Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 24. Sarah
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24. Sarah

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M e despierto sobresaltada . Aún es noche cerrada, y cuando miro la hora en mi móvil compruebo que solo son las cuatro de la mañana. Tengo el cuerpo cubierto de sudor y mi corazón late muy rápidamente.

Otra maldita pesadilla.

Miro a Gabriel, que está profundamente dormido a mi lado. Respiro aliviada porque esta vez no le he despertado, necesita descansar después de un día de mierda.

Porque sé que lo ha sido para él.

Hoy ha llegado a casa con una nueva herida. Esta era más superficial que otra cosa, pero ha necesitado puntos para poder unir la piel. He exigido que me cuente cómo se lo ha hecho, pero lo único que me ha dicho es que ha tenido un accidente en la empresa.

Por si no lo sabes ya, cada familia de la ‘Ndrangheta tiene un negocio tapadera.

El de Gabriel es Meridian Global, una empresa de transporte marítimo, logística y comercio internacional.

Le sirve para justificar su patrimonio conseguido por medio del contrabando...

y tener controlados los puertos para que nadie entre a la ciudad sin que él lo sepa.

Pero eso no justifica de ninguna manera la herida que tiene en el pecho.

Tampoco me ha explicado por qué nos ha aumentado la seguridad a todos los de la familia. Solo me dice que no quiere que nos pase nada malo, pero los hombres de Dante se han instalado hace días en la zona de los soldados, y eso solo puede significar una cosa.

Hay problemas.

Problemas graves que nos ponen en peligro a todos.

Me levanto con cuidado de no despertarle y, tras echarle un vistazo a Gaby, que duerme en la habitación de al lado, entro en el cuarto de baño.

Las ojeras negras han vuelto a aparecer y mi pelo está hecho un asco, pero tendrán que esperar a mañana.

Me lavo la cara con agua fría y parece que las manchas oscuras de mi piel se aclaran un poco.

Mi estómago gruñe, recordándome que apenas he probado bocado en la cena. No puedo negar que no saber a qué demonios nos estamos enfrentando me tiene muy nerviosa... porque esto debe ser muy grande si ni siquiera la Kangpae ha podido solucionarlo.

Vuelvo a la habitación y me meto de nuevo en la cama.

Gabriel me acerca a él inconscientemente, rodeando mi cintura con el brazo, y entierra la nariz en mi cuello.

Sonrío cuando sus breves ronquidos resuenan en el silencio de la habitación —si fueran ronquidos grandes le daría un codazo en el estómago y lo mandaría a dormir al salón, pero es apenas una respiración ronca.

Intento dormirme, pero no hay manera. El dolor de mi pobre estómago vacío se acentúa, y decido bajar a la cocina y tomarme una taza de leche caliente para acallarlo.

A estas horas es imposible que me cruce con Stefano o Renata, o al menos eso espero.

A ver... no es que les tenga miedo... al menos no a ella.

Es solo que prefiero no tener que enfrentarme con esas desagradables personas.

Al abrir el frigorífico descubro un pequeño trozo de pastel de chocolate que ha sobrado de la cena.

Oh, pequeño... vas a ser mi próxima víctima.

Me olvido de la taza de leche completamente, cojo la tarta y busco un tenedor en el cajón de los cubiertos.

Todo está en el mismo lugar que cuando viví aquí con Stefano, nada ha cambiado.

El primer bocado me sabe a gloria, pero el segundo...

El segundo me hace gemir de puro placer.

Dios... es delicioso. Tengo entendido que han cambiado de cocinero, debo recordar mañana ir a darle la enhorabuena por lo bien que cocina.

Estoy tan perdida en el delicioso sabor a chocolate que no escucho los pasos que se acercan por el pasillo.

Me tenso por un segundo cuando un cuerpo masculino se pega a mi espalda, atrapándome contra el mueble de la cocina, pero me relajo en cuanto veo el tatuaje en forma de serpiente en la mano de Gabriel.

Me apoyo en su pecho y paso una cucharada de pastel por encima de mi hombro para que se lo coma.

—¿Qué haces levantada? —pregunta en un susurro.

—He tenido una pesadilla. —No merece la pena mentirle, él me ha despertado más de cien veces desde que nos hemos casado.

—¿La recuerdas? —Acaricia mi cuello con la nariz, provocándome un escalofrío.

—No...

—Mejor así.

Sirvo otro pequeño trozo de tarta en el plato y lo comemos a medias, pero mi mirada no se aparta del pequeño tatuaje de su mano. Destaca entre todos los demás, es un estilo muy diferente al que suele usar su tatuador, y me pregunto si acaso fue a otro lugar a hacérselo.

—Nunca me has dicho qué significa la serpiente —digo sin pensar.

—¿Qué serpiente? —Paso el dedo por encima de la tinta—. Eso no es una serpiente, princesa. Es una “S”.

Mi estómago da un vuelco. El aire parece espesarse a mi alrededor mientras intento procesar lo que acaba de decir.

Parpadeo, confundida, como si hubiera oído mal.

Mi mirada vuelve al tatuaje, analizándolo con nuevos ojos.

Siento los celos quemar mi garganta y me aparto de su abrazo rápidamente.

Él me mira con una ceja arqueada, pero debe ver algo en mi rostro, algo que le hace sonreír de oreja a oreja, y tengo que aguantarme las jodidas ganas de darle un puñetazo.

—Estás celosa... —ronronea.

—No digas bobadas. ¿Por qué iba a estarlo?

—Era una mujer increíble, ¿sabes? Me comía la polla como ninguna.

—No estoy interesada en conocer tu vida sexual antes de mí, gracias.

—Oh... pero es que era realmente excepcional. Se movía encima de mí con tanta...

No le dejo terminar. Le golpeo. Y ahora me remuerde la conciencia, pero él solito se lo ha buscado.

Intento pasar por su lado para irme a la suite.

Esta noche duermo con Gaby... y no sé cuántas noches más lo haré.

Pero no me lo permite, me toma por la cintura y sin ningún esfuerzo termina sentándome sobre la encimera donde hace solo dos segundos estaba el plato de la tarta. Mierda.

—¿Te crees muy gracioso? —protesto— Me has pringado, ahora tendré que ducharme.

—Admite que estás celosa, cariño.

—No lo estoy.

—Desde luego que lo estás. Me has pegado.

—Porque eres un imbécil. ¿Quieres soltarme que vaya a lavarme? Estoy pegajosa.

—Admite que estás celosa y te dejaré ir.

Vuelvo la cabeza para evitar mirarle. Me muero de celos, sí, pero ni loca voy a admitirlo delante de él. Tengo el culo lleno de chocolate, pero prefiero morir a que sepa que estoy empezando a sentir algo por él. No quiero que tenga ese poder sobre mí.

—Dilo, Sarah... —insiste, restregando su polla contra mi sexo— Admítelo y te juro que te dejaré ir.

—Bien... No me gusta que mi marido tenga el nombre de otra mujer permanentemente escrito en la piel. ¿Contento?

Gabriel rompe a reír a carcajadas. ¡Será cabrón! Me sacudo intentando que me suelte, pero me tiene anclada al mueble con sus caderas y es imposible escaparme.

—Suéltame —protesto.

—Aún no.

—Has dicho que me soltarías si te lo decía, así que quitate de una vez si no quieres que...

Me besa. ¡El muy idiota me besa! Aunque es un beso demasiado fugaz como para que me dé tiempo a negarme.

—Cariño, ¿qué mujer conozco yo que tenga un nombre que empiece por "S"? —pregunta con un suspiro.

—¿Y yo qué sé? No he conocido a todos tus ligues.

—Sarah —dice recalcando mi nombre—, piensa.

Y es en ese justo momento en el que me siento como la mujer más tonta del planeta. No, del universo entero.

Porque esa mujer no es otra más que yo.

Gabriel me lleva tatuada en su piel desde mucho antes de que siquiera pensara en chicos. Y yo pensando estupideces.

Joder.

—Estás mintiendo solo para hacerme sentir mejor —protesto para intentar mantener la poca dignidad que me queda.

—Es una “S” con una corona, princesa. Eres la única mujer a la que he llamado así en toda mi vida.

—Podrías haberla llamado reina.

—¿Vas a callarte y besarme de una maldita vez?

Me sujeta con firmeza de la mandíbula y pega su boca a la mía.

Aún estoy procesando que ese tatuaje es por mí, solo por mí.

¿Pero por qué? Siempre ha sido muy protector conmigo, desde que tengo uso de razón.

Recuerdo haber caminado de su mano más veces de las que puedo llegar a contar, pero su comportamiento era más el de un hermano mayor.

¡Un hermano no se tatúa tu nombre, por amor de Dios!

Su mano se cuela por el dobladillo de mi camisón y aprieta la carne de mi muslo, haciéndome perder el hilo de mis pensamientos. Su boca es tan dulce que no puedo evitar gemir entre sus labios. Rodeo su cuello con los brazos y me pego más a él, hasta que recuerdo la herida que tiene en el pecho.

Mierda, lo olvidé.

—Estás herido —digo intentando apartarme.

—Lo sé.

—Vas a hacerte daño.

—No me importa.

Le aparto con cuidado de no rozar su herida, pero él sujeta mis muñecas y se lleva las manos a los labios para besarlas.

—Voy a hacerte el amor aquí y ahora, Sarah, y me importa una mierda desangrarme haciéndolo —dice con voz ronca, pasando sus besos al hueco de mi cuello—. Te aseguro que para mí no hay una muerte más dulce que estando dentro de ti.

Sus palabras me hacen gemir. Abre más mis piernas con sus caderas y restriega su polla contra mi sexo, completamente mojado por él.

Sube el camisón por mi cuerpo, sacándolo por mis brazos, y lo lanza a un lado de la cocina.

Mi mirada se fija en la mancha de chocolate que tiene la prenda en la parte de atrás, y pongo los ojos en blanco pensando que no tiene arreglo. Otra más a la basura por culpa de Gab.

—Me vuelven loco tus tetas...

Se mete uno de mis pezones en la boca y lo succiona con fuerza, haciéndome gemir.

Se ha aprendido tan bien mi cuerpo que sabe perfectamente el ritmo y la intensidad que debe aplicar a cada parte, y mis pezones son tan sensibles que estoy a punto de enloquecer.

Se lo saca de la boca haciendo un suave “pop” y se entretiene ahora con el otro, mucho más sensible.

Siento sus dedos introducirse por un lateral de mis bragas, pero me mira con una ceja arqueada antes de seguir.

Asiento, porque tengo tantas ganas como él de esto, y abro un poco más las piernas para dejarle hacer lo que quiera.

Pellizca mis labios y desliza sus dedos por ellos hasta encontrar mi clítoris, que atormenta con movimientos sutiles y circulares, justo como me gusta.

Mi cuerpo se tensa y los dedos de mis pies se arquean cuando llego al orgasmo.

Ni siquiera se molesta en quitarme la ropa interior.

Se baja los pantalones del pijama lo justo para liberar su polla, aparta el elástico de mis bragas y entra en mí lentamente, mordiéndose el labio con los ojos cerrados.

Se queda un momento así, completamente dentro de mí, con las manos apoyadas a ambos lados de mis caderas y el ceño fruncido, como si contenerse estuviera resultándole una tortura. Pero quiero que se mueva ya.

Necesito que se mueva ya.

Aprieto mis músculos y Gabriel sisea, haciéndome sonreír.

—Estás tentando a tu suerte, muñeca —advierte.

—No sé de qué me hablas...

Rodeo su cuello con los brazos, arqueo la espalda y vuelvo a presionar su polla con mis músculos.

Él deja escapar una maldición, sujeta mis muslos entre sus dedos y comienza a bombearme con rapidez.

Ahora soy yo quien gime y deja caer la cabeza hacia atrás.

Su polla gruesa, grande y jodidamente deliciosa está haciendo estragos en mi cordura.

Me encanta sentir que me golpea en lo más profundo de mi ser.

Me vuelve loca la manera en la que aprieta la mandíbula para contenerse, la forma en la que su rostro se desfigura debido al placer.

—Rodéame con las piernas, nena, vamos a movernos de aquí —ordena.

Obedezco, esperando a que me lleve al sillón, pero me coge en brazos sin salir de mí y me tumba en la isla de la cocina. Arrastra mi culo hasta el borde, hasta que casi está fuera de la isla, y vuelve a bombear con suavidad, amasando mis pechos con sus manos libres.

—Eres mi puto paraíso.

Baja una mano por mi estómago y hunde un dedo entre mis labios para acariciarme el clítoris. Me tenso a punto de llegar al orgasmo, pero detiene repentinamente sus caricias y sus embestidas, mirándome con una sonrisa.

—¿Pero qué...

—Es tu castigo por lo de antes, princesa —informa—. Voy a ponerte tantas veces al límite que cuando finalmente te permita correrte vas a terminar desmayándote de placer.

—No puedes... estás herido...

—Herido, no muerto. —Balancea sus caderas con fuerza y se clava en mí, haciéndome jadear—. Creo que me merezco una disculpa, ¿no te parece?

—¿Disculpa? Si no hubieras sido un capullo no... ¡Joder!

Gabriel ríe y sale de mí de nuevo, arrodillándose entre mis piernas abiertas. Desliza lentamente mis bragas por ellas y pasa la lengua por toda mi raja, desde mi entrada hasta mi clítoris, ronroneando cuando mi sabor inunda su boca.

—¿Cómo es posible que seas tan deliciosa? —Nueva pasada de lengua—. Me pasaría la noche entera lamiéndote, ¿sabes? Tu jodido sabor es adictivo.

—¿Vas a seguir hablando o vas a cumplir tus promesas, campeón? —le provoco— Creo que has dicho que vas a hacer que me desmaye, pero no te veo yo muy... aplicado.

Su risa reverbera en mis labios. Succiona mi clítoris con fuerza a la vez que introduce dos dedos dentro de mí.

Mi espalda se arquea, mis muslos convulsionan y me agarro con fuerza al borde de la encimera esperando el orgasmo que no llega.

Gabriel ríe, se sujeta a mis piernas y me da lo que quiero, lamiéndome como sabe que me gusta hasta que vuelvo a estar en el precipicio del orgasmo.

Pero justo cuando siento el primer latigazo de placer, mi endemoniado marido cierra la boca y me deja con la miel en los labios.

—¡Joder!

Se levanta riendo e intenta besarme, pero vuelvo la cabeza para impedírselo.

Estoy cabreada, frustrada... y con todos los malditos nervios del cuerpo de punta.

Solo tiene que pellizcarme el pezón izquierdo para que me rompa por completo.

El orgasmo llega con la fuerza de un huracán, dejándome mareada, sin fuerzas y viendo estrellitas a través de los párpados.

Ni siquiera soy capaz de abrir los ojos cuando Gab me incorpora, me abraza y entra de nuevo en mí.

Esta vez no hay demonios, solo placer y calidez en su abrazo.

Hundo la nariz en su cuello para empaparme de su olor, meciéndome despacio al ritmo de sus embestidas.

No hay urgencia, solo una calidez que me inunda lentamente.

Su cuerpo se tensa y siento su semen calentar mi interior.

Ahora mismo me siento completa, más completa de lo que me he sentido jamás.

Gabriel está temblando, y le abrazo más fuerte hasta que la tormenta de su orgasmo pasa.

Levanto la cabeza para mirarle... y me quedo congelada en el sitio.

Stefano está de pie a pocos pasos de nosotros, mirándonos mientras follamos... y no me gusta un pelo lo que estoy viendo en su expresión.