Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 18. Sarah
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18. Sarah

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H a pasado una semana desde que hirieron a Gab. Ahora está totalmente recuperado, y va sentado a mi lado mientras nos dirigimos a mi cita con Samantha.

Estoy nerviosa. Tremendamente nerviosa.

Si por mí fuera, saltaría del coche en marcha para correr en sentido contrario.

Pero necesito esto.

Necesito superar mis miedos para poder tener un matrimonio normal con Gabriel.

Miro por enésima vez el reloj de Cartier que adorna mi muñeca. Gabriel me lo regaló hace unos días porque sí, sin ningún motivo. Dijo que lo había visto en la tienda y que le había recordado a mí. Y reconozco que me derretí enterita por el detalle.

Mi marido aprieta la mano que tengo sobre el muslo para llamar mi atención.

—Todo va a estar bien, princesa.

Y como si él tuviera la verdad absoluta del universo, me relajo. Porque tiene razón, todo va a salir bien. Podré superar toda esta mierda y le demostraré lo mucho que lo deseo.

El coche se detiene en la puerta de un rascacielos de Park Avenue. Inspiro con fuerza y salgo del coche cuando Fabio me abre la puerta. Le tiendo la mano a Gaby, que la toma a la vez que la de su padre, y nos dirigimos juntos hacia el interior.

Planta quince. Apartamento cincuenta y seis.

Gabriel pulsa el timbre de la puerta por mí, y a los pocos segundos aparece una joven de unos veinticinco años con el pelo de colores y algunos piercings en las orejas.

—Tenía cita con la doctora Hopkins —explico.

—Por supuesto, pasen a la sala de espera. ¿Su nombre, por favor?

—Sarah. Sarah Vitale.

La joven nos guía hacia una de las habitaciones que han habilitado como sala de espera.

Hay tres personas más sentadas en unos sillones bastante cómodos, dos de ellos leyendo revistas de las que hay sobre la mesita de café en el centro y el último, un joven de no más de veinte años, haciendo scroll en su teléfono.

Me siento en uno de los asientos libres, y Gabriel se sienta a mi lado, con nuestro hijo sobre sus rodillas.

El tiempo se me hace eterno.

Debe haber más terapeutas aquí, porque las personas pasan a la consulta y no veo que salgan. Diez minutos después, la chica del pelo de colores dice mi nombre. Inspiro con fuerza, me limpio las manos sudadas en los pantalones y me pongo de pie.

—Estoy aquí, princesa.

Y esas simples palabras de Gab son suficientes para que comience a caminar en dirección a la mujer, que me mira con una sonrisa.

La consulta de la doctora Hopkins no es en absoluto lo que me esperaba.

Siempre pensé que los psicólogos tenían divanes de cuero negro junto a lámparas de pie para que los pacientes se tumbaran, pero este despacho no tiene nada que ver con lo que yo tenía en mi mente.

Junto a la ventana, hay un escritorio bastante grande con un ordenador de varias pantallas, algunos informes apilados en una bandeja de metal y un péndulo de Newton cuyo sonido me parece relajante.

A su lado, hay un par de sillones mullidos, y entre ellos una mesa de café adornada con un jarrón de cristal en el que hay varios tipos de flores frescas, que desprenden un aroma agradable.

Al fondo puedo ver un mueble sobre el que hay una cafetera de cápsulas, un calentador de agua y varios pastelillos envueltos individualmente.

La doctora Hopkins es más joven de lo que pensaba. Puede tener la edad de Gabriel, con el cabello castaño rizado cayendo en cascada por su espalda y unos ojos gris verdoso detrás de unas bonitas gafas metálicas.

Es realmente guapa.

Valentina también lo es, pero la doctora Hopkins es la típica mujer que hace a los hombres girar la cabeza allá donde va.

Levanta la mirada y me dedica una sonrisa dulce. Suelta el bolígrafo que tiene en la mano y se acerca para estrechar la mía.

—Es un placer conocerla, señora Vitale.

—Lo mismo digo, doctora Hopkins.

—Antes de empezar, debemos sentirnos cómodas juntas. Dejemos los formalismos, ¿te parece?

—Desde luego —respondo sonriendo.

—Bien, toma asiento. ¿Quieres tomar algo? Café, té, un pastelillo... Los de manzana están realmente buenos.

—Un poco de agua, siento la boca seca.

Samantha asiente y se acerca a la encimera para servirme un vaso de agua fría. Me ofrece asiento en los sillones y ella se sienta frente a mí, cruzando las manos sobre una pequeña libreta, sin abrirla todavía.

—Bien. Antes de seguir, quiero asegurarme de que estás a gusto —comienza—. ¿Quieres que dejemos la luz tal como está o prefieres que la atenúe un poco? ¿Prefieres la puerta abierta? ¿O tal vez un poco de música relajante?

—No, todo está bien, gracias.

—Cuéntame cómo estás viviendo últimamente. Cómo te levantas, cómo duermes, cómo te sientes en casa, con la gente que te rodea. Cuéntame un poco de eso.

—La verdad es que estoy durmiendo bastante bien. Gabriel, mi marido, es una almohada excelente.

Samantha sonríe apenas y se entretiene recogiendo su cabello en un moño que sujeta con un lápiz. De repente siento mucha curiosidad por saber si yo seré capaz de hacerlo igual que ella.

—Eso suena... reconfortante —responde con un tono cálido, sin perder la profesionalidad—. Dormir bien es un buen punto de partida. Cuéntame un poco más de él. ¿Cómo te hace sentir cuando está cerca?

—Segura. —Sonrío—. Protegida. Amada. Siempre me hizo sentir así, incluso cuando éramos niños.

—Es bueno que tengas a alguien así cerca —dice con suavidad—. Sobre todo en momentos complicados.

Cruza las manos sobre la rodilla y me observa con atención, pero sin esa intensidad que incomoda. Es una mirada tranquila, que invita a seguir hablando.

—Y cuando no estás con él... —continúa—, ¿cómo te sientes? En tu día a día. En casa. Contigo misma.

—Es... difícil. Aunque cuento con la compañía de mi hermana y sé que sus hombres me protegerán pase lo que pase, vivir en la misma casa que Stefano es muy difícil.

—¿Quién es Stefano?

—El hermano de mi marido. Mi exmarido, también. —Agacho la mirada y comienzo a juguetear con el dobladillo de mi blusa—. Él es el causante de que yo esté aquí.

—¿A qué te refieres exactamente?

Inspiro con fuerza. Es hora de dejarlo salir.

—Me casé completamente enamorada de Stefano. Era el amor de mi juventud, y pensé que él también me amaba.

—Pero no fue así.

—No. Su padre y el mío acordaron el matrimonio, y ya sabes cómo son las cosas en la mafia. Pasó la boda en la cama de su amante, y a partir de entonces convirtió mi vida en un infierno.

—¿Qué hacía?

—Traía a Renata a casa. La besaba delante de mí, y hacía ver a todos que ella era la verdadera dueña de la casa. De puertas hacia afuera aparentaba que éramos un matrimonio perfecto, y yo siempre accedía porque pensaba que así conseguiría que me notara.

—Pero nunca lo hizo.

—Jamás. Yo ya me había rendido. Había aceptado que mi matrimonio no era más que un teatro, y había decidido que me dedicaría a vivir mi vida sin tenerle a él en cuenta. Pero aquella noche vino borracho y...

No soy capaz de continuar. Se me quiebra la voz y tengo que beber agua para poder seguir hablando. Samantha posa su mano sobre la mía y aprieta con suavidad.

—Tranquila... si no puedes continuar terminaremos ahora.

—No, estoy bien. puedo seguir.

—¿Estás segura? —Asiento.

—El don le había mandado llamar. Estaba muy enfadado porque aún no me había quedado embarazada. —Empiezo a reír sin emoción—. Aún seguía siendo virgen.

—¿Qué hizo? —susurra como si no quisiera interrumpirme.

—Me violó. Había consumido drogas para darse ánimos, según dijo, y me violó en mitad del salón. Delante de todos sus hombres. —Inspiro con fuerza—. Ninguno me ayudó.

Levanto la mirada y me limpio de la mejilla una lágrima que no sabía que había derramado. Samantha me mira atenta, pero no hay rastro de compasión, lástima o cualquiera de esos sentimientos que me hacen sentir tan incómoda.

—Gabriel, mi marido, fue quien me llevó al hospital —continúo—. Se quedó conmigo todo el tiempo, y cuando me dieron el alta... Se marchó.

—¿A qué te refieres con que se marchó?

—De la casa familiar. Se compró un apartamento y se mudó.

—¿Cómo te hizo sentir eso?

—Lo entendí, aunque me doliera. Gabriel había intentado hablar con nuestros padres para que me permitieran divorciarme y alejarme de su hermano, pero Stefano es el tipo de persona que todo el mundo cree sin cuestionarlo.

Dijeron que yo exageraba. Que estaba celosa de su amistad con Renata y que estaba teniendo una rabieta.

Gabriel no podía soportar ver más cómo me trataba, así que se marchó.

—¿Te dolió que tu padre no te creyera?

—Estaba acostumbrada. Para mi padre, su capo es más importante que su familia. —Río sin emoción—. A veces pienso que está enamorado de él.

—¿Se lo contaste a alguien más? ¿A tu hermana?

—Mi hermana es menor que yo. Además, nos distanciamos debido a mi matrimonio. Ella no estaba de acuerdo. Había escuchado a Stefano mofarse diciendo que me tendría en su cama con solo chasquear los dedos.

—¿Te lo dijo?

—Sí, pero no quise escucharla. —Suspiro—. Si lo hubiera hecho, si la hubiera escuchado...

Mira el reloj y cierra la libreta, dejándola con suavidad sobre la mesa de café que nos separa.

—Sarah... —su voz es baja, firme, sin dramatismo—. Lo que viviste fue una agresión brutal. Y no fue culpa tuya. Nada de lo que pasó lo fue.

Lo sé. Sé que no lo fue, Gabriel y mi hermana me lo han dicho docenas de veces, pero escucharlo de ella...

Me alivia.

Es como si mi pecho dejara ir un poquito del enorme peso que lleva soportando cinco años. Como si me liberase de parte del trauma.

—Sé que no ha sido fácil hablar de esto con alguien que acabas de conocer —añade—. No tienes que resolver nada hoy, Sarah. Lo importante es que has dado el primer paso.

Se inclina apenas hacia delante, sin invadir mi espacio.

—Me gustaría que nos viéramos dos veces por semana durante un tiempo. Pero iremos a tu ritmo. Si en algún momento necesitas espaciar las sesiones, me lo dices.

Asiento. Estoy dispuesta a cualquier cosa para poder superar esta mierda.

Samantha se levanta, pero no abre la puerta todavía. Me da tiempo para recomponerme, para respirar, para volver a mi cuerpo.

—Gracias por confiarme esto hoy —dice al fin—. Ha sido un gran paso. Te veré de nuevo el lunes. Este fin de semana no te exijas demasiado. Haz vida normal, pasa tiempo con la gente que quieres y no te obligues a pensar en todo esto.

Salgo de la consulta sintiéndome un poco mejor. En cuanto Gabriel me ve aparecer, se pone de pie, me atrae a su cuerpo y me abraza con fuerza, dejando un beso sobre mi frente. Caminamos en silencio hasta el coche, con el parloteo incesante de mi hijo entre nosotros.

—He llamado a Serena y a tu hermana —me informa Gabriel—. Vas a salir con ellas, a hacer esas compras que dejaste pendientes la semana pasada. Yo voy a pasar una tarde de chicos con Gaby.

—¡Sí! —grita mi hijo, saltando en el sillón del coche— ¡Tarde con papá!

—¿No tienes trabajo que hacer?

—Pasar tiempo con nuestro hijo es más importante. He preparado una tarde de cine jurásico para ponerme al día de una buena vez con los dinosaurios.

—Puedo llevarme a Gaby y...

—¿Pretendes privarme de pasar tiempo con mi hijo, mujer? —bromea haciéndose el ofendido.

—Nada de dulces —advierto.

—Lo prometo.

—Nada de saltar sobre las camas.

—Lo juro.

—Nada de...

—Sarah... —me interrumpe— ¿Puedes, por una tarde, dejar de ser madre y esposa y ser solo mujer?

Trago saliva y asiento. Mi marido parece haberse quedado satisfecho, porque vuelve a recostarse en el asiento y entrelaza sus dedos con los míos.

Joder, qué suerte he tenido.

Ni en mis mejores sueños habría imaginado que casarme con mi cuñado sería la mejor decisión que podría haber tomado en la vida.