22. Sarah
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E stoy nerviosa. Demasiado nerviosa.
Y aterrada, para qué negarlo.
He sido muy valiente hace unos minutos, pero ahora, a la hora de la verdad, toda esa valentía me ha abandonado por completo.
Gabriel me deja en el suelo con suavidad, aparta el pelo de mi rostro y me dedica una de esas sonrisas tan bonitas que solo tiene para mí. Me derrito en el acto.
—Nos detendremos en cuanto lo digas, princesa. Sea cuando sea.
Y esas simples palabras aplacan mis temores como un bálsamo cura las heridas. Porque sé que, aunque Gabriel esté enterrado en lo más profundo de mi ser y a punto de llegar al orgasmo, se retirará de inmediato en cuanto yo se lo pida.
Asiento.
Él parece convencido con eso, porque vuelve a besarme como antes, hundiendo la lengua con suavidad en mi boca mientras desabrocha los botones de su camisa.
Su abdomen plano me tienta tanto que alargo la mano hacia sus músculos definidos, arrancándole un siseo que me hace sonreír.
Me pego más a él, sintiendo el calor de su piel a través de la fina camisa de seda que llevo puesta.
Pero Gab aún no hace ningún intento de desnudarme, solo tira la camisa al suelo y me rodea la cintura con los brazos, pero sin aplastarme contra él.
—No te imaginas cuánto tiempo llevo deseando esto, princesa —susurra con la voz ronca—. No tienes ni idea.
Se sienta en el borde de la cama y me atrae hasta que estoy de pie entre sus piernas. Sube las manos por las mías sin apartar la mirada de mis ojos, y deja un beso en mi estómago que me hace jadear. De placer, no de miedo.
Arrastra mi falda hasta que queda arrugada en mi cintura y pega esa pecaminosa boca a mi sexo a través del encaje de mis braguitas.
Inspiro con fuerza y apoyo mis manos en su pelo, observando qué piensa hacer a continuación, pero se limita a dejar pequeños besos en mi coño, sin intentar llegar más allá.
Pero yo quiero que lo haga.
Quiero que desgarre la tela y hunda su lengua dentro de mí, como ha hecho varias veces desde que conseguimos superar ese obstáculo.
—Gabriel... —susurro.
Él levanta la mirada con una ceja arqueada.
—Rómpelas.
¿De dónde ha salido eso? ¿Y con esa voz?
Parece que he removido algo en su interior, algo que hace que sus ojos verdes centelleen y que se muerda el labio con fuerza. Pero obedece, y de un solo tirón veo la tela destrozada colgar de su dedo índice.
—¿Y ahora, princesa?
Sonrío, agarro su cabeza de nuevo y la acerco lentamente a mí. Gabriel obedece sin apartar su mirada de la mía, ni siquiera cuando saca la lengua y recorre toda mi raja con ella.
Joder.
Arqueo la espalda y aprieto los dedos en su pelo. Él parece entenderlo como una invitación a seguir y hunde la nariz entre mis labios, acariciando mi clítoris con ella mientras atormenta mi entrada con la lengua.
Maldita sea, lo hace de muerte.
Sabe exactamente dónde tocar, cómo hacerlo y con qué intensidad. Sus caricias alternan mi entrada y mi clítoris, atormentándolo hasta dejarlo hinchado y sensible. Hace rato que agarro su pelo en mis puños, seguramente estoy haciéndole daño, pero parece no importarle.
Al contrario, ronronea cada vez que tiro de sus mechones porque está siendo demasiado intenso, demasiado rápido o demasiado todo.
Porque el sexo con Gabriel siempre es demasiado.
Mi cuerpo entero quema. Siento el calor subir por mi piel y suelto su pelo lo justo para poder desabrocharme la camisa y lanzarla a un lado, quedándome en sujetador.
Me quitaría también la falda si no estuviera atrapada en mi cintura, pero para hacerlo tendría que prescindir de la deliciosa tortura a la que mi marido me está sometiendo.
Estoy a punto de correrme.
Mis piernas tiemblan sin fuerzas y Gabriel me sujeta con uno de sus brazos libres por debajo del culo para impedirme caer. Casi me tiene en volandas, pegada a su cara, saboreándome como si mi coño fuera el elixir de la juventud... o de la vida. No lo sé.
—¡Más! —gimo retorciéndome— ¡Joder, sí!
Siento su sonrisa en mi piel caliente, sus dedos se clavan en mi culo y, cuando roza con uno de sus dedos la entrada de mi cuerpo me corro, cayendo sin fuerzas sobre él, que se tumba sobre la cama, agarrándome con fuerza para que no termine rodando fuera de ella por el otro extremo.
Ha sido devastador... pero no es suficiente.
Me aparto de él y me dejo caer a su lado, sonriéndole como una tonta. Gabriel se pone de lado, apoyando la cabeza en su mano, y me mira como si fuera la cosa más valiosa de todo el puñetero planeta.
—Sabes a puta gloria, joder.
Tira de la falda para sacarla por mis piernas. Desliza las medias de medio muslo lentamente hasta lanzarlas por los aires, y mete una mano por detrás de mi espalda para desabrochar mi sujetador con un ágil movimiento de dedos.
De pronto me pregunto con cuántas mujeres debe haber estado para ser tan hábil en esto.
Pero Gabriel se mete uno de mis pezones en los labios y dejo de pensar.
Sus dientes raspan mi piel sensible y siento que el deseo vuelve a extenderse por mi cuerpo.
Más lánguido, más suave, pero igual de excitante que la vez anterior.
Le observo ponerse de pie y deshacerse de los pantalones y los bóxers, hasta quedarse completamente desnudo delante de mí.
Joder, está tan bueno que casi babeo al verle. Su piel morena me vuelve loca, pero es su polla, dura y levemente curvada, la que acapara toda mi atención.
Me deslizo al borde de la cama y acerco mi lengua a su piel. Siento que corcovea cuando lo hago, pero cuando intento metérmela en la boca para chuparla a mi antojo Gabriel me detiene.
—Si haces eso no vamos a llegar al final, princesa.
Y quiero hacerlo, así que asiento y me tumbo en el centro de la cama, con las piernas abiertas, esperando que se sitúe sobre mí para penetrarme.
Lo deseo. Dios... Lo deseo tanto...
—Así no, cariño —dice apartándome a un lado—. Hoy serás tú quien lleve el control.
—¡Pero nunca lo he hecho! ¿Cómo pretendes que...
—Créeme, princesa... vas a saber hacerlo increíblemente bien. Ponte a horcajadas sobre mí y guíame a tu interior.
Gabriel se tumba en el centro de la cama y me hace un gesto para que haga lo que me pide. Al principio estoy algo indecisa, pero me siento como me ha dicho y gimo al sentir el roce de su polla entre mis labios hinchados.
—Eso es, nena... Ahora guíame.
Lo sujeto con firmeza con la mano y coloco su glande en mi entrada. La primera vez resbala y termina impactando con mi clítoris, pero la segunda consigo hacer que entre en mí. Gabriel no mueve un solo músculo, solo me observa.
—Ya está —susurro con los ojos apretados—. Puedes moverte.
—Hoy eres tú quien tiene el control, cariño. Tendrás que hacerlo por tu cuenta.
Abro los ojos de golpe para encontrarle con los brazos debajo de la cabeza, mirándome con una sonrisa de suficiencia que me gustaría borrarle ahora mismo. Bajo lentamente las caderas, haciéndole entrar en mí hasta que termino sentada completamente sobre su polla.
Maldita sea, se siente demasiado bien.
Aprieto mis paredes a su alrededor, haciéndole sisear. Sonrío sin poder evitarlo y comienzo a moverme como he leído tantas veces en las novelas que leo, primero arriba y abajo, despacio, y aunque termina por salirse unas cuantas veces lo que siento es verdaderamente indescriptible.
—Túmbate sobre mi pecho y mueve las caderas adelante y atrás —pide Gabriel con la voz completamente rota—. Será mucho mejor para ambos.
Hago lo que me pide... y un grito de puro placer escapa de mi garganta cuando siento el roce de su polla en mi punto G a la vez que mi clítoris se restriega sobre su piel.
Es... demasiado. Demasiado placentero, demasiado bueno, demasiado increíble... Y yo me lo he estado perdiendo todo este tiempo.
Cada vez me muevo más deprisa, aumentando tanto el placer que mi segundo orgasmo llega tan fuerte que mi mirada se nubla.
Caigo jadeante sobre Gabriel, que me sujeta de las caderas y se apoya en los talones para seguir embistiéndome.
Le siento corcovear dentro de mí. Siento su cuerpo tensarse por completo y su semen caliente me llena entera, haciéndome sentir una calidez indescriptible.
Las lágrimas se deslizan por mis mejillas sin que pueda detenerlas.
Por todo lo que significa haber podido hacer esto. Por lo que me he estado perdiendo. Por lo que Gabriel se ha visto obligado a perderse. Lloro porque mi cuerpo entero colapsa, y tiemblo apretándome con fuerza contra Gabriel cuando me abraza. Sin salir de mí.
—Tranquila... Lo has hecho muy bien. Estoy tan orgulloso de ti, princesa...
—Lo he conseguido —logro articular—. Lo he conseguido.
—Pues claro que lo has conseguido. Eres mi mujer, ¿recuerdas? Mi jodida guerrera.
Sus palabras me hacen reír entre lágrimas. No sé cuánto tiempo estamos así, abrazados y unidos, pero un escalofrío me hace temblar y Gabriel se aparta.
Me siento vacía al instante.
Es solo un segundo, porque me tiende la mano y tira de mí hacia el cuarto de baño. Necesitamos una ducha.
—¿Estás bien, princesa? —pregunta con suavidad, apartando el pelo mojado de mi rostro.
—Nunca he estado mejor.
—Ha sido increíble. Verte así, cabalgándome... —Se estremece—. Es más de lo que puedo soportar, en serio.
—Gracias —susurro sin mirarle—. Gracias por la paciencia que has tenido conmigo, sé que no ha debido ser fácil para ti y...
—Ey... —Levanta mi barbilla para mirarme a los ojos—. Estamos juntos en esto, cariño. En todo. Y te aseguro que lo haría mil veces más si tú lo necesitaras.
Asiento y me abrazo a su cuerpo mojado, sin importarme estar debajo del chorro de la ducha.
—¿Te has sentido incómoda en algún momento? —pregunta de pronto— ¿Ha habido algo que...
—Sí —respondo rápidamente—. No vuelvas a torturarme como has hecho con las bragas.
Él deja escapar una carcajada, vierte un poco de mi champú en su mano y se dedica a lavarme el cabello. Cuando hemos terminado, nos tumbamos de nuevo en la cama, e inmediatamente rodeo su cintura con mi brazo.
Estoy agotada.
Un bostezo escapa de mis labios, y Gabriel me cubre con las mantas y apaga la luz de la mesita de noche.
—Duerme un poco, princesa. Te despertaré a la hora de la cena.
—¿Y Gaby?
—Estará perfectamente con Chiara... deja de preocuparte tanto.
Y aunque parezca una madre horrible por ello, asiento y cierro los ojos. Porque mi marido tiene razón: en una casa llena de hombres de Gabriel, nadie puede hacerle daño a mi hijo. Ni siquiera su verdadero padre.