Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 19. Gabriel
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19. Gabriel

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H e pasado una tarde increíble con Gaby.

Hemos visto una película de Jurassic World —dice que yo soy más genial que Owen Grady—, hemos estado dibujando dinosaurios y enmarcando sus dibujos para colgarlos en mi despacho —de ahí lo de que soy supergenial— y hemos ido al KFC a recoger un pedido de pollo para cenar juntos en casa.

Nos hemos duchado y Gaby se ha quedado dormido en cuanto su cabeza ha tocado la almohada.

Sarah me ha llamado hace un rato para decirme que va a cenar con sus amigas y después irán a tomarse una copa.

Joder, me he sentido aliviado al escucharla.

Su voz sonaba feliz, y habría besado a Serena por ello, porque sé que ella es la que ha organizado la noche, pero me ganaría un puñetazo de su parte si me atrevo a acercar mis labios a su mejilla.

Mi teléfono suena y salgo de la habitación de mi hijo para contestar la llamada. Es Dante.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Reúnete conmigo en el Eclipse. Tenemos trabajo.

—Estoy ahí en media hora.

Tras asegurarme de que Chiara vigile al niño, me cambio de ropa y me dirijo al Eclipse. Cuando llego, Dante está sentado frente al escritorio hablando en italiano con alguien. Le saludo, me sirvo una copa y me dejo caer en uno de los sillones mientras termina, pero bostezo sin poder evitarlo.

—¿Te he despertado? —pregunta cuando termina la llamada.

—No. Gaby y yo hemos tenido una tarde de chicos —explico—. La mejor experiencia de mi vida, pero ha sido agotador.

Dante me mira con una sonrisa.

—Te sienta bien ser padre.

—Estoy locamente enamorado de mi familia, te lo juro. Gabriel es un niño increíble. Es educado, inteligente, dulce... y ardería en el infierno si con ello asegurase que será feliz el resto de su vida.

—¿Habéis tenido problemas con Stefano?

—El día que vio a Gaby discutió con Sarah, pero estaba en casa y pude intervenir.

—Sabe que es suyo.

—Lo supo en cuanto lo vio. La prueba de paternidad le hizo dejar el tema, pero sé que va a investigar para asegurarse de que no estamos mintiendo.

—Ten cuidado, conseguir ADN del niño es relativamente sencillo viviendo en la misma casa.

—Stefano no está el tiempo suficiente con la cabeza clara como para pensar en esas cosas.

—Tal vez no, pero Renata es muy calculadora. Sabes que os odia a Sarah y a ti por haberte quedado con el puesto de capo, ¿no?

—No es algo que me preocupe, la verdad.

—Pues debería. Ella tenía la esperanza de poder dirigir la familia Vitale a través de tu hermano. Fue ella quien le metió en las drogas, ¿lo sabías?

—Lo intuía, sí.

—Su plan desde un principio fue hacerse con el poder de la Familia. Tienes que tener mucho cuidado con ella, Gab. Es muy peligrosa.

—¿Y cuándo vas a hacer algo?

—Cuando me dé motivos para hacerlo. No tengo ni una maldita prueba de lo que te estoy diciendo, pero antes de liarse con tu hermano lo intentó con Massimo Bellini, y antes de eso con Salvatore Rossi.

—Me gustaría ver lo que diría mi hermano al enterarse de que fue su última opción —bufo—. Siempre supe que era una perra sin escrúpulos, la vigilaré de cerca.

El teléfono de Dante suena y, tras leer el mensaje, maldice.

—Voy a matarla, te lo juro —espeta—. Esta mujer va a terminar con mi paciencia.

—¿Tu hermana?

—¿Quién si no? Le dije que no podía salir si no era con cuatro guardaespaldas. CUATRO. ¿Y qué hace ella? Convence a mi abuelo para que la deje llevarse solo a María y Ana.

—Llevan toda la tarde fuera, ¿y te avisan ahora?

—Mi abuelo los amenazó con cortarle los huevos si lo hacían. Pero es tarde y ahora está preocupado. Debería haberle mentido, decirle que no sé dónde está para que aprenda.

—Creo que estás exagerando. También van Alessio y Marcelo, y Gianluca le ha asignado dos guardaespaldas extra a Bianca. No va a pasarle nada, Dante.

—Esa no es la cuestión. Me desobedece una y otra vez, Gab. Soy el puto heredero de la ‘Ndrangheta y no puedo controlar a mi propia hermana, ¿dónde me deja eso?

—Háblalo con ella. Serena es inteligente, te escuchará. Pero no empieces a gritarle, que sabes que es peor.

—¿Te has vuelto experto en mujeres ahora que estás casado o qué? —protesta mi amigo.

—No soy ningún puto experto, joder. Ni siquiera sé si estoy haciendo las cosas bien con la mía.

—¿Quieres hablar de ello?

—Sarah no ha superado lo que pasó con mi hermano —me veo confesando—. Aún no hemos podido tener sexo de verdad y, sinceramente, no creo que vaya a pasar pronto.

—Joder...

—Hoy ha ido a su primera sesión de terapia. Bianca la convenció de que hablara con Val sobre lo que le pasa, y ella le recomendó a la doctora Hopkins.

—Es muy buena en su trabajo. Trató a Serena cuando intentaron raptarla a los diecisiete.

—Ni siquiera me he atrevido a preguntarle cómo ha ido. La he mandado de compras con tu hermana y la suya para que se olvide de lo que sea que ha pasado en esa consulta porque no era capaz de escuchar que la doctora la ha ayudado más que yo.

—Tú la estás ayudando de otra manera, Gab.

La respetas, le das su espacio, no la presionas para follar.

Eso la ayuda, pero Sarah necesita también a una especialista que la ayude mentalmente.

Habla con ella, joder. Sarah es la mejor tía que conozco.

Si no fuera tu mujer, me plantearía casarme con ella para que mi abuelo deje de darme el coñazo.

—¿Quieres perder los dientes, Dante? —pregunto con la mandíbula apretada, porque pensar en mi mejor amigo y mi mujer juntos me ha revuelto las entrañas.

Él levanta las manos en el aire, pero no borra esa sonrisa socarrona de su boca. Le saco el dedo y bebo un trago de mi bebida, dejando el vaso sobre el escritorio con más fuerza de la que pretendía.

Maldita sea... los celos son una puta mierda.

—¿Vas a contarme de una vez para qué me necesitas? —protesto— Estoy hecho una mierda y quiero volver a casa para irme a la cama. Con MI mujer.

Dante ríe ante mi pequeño marcaje de territorio.

—Mi abuelo recibió anoche una llamada de Giovanni Ruggieri —me informa—. Necesita nuestra ayuda.

—¡La Cosa Nostra italiana! Tiene que ser grave.

—Lo es. Los albaneses europeos han robado una de las casas de coches más importantes de Italia, perteneciente a los sicilianos. No solo se han llevado más de un centenar de coches, sino también los planos de un prototipo revolucionario e información confidencial.

—¿Cómo es posible que los albaneses entrasen en el territorio de Giovanni sin hacer ruido?

—Fue traicionado por uno de sus capos. Antes de matarlo, le sonsacaron que el barco viene hacia Estados Unidos. Tienen pensado vender los coches robados aquí.

—¿Y qué tiene eso que ver con nosotros? Deberían haber avisado a la Cosa Nostra americana.

—El contacto de los albaneses europeos en el país es Arjan. Piensan desembarcar la mercancía en el puerto de Albany.

—Esto es muy gordo, tío.

—Por eso hemos trabajado con los sicilianos. Hemos matado dos pájaros de un tiro.

—¿Hemos? ¿Ya está hecho?

—Ya está hecho, esto no es algo que pudiéramos delegar en alguno de vosotros. Enzo viajó a Albany en cuanto mi abuelo nos contó el plan. Allí se reunió con la Cosa Nostra de Nevada para hundir el barco y matar a los albaneses.

—Dante, hundir un barco no es cualquier cosa. Nos meteremos en un gran lío con el gobernador. Y si el gobernador se enfada... se enfada la puta Kangpae.

—Tengo a Lorenzo Rossi ocupándose de Harrington. Su esposa le pidió el divorcio hace unas semanas, y sabes tan bien como yo que eso arruinaría su carrera política. Ahora mismo, sin embargo, deben estar follando como conejos para firmar su reconciliación.

—¿Cómo cojones lo has hecho?

—Harrington le ha regalado a su querida esposa un precioso collar de diamantes rojos y blancos por valor de trescientos sesenta mil dólares, cortesía de Vitto. Apuesto a que esa mujer no volverá a pedir el divorcio en lo que le reste de vida.

—Una jugada maestra, como siempre. ¿Y para qué me necesitas a mí?

—Ya hemos terminado con los sicilianos, pero aún nos queda lo mejor. Enzo ha secuestrado a Dritan, el segundo al mando de Arjan, y lo tengo ahora mismo en el sótano. Vamos a enviarle un mensajito a ese hijo de puta, y quiero que estés presente.

Sigo a Dante hasta el sótano del Eclipse, donde el aire está cargado de sudor, pólvora y el inconfundible olor a hierro de la sangre.

Enzo ya está allí, apoyado de forma distraída en una mesa mientras observa a Ettore, uno de sus soldados, hacer su trabajo.

Leo vigila la puerta y algunos de sus hombres tienen las armas en la mano.

Dritan está atado en una silla en el centro de la habitación. Su cabeza cae hacia un lado, con la boca partida —seguramente también la mandíbula— y la respiración pesada. Por el color de los nudillos de Ettore, no se ha contenido una mierda.

—Hola, Dritan —dice Dante acercándose—. Mucho tiempo sin verte.

Veo a Dante encender un cigarro y darle una buena calada.

Me acerco a donde está Enzo y veo sobre la mesa algunos objetos de tortura.

Mi amigo me palmea el hombro y me deja un lugar a su lado, desde el que puedo ver perfectamente el espectáculo que está a punto de empezar.

Ettore se mueve impaciente, como un niño al que están a punto de darle un juguete nuevo que poder destrozar.

Disfruta torturando el muy hijo de puta, pero Dante le tiene bien controlado.

—Así que tu jefe ha subestimado a mi organización. —Dante echa el humo en el rostro del albanés—. Y tiene la desfachatez de intentar robarme las armas en persona... Debe estar como una puta cabra. ¿De verdad pensaba que mi mejor hombre iba a permitírselo?

El albanés no se digna a mirarle. Continúa con la cabeza gacha, y Ettore le vuelca un cubo de agua helada por encima para asegurarse de que no pierde el conocimiento.

—Debo reconocer que su idea de aliarse con los albaneses de Europa era una idea brillante —continúa Dante—. Demasiado buena para haberla pensado él, en realidad. Seguro que fue a ti a quien se le ocurrió, ¿no es cierto?

Un leve tic en el mentón de Dritan confirma lo que acaba de decir Dante: él fue la mente detrás del plan.

—Debió joderte mucho que Arjan se adjudicara todo el mérito —continúa mi amigo—. Era tu plan, tu idea... Tú deberías ser el jefe, no él. ¿Para qué quería la ayuda de los europeos, Dritan? ¿Qué planea hacer?

Dritan levanta la mirada lentamente, con los ojos llenos de odio, no sé si hacia Dante o hacia su propio jefe. No responde. Solo escupe a los pies de mi amigo en un último intento de desafío. Dante observa el esputo sin emoción y lo pisa con la suela del zapato.

—Nada que decir, ¿eh? Perfecto. Vamos a hacerlo de otra manera. —Gira la cabeza hacia Ettore—. Hazlo hablar.

Ettore sonríe con esa sonrisa que es capaz de helar la sangre a cualquiera que no le conozca y se acerca a la mesa. Pasa los dedos por encima de las herramientas plateadas esparcidas en una bandeja, y elige unos alicates de tamaño medio.

—Bonitos dientes —dice—. Veamos si eres tan valiente cuando te los haya arrancado todos.

Por un momento solo se escuchan los gritos de Dritan. Ettore arranca uno por uno los dientes del albanés, empezando por los molares. Los lanza por los aires como si fueran premios para los demás hombres presentes, y cuando ha terminado con ellos, Dante vuelve a acercarse.

—Eres un hombre leal, lo reconozco. Pero no merece la pena, te lo aseguro. Arjan ya te ha abandonado, Dritan. Deja de aferrarte a una causa que ya está muerta.

—¡Que te jodan!

La sangre de su boca salpica la camisa de Dante, pero él no se inmuta. Le sujeta por el pelo y le levanta la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Piénsalo bien... Su plan ha fallado —susurra—.

Los albaneses europeos deben estar muy cabreados por haber perdido su mercancía, y todo ha sido culpa de Arjan.

¿Crees que tu adorado jefe se va a preocupar de que tú estés en mis manos?

Seguramente te haya echado la culpa a ti, y debe estar huyendo para que los europeos no le metan una bala en el culo.

Dritan aparta la mirada y no cae en su trampa.

Dante suspira, apaga el cigarro en el dorso de la mano del albanés y se acerca a la mesa.

Hace el mismo gesto que Ettore, pasa la mano por encima de las herramientas hasta coger una cizalla.

Enzo simula una arcada, haciéndome reír.

Se acerca a Dritan de nuevo y atrapa uno de sus dedos con la herramienta, apretando hasta que un hilo de sangre cae por el brazo de la silla.

—¿Recuperas el habla? ¿No?

Un golpe seco y el dedo meñique de Dritan queda colgando de manera precaria, arrancándole un grito ensordecedor. La sangre comienza a brotar a borbotones y el albanés forcejea intentando soltarse.

—¿Nada, ni una palabra? —Dante chista—. Voy a terminar manchándome el traje y tengo una cita.

—¡Vete a tomar por el culo, hijo de puta!

—Esa no era la respuesta que esperaba.

Uno a uno, Dante corta todos los dedos de Dritan. Solo quedan un índice y un pulgar cuando el hijo de puta comienza a cantar.

—¡Quiere quedarse con los puertos de Nueva York! —solloza— Está buscando aliados para terminar con la ‘Ndrangheta y quedarse con su territorio.

—¿Qué aliados tiene hasta ahora?

—El cártel del Sol Negro —jadea—. Son los únicos aliados por el momento.

—¿Y cuál es su próximo movimiento?

—¡No lo sé! ¡Te juro que no lo sé! Si ha fallado el trabajo de los europeos no tiene nada, ¡lo juro!

—¿Ves como no era tan difícil?

Dante levanta su arma y le mete un tiro en mitad de la frente, terminando con su sufrimiento.

—Ettore, traeme el bisturí.

El rubio obedece, y Dante rasga la camiseta del albanés, dejando el pecho desnudo. Se pone en cuclillas y se recrea en escribir con el bisturí en su piel lampiña: La guerra è cominciata, e nessuno ne uscirà vivo.

La guerra ha comenzado, y nadie saldrá vivo de ella.

—Leo, mételo en una caja de regalo y llévalo personalmente hasta la residencia de Arjan en Nevada —ordena.

—Entendido, jefe.

Dante se limpia las manos en el lavabo que hay en el fondo y se gira hacia mí.

—Tengo un trabajo para ti.

—Informar a la Kangpae —adivino.

—Joon Seo tiene que saber lo que se está moviendo en la ciudad. Si somos el objetivo, necesitaremos su puta ayuda.

—Hablaré con Tae por la mañana —asiento.

—Deberías cambiarte, te has puesto perdido —dice señalando mi ropa.

Agacho la cabeza para comprobar que gran parte de mi chaqueta y pantalones están manchados con la sangre del albanés.

—Cojones, Dante... No puedo volver a casa así —protesto intentando limpiarme, pero la lío aún más—. Sarah me va a matar si me ve.

—Vamos, en el despacho tengo algo de ropa y somos de la misma talla —me ofrece Enzo—. Tienes que ponerme al día de cómo van las cosas con tu princesa.