16. Sarah
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E ntre deshacer nuestro equipaje y colocar la ropa en los armarios, no he tenido que cruzarme con Stefano en todo el día.
Después del enfrentamiento con Renata, mi hermana me llevó a nuestro espacio privado dentro de la mansión: una suite que más bien parece un apartamento.
Está formada por un pequeño salón con cocina, un cuarto de baño enorme y dos habitaciones espaciosas.
Bianca ha hecho un trabajo excelente con la decoración con tan solo unas pocas horas de tiempo, aunque ha reconocido que contó con la ayuda de un gran diseñador de interiores a quien Gabriel le ha pagado una pequeña fortuna por tenerlo todo listo en menos de veinticuatro horas.
A Gaby no le ha gustado su habitación tanto como la del ático, pero mi hermana le ha prometido que podremos redecorarla tranquilamente entre todos y parece que se ha quedado satisfecho.
Después de pasar todo el día ocupadas —aunque reconozco que ha sido muy divertido compartir estos momentos con mi hermana—, Bianca me anima a salir al jardín antes de la cena.
Recuerdo el parque de juegos que Fabio mandó construir para los hijos que Stefano y yo nunca tuvimos, así que decido dejar mis miedos a un lado y hacerle caso.
Los gemelos están jugando en su parque infantil junto a nosotras, que nos relajamos sentadas en unas tumbonas disfrutando de una limonada bien fría. Gaby, en cambio, está pasándoselo en grande en los columpios del jardín, todos perfectos para su tamaño.
—¡Mira, mami! —me llama antes de deslizarse por el tobogán— ¿A que lo estoy haciendo bien?
—Lo haces genial, cielo.
Bianca ríe, y no puedo evitar devolverle la sonrisa.
—Ha tenido demasiadas emociones desde que Gabriel vino a buscarnos a Ravello —explico.
—¿Cómo fue? Estar sola en el parto y todo eso.
—No estuve sola, en realidad. Tenía una amiga, Giulia, a la que conocí por casualidad. Era como una hermana para mí... y estuvo a mi lado en todos los momentos del embarazo.
El rostro de mi hermana se ensombrece y me arrepiento inmediatamente de haber dicho eso.
—Siento no haber podido estar a tu lado, Sarah —susurra—. Gabriel pensó que sería peligroso acercarme a ti.
—No tienes que disculparte. Gab me dijo que Stefano estuvo buscándome. Si nos hubiéramos visto podría haberte seguido y haberme encontrado.
—Quiero que sepas que le preguntaba por ti cada día. Sus hombres le enviaban informes diarios sobre vosotros y solía venir a última hora a casa para ponerme al día. Me alegró mucho saber que eras feliz, Sarah.
—Lamento haberme alejado de ti cuando me casé con Stefano —reconozco—. Estaba tan rota por el dolor que me encerré en mí misma y no quise saber nada de nadie más.
—Cuando Gabriel me contó lo que te hizo quise matarlo. Si lo hubiera sabido en aquel momento ahora no estaría vivo.
—No habrías podido hacer nada.
—¿Por qué no se lo contaste a papá? Él te habría ayudado.
—Lo sabía. —Mi confesión la hace atragantarse con su bebida—. Se lo dije más de cien veces, pero nunca me escuchó. Cuando le hablé de la violación me dijo que era mi deber de esposa acostarme con mi marido, que Stefano no había hecho nada malo. La verdad... no me sorprendió.
—No... No puede ser posible...
—Para él es más importante Fabio que nosotras, Bi. Le preocupó más quedar bien con su capo que sacar a su hija de una vida desgraciada.
Una lágrima resbala por su mejilla, y la aparto con una sonrisa.
—Vamos, no llores... Ahora nada de eso importa.
—¿Cómo que no importa? Papá te falló, Sarah. ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo puedes perdonarle?
—No lo hago —respondo—. Dejó de ser mi padre en el momento que creyó a Stefano antes que a mí.
—Maldito hijo de puta... Voy a hacerle pagar por todo lo que te ha hecho, te lo juro.
—Deja de decir tonterías. Tienes dos hijos de los que ocuparte, ¿recuerdas? Yo ya soy grandecita para cuidarme sola.
—No estás sola... Ahora me tienes a mí, y también a Gabriel.
—Siempre le tuve a él —susurro.
—¿Cómo van las cosas entre vosotros?
—Es el marido perfecto —reconozco—. Es atento y cariñoso, y... me hace feliz, Bi. Cuando le veo interactuar con Gaby siento una felicidad tan grande que...
—¿Solo por eso te hace feliz? —Me sonrojo y la miro con una sonrisa.
—Por supuesto que no. Me hace sentir sexy y deseada, aunque estamos teniendo algunos problemas en la intimidad.
—¿Qué problemas?
—Aún no hemos podido hacer el amor —confieso—. Los recuerdos de la violación de Stefano me frenan y aún no he sido capaz de llegar al final. Hemos hecho algunos avances, pero...
—¿Por qué no vas al psicólogo?
—No estoy loca —protesto.
—El psicólogo no es solo para los que están locos, Sarah. No me seas anticuada. Nuestra doctora, Valentina Moretti, puede conocer a alguien que sea de confianza.
—¿Moretti?
—Es la hermana del consigliere de Dante, sí. Empezó a trabajar para los Vitale hace dos años, cuando Roberto se jubiló.
—¿Crees que es buena idea?
—Pues claro que lo es. Habla primero con Valentina. Es una mujer estupenda, y estoy segura de que podrá ayudarte a superar este pequeño problema.
—Iré a verla.
Veo, como si fuera una película de terror a cámara lenta, a Stefano llegar por el camino de entrada. Mira de reojo a Gaby y se detiene en seco antes de acercarse a él y observarle detenidamente.
—¿Cuántos años tiene? —Es su única pregunta.
—¿Y a ti qué te importa? —responde Bianca.
—Sarah... ¡¿Cuántos putos años tiene?!
Veo a Gaby hacer pucheros. No está acostumbrado a los gritos, y seguro que Stefano lo está asustando. La ira hierve en mis venas y me pongo de pie para acercarme a ellos y tomar al niño en brazos.
—Vuelve a levantar la voz delante de mi hijo y será lo último que hagas en tu puta vida —amenazo—. ¿Queda claro?
Stefano da un respingo, sorprendido por mi ataque de hostilidad.
La mujer dócil y asustadiza que pudo amedrentar una vez ya no existe, y aunque esté muerta de miedo no pienso demostrarle ninguna debilidad.
Ya no tiene ningún tipo de poder sobre mí, y voy a asegurarme de que lo entienda.
Beso a Gaby en la mejilla y le pido que entre con la tía Bianca y los gemelos a la casa.
Lo último que quiero es que esté más expuesto de lo necesario a este hijo de puta.
—Sígueme —pido.
Echo a andar, pero Stefano no se mueve del sitio.
—¡He dicho que me sigas! —insisto.
Le llevo a la suite que comparto con Gabriel.
No debería traerle a nuestro pequeño refugio, lo sé muy bien, pero si quiero que crea que Gaby es hijo de su hermano tengo que jugar bien mis cartas.
Tomo de la caja fuerte la copia de la prueba de paternidad que Gab me entregó cuando partimos de Ravello y la estampo contra su pecho, cruzando los brazos a la espera de que la lea.
—¿Feliz? —pregunto.
—Eras virgen. ¡Eras virgen, joder!
—No, Stefano, no lo era. Pero me violaste, ¿recuerdas? ¡Me violaste con tanta brutalidad que era inevitable que sangrara!
—¿Te acostaste con mi hermano antes que conmigo? ¡¿Y qué habría pasado si...
—¡No me acosté contigo, desgraciado! ¡Me forzaste! ¡Te dije infinidad de veces que no quería acostarme contigo y me obligaste!
—¡No me vengas con esas, Sarah! Siempre estabas rogándome, suplicando que me acostara contigo. ¿Obligarte? Te hice un favor, querida...
Alarga su mano para tocarme, pero la aparto de un manotazo.
—Vuelve a intentar tocarla y te cortaré la jodida mano.
El alivio que siento al escuchar la voz de Gabriel es indescriptible.
Giro la cabeza y lo veo de pie en la puerta de la suite, con los puños apretados a ambos lados de su cuerpo.
Está controlándose para no liarse a golpes con su hermano ahora mismo, y se lo agradezco.
Me trago el nudo que tengo en la garganta y rodeo a Stefano para acercarme a Gab y besarlo en la boca.
No me defrauda, rodea mi cintura con sus manos, atrayéndome hacia su cuerpo y profundizando el beso.
—¿Me has echado de menos, princesa? —bromea.
—No imaginas cuánto.
—¿Dónde está mi hijo?
—Con Bianca. Hemos tenido un... pequeño problema.
—Ya veo...
Vuelve a mirar a Stefano, que sigue de pie con la mirada puesta en la prueba de paternidad, y levanta una ceja.
—He traído a Stefano para mostrarle la prueba de que Gaby es tu hijo, y no suyo —explico—. Pero ya se iba, ¿no es así?
Stefano se pasa la mano por el pelo y se dirige hacia la puerta con la copia de la prueba de paternidad arrugada en la mano.
Seguramente se la lleva para comprobar su autenticidad, espero que Gabriel haya tenido eso en cuenta.
Cuando se ha marchado, la tensión que oprime mi pecho por fin me abandona y rompo a llorar.
Con una maldición, Gabriel me toma en sus brazos y se sienta en el sillón, acunándome contra su pecho.
Sus palabras tranquilizadoras son como un bálsamo para mis heridas, y poco a poco consigo calmarme.
Intento bajarme de su regazo para sentarme a su lado.
Gab toma mis piernas y las pasa por encima de las suyas, masajeándome los pies y haciéndome gemir.
—Veo que te gusta... —bromea.
—Es lo mejor que sabes hacer con las manos.
El ríe, una risa ronca y suave que me calienta por dentro.
—Gracias a Dios has llegado justo a tiempo —susurro—. Intentaba hacerme la valiente, pero he estado a punto de meter la pata por mi miedo.
—Cuéntame qué ha pasado —pide con suavidad.
—Stefano ha visto a Gaby en el parque de juegos y me ha preguntado su edad. He pensado que sería mejor mostrarle la prueba de paternidad que empezar una pelea con él, así que le traje aquí para mostrársela.
—Deberías haberle dicho que te esperase en donde todos pudieran verlo —protesta—. Si Leo no os hubiera visto venir por el pasillo, posiblemente no me habría enterado a tiempo.
—Tienes razón, pero estaba asustando a Gaby y... Lo siento, no pensé en las consecuencias.
—No está conforme con la prueba.
—No. Ha empezado a gritarme diciendo que es imposible, que yo era virgen aquel día. Le he dicho que no lo era, que sangré porque fue brutal y me desgarró, y ha sido cuando has llegado.
—No vuelvas a enfrentarte sola a él, Sarah. No sé de lo que puede ser capaz.
—Créeme, no volverá a ocurrir. ¿Tenemos que ir a cenar al comedor? No tengo ganas de volver a cruzarme con ninguno de los dos.
—Claro que no, le pediré al servicio que nos traiga la cena. —Escribe un mensaje de texto y lanza el móvil sobre el asiento libre del sofá antes de continuar con su masaje—. ¿Qué has estado haciendo todo el día?
—Bianca y yo hemos estado deshaciendo las cajas de ropa que llegaron a media mañana y guardándola en los armarios. Mi hermana ha traído unos bocadillos a la hora de comer y hemos pasado un gran día de hermanas.
—¿Eso quiere decir que mañana podré encontrar los slips en el vestidor? —bromea.
—Si usas slips quiero el divorcio —protesto, aunque sé que no es así.
—Nunca... —espeta asaltando mi boca con agresividad— Jamás te daré el divorcio, princesa.
—Entonces más te vale descartar los slips de tu vocabulario, señor capo Vitale.
Gabriel sonríe de oreja a oreja y sube sus manos por mis piernas, hasta mis muslos.
—Solo si lo único que permanece en el tuyo son bragas rojas de encaje, princesa —susurra con voz ronca—. Me vuelven loco las bragas rojas de encaje.
—No tengo ningunas, tendrás que aguantarte con...
Las palabras mueren en mis labios cuando saca del bolsillo de su chaqueta la cartera y me entrega una tarjeta negra.
—Ve mañana de compras con Bianca y vuélvete loca —ordena.
—¿Pretendes que me vuelva loca comprando bragas? —bromeo arqueando una ceja.
—No solo bragas, princesa. A las mujeres os gusta salir de compras, ¿no? Necesitas distraerte de toda la mierda y mañana yo no estaré en la casa. Prefiero que te mantengas alejada.
—Eres consciente de que no soy una loca de las compras como Serena, ¿verdad? Puedo irme a dar un paseo con mi hermana, o a pasar el tiempo con Serena en su casa, o...
—Quiero bragas —insiste—. De encaje rojo. Y si le añades un liguero a juego mucho mejor.
—Tienes un problema —rio.
—Mi problema, princesa... —Me aparta el pelo del cuello y pega su boca al pulso que late en él—. Es que llevo tanto tiempo imaginándote con ese tipo de lencería que no puedo dejar de pensar en ella.
—Gab...
—No digo que tengas que usarlas mañana —me interrumpe—. Solo mantenlas en el cajón para cuando te sientas preparada.
Le abrazo, pego mi boca a la suya y me apoyo con un suspiro sobre su hombro.
—Voy a ir a ver a Valentina —confieso—. Mi hermana piensa que puede ayudarme ver a un psicólogo.
—Es una gran idea. ¿Quieres que vaya contigo?
—Necesito hacer esto sola. Me estás ayudando mucho más de lo que imaginas, pero si no lo supero por mí misma jamás seré completamente libre.
—De acuerdo. Hazlo como creas conveniente. Te apoyaré decidas lo que decidas.
—Sé que todo esto no está siendo fácil tampoco para ti, pero...
—Alto ahí, nena. No vayas por ahí.
—No me has dejado terminar —protesto.
—Pero sé lo que vas a decir. Y no puedes estar más equivocada.
Se incorpora y me gira la cabeza para mirarme a los ojos.
—Te deseo como un loco, quiero hacerte el amor de mil maneras distintas, pero todo esto no está siendo duro para mí por no poder tocarte como quiero.
Aparta un mechón de pelo de mi rostro y me besa.
—Lo está siendo porque me frustra no ser capaz de ayudarte, no poder eliminar tus temores y tus fantasmas para que puedas ser completamente libre para explorar el sexo.
Podría morirme feliz, sin tocarte, si supiera que has superado toda esta mierda y que serás capaz de disfrutar en la cama con el próximo hombre que te merezca.
—¿Quieres que rehaga mi vida si mueres? —susurro.
—Exijo que rehagas tu vida si muero. Pero tengo condiciones, y te juro que las dejaré escritas en mi testamento.
—No vas a morir, así que no tengo de qué preocuparme.
Parece haber notado el miedo en mi voz, porque sonríe, me atrae a su cuerpo y me besa con fuerza.
—No voy a ninguna parte, princesa —susurra contra mi frente—. Ni hoy, ni mañana, ni dentro de veinte años.