Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 14. Sarah #2
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14. Sarah #2

Arquea una ceja y me doy cuenta de que me he quedado paralizada mirándole.

Y babeando, para qué ocultarlo.

Niego y me siento a la mesa, tomo las tijeras y me entretengo cortando la pizza. Pongo un par de trozos en su plato de la parte que lleva anchoas —yo las odio con todas mis fuerzas— y me sirvo yo otro par de la parte contraria.

Cenamos sin apenas cruzar palabra. Gabriel me observa con detenimiento, intentando encontrar en mi comportamiento algo que le haga dar un paso atrás en lo que va a pasar entre nosotros.

Yo no puedo estar más emocionada.

Nerviosa, asustada, indecisa, preocupada y mil cosas más también, pero estoy emocionada por el paso que vamos a dar dentro de un rato.

Cuando terminamos de cenar, recojo los platos y me pongo a fregarlos. Gabriel va hacia la habitación, y vuelve cuando estoy empezando a secarlos. Se coloca detrás de mi espalda, sujeta mis caderas con las manos y me besa en el hombro con suavidad.

—Déjame, yo termino con esto —susurra.

Trago saliva, asiento y corro hacia el cuarto de baño.

Me lavo los dientes, me pongo un poco de crema hidratante y perfume en lugares estratégicos.

Me cambio la ropa interior, porque no voy a consentir que mi primera vez con Gabriel sea llevando unas bragas de algodón con dibujos de fresas sonrientes.

Una vez lista, inspiro con fuerza, me doy ánimos a mí misma y salgo del cuarto de baño.

Gabriel está sentado en el borde de la cama y levanta la mirada en cuanto lo hago.

—¿Estás segura de que quieres esto? —insiste.

Asiento. Él se pone de pie, se acerca a mí y me sujeta por las caderas para atraerme a su cuerpo.

—Me detendré en cuanto me lo pidas, amor —susurra acercándose a mis labios.

El roce de su boca con la mía me hace estremecer.

Subo las manos por su pecho y enredo los dedos en su pelo, pegando mi cuerpo al suyo.

Gabriel deja escapar un gemido y hunde la lengua en mi boca, aunque tan lentamente que estoy tentada de chillar.

Me trata como si fuera a romperme... y seguramente esté a punto de hacerlo, pero no necesito que me trate como si fuera una muñeca de cristal.

Necesito que me trate como a una mujer.

Intento empujarlo para que se siente sobre la cama, pero se afianza con las piernas abiertas y rompe el beso con suavidad.

—Tranquila, cariño... No tenemos ninguna prisa —susurra.

Acerca su boca a mi cuello y aparto la cabeza para permitirle besarlo. Me encanta sentir sus besos en esa parte de mi cuerpo, y los pequeños mordiscos encienden mi sangre hasta que termino gimiendo.

Joder, esto es increíble.

Sus manos suben por mi espalda, arrastrando consigo el camisón hasta que siento el borde de la tela acariciar mis nalgas.

Estoy usando un tanga, y el roce eriza mi piel desnuda.

La sensación es nueva, agradable, pero mucho más agradable es que mi marido me coja en brazos y me anime a rodearle la cintura con las piernas.

Camina hacia la ventana, al sofá de una plaza que tenemos junto a ella.

Se sienta despacio en él, y me coloca sobre su regazo de tal forma que siento su erección clavarse en mi sexo. Me estremezco.

—¿Así es como querías estar, nena? —pregunta con la voz rota por el deseo.

Asiento.

—¿Y qué es lo que querías hacer? Muéstramelo.

Me muerdo el labio, pero echo mano del valor que he adquirido en la ducha para rodear su cuello con mis brazos y besarlo.

Siento mis pechos aplastarse contra el suyo, y sus manos aprietan mi culo con suavidad.

Casi sonrío ante el ronroneo de aprobación que escapa de sus labios al notar que llevo un tanga.

—¿Quieres volverme loco, princesa? —gime.

—Quería sentirme bonita —reconozco.

Gabriel se pone repentinamente serio, sujeta mi barbilla entre los dedos y me besa con fuerza. Recuerdo haber leído alguna vez algo sobre un beso quemabragas... seguramente la autora se refería a algo como esto.

—Eres preciosa, Sarah —susurra—. La mujer más guapa que he visto en toda mi puta vida. Ya sea que lleves un vestido de veinte mil dólares, una camiseta raída o un puto saco de alfalfa. No existe en el mundo una mujer más bonita que tú.

Sus palabras me conmueven tanto que no soy capaz de articular palabra.

Le sujeto por la barbilla como tantas veces ha hecho él conmigo y le beso, porque es lo único que puedo hacer ahora mismo sin terminar en lágrimas.

Gabriel me devuelve el beso, acunando mi mejilla en la palma de su mano como si fuera lo más valioso que existe en el mundo, y por un segundo, solo por un segundo, me siento como si lo fuera.

Su boca abandona la mía y baja por mi cuello hasta el valle entre mis pechos. Aparta la tela del camisón y sonríe cuando ve que no llevo sujetador. Acerca su boca a uno de ellos sin apartar la mirada de mi rostro, lamiéndolo despacio antes de apresarlo con los labios.

Joder, voy a morirme justo aquí mismo.

Gabriel es tan cuidadoso, pero a la vez tan intenso, que tengo que echar la cabeza hacia atrás cuando mordisquea la punta, despertando todas mis terminaciones nerviosas y lanzando latigazos de placer por todo mi cuerpo.

Inconscientemente me restriego contra su polla, que está justo entre mis labios abiertos debido a la postura, y rozo mi clítoris con la punta.

Los gemidos no tardan en aparecer, y casi sin darme cuenta me veo moviendo las caderas como una posesa, buscando llegar al orgasmo.

—Eso es, cariño... —dice con orgullo— Úsame...

Y lo hago.

Lo hago porque necesito tanto esto que mi cuerpo entero grita por ser liberado.

El roce es cada vez más fuerte, no sé si porque yo me restriego con fuerza o porque su polla se ha puesto cada vez más dura, pero cuando al fin el orgasmo me recorre me siento tan mojada que mis bragas han quedado empapadas... y puede que su pantalón también.

—Joder, nena... vas a matarme...

Sonrío y le beso. Me siento tan descansada y feliz que me parece increíble. Gabriel me pone de pie para deshacerse de mi camisón y mis bragas, dejándome completamente desnuda frente a él. Desliza las manos por mi piel caliente, provocándome escalofríos, y pasa a desnudarse también.

Le observo atentamente y me atrevo a bajar una mano por su pecho desnudo en dirección a su erección. Sisea cuando la sujeto entre mis dedos, pero no hace movimiento alguno. Está caliente, dura, y late. Late cuando aprieto un poco mis dedos a su alrededor, y cuando muevo mi mano arriba y abajo.

Soy prácticamente virgen, pero he leído tantas escenas spicy en mis novelas que te aseguro que sé lo que tengo que hacer. Lo que hago.

Gabriel pone su mano sobre la mía y me muestra el ritmo, la presión que debo usar para volverle completamente loco. Cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás y se sujeta a mis hombros mientras sigo masturbándole.

Me siento poderosa.

Siento que tengo el control de la situación, y me gusta más de lo que esperaba.

Gabriel abre los ojos y sonrío cuando los encuentro vidriosos, con las pupilas dilatadas. Sus labios están entreabiertos en busca de aire, y cuando intenta apartarme la mano le sujeto con firmeza.

No puedo parar.

No quiero parar.

Quiero ver cómo se corre, cómo llega al orgasmo gracias a mis caricias.

Él parece entenderme, porque asiente imperceptiblemente y vuelve a colocar las manos sobre mis hombros. Aprieta sus dedos, pero no me importa.

Porque sé que lo hace porque está a punto de correrse.

Siento su semen caliente bañar mis dedos, espeso, y la euforia me recorre. Gabriel cae de rodillas delante de mí, rodea mi cintura con los brazos y apoya la cabeza sobre mi estómago.

—Joder, princesa... Vas a matarme.

Río. Él ríe conmigo, y terminamos tumbados en la cama, muertos de risa. Cuando recuperamos el aliento, Gabriel me pasa unas toallitas húmedas del cajón de su mesita para que me limpie la mano que aún tengo perdida.

—Ese no era el plan —comenta.

—Ha sido un giro inesperado de los acontecimientos —respondo encogiéndome de hombros.

—¿Cómo te sientes?

—Bien —me sincero—. Me ha hecho sentirme eufórica.

—Joder, que Dios nos asista... —bromea.

Me doy la vuelta hacia él, que me mira con curiosidad.

—¿Podemos seguir a partir de aquí? —pregunto.

—Necesitaría un momento, pero supongo que sí.

Asiento y me dejo caer sobre su pecho desnudo. Él acaricia mi espalda con suavidad, pero no hace ningún intento, cosa que agradezco. Ahora que la adrenalina ha desaparecido, no me siento tan valiente.

—¿Quieres continuar, Sarah? —pregunta con prudencia un rato después.

—Quiero... pero no me siento capaz.

Asiente, me besa en la coronilla y se coloca bien en la cama. Aparta las mantas para que me tumbe a su lado, nos cubre con ellas y me atrae hacia su cuerpo, cerrando los ojos con un suspiro.

Y son estos pequeños detalles los que me hacen quererle cada día un poco más. Porque, aunque sé que se muere de ganas de hacerme suya, es capaz de comprender mis miedos, mis inseguridades y mis tiempos.

Intento levantarme para ponerme el camisón de nuevo, pero él me sujeta con fuerza.

—¿A dónde crees que vas? —pregunta con un bostezo.

—A ponerme la ropa.

—Ni lo sueñes, princesa. Esta noche vas a dormir desnuda.

—¿Te has vuelto loco? —río— Nunca he dormido desnuda.

—Siempre hay una primera vez para todo.

—No voy a poder dormirme.

—¿Quieres apostar?

Niego con un bostezo y cierro los ojos. Si hubiéramos apostado, Gabriel habría ganado... porque no tardo ni diez minutos en quedarme completamente dormida.