Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 23. Gabriel
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23. Gabriel

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E ntro por las puertas de Ferretti Capital, la empresa tapadera principal de la Familia, diez minutos antes de la reunión.

Allie, la recepcionista, me desea los buenos días con una sonrisa y me dirijo hacia los ascensores que me llevan al piso dieciséis del edificio, donde supuestamente se encuentra el despacho de Dante, el CEO.

Digo supuestamente no porque la oficina no se encuentre ahí, sino porque el cabronazo de mi mejor amigo no aparece por la empresa la mayor parte de los días.

Marianne, la secretaria de Dante —y la única civil de la empresa que sabe a qué nos dedicamos realmente— se levanta de su asiento en cuanto me ve llegar.

—Buenos días, señor Vitale —me saluda.

—Buenos días, Mary. ¿Está el capullo dentro?

—El capullo está detrás de ti, idiota —bufa Dante, que aparece por un pasillo lateral—. Buenos días, Mary.

—Buenos días, señor Ferretti. Ya está preparada la sala de reuniones. Me he permitido pedir cafés para llevar para todos, supongo que la reunión de hoy será larga.

—Eso parece —suspira Dante—. El coreano no está de buen humor hoy.

—¿Ya has visto a Joon? —pregunto.

—El desgraciado me ha llamado. A las cinco de la mañana.

Rompo a reír a carcajadas. Si hay algo que Dante odia en el mundo es levantarse antes de las ocho.

Me saca un dedo y me empuja para pasar por mi lado y entrar en el despacho. Se deja caer en su sillón y echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.

—¿Sueño? —bromeo.

—Dolor de la puta cabeza. El coreano del demonio debería dedicarse a buscarse una mujer en vez de ir por ahí tocándome los huevos.

—Es una reunión importante y siempre llegas tarde.

—Eso no es cierto.

—¿No?

Le miro con una ceja arqueada. Él debe sentir mi mirada, porque abre un ojo, me mira y me saca el dedo.

—¿Qué coño ha pasado para que hoy estés tan jodidamente feliz?

—Lo logramos. Bueno, Sarah lo logró.

Dante se incorpora, cruza los brazos sobre la mesa y apoya la barbilla en sus manos.

—¿Habéis follado?

—Hemos hecho el amor, capullo. Te juro que casi me pongo a llorar cuando terminamos. Aunque ella lo hizo por los dos.

—¿Lloró?

—Sí, pero en el buen sentido. Supongo que poder llegar hasta el final la hizo sentirse liberada, o algo así, porque reía a la vez que lloraba. Fue demasiado extraño, y a la vez, lo mejor que podía pasarnos.

—Eso no quiere decir que...

—Ya lo sé. Sé que esto es solo un paso, y que puede que la próxima vez no pueda continuar hasta el final. Pero hemos avanzado, joder. Hemos avanzado y me siento tan feliz que hoy nada va a poder borrarme la puta sonrisa de los labios.

—¿Y cómo van las cosas con Stefano? ¿Ha vuelto a daros guerra?

—La verdad es que no. Y me tiene con la mosca detrás de la oreja. Apenas aparece por casa, y cuando lo hace se limita a encerrarse en su suite. Le he pillado varias veces observando a Gaby por la ventana, pero han pasado meses desde que llegamos y no ha intentado absolutamente nada.

—Aun así no te confíes. Puede que esté esperando que te relajes para actuar.

—Lo tengo vigilado. Uno de mis hombres se ha convertido en su sombra.

—¿Y no se ha quejado?

—Lo hizo, pero soy el capo, no me fío de él y puedo hacer lo que me dé la gana. Le he encargado supervisar los puertos. Un trabajo innecesario, pero al menos así lo mantengo ocupado.

—¿Y qué se supone que hace?

—Revisa que los equipos cumplan sus turnos, que los accesos estén vigilados y que el flujo de entrada y salida se mantenga como esperamos. Nada que pueda estropear.

—Y supongo que no está contento con eso.

—Protestó, pero le dije que hasta que no viera un cambio en su actitud que me asegurara que no iba a volver a cagarla no iba a darle su puesto.

—¿Vas a nombrarlo tu sottocapo?

—¿Estás de coña? Nicola es mi mano derecha, la persona en la que más confío. Mi hermano no es de fiar, Dan. Sigue metido en las drogas.

—¿Otra vez ha llegado colocado?

—No lo sé, pero he encontrado bolsas de pastillas esparcidas por varias partes de la casa. Él asegura que no son suyas, pero no te puedes fiar de alguien que tiene el tabique nasal hecho mierda.

—Avísame si te da problemas. Le pondré las pilas.

—¿Asumiendo tus obligaciones de don antes de tiempo?

—Tengo que empezar a pensar en ello. Mi abuelo ya está pensando en jubilarse.

—Así que pronto se hará tu nombramiento...

—Y quiere que me case —protesta—. Está barajando con quién debo hacerlo.

—Si te sirve de algo, el matrimonio es una auténtica gozada.

—Tu matrimonio lo es, desgraciado, que te has casado con la mujer que amas. Yo no voy a tener tanta suerte.

—Quién sabe... a lo mejor te casa con alguna de las coreanas para afianzar alianzas...

—La pequeña está jodidamente buena, pero no me van las asiáticas.

La conversación queda interrumpida con la entrada de Mary, que nos avisa de que Vitto y el resto ya están en la sala de reuniones.

Cuando llegamos, veo a Joon Seo sentado a la cabecera de la mesa, con Tae, que me hace un gesto de cabeza, a su derecha.

Iván y su hermano Nikolai están sentados a la izquierda, y Vitto en la otra cabecera de la mesa.

Dante se sienta a la derecha de su abuelo y yo al lado de Tae.

Segundos después se abre la puerta y entran los Bellini y los Rossi, ocupando las sillas que aún están libres.

Miro a Dante. Si todos los capos estamos aquí es porque la cosa no pinta nada bien.

—Bien, ya que todos estamos aquí, podemos empezar —dice Joon—. He conseguido información muy interesante a tener en cuenta, y creo que debemos prepararnos para la guerra.

Se pone de pie y enciende la pantalla que hay a su espalda. En ella aparece la fotografía de un hombre de unos treinta años, con el pelo rizado negro, ojos marrones y piel curtida.

—Arjan ya ha nombrado a un nuevo segundo al mando —informa Joon—. Ardian Krasniqi, kosovar. Está creando nuevas alianzas.

—Maldito hijo de puta... —protesta Vitto.

—Como pensábamos, pretenden quedarse con el territorio. Con NUESTRO territorio —continúa Tae—. El robo de las armas no fue más que un intento de ver cuán difícil podía ser arrebataros los puertos. Los necesitan para entrar en la ciudad y aniquilarnos a todos.

—Por encima de mi jodido cadáver, joder —protesto.

—Ha estado comprando armas en Atlanta y Filadelfia —continúa Joon—. No sabemos cuál es el alcance de su poder, así que debemos tener cuidado.

Pasa la imagen de la pantalla y ahora tenemos la foto de una pequeña pastilla de color fluorescente con un montón de componentes detallados a su lado.

—Su principal objetivo es hacerse con el tráfico de drogas de la ciudad —continúa Joon—.

Han sintetizado una nueva droga, llamada Kryon .

Provoca agresividad extrema, supresión del miedo, resistencia al dolor y alucinaciones violentas.

Los consumidores atacan a cualquiera. No sienten límites. No recuerdan nada después.

Levanta la mirada.

—Si Kryon entra en Manhattan, tendremos cadáveres en las calles y cámaras de televisión en cada esquina —protesta Iván—. La policía empezará a husmear y estaremos jodidos.

—Eso es lo que Arjan quiere —asiente Joon—. Si consigue mantenernos ocupados con ellos, tendrá vía libre para entrar.

Apaga la pantalla.

—No podemos permitir que esta mierda llegue a la ciudad.

Vitto lo mira.

—Tú dirás cómo procedemos —añade.

—Se está aliando con pequeñas mafias vecinas. Ya se ha aliado con el cártel del sol negro y con los kosovares. Si sigue así, tendremos que empezar a preocuparnos. Y no queremos preocuparnos.

—Arjan está desesperado —añade Tae—. Y un hombre desesperado es impredecible. No podemos confiar en que actúe con lógica.

—Tenemos que tener cuidado —advierte Joon—. Aumentar la seguridad de vuestras familias. Son nuestro punto débil y pueden empezar con ellos.

—Debemos cerrar Manhattan a cal y canto —asiente Vitto—. Gabriel, sella puertos, accesos y rutas secundarias. Que nadie entre en esta maldita ciudad sin que tengamos su ficha policial sobre la mesa.

—Entendido, don —asiento.

—Debemos aislar a ese hijo de puta —continúa Joon—. Está reclutando fuera de Nevada porque su gente ya no confía en él. Si cortamos sus alianzas, se quedará solo.

Iván sonríe de lado.

—Podemos encargarnos de los mexicanos. No serán un problema.

—No los matéis —interviene Tae—. Si los elimináis, Arjan buscará otros. Si los intimidáis, se apartarán.

Nikolai gruñe, pero no protesta.

—También debemos cortar su financiación —dice Joon—. Kryon es barata de producir, pero cara de mover. Tienen un benefactor. El senador Richard Calloway.

—Maldito hijo de puta... —susurra Sandro.

—Calloway está moviendo capital a través de empresas pantalla. La Kryon no podría distribuirse sin su contribución.

—Yo me encargo —añade Lorenzo—. Hablaré con mis contactos en política. Necesitamos saber cuál es el punto débil de ese desgraciado. Y cuando lo sepa...

Sonríe apenas.

—Lo destruiré.

—Viajaré hasta Nevada para ver si puedo hacerme con una de sus joyitas —sugiere Sandro—. Necesitamos saber de qué mierda está hecha.

—Será peligroso —asiente Joon—. Algunos de mis hombres te acompañarán.

En otra época, Vitto se habría sentido ofendido por esas palabras. Pero a día de hoy, después de diez años con Joon al mando, sabe perfectamente que debe mantener la boca cerrada.

Además, los hombres del coreano son jodidos asesinos profesionales. Dudo mucho que Arjan pueda acercarse a Sandro si lo acompañan.

—Sé que hay algo que se me escapa aún, pero lo averiguaré —me sorprende diciendo Joon.

—¿A qué te refieres? —pregunta Nikolai.

—Por lo que he podido ver, Arjan no es el tipo de persona que puede mover un imperio por su cuenta. Es torpe, inexperto. Comete errores, y un líder no se permite cometerlos.

—¿Crees que hay alguien más detrás? —pregunta Salvatore Rossi.

—Creo que alguien está moviendo la batuta en las sombras, sí. Pero aún no tengo ni idea de quién.

—¿Puede ser su tío? —pregunta Dante.

—Está muerto —dice Tae—. Lo hemos investigado.

—Tal vez sea su segundo al mando, aunque no se le ha vuelto a ver desde que Blerim murió —sugiere Vitto.

—Tendremos que investigarlo. Por ahora, centrémonos en lo esencial. Si alguien averigua algo, lo que sea, avisa al resto. Tendremos otra reunión en una semana para ver cuánto hemos conseguido avanzar.

—Gab... extrema la precaución —me advierte Tae con una mirada penetrante—. Irá primero a por los tuyos.

Asiento, porque sé lo que eso significa. Mi familia es la que más peligro corre, y si ese hijo de puta se atreve a ponerle una mano encima a alguno de ellos... será hombre muerto, joder.

Todos se marchan, hasta que solo quedamos Dante y yo en la habitación. Me mira de reojo, midiéndome.

—Deja de mirarme —protesto.

—No estás bien.

—No, no lo estoy. Mi familia está en peligro, joder. Están en peligro y no sé cómo demonios arreglarlo.

—Lo estamos arreglando, Gab. Entre todos. Si necesitas más hombres te cederé cuantos necesites. Joder, esta vez no estás tú solo.

Es cierto, esta vez no lo estoy. No solo tengo el apoyo de Dante, también tengo el apoyo de los coreanos. Porque sé que si le pido ayuda a Tae me la ofrecerá sin dudarlo. Inspiro hondo.

—No me vendría mal, la verdad.

Dante saca su móvil y marca un número de teléfono.

—Envía a una docena de hombres a la casa Vitale. Su única prioridad es mantener a salvo a Sarah y a su hijo.

Cuelga el teléfono sin dejar de mirarme. Asiento.

Todo va a salir bien, joder.

Tiene que hacerlo.