17. Gabriel
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A penas son las seis de la mañana cuando llegamos al almacén del puerto donde vamos a llevar a cabo nuestro próximo trabajo, aunque en realidad sé que me estoy metiendo en la boca del lobo.
La mafia albanesa es conocida por su falta de escrúpulos.
No negocian, manipulan. Si pueden traicionarte y salir ganando, lo harán sin pestañear.
Es por eso que estoy aquí, aunque Leo me ha insistido hasta el hartazgo en que puede manejarlos.
No me fío ni un pelo de que esto sea un negocio limpio, por lo que no pienso dejar a mi amigo con la espalda descubierta.
Pero no va a salir bien.
Tengo un maldito pálpito, y nunca me equivoco cuando tengo un pálpito.
Esto es una trampa, estoy seguro... pero no quiero arriesgarme a perder la oportunidad si me equivoco por primera vez.
Observo a mis hombres, el doble de los que usaría para una venta normal, apostados en los lugares estratégicos del puerto.
Podría haberle pedido refuerzos a los Ferretti, o a Tae incluso...
pero mis hombres pueden de sobra con esto.
Un solo paso en falso y los albaneses están muertos.
—¿Está todo listo? —pregunto a Leo.
—Todo listo, jefe. La mercancía está dentro del almacén y todos nuestros hombres están en posición.
—Esto no me gusta, es demasiada mercancía.
—Estamos preparados si es una trampa, Gab. Los francotiradores están en posición.
—De acuerdo, terminemos pronto con esto para que pueda regresar a casa con mi esposa.
El almacén apesta a humedad y metal oxidado.
La luz de los fluorescentes parpadea de forma irregular, dejando sombras alargadas sobre el suelo de cemento agrietado.
Avanzo por los pasillos de estanterías llenas de cajas de objetos de importación, algunas marcadas con logotipos falsos, otras sin identificación.
Palés con sacos de café y especias provenientes de África están apilados a un lado, una tapadera perfecta para los negocios de la Familia.
El olor a madera húmeda y plástico quemado se mezcla con la brisa que se cuela por las rendijas en los muros de metal.
A mi derecha, filas de bidones alineados con etiquetas de productos químicos, lo suficientemente grandes como para ocultar más que mercancía legítima.
El suelo cruje bajo mis zapatos.
Hay demasiado silencio.
Aún no he visto a los albaneses, pero sé que están aquí. Lo siento en el aire.
En el centro del almacén encuentro a una docena de mis hombres custodiando la mercancía.
Saludo a Ángelo, uno de ellos, con un gesto de cabeza, y me acerco justo cuando los albaneses hacen su aparición.
En la cabecera de la comitiva, Arjan Kodra, el líder, se acerca con paso firme, irradiando una confianza que roza la arrogancia.
La luz tenue del almacén resbala por la superficie de su chaqueta de cuero, y sus gafas de sol ocultan cualquier emoción en su mirada, pero no hace falta verla para entender que está aquí con una intención clara.
A su alrededor, sus hombres mantienen la formación, caminando en perfecta sincronía detrás de él, como si cada uno supiera exactamente su papel en el juego.
No hay sonrisas, ni gestos innecesarios.
Arjan se detiene frente a la mesa donde reposan las cajas de armas, sin apresurarse a hablar.
Se quita las gafas de sol y desliza una mano por el borde de una de ellas, sintiendo la madera bajo sus dedos.
Finalmente, levanta la tapa e inspecciona uno de los rifles con una calma irritante.
Hay algo en su expresión, en la forma en que sus hombres intercambian miradas rápidas, que me dice que esto va a acabar muy mal.
—Buen material —dice, pasando los dedos por el cañón—. Tu gente sabe hacer negocios.
—Por eso estamos aquí —respondo, impasible—. ¿Vamos a cerrar esto o me estás haciendo perder el tiempo?
Arjan sonríe. Esa maldita sonrisa que no llega a sus ojos. Detecto una leve señal de uno de sus hombres y el resto saca sus armas, apuntando a los míos. Lo sabía, mi maldito pálpito nunca se equivoca.
—No vais a recibir el pago —dice Arjan con una sonrisa arrogante—. Vamos a llevarnos la mercancía y, si sois listos, no vais a hacer preguntas.
Me entretengo ajustando los gemelos de mi camisa con parsimonia.
¿Robarme a mí? ¿A Gabriel Vitale?
Este gilipollas no sabe dónde se ha metido.
—No vais a llevaros una puta mierda si no pagáis —contesto con calma—. Yo no soy Stefano, Arjan. No me toques las pelotas.
Un disparo resuena en el silencio del almacén.
Uno de sus hombres ha abierto fuego, y pronto se produce la lluvia de balas.
Leo me cubre con su cuerpo para llevarme detrás de unos contenedores y ponerme a salvo, pero me sacudo para que me suelte y levanto mi arma para ayudar a mis hombres.
Tenemos cerca de media docena de albaneses muertos a nuestros pies y el resto huye como los cobardes que son, cubriendo a su jefe para que ninguna bala lo toque.
—¡Joder!
Me doy la vuelta para guardarme el arma y una bala me roza el costado.
El dolor que me atraviesa me hace apretar los dientes, pero cuando me aseguro de que solo es un roce salgo a correr para intentar atrapar al hijo de puta que me ha disparado por la espalda.
No tengo suerte, se ha subido a uno de los coches de los albaneses y se marchan del puerto quemando rueda.
—¡Gab, estás herido! —exclama Leo acercándose corriendo.
—Estoy bien, solo es un rasguño —protesto dando vueltas como un lobo enjaulado.
Ahora tenemos siete malditos millones de dólares en armamento que no tengo ni puta idea de dónde meter.
—Llevaos las armas al Eclipse y escondedlas en el sótano —ordeno.
El Eclipse Noir es un club perteneciente a la ‘Ndrangheta, una de las tapaderas para blanquear el dinero de la Familia.
Es el negocio personal de Dante, y cuando le informé de esta venta estaba tan seguro como yo de que sería una trampa.
Con suerte podremos encontrar vendedores para deshacernos de ellas antes de que termine la semana.
—Gab, estás sangrando mucho —advierte Leo.
—Estoy bien.
—¡Y una mierda estás bien! —Inspira con fuerza al darse cuenta de que me está gritando—. Gab, estás dejando un maldito rastro de sangre. Vámonos de una vez para que Valentina pueda curarte la herida.
Arqueo una ceja, pero hago lo que me pide porque sé que está preocupado por mí.
Leo, Gianluca, Matteo y yo nos hemos criado juntos.
Somos como hermanos, y son los únicos hombres que pueden permitirse el lujo de hablarme así.
Cuando llegamos a la mansión, confío en que Sarah se haya marchado ya con su hermana y no vea el estado en el que regreso, pero no tengo tanta suerte.
¡No es mi día, joder!
En cuanto me ve, deja escapar una exhalación y se acerca corriendo, intentando quitarme la camisa delante de mis hombres para inspeccionar la herida.
—Solo es un rasguño, princesa —le explico—. Valentina se ocupará de ello.
—¿Qué ha pasado, Gab? —protesta— Se supone que eres el capo, no te pones en peligro.
—Nicola no está aquí para ocuparse de la venta y no quería dejar a Leo solo con los albaneses. ¡Sabía que iban a jugárnosla!
—¿Y aun así te pones en peligro?
No me espero el golpe que me da en pleno estómago, haciéndome jadear. La miro con los ojos como platos, pero mi mujer ya tiene los ojos anegados en lágrimas. Intento abrazarla, pero ella se aparta y me precede hasta la enfermería.
—Val, ella es Sarah, mi esposa —las presento.
—Nos hemos conocido hace un rato —asiente la doctora.
Sonrío satisfecho porque mi mujer está dando pequeños pasos en su recuperación. Me siento en la camilla y dejo a Sarah desabrochar los botones de mi camisa. La aparta con sumo cuidado de la herida y suspira aliviada al darse cuenta de que tengo razón y solo es una herida superficial.
—¿Por qué ha sangrado tanto? —pregunta.
—Seguramente la bala ha roto alguna vena —explica Val—. No te preocupes, tu hombre sobrevivirá.
—Si no lo mato por ponerse en peligro y no contarme nada —bufa ella.
—No quise despertarte —explico intentando acercarme para besarla, pero Sarah se aparta.
—Necesitas puntos, jefe —explica Valentina, acercándose a un aparador.
—¿Son estrictamente necesarios?
—O dejas que te cosa o te juro por Dios que yo misma lo haré con mi set de costura —amenaza Sarah, haciéndome reír.
—Bésame y me lo pensaré.
—No estoy nada contenta contigo ahora mismo, Gab. No tientes a tu suerte, porque puede que termines durmiendo con Gaby esta noche.
La risa de Valentina me distrae de mi empeño. Decido no presionar más a Sarah, sé que a pesar de lo fuerte y valiente que se está mostrando delante de todos, por dentro está cagada de miedo.
Tomo su mano entre las mías cuando Valentina comienza a coserme.
Pongo gesto de dolor, aunque me ha pinchado anestesia local y no siento una mierda.
Pero mi pequeña actuación es recompensada con un acercamiento de Sarah, que apoya mi cabeza en su pecho y acaricia mi cabello con suavidad.
Val va a decir algo, pero una sola mirada la detiene. Como me joda el momento la mato.
—Listo, te lo retiraré dentro de quince días —suspira cuando termina—. Ya sabes... nada de mojar la herida y todo eso.
—¿Ya sabes? —bufa Sarah, apartándose— Parece que tienes experiencia en recibir balazos.
—No lo digo por eso, Sarah —se apresura a decir Val—. Gab siempre trae a sus hombres cuando están heridos, se sabe de memoria mis indicaciones por eso. Esta es la... ¿tercera vez? que le curo una herida, te lo prometo.
Me levanto de la camilla y tomo mi chaqueta para ir a lavarme y cambiarme de ropa.
Sarah viene pisándome los talones, y cuando entramos en nuestra habitación la sorprendo atrapándola entre mis brazos para besarla.
Al principio se resiste, pero no puede evitar derretirse completamente cuando hundo mi lengua en su boca. Su gemido es la prueba.
—¿Me ayudas a lavarme? —pregunto.
—Claro.
Le tiendo la mano y entramos juntos al cuarto de baño.
Me ayuda a desnudarme y me pide que me siente sobre la tapa del inodoro.
Me sorprende verla desvestirse también, aunque se queda en ropa interior —una ropa interior de algodón blanco con dibujos de frutas sonrientes que me hace babear casi tanto como el puto encaje rojo—.
Pone su ropa lejos de nosotros y llena el lavabo con agua tibia.
Pasa una esponja con jabón por todo mi costado, evitando acercarse mucho a la venda.
Continúa bajando por mi pierna, hasta el tobillo, y cuando ha terminado retira la espuma con una toalla humedecida.
—Ya está —susurra.
Joder, no puedo apartar mis ojos de ella.
Sé que no es el momento de ponerme cachondo, pero tener a mi mujer de rodillas entre mis piernas, pasando la toalla seca por mi piel, me está poniendo malísimo.
Y empiezo a contar jodidos albaneses para no tener una maldita erección.
Cuando termina de secarme, me ayuda a ponerme ropa cómoda y me lleva hasta el dormitorio como si estuviera inválido —y me dejo, porque se siente bien que me mime un poco—.
Me ayuda a meterme en la cama, me cubre con las sábanas y entra en el armario para vestirse ella misma con un pantalón deportivo y un top.
—¿Qué se supone que haces? —pregunto mirando el reloj.
—Deberías descansar temprano, así que voy a preparar algo para cenar.
—No, señorita. Tú vas a ponerte un vestido de infarto, unos tacones de vértigo y te vas a ir con tus amigas de compras.
—No voy a irme a ninguna parte. Ya les he escrito para contarles lo que ha pasado. Podemos ir otro día.
—Sarah...
—No insistas, Gabriel. No pienso marcharme cuando estás herido.
—Ya has escuchado a Val. Solo es un rasguño.
—Pues si solo es un rasguño, podré ir de compras mañana.
—Mira que puedes llegar a ser cabezota a veces...
—Le dijo la sartén al cazo... Voy a preparar la cena. ¿Hay algo en concreto que te apetezca?
Tú, joder.
Tú envuelta en encaje y cubierta de crema.
—Lo que prepares estará bien, nena. Pero que sea algo que podamos comernos aquí, en la cama.
—Veré lo que puedo hacer.
Mi mujer se marcha y me alargo hacia la mesita de noche para coger el teléfono. Pongo al don al día sobre la situación, y para cuando he terminado, Sarah regresa a la habitación con una bandeja de nachos y tacos mexicanos.
—No pican —advierte—. No creo que te venga bien comer picante en tu estado.
—¿Mi estado? —río— Bonita excusa para justificar que los has hecho sin picante porque a ti no te gusta.
—Vale, sí. ¿Satisfecho?
—Solo si me traes la salsa picante.
Ella pone los ojos en blanco y la saca del bolsillo de sus pantalones.
—¿Contento?
—Me conoces tan bien, princesa...
Pone la bandeja en una pequeña mesa de cama que tiene para cuando le apetece leer un rato y empezamos a comer.
—Así que has ido ya a ver a Valentina...
—Sí, he ido esta mañana. Al principio me he sentido un poco cohibida, pero es una mujer encantadora y casi sin darme cuenta me he visto contándole lo que me pasa.
—¿Qué te ha dicho?
—Que necesito hablar con un especialista, y me ha recomendado a una amiga suya que trata a veces con la mafia. Samantha Hopkins. ¿La conoces?
—La verdad es que no, pero si Val te la recomienda debe ser buena. ¿Le has pedido ya una cita?
—Sí —bufa—, pero está tan solicitada que no puede atenderme hasta la semana que viene.
—No tienes prisa —digo abrazándola—. Estoy muy orgulloso de ti, Sarah. De veras.
Ella sonríe y se sonroja, haciendo que no pueda evitar besarla. Pero no estoy en condiciones de llegar más lejos.
Cuando terminamos de cenar, retira la mesa de la cama, se marcha a lavar los platos y regresa al poco tiempo para tumbarse a mi lado. La atraigo hacia mi cuerpo y enciendo el televisor para poner algo en Netflix.
—¿Quieres que vaya contigo?
No hace falta decirle a dónde.
—Me gustaría, sí... pero a la consulta quiero entrar sola.
—No hay nada de lo que vayas a decir que vaya a cambiar mi opinión sobre ti. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé, y no es por eso por lo que quiero entrar sola.
—¿Entonces?
—Quiero ser capaz de enfrentar todo esto sin tenerte a mi lado. Soy valiente cuando estás conmigo, pero, como hoy, habrá veces en las que me encuentre sola. Quiero ser capaz de ser valiente por mí misma, y para ello tengo que empezar con esto.
La aprieto contra mi pecho y la beso en la frente.
Mi pecho está tan henchido de orgullo que creo que explotaré en cualquier momento, joder.
Mi pequeña princesa es toda una leona.