Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 21. Gabriel
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21. Gabriel

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M e encuentro con Tae Min en la puerta de la galería. Le he comentado esta mañana el problema de los albaneses por teléfono, y me ha concertado una cita con Joon para hablar sobre el tema. Sale a recibirme él mismo y se limita a levantarme las cejas cuando llega hasta mí.

El cabronazo se convirtió en uno de mis mejores amigos hace cinco años, cuando me ayudó a salvar a mi mujer de sus secuestradores. Puso a sus mejores asesinos a buscarla, y gracias a ellos pude rescatarla a ella... y a mi hijo.

Me guía por la galería que conozco tan bien como si fuera mi casa hasta la oficina de Joon.

No puedo evitar reírme al verle en una esquina, sentado en una mesa de juguete de color fucsia, llevando una corona de princesa, las mejillas color rosa y los labios rojos, mientras simula tomar el té en una taza ridículamente diminuta para su mano con su sobrina de cuatro años.

— ¡Appa!

La pequeña corre hacia los brazos de Tae Min, que la coge en peso y la lanza por los aires, haciéndola reír. Su tío se levanta, y no puedo evitar que una sonrisa asome a mis labios cuando veo el look completo.

—Si te ríes te meto un tiro —advierte Joon, aunque con esas pintas ha perdido toda la esencia de quien está al mando—. Pretendo ser su tío favorito antes de que mi hermano regrese a la ciudad.

—Estás adorable, en serio —bromeo—. Y no soy quién para hablar... aunque reconozco que es mejor ver con mi hijo películas de dinosaurios.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Tae a su pequeña.

—Sloan ha ido a los Hamptons a verificar la autenticidad de un Twombly para una coleccionista particular ―responde Joon.

—¿Un Twombly? —pregunto.

—Cy Twombly, un pintor contemporáneo. Voy a lavarme.

—No, por favor... Me encanta tu nuevo look, en serio —bromeo, ya sin poder evitar reírme—. Deberías ponerlo en tendencia.

Me saca el dedo y se dirige al cuarto de baño. Tae pone a la pequeña en el suelo y se acuclilla frente a ella, arreglándole el cabello y sonriendo.

— Appa tiene que atender a este hombre feo, así que vas a subir a casa con Ha Rin onni y te vas a dar un baño —le dice—. ¿ Arasseo ?

La niña asiente efusivamente, haciendo que el pelo de sus coletas adornadas con conejitos floten alrededor de su rostro. Es una niña preciosa, con esa mezcla asiática y americana que estoy seguro de que volteará muchos rostros en su adolescencia. Aunque a su padre le hiervan las entrañas.

Una joven con traje negro y un pinganillo en la oreja entra en el despacho, inclina la cabeza y se acerca a la pequeña, que estira los brazos hacia ella toda emocionada, y salen cerrando la puerta con suavidad.

Tae sirve una copa para todos antes de acomodarse en el sofá.

—Siéntate, mi hyung recuperará su dignidad en un segundo —bromea.

—¡Te he oído, cabrón! —grita Joon desde el baño.

Me siento a su lado y me detengo a observarlo. Al hijo de puta el matrimonio le está sentando bien, la verdad. Sus ojos ya no tienen esa frialdad afilada que tenían hace cinco años. Está relajado y parece feliz. Sinceramente me alegro por él.

—¿Y el segundo para cuándo? —pregunto sin pensar demasiado.

Tae Min pone los ojos en blanco.

—No empieces tú también. Quiero disfrutar un poco más de mi mujer ahora que Hanna ha crecido un poco.

—Yo daría todo lo que tengo por haber podido estar con Sarah durante los primeros años de Gaby.

—Créeme, no son tan idílicos como piensas. Tendrías que haber soportado noches en vela, llantos, cólicos, enfermedades...

—Pero le habría visto crecer.

—Ni que tu hijo tuviera ya dieciocho años, joder —dice Joon, saliendo con una toalla en la mano—. Me ha comentado que estáis teniendo problemas con los albaneses de Nevada.

—Los hijos de puta han pensado que somos la mafia más débil de las tres y nos han atacado —asiento, levantándome la camisa para mostrar la herida que cicatriza en mi costado—. Nos han intentado robar un cargamento de armas, y al no conseguirlo se han aliado con los albaneses europeos.

—Quieren los puertos —adivina Joon.

—Eso es lo que dijo su segundo al mando cuando Dante le torturó.

—Ya he puesto a un grupo de mis hombres a investigar a ese hijo de puta. Me ha dicho que le enviasteis el cadáver por paquetería, joder.

—Ha sido nuestra forma de decirles que no vamos a dejar que nos pisoteen.

—Y está bien, pero antes tendríais que habérmelo contado. Tendríamos que haber tenido una puta reunión para ver qué vamos a hacer con ellos.

—¿Exterminarlos? —sugiere Tae— Es la única forma en la que entienden esos desgraciados.

—Veo que vosotros también habéis tenido vuestras rencillas con ellos...

—Cuando empezamos —asiente Joon—. Aunque por aquel entonces no era Arjan quien mandaba, sino su tío, Blerim Dervishi.

—Arjan va a tomar represalias —añade Tae—, así que debemos estar preparados. Todos.

—Organiza una reunión urgente —asiente Joon—. Han empezado con los italianos, pero estoy seguro que su intención es quitarnos a todos del medio.

Me despido de Joon y Tae me acompaña hasta la puerta.

—¿Quieres una cerveza? —pregunto— Por los viejos tiempos.

Sonríe poniendo los ojos en blanco, pero me sigue hasta el coche. Conduzco hasta el bar donde nos conocimos, y Molly, nuestra camarera favorita, frunce el ceño cuando nos ve, poniendo los brazos en jarras.

—¿Ya andáis peleando de nuevo con vuestras mujeres? —nos regaña.

—La mía está en un viaje de negocios —responde Tae levantando las manos—. No volverá hasta esta noche, y te aseguro que haremos cualquier cosa excepto pelearnos.

Mueve las cejas y Molly sonríe. Nos limpia una mesa del fondo y deja entre los dos un plato de patatas con beicon y queso, mis favoritas.

—Favoritismos, ¿no, Molly? —protesta Tae.

—Él viene más que tú, así que no te quejes. ¿Lo de siempre, chicos?

Asiento y espero a que traiga nuestras bebidas para atacar el plato de patatas.

—¿Cómo van las cosas con Sarah? —pregunta mi amigo, cruzándose de brazos.

Me dejo caer en el respaldo del asiento y suspiro.

—Demasiado lentas. Ya va por su cuarta sesión de terapia y parece que avanzamos algo, pero aún se tensa si la abrazo por la espalda sin avisarla, o si bromeo sobre mis ganas de follarla. En su próxima sesión la terapeuta me ha pedido que entre con ella.

—¿Y tú cómo estás?

Inspiro con fuerza. Todos me preguntan cómo lo lleva ella, cómo está avanzando, cómo la está ayudando ir a terapia.

Pero nadie se ha parado a preguntarme cómo estoy yo.

—Es muy duro, joder —susurro—. La amo tanto que moriría por ella, y ver cómo aún sigue afectándole lo que hizo mi hermano hace tantos años...

—Sarah no puede controlarlo.

—Lo sé. Te juro que si me echara a la cara a su padre ahora mismo le pegaría un tiro por consentirlo. Y al mío. Le supliqué, Tae. Me arrodillé y le supliqué que la casara conmigo en vez de con él, pero se negó.

—Deberías dejar de atormentarte con el pasado. No hay nada que puedas hacer contra eso, pero sí puedes ayudarla en el presente y hacer que se enamore de ti.

—¿De veras crees que le queda capacidad de amar después de lo que ha pasado? Me conformo con lo que tengo, en serio.

—Sin hacerle el amor.

—Ella me desea, capullo. Me desea igual que yo a ella. Solo tenemos que ser pacientes y esperar a que supere toda la mierda.

—Si repites alguna vez estas palabras, te juro que te mataré. De hecho, voy a olvidarlas en cuanto las haya dicho. Pero eres un gran tipo, Gabriel. Y estoy seguro de que con el tiempo tendrás tu recompensa.

—¿Has dicho que soy un gran tipo? —me jacto.

—Que no se te suba a la cabeza. —Se pone de pie—. Me marcho, voy a ponerme en marcha con la mierda de los albaneses. Te llamaré en cuanto tenga algo.

Le veo salir del bar después de pagar la cuenta. Termino mi cerveza y me marcho yo también a casa.

Todo está demasiado silencioso, y un estremecimiento me sube por la espina dorsal. Busco a Sarah por toda la casa, y realmente me asusto al no verla por ninguna parte. La llamo al móvil, pero lo veo vibrar en la mesa de café de nuestra suite. Mierda.

Estoy a punto de perder el control cuando mi mujer entra llevando a nuestro hijo de la mano... vistiendo su nuevo uniforme escolar.

—Papá, has llegado —dice ella con una sonrisa—. Hemos ido a recoger los uniformes del nuevo colegio y Gaby quería enseñarte lo bien que le queda.

Es tal el alivio que siento que casi caigo de rodillas frente a ellos. Sonrío a mi hijo, cogiéndole en brazos para abrazarlo.

—Te queda espectacular, campeón —susurro—. ¿Estás nervioso por empezar el nuevo colegio mañana?

—Mamá me ha dicho que haré nuevos amigos —responde negando—. Y me ha comprado una mochila de dinosaurios, con todos sus complementos. En la scuola de Ravello no podía llevar una mochila así, porque los niños me la rompían y se reían de mí.

—Voy a enseñarte a disparar una pistola para que puedas defenderte de los matones —protesto.

—¡Gabriel! —ríe Sarah— No vas a enseñarle nada de eso, ¿entendido? En el colegio nuevo no habrá matones, y si los hay Gaby tiene que decírnoslo.

—Eso... Se lo dices a papá y yo me encargaré de aniquilarlos a todos.

Veo a mi mujer poner los ojos en blanco. Toma a nuestro hijo de mis brazos y lo lleva fuera de la habitación, seguramente para quitarle el uniforme. Me dejo caer en el sofá y me tapo los ojos con el brazo.

Lo reconozco, me he acojonado.

—¿Qué pasa?

La voz de mi mujer llega justo antes de sentir su peso a mi lado. Alargo instintivamente el brazo libre para pegarla a mi costado, y la acerco para besarla en los labios.

—No te encontraba y me he asustado —reconozco.

—¿Ha pasado algo por lo que deba preocuparme?

—Está controlado. Pero la próxima vez que salgas de casa, llévate el teléfono. Te lo has dejado en la mesa.

—No ha sido intencional. Además, ni siquiera he tardado una hora.

La levanto en peso y la hago sentarse sobre mis piernas, a horcajadas. Se tensa un segundo, pero luego sonríe y rodea mi cuello con los brazos para besarme.

Joder, qué bien saben sus labios.

—¿Mejor?

—Mmm... No sé...

Ella ríe y vuelve a besarme, pero esta vez su lengua invade mi boca y dejo de pensar. Abro las manos sobre su espalda, atrayéndola lentamente hacia mí, y gimo cuando Sarah empieza a balancearse sobre mis caderas.

Joder.

Santa Madonna .

El roce de su coño contra mis pantalones va a hacerme perder la cabeza. No es la primera vez que ella toma la iniciativa de esta manera, pero siento que hoy hay algo diferente, como si estuviera dejándose llevar realmente por primera vez desde que nos casamos.

Tiro de su cintura hacia abajo para que el roce sea más duro, más intenso, y el gemido que escapa de sus labios es recompensa más que suficiente para mí.

Estoy a mil por hora.

Y parece que ella también, porque toma mis manos y las sube por su abdomen hasta posarlas sobre sus pechos.

Trago saliva.

—Joder, princesa... qué buena estás.

Ella sonríe y sigue moviéndose, cada vez más deprisa, usándome como necesita. Usando mi polla, que está a punto de convulsionar.

—Me voy a correr...

Esas son las cuatro palabras más bonitas que he escuchado en mi vida. La siento tensarse sobre mi cuerpo para caer inerte con la cabeza sobre mi hombro después. Estoy duro como una piedra, pero tan jodidamente satisfecho por los avances de mi chica como si me hubiera corrido también.

Acaricio su espalda despacio, respirando con fuerza, intentando calmarme. Pero sus siguientes palabras me dejan en shock.

—Gabriel, vamos a intentarlo.

La aparto de mí lo suficiente para mirarla a la cara.

—¿Qué has dicho, princesa?

—Quiero intentar llegar hasta el final.

—Aún es pronto, y...

—No es pronto —me interrumpe—. He tenido cuatro sesiones con Samantha y creo que estoy preparada.

—Cuatro sesiones no son suficientes, princesa.

Sé que te sientes frustrada por no poder hacerlo, y de veras te entiendo, pero no necesitas forzarte solo porque yo te desee.

Esto —señalo mi erección— puede aliviarse en la ducha.

Puedes hacerlo tú misma si quieres, ya hemos comprobado que se te da jodidamente bien.

—Hemos avanzado mucho estos días. Hay cosas que antes no podía hacer y que ahora hago sin problema, como bien dices. Pero quiero hacer el amor con mi marido, Gab. Quiero sentirte dentro de mí y saber lo que se siente cuando tienes sexo con la persona correcta.

Se muerde el labio inferior.

—Quiero dejar de tener celos de mi hermana cuando nos cuenta lo bien que se lo pasa con Gianluca —susurra.

—¿En serio hablas con tu hermana sobre cómo se lo monta con Gianluca en la cama?

—¿Puedes creerlo? El fin de semana que salí con ella y con Serena, la muy zorra me restregó por la cara que iba a usar tu ático para tener una noche loca. Quise matarla por eso.

No puedo evitar romper a reír a carcajadas ante lo ofendidísima que está. La atraigo hacia mí y vuelvo a besarla.

—Cuando superes toda esta mierda también tendremos una noche de sexo loco en nuestro ático, te doy mi palabra.

Me levanto arrastrándola conmigo. Ella deja escapar un gritito y se sujeta a mi cuello con los brazos.

—¿A dónde me llevas? —ríe.

—Has dicho que quieres intentarlo de nuevo, ¿no? —Ella asiente—. Pues lo haremos... pero tomándonoslo con calma.