Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 20. Sarah
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20. Sarah

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N o he sido nunca de salir de fiesta. Prefiero quedarme en casa viendo una película con un tazón de palomitas al dolor insoportable de los tacones durante horas en un lugar donde te empujan a cada momento y corres el riesgo de que adulteren tu copa.

Pero reconozco que hoy me apetecía desconectar y olvidarme de todo.

Después de una tarde de compras, Serena ha sugerido salir a cenar y divertirnos, y aunque al principio me sabía mal por dejar a Gabriel con mi hijo, mi marido me ha animado a que lo haga.

Nos hemos arreglado las tres juntas en casa de Serena —no lo hacíamos desde que éramos un par de adolescentes— y nos hemos dirigido a Il Postino, uno de los restaurantes italianos más prestigiosos de la ciudad.

De entrante me he pedido carpaccio di branzino —un plato de lubina con alcaparras, aceitunas, aceite y limón— y de primero fettuccine bolognese , con su tradicional ragú de carne italiana.

De postre he pedido un trozo de tarta de queso ricota, y el maître nos ha invitado a una copa de Amaretto.

Ahora estamos en el Eclipse Noir, uno de los locales nocturnos pertenecientes a la Familia.

Lo hemos elegido porque Dante es quien lo dirige, por lo que podemos bailar y divertirnos sin miedo a meternos en problemas, ya que sus hombres estarán por todas partes.

Aunque Serena proteste por la sobreprotección de su hermano, ella misma ha sido quien ha sugerido venir aquí.

El lugar es lujoso y sofisticado. La luz dorada de las lámparas, tenue pero envolvente, crea un ambiente íntimo, acogedor.

Las paredes están cubiertas de terciopelo negro, con detalles en oro en lámparas y remates de esquina, entre otros.

Hay varios espejos grandes colocados de forma estratégica para que el espacio parezca más amplio de lo que realmente es.

En el fondo hay un conjunto de sofás de terciopelo negro con mesas bajas de cristal en donde varias parejas toman una copa de manera tranquila.

La pista de baile está en el centro, con un suelo de mármol negro brillante, y las personas se aprietan para poder bailar la música que elige el DJ desde su cabina elevada en una esquina.

Hay dos barras, situadas a ambos extremos del club, y al fondo, donde apenas puede verse, está la escalera que sube al despacho de Dante, custodiada por uno de sus hombres.

El lugar está bastante lleno para ser viernes por la noche.

Busco con la mirada a Gabriel, que me ha mandado un mensaje para decirme que debía verse con Dante, pero no le veo por ninguna parte.

No puedo evitar sentirme un poquito decepcionada, porque la verdad es que me gustaría compartir la diversión también con él.

No, Sarah... Es una noche de chicas.

Los hombres se quedan en casa.

—Vamos a por una copa, estoy sedienta —exclama Serena tirando de nosotras hacia la barra.

Mi amiga se hace hueco entre unos hombres, saluda a uno de los camareros con una sonrisa y él le hace señas para que vaya a la parte lateral, menos concurrida. Vuelve a tirar de nosotras hasta aquella zona, donde el camarero nos saca unos taburetes para que podamos sentarnos.

—Gracias, Mark —agradece Serena—. ¿Ha llegado ya mi hermano?

—Está en el almacén.

Me tenso, porque sé lo que eso significa. Demasiado tiempo perteneciendo a la Familia como para saber que el almacén del Eclipse no es otra cosa que el sótano en el que se llevan a cabo las torturas a sus enemigos. Seguramente Gabriel también está allí.

—Ponme un Martini —pide Serena subiéndose al taburete—. ¿Qué queréis vosotras?

—Un Margarita de frutos rojos —pide mi hermana.

—Un agua mineral. —Serena me mira con escepticismo.

—Ponle un Cosmopolitan —ordena—. ¿Agua mineral? ¿En serio?

—Sabes que no bebo alcohol, Serena.

—Por una noche no va a pasar nada —responde ella con un ademán.

—Yo espero que mis gemelos estén dormidos cuando llegue, porque tengo pensado tener una noche en el ático con mi marido.

Serena y yo la miramos con los ojos como platos, haciéndola reír.

—¿Qué ático? —pregunto.

—¿Qué planes? —interviene Serena a la vez.

—Vuestro ático... —responde señalándome— y planes de los que implican ropa interior destrozada.

—¡Oh. Dios. Mío! —grita Serena apretándome el brazo— Ahora mismo, te odio mucho.

—No, no me odias —ríe mi hermana.

—Vale, no... Pero te tengo mucha envidia.

—Cásate —propongo, dando un sorbo a mi bebida, que reconozco que está bastante buena.

—Solo hay un hombre con el que me casaría... Y ni siquiera me recuerda.

Miro sorprendida a mi amiga, porque no tengo constancia de que se haya enamorado nunca, pero ella niega y tira de nosotras hacia la pista.

Nos divertimos mucho bailando, riendo y tomando Cosmopolitan hasta que pierdo la vergüenza.

Por un momento me olvido de todo: de mi hijo, de mi sexy esposo y de todos los problemas que tenemos aún por resolver en casa.

Solo somos la música, mis amigas y yo, disfrutando de la vida.

Siento unas manos posarse en mi cintura y me vuelvo con una sonrisa pensando que es Gabriel, pero me quedo helada cuando me encuentro con un hombre que no conozco.

El pánico sube por mi garganta y siento la sangre correr por la punta de mis dedos. Mierda.

—Suéltala —ordena Serena, apartando sus manos de un manotazo.

—Solo quiero bailar con tu amiga, monada.

—Pero ella no quiere bailar contigo, así que desaparece.

El tipo levanta las manos en el aire y se marcha por donde ha venido, gracias a Dios.

—¿Estás bien? —pregunta mi hermana, que me ha visto ponerme blanca.

—Necesito un poco de aire.

—Vamos, salgamos de aquí.

Mi hermana me lleva hacia la salida con la mano apoyada en la cintura. Serena tiene que ir al cuarto de baño y queda en salir en cuanto pueda hacer pis. Me apoyo en la pared con un suspiro y cierro los ojos para intentar calmarme, porque el incidente de antes me ha dejado los nervios de punta.

—Espera aquí, voy a comprar una botella de agua.

Asiento y me alejo un poco de la puerta para evitar que ningún otro tipo intente agarrarme. Recuerdo que tengo la copa en la mano, y doy un sorbo para calmar el ardor de mi garganta mientras vuelve mi hermana.

—Apuesto a que eres igual de dulce que tu bebida.

Otra vez el hombre de la pista de baile. Me tenso y mi pulso se acelera. Decido ignorarle a ver si se marcha, pero en vez de hacerlo se apoya en la pared a mi lado, aunque esta vez por suerte no me toca.

—¿Te ha comido la lengua el gato, ricura? —insiste.

—Mi madre me enseñó a no hablar con desconocidos, sobre todo cuando son tan pegajosos como las moscas.

No sé de dónde ha salido ese arranque de valentía, pero me aplaudo internamente por haber sido capaz de no demostrarle miedo.

—Soy Kevin —se presenta—. Si me dices tu nombre dejaremos de ser desconocidos.

—Prefiero que sigamos siéndolo.

Levanto la mano en la que tengo la alianza para que la vea y deje de darme el coñazo, pero no parece importarle.

El muy cabrón coge mi mano y la retuerce hasta tenerme pegada a su cuerpo.

Empiezo a sentir una opresión en el pecho, siento que me falta el aire y empiezo a ver borroso. Mierda, ahora no...

—Quita tus sucias manos de mi mujer. ¡Ahora!

Casi lloro de alivio al escuchar la peligrosa voz de Gabriel. El imbécil se aparta con las manos en alto, mirándole con pavor. Sabe quién es, sin duda.

—Lo siento, tío. No sabía que tenía pareja —susurra.

—¿No lo sabias? —pregunta Gab con la voz mortalmente serena— Lleva una puta alianza de bodas de cuatro mil dólares en el dedo... ¡¿Y no lo sabías?!

Ni siquiera le veo sacar la pistola.

Un segundo está mirándole con los puños apretados, y al siguiente le apunta en la sien con el arma mientras le retuerce el brazo con fuerza.

Sujeto a Gab del antebrazo intentando apartarlo para evitar que le dispare, pero es imposible moverlo.

—Gab, por favor, baja el arma —pido con suavidad—. Estoy perfectamente, así que deja que se vaya.

—Te ha tocado, princesa. Te ha...

—Cariño, por favor...

Tras unos segundos que se me hacen eternos, Gabriel se relaja y mete la pistola en la cinturilla de sus vaqueros —acabo de darme cuenta de que lleva vaqueros y una camiseta ajustada, está para comérselo.

—Te perdono la vida porque me ha llamado cariño —me sorprende diciendo—. Desaparece de la ciudad, porque si vuelvo a cruzarme contigo no seré tan benevolente. ¿Entendido?

El imbécil asiente y se aleja corriendo. Gab se da la vuelta, me acerca a su cuerpo y me abraza con fuerza. Me relajo instantáneamente ante el latido errático de su corazón, y levanto la cabeza para besarle.

Joder... qué bien saben sus besos siempre.

—¿Estás bien, princesa? —susurra en mis labios.

Asiento y me refugio en sus brazos.

—¿Dónde están Serena y Bianca? ¿Por qué demonios estás aquí sola?

—Serena necesitaba ir al baño y mi hermana ha ido a buscarme una botella de agua.

—No vuelvas a quedarte sola. Casi me da un infarto cuando te he visto sufrir un ataque de pánico.

—No lo he sufrido —protesto.

—Porque he llegado justo a tiempo. ¿Dónde cojones están mis hombres? Se les va a caer el puto pelo cuando me los eche a la cara.

—Estarán buscándonos en el local, hemos salido demasiado deprisa como para que nos hayan visto —reconozco algo avergonzada—. Ni siquiera se me pasó por la cabeza acudir a ellos, lo siento.

—No te disculpes, joder. Es su trabajo protegerte. Si te pierden de vista a la primera de cambio no puedo confiar en ellos.

—No vayas a hacerles nada, Gab.

—Solo voy a amonestarlos. Una semana sin sueldo será suficiente para que se aseguren de hacer bien su trabajo.

—¿Estabas en el almacén?

—Tenía trabajo.

—¿Quiero saberlo?

—No es importante. Vamos a bailar.

Entrelaza sus dedos con los míos y tira de mí hacia dentro, hacia la pista.

Me pega a su cuerpo y empieza a contonearse al compás de la música, pasando sus manos por mi espalda y mi culo sin vergüenza.

Rodeo su cuello con los brazos, bailando con él, y su boca se acerca a la mía tan despacio que quiero gritar.

Tiro de su nuca y lo acerco más deprisa, y siento la sonrisa de mi marido bailar en sus labios pegados a los míos un segundo antes de que me bese.

—Llévame a casa —susurro.

—¿Estás cansada?

—Prefiero estar contigo en casa.

Me coge de la mano y tira de mí hacia la puerta, pero le detengo.

—¿Y las chicas?

—Son mayorcitas para cuidarse solas... y tienen a Dante vigilando desde el despacho.

—Deberíamos llevarlas primero a casa.

Gabriel suspira, saca su teléfono y hace una llamada.

—Ven a llevarte a tu mujer a casa —ordena—. Está con Serena en el Eclipse.

Marca otro número, esta vez deduzco que es el de Dante.

—Cuida de tu hermana, me llevo a mi mujer.

—Estoy trabajando, capullo —escucho decir. No es Dante, sino Enzo.

—¿Quieres que le diga a Dante que...

—Estoy ahí en cinco minutos —interrumpe, haciéndome reír.

—Eso pensaba.

Cuando cuelga, mi marido me mira con una ceja arqueada.

—¿Contenta?

—Mucho.

Gabriel sonríe, entrelaza sus dedos con los míos y me saca del local. Su coche está aparcado a un par de manzanas, y en cuanto arranca, sube un poco la calefacción y echa mi asiento un poco hacia atrás.

—Descansa un poco, princesa. Te despertaré cuando lleguemos a casa.

—No tengo sueño. Solo me duelen los pies.

—Entonces cuéntame cómo te ha ido con la doctora Hopkins esta tarde. Pensaba preguntarte cuando llegaras a casa, pero prefiero que te hayas divertido con tus amigas.

—Ha sido... no sé. Apenas he hablado un poco sobre lo que pasó con Stefano, pero hacerlo me ha sentado bien. Supongo que hablarlo con alguien ajeno a la Familia es diferente a hacerlo contigo o con mi hermana. Me ha dicho que tendremos que tener dos sesiones semanales, al menos al principio.

—¿Cuándo tienes la próxima?

—El lunes. Me ha dicho que este fin de semana me olvide de todo, que me concentre en disfrutar.

—En ese caso, ¿qué te parece si hacemos un viaje? En Connecticut hay un parque de atracciones con temática de dinosaurios. El hotel también tiene la temática, estoy seguro de que lo pasaremos bien los tres juntos.

—¿Puedes desaparecer así porque así?

—Cariño, soy el capo... puedo hacer lo que me venga en gana. Además, solo son tres días, Nicola se las puede apañar sin mí.