sí. Ni siquiera te has inmutado cuando me he quedado paralizada al verle.

—Intentaba cubrir tu cuerpo para que no te viera.

—¿Por qué lo has hecho? ¿Es parte de tu retorcida venganza?

—He dicho que no lo sabía. ¿Piensas que me hace gracia que mi hermano te haya visto desnuda?

—No lo sé, dímelo tú —responde cruzándose de brazos.

Me paso la mano por el pelo. Estoy mintiendo, joder. Estoy mintiendo y me conoce tan bien que corro el riesgo de que no me crea, pero tengo que intentarlo. Sujeto su barbilla con los dedos y giro su cara para poder besarla. Al principio ella se resiste, pero no tarda demasiado en rendirse a mí.

—Te juro por Dios que no sabía que Stefano estaba mirando —insisto, apretándola contra mí—. Por si no te acuerdas, no tengo ojos en la espalda. Y si lo hubiera descubierto antes, le habría echado como he hecho ahora. Dime que me crees, cariño...

—Vámonos a la cama.

Se suelta de mi abrazo y camina delante de mí hasta la suite.

No se gira a mirarme, no acepta la mano que le tiendo ni me deja rodear su cintura con el brazo.

Está cabreada, más de lo que nunca antes la he visto, y me preocupa que esto pueda terminar afectando a nuestra relación.

Cuando llegamos a la habitación, hace un gesto hacia el cuarto de baño.

La sigo sin rechistar, me siento en el inodoro como me ordena y permanezco en silencio hasta que se asegura de que mi herida está bien.

—Maldito cabezota... estás sangrando —protesta.

—¿Se ha saltado algún punto?

—Parece que has tenido suerte. Déjame que limpie este desastre para que pueda ducharme. Aún siento el culo pegajoso por el chocolate.

Se aleja de mí, pero la sujeto de la muñeca. Ella me mira, pero no dice nada.

—No lo sabía, Sarah. Te lo juro —insisto.

Ella asiente y busca en el armario del lavabo el botiquín de primeros auxilios. Limpia la herida con clorhexidina y cambia el apósito con cuidado.

—Vete a la cama, no tardo —susurra.

Decido que es mejor no insistir. Si la he cagado —que es lo que parece—, no voy a arreglar nada poniéndola incómoda.

Me dirijo a la puerta, pero le echo una última mirada antes de marcharme.

Me acerco a la habitación de Gabriel para asegurarme de que sigue dormido.

Está tumbado de lado, abrazando a uno de sus peluches con el dedo gordo metido en la boca.

Sonrío. Aparto el dedo de sus labios, lo cubro mejor con las mantas y me doy la vuelta para marcharme, pero su voz me detiene.

—¿Papá?

—Duérmete, campeón. Aún es de noche.

—¿Te quedas conmigo hasta que me duerma?

—Claro que sí.

¿Quién iba a decirme que un niño de cinco años iba a robarme el corazón?

Me siento a su lado en la cama con las piernas estiradas cruzadas, y Gaby apoya su cabeza en mi muslo.

Sonríe, aprieta mi pierna con fuerza en un abrazo y suspira antes de volver a quedarse dormido casi en el acto.

Me quedo un momento allí, acariciándole distraídamente el pelo mientras le observo respirar de forma tranquila.

—¿Qué haces aquí? —susurra Sarah desde la puerta.

No me había dado cuenta de que había pasado tanto rato mirando a mi hijo.

—He venido a echarle un vistazo y se ha despertado —explico—. Ayúdame a apartarlo, me ha inmovilizado con una llave de judo y no me suelta.

Sarah ríe por lo bajo —gracias a Dios— y se acerca para apartar los brazos de Gaby con mucho cuidado.

Cuando me veo liberado, salgo de la cama, la sigo hasta la puerta y cierro con suavidad.

Nos vamos en silencio a nuestra habitación, y Sarah se mete en la cama con un suspiro de cansancio.

Me tumbo a su lado, pero esta vez no me atrevo a abrazarla.

—Sarah...

—Buenas noches, Gab —me interrumpe.

—No quiero que nos vayamos a la cama enfadados.

—No estoy enfadada, solo estoy cansada.

—Entonces mírame.

Sarah suspira de nuevo, se da la vuelta y me mira con la mejilla apoyada en la palma de su mano.

—Si no estás enfadada, entonces dime qué es lo que pasa —le pido.

—Ya te lo he dicho, estoy cansada.

—Te conozco desde el puto día que naciste, Sarah. No me mientas.

—No sé cómo sentirme, ¿de acuerdo? Me prometes que no sabías que Stefano estaba mirando y quiero creerte, pero no sé qué tienes pensado hacer para vengarte de él. Ni siquiera sé qué pinto yo aquí, Gab. A tu hermano jamás le importé.

—Joder, Sarah... ¿Aún sigues pensando que estás aquí por él? ¿Sigues creyendo que me casé contigo por él? ¿En serio?

—¿Y qué quieres que piense, Gab? Llegaste y me dijiste que...

—Me casé contigo porque quería casarme contigo —la interrumpo—. Porque no había nada en el mundo que deseara más que hacerte mi mujer. Estás aquí porque tu sitio está a mi lado, joder. No te necesito para vengarme de mi hermano.

—¿Entonces por qué...

—¡Porque sabía que te negarías a hacerlo si te dijera la verdad!

—Inspiro con fuerza—. Era consciente de que lo último que querrías después de lo que pasaste gracias a los Vitale era casarte con uno de ellos.

Intenté mantenerme alejado durante cinco malditos años, Sarah. ¿Crees que fue fácil para mí?

—Gabriel...

—Vivía para la llamada que recibía de mis hombres a última hora de la tarde, aquella en la que me contaban cómo estabas y lo que habías hecho en el día.

Mi mente no paraba de volver una y otra vez a ti y no tenía manera de evitarlo.

Rezaba para que nunca me dijeran que habías rehecho tu vida con otro hombre y que eras feliz con él.

¿Quieres saber por qué quiero vengarme de mi hermano? Porque me arrebató a la mujer que amo.

Un silencio devastador se instala en la habitación. Sarah me mira con los ojos como platos, y no es para menos. No tenía pensado confesarle mis sentimientos de esta forma, pero las palabras han salido de mi boca sin que pudiera evitarlo.

—Te amo desde aquel año que regresaste de la casa de la playa de tus padres, cuando tenías diecisiete años —continúo en un susurro—. Te fuiste siendo la niña de mis ojos, esa que enternecía mi corazón, y volviste convertida en una mujer preciosa.

Me siento en la cama con la espalda apoyada en el respaldo. Ya no hay marcha atrás, necesita saberlo todo para que entienda cómo me siento.

—Al principio soñaba con besarte —continúo—, fantaseaba con tenerte desnuda debajo de mi cuerpo cada vez que me masturbaba.

Me sentí como un puto pedófilo por desearte porque creciste cogida de mi mano, Sarah.

Y cuando empezaste a salir con algunos chicos, quise matarlos a todos por tener la oportunidad de estar contigo.

—No salí con nadie antes de casarme con Stefano —susurra—. Para mí, tú has sido el primero en todo.

—Y cuando lo descubrí estuve a punto de golpearme el pecho como un orangután, créeme. —Intento bromear para aligerar el ambiente, pero Sarah continúa seria.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque estabas enamorada de mi hermano. ¿Qué posibilidades tendría yo de que te fijaras en mí si solo tenías ojos para Stefano?

—Aun así, Gab...

—Si te lo hubiera dicho habrías terminado alejándote de mí, y prefería mil veces que fuéramos amigos a no tenerte a mi lado.

—Lo siento.

—¿Por qué me pides perdón? No es culpa tuya.

—Porque sé lo que debiste sufrir por mi culpa.

—No puedes decidir lo que siente tu corazón, Sarah. Y si Stefano te hubiera tratado como mereces te juro por Dios que jamás me habría inmiscuido entre vosotros. Me habría buscado a una mujer que me gustara lo suficiente como para casarme con ella y habría terminado por olvidar este amor.

—¿Lo intentaste al menos?

La miro con una ceja arqueada y ella se sonroja, porque sabe la respuesta.

Para mí no ha habido más mujer que ella, y jamás habrá otra si algún día dejáramos de estar juntos por alguna circunstancia.

No voy a ser hipócrita, he follado con cientos de mujeres, pero siempre dejando claro desde el principio que solo era sexo entre adultos y evitando todo lo posible repetir para no hacerles ilusiones.

—Debes saber que intenté más de mil veces hacer entrar en razón a nuestros padres, princesa —añado—.

Incluso me arrodillé delante del mío suplicándole que arreglara vuestro divorcio para que pudieras ser libre.

Pero ninguno de ellos me escuchó. Pensaba hablar con el don para contarle lo que ocurría y pedirle a él que intercediera, pero fue cuando te raptaron.

Sarah me sorprende pegándose a mí, sujeta mi cara con ambas manos y me besa con suavidad. Lloraría ahora mismo de alivio si no estuviera tan ocupado devolviéndole el beso, apretándola contra mi cuerpo y dándole gracias a Dios porque lo que sea que haya pasado antes ha quedado olvidado.

—Gracias por amarme siempre —susurra—. Gracias por haber estado a mi lado cada vez que he necesitado tu ayuda, y gracias por no rendirte nunca conmigo.

No puedo prometerte que algún día te devolveré esas palabras, Gab.

Estoy rota, y no sé si mi corazón volverá a tener la capacidad de amar algún día.

—No te estoy pidiendo que me ames de vuelta, Sarah. No te lo he dicho por eso.

—Pero te quiero. Te quiero mucho, y sé que no es lo mismo, pero quiero que sepas que soy muy feliz a tu lado. Me haces muy feliz, Gab. Y te aseguro que no me arrepiento de haberme casado contigo.

Vuelvo a atraerla a mi cuerpo y ella apoya su cabeza en mi pecho. Me quiere, y eso es suficiente para mí... por el momento.