Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 15. Gabriel
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15. Gabriel

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S arah mueve la pierna con evidente nerviosismo cuando estamos de camino a la casa Vitale.

Parece relajada y sonriente porque Gaby no deja de parlotear con Matteo, pero yo sé que está muerta de miedo.

Y no es para menos. Stefano aún no sabe de la existencia del niño, y estoy seguro de que en cuanto lo vea atará cabos.

El niño es un Vitale de los pies a la cabeza, y si mi hermano y yo no nos pareciéramos tanto no habría forma de hacer creer a todo el mundo que es hijo mío.

—¿Podré ver hoy a los primos, papá? —pregunta Gaby inclinándose hacia mí.

—Vivirán con nosotros en la casa nueva, campeón. Podrás jugar con ellos siempre que quieras.

Observo a mi mujer. Acaricia el cabello de Gaby y le sonríe con cariño, pero no puede evitar que la preocupación se refleje en sus ojos.

Le tomo la mano y entrelazo nuestros dedos, apretando los suyos con cuidado.

Ella me mira, sonríe de nuevo y acaricia el tatuaje de mi nudillo con el pulgar. El tatuaje que me hice por ella.

—Todo irá bien —intento calmarla.

—Lo sé, es solo que... Esa casa tiene demasiados malos recuerdos, es todo.

—¿Aún sientes algo por él?

¿Por qué cojones he preguntado eso? Importa una mierda si lo siente o no, ahora ella es mi mujer y...

—¿Qué? ¡Claro que no! —Me mira con los ojos como platos, como si estuviera mirando a un monstruo— ¿De veras crees que sentiría algo por alguien que me dejó morir, Gab?

Un alivio indescriptible me recorre. Estoy a punto de sonreír, pero ella está muy cabreada por lo que acabo de preguntarle, así que me aseguro de no hacerlo.

—Lo siento. No pretendía...

—Insultarme, eso es lo que has hecho —bufa—. ¿Quieres saber lo que sentí anoche al verle en la fiesta? Asco. Le aborrezco. Quiero que se pudra bajo tierra, bocabajo para que no pueda escarbar en el caso de que lo entierren vivo.

—Sádica —río.

—Es que... Hay demasiadas cosas que no sabes, Gab. No es solo lo que me hizo a la vista de todos. Sus vejaciones eran mucho peores en la intimidad de nuestra suite... cuando se dignaba a pisarla.

—¿Quieres hablar de ello?

—Está en el pasado, no tengo ninguna intención de desenterrar esa mierda. Ahora estoy casada contigo y soy feliz. Eso es lo único que importa.

Me inclino y la beso en los labios, porque hacerla feliz es el único objetivo que he tenido en la vida desde que llegó a ella. El todoterreno se detiene en la entrada principal de la casa Vitale, ella inspira con fuerza y se coloca bien el pelo cuando Matteo le abre la puerta.

—Vamos, cariño —le dice a nuestro hijo—. Veamos si te gusta tu casa nueva.

—¿Aquí también tendré una habitación de dinosaurios, mami? —pregunta con los ojos brillando como pequeñas estrellas.

—Mucho mejor, te lo aseguro —respondo acercándome a ellos.

Le tiendo la mano y él la toma con fuerza.

Paso el brazo que me queda libre por los hombros de Sarah y nos encaminamos hasta la mansión.

Ella se queda mirando a su alrededor, seguramente sorprendida por los cambios que se han producido en ella desde que se marchó.

Renata se ha hecho la dueña de la casa, me encantará ver su cara de arpía cuando mi mujer tire todo su trabajo por la borda.

Porque estoy seguro de que lo hará. Me detengo en la entrada y me giro hacia ella.

—Hay que hacer las cosas correctamente, princesa —susurro.

—¿De qué...

No termina la frase, porque la levanto en mis brazos para cruzar el umbral.

Gaby ríe a nuestro lado mientras su madre grita para que la suelte, aunque no está enfadada, se lo está pasando en grande.

Cuando estamos en el recibidor, la suelto en el suelo y rodeo su cintura con mis brazos para besarla.

—Bienvenida a casa, princesa —digo con voz ronca.

—Así que es verdad... —La voz de Renata le provoca una mueca de disgusto que intento borrar besándole la nariz—. La hija pródiga ha vuelto al redil.

Sarah cuadra los hombros, dibuja una sonrisa falsa en sus labios y se da la vuelta, sin salir de mi abrazo.

—Renata... Diría que es un placer verte de nuevo, pero estaría mintiendo.

Joder, qué orgulloso me siento ahora mismo...

Renata centra ahora su atención en Gaby, que está escondido detrás de mi pierna. Por un momento puedo ver la sorpresa en su mirada, pero la enmascara tan rápidamente que pienso que han sido imaginaciones mías.

—Vaya... Encima bienes con un pequeño bastardo... Interesante.

No lo veo venir. Sarah me quita la pistola que llevo en la cintura y en dos segundos tiene a Renata cogida del pelo con el cañón apuntando a su mandíbula.

Doy un paso adelante, pero basta una mirada suya para que me quede donde estoy.

Está furiosa, y no sé de lo que puede ser capaz, pero saldré perdiendo si me entrometo en esto.

Aprieto a Gaby contra mis piernas para que no vea lo que está sucediendo.

—Vuelve a decirle bastardo a mi hijo y será lo último que hagas en tu puta vida, hija de puta —dice con los dientes apretados—. ¿Queda claro?

Se me ha puesto dura al verla defender a Gaby como una leona, lo admito. Pero no puedo dejar que mate a Renata delante de nuestro hijo, así que me acerco con cuidado y deslizo mi mano por su brazo hasta tenerla sobre la pistola. Respiro aliviado al comprobar que no ha quitado el seguro.

—Vamos, princesa... No merece la pena —le digo con suavidad—. Gaby está mirando.

Ella suspira, suelta la pistola y da un paso atrás. Se pasea por el recibidor mirando los cuadros estrafalarios y las antigüedades que hay por todas partes.

—¿Qué ha pasado aquí? —pregunta pasando la mano por uno de los marcos dorados— ¿Decoraron por sorteo o se perdió el catálogo en el camino?

Matteo intenta reprimir una risa sin ningún éxito. Me acerco a Sarah y la abrazo por detrás, besándola en el cuello.

—Puedes volver a decorar a tu gusto, princesa —respondo—. Es evidente que el diseñador de interiores no tenía buen gusto.

—¡Hermana, al fin has llegado!

Sarah parece respirar, como si hubiera estado conteniendo el aliento a pesar de su arranque de seguridad —seguramente fingido para no darle a Renata nada con lo que intimidarla—. Se gira para abrazar a Bianca, que mira a Renata con el mismo asco que su hermana.

—Me he permitido redecorar tu habitación y la de mi sobrino —explica—. Te encantará.

Sarah me besa y se marcha del brazo de su hermana con nuestro hijo de la mano.

Cualquiera que la vea creería que está cómoda y relajada, pero yo, que la conozco, sé que está huyendo de una situación que la afecta.

Me quedo mirándola como un idiota, dando gracias a Dios por la jodida suerte que tengo de que me haya aceptado.

—¿Vas a aceptar al bastardo de esa mujer, Gab? —espeta Renata.

Le dedico una mirada, sin contestarle, y me marcho con Matteo para entrar en el despacho.

Mi hermano está ya allí, sentado en uno de los sillones con los pies sobre la mesa de café, como si fuera el dueño de todo.

Le doy una patada para que baje los pies, le quito la copa que tiene en la mano y me siento en el sillón que queda libre, justo entre Stefano y Matteo.

—¡Oye! —protesta mi hermano— Si quieres uno, sírvetelo tú mismo.

—Esta es mi casa ahora, Stefano. Ahora yo soy el capo y habrá normas que todos deben cumplir, incluido tú.

—Por supuesto. Perdona lo de anoche, Gab. Estaba cabreado por...

—Me importa una mierda el numerito que montaste anoche —le interrumpo—. Pero más te vale comportarte a partir de ahora, o de lo contrario...

No termino la frase, porque mi hermano entiende perfectamente las consecuencias de no hacerlo.

—Y te lo advierto... No se te ocurra acercarte a Sarah —continúo—. Ella es mi mujer ahora y no voy a permitir que la sigas intimidando.

—¡Yo no la he...

Me levanto abruptamente y lo sujeto de la camisa, pegando su cara a la mía tanto que soy capaz de ver las motas marrones que manchan sus iris verdes. Stefano traga saliva.

—Si te veo acercarte a ella, Stef, te meto una bala por el culo. ¿Ha quedado claro?

Mi hermano asiente, lo suelto y lo lanzo contra el sillón. Él se coloca bien la camisa, pero tiene el buen tino de no decir ni una palabra.

—Lárgate, y en el futuro no entrarás aquí a no ser que yo te llame. ¿Estamos?

Stefano asiente y sale por la puerta como un perro rabioso, arrollando a Nicola en el camino.

—Parece que le has cabreado... —se jacta.

—Solo le he bajado un poco los humos. Siéntate, Nic. Tenemos que organizar la próxima entrega y quiero que tú te encargues de todo. Será la más grande del trimestre y podremos coronarnos con ella.

Mi primo toma asiento con calma, saca una libreta del bolsillo interno de su americana y moja la punta de su boli con demasiada teatralidad, haciéndome poner los ojos en blanco.

—Deja de hacer el payaso —protesto.

—Me estoy poniendo serio... ¿De qué es el envío?

—Cinco mil diamantes —respondo sin rodeos—. Cortes perfectos, de todos los tamaños. Entre ellos hay tres docenas de diamantes rosas, cada uno con tonalidades únicas. Quiero que lleguen en perfectas condiciones. Se trata de un nuevo cliente y si lo hacemos bien, nos hará pedidos regularmente.

Nicola silba y se inclina para tomar nota.

—Eso no es solo una entrega, Gabriel, es un espectáculo entero —murmura mientras escribe—. ¿De dónde coño lo has sacado?

—Los Han —explico—. Ellos se llevarían nueve millones de dólares. Nosotros, entre quince y dieciocho millones limpios de polvo y paja.

—Joder, eso es una puta locura. El don estará más que contento.

—Es uno de los motivos por los que me ha nombrado capo.

—¿Rutas? ¿Plazos?

—Tres lotes. El primero va a Ginebra, para una exposición privada organizada por coleccionistas.

El segundo, a Dubái, para la colección personal de un magnate del petróleo.

Y el tercero, a Corea del Sur, para cerrar un trato directo con el padre de Joon Seo.

Para él son los diamantes rosas. Todo debe estar entregado en 72 horas, sin excusas.

Veo cómo Nicola asiente, aunque en su rostro puedo leer que ya está calculando los riesgos y ajustando la logística mentalmente.

—Blindaremos los vehículos y usaremos rutas alternas para cada lote —me informa con ese tono firme suyo—. Hablaré con nuestros conductores más confiables, y además quiero supervisores en cada punto de entrega. Contactaré con nuestros hombres de Róterdam, Zúrich y Seúl. Llegaremos a tiempo.

Sonrío ligeramente. Nicola siempre está un paso adelante, anticipando cada detalle.

—Hay algo más que debemos discutir antes de avanzar —continúo.

Nicola levanta la vista, atento.

—¿Qué pasa?

—El fondo común de la familia —respondo con calma—. Está en números rojos. Mi padre lo dejó hecho mierda y creo que Stefano ha estado metiendo mano donde no debía.

—¿Cuánto falta?

—Suficiente como para que me pregunte dónde coño ha ido a parar el dinero. No pienso dirigir una familia con un agujero negro en las cuentas. Averigua quién ha estado robando y cuánto. Si Stefano ha estado jugando con el dinero de todos, lo sabremos.

Nicola cierra la libreta con un chasquido.

—Entendido. Te traeré las pruebas lo antes posible. ¿Algo más?

Le sirvo una copa de whisky y doy un trago a la mía.

—Dobla la seguridad de Gaby, no me fío un pelo de mi cuñada —añado.

—Parece que tu mujer se basta para defenderlo... —bromea— Ha llegado a mis oídos lo que ha pasado hace un rato.

—Parece que las noticias vuelan...

—Me habría gustado haber llegado diez minutos antes para verlo. Renata siempre la trató como a una mierda, espero que ahora ella le dé a probar de su propia medicina.

—De todas formas, no quiero que esté sola. Designa a dos de los nuestros para que la escolten en todo momento en que yo no esté con ella, no quiero que tenga problemas con Stefano o Renata.

—Ya le he asignado a Alessio, pero añadiré a Marcelo. Para Gaby he pensado en Chiara, intimidará menos al niño que un hombre, aunque puede defenderlo igual de bien que cualquiera de ellos.

—Chiara es buena y le gustan los niños —asiento—. Es una muy buena elección.

—¿Qué vas a hacer con los hombres que quedan de tu padre?

—Si por mí fuera, los quitaba del medio a todos.

—No puedes culparlos por lo que tu familia le hizo a Sarah, Gab. No todos ellos son culpables.

—Tampoco hicieron una mierda para defenderla cuando mi hermano la violó —protesto—. No confío en ellos, así que tenedlos vigilados. Y si alguno comete un error...

—Cianuro o una bala.

—Exacto. Pero que sea rápido y limpio. No quiero que esto se convierta en un espectáculo.