Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 14. Sarah
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14. Sarah

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G abriel va demasiado callado en el camino de regreso al ático. Está absorto en sus pensamientos, con la mirada perdida en la ventana, y me preocupa lo que haya ocurrido en su reunión con el don.

—¿Está todo bien?

Gab parece salir del trance en el que está inmerso, me mira y sonríe... pero la sonrisa no llega a sus ojos.

—Perdona, estaba distraído —se disculpa.

—¿Ha ocurrido algo? ¿El don te ha...

Me interrumpe besándome. Su beso es lento, suave, y antes de lo que imagino estoy gimiendo entre sus labios... y completamente mojada.

—Estoy intentando con todas mis fuerzas aguantar las ganas que tengo de follarte ahora mismo, princesa —susurra a un suspiro de mis labios—. Compórtate hasta que lleguemos a casa.

Matteo suelta una carcajada y le miro con fastidio a través del espejo retrovisor. En vez de avergonzarse, me guiña un ojo. ¡Me guiña un ojo! Y me dan ganas de matarle por hacer que me avergüence.

—Bianca dice que Gaby está dormido como un tronco —comenta Gianluca, que está mirando su teléfono—. Os lo llevaremos por la mañana, ¿os parece?

—Te debo una, hermano —responde Gabriel con una sonrisa de satisfacción.

—Ya me he dado cuenta...

—¿Podéis parar de una vez? —protesto— Me estáis avergonzando.

Llegamos al ático y, en cuanto entramos en el ascensor y este se pone en marcha hasta el último piso, Gabriel me atrae hacia su cuerpo y besa mi cabeza, suspirando.

—¿Cansado? —pregunto.

—Agotado. La noche ha sido intensa. Necesito olvidarme de todo.

—Has estado increíble.

Se ríe, me levanta la barbilla y me mira a los ojos.

—Tú lo has estado, princesa. Enfrentarte a Stefano... Me dejaste sin palabras. Estoy orgulloso.

Sonrío. Las puertas se abren y él deja la chaqueta y la corbata en el sillón.

—¿Por qué no te duchas primero? —sugiere, cogiéndose una botella de agua del frigorífico para volver al sillón y encender la televisión.

La decepción que siento me pilla por sorpresa. Sé que Gabriel me desea, me lo ha demostrado tantas veces que es imposible dudar de ello. Y también sé que se está conteniendo para darme espacio, para no presionarme.

Y eso me cabrea.

No por él, sino por mí. Porque no puedo entregarle algo que sé que desea tanto como yo.

Quiero desnudarme, sentarme a horcajadas sobre sus rodillas y demostrarle lo segura que me siento a su lado, lo mucho que lo deseo.

Porque desde lo que ocurrió entre nosotros en el avión estoy deseando explorar todo lo que me estoy perdiendo.

Pero soy una cobarde, así que me doy la vuelta y me dirijo a nuestra habitación, pero caigo en la cuenta de que no puedo desabrocharme el vestido sola. Para ponérmelo he contado con la ayuda de mi hermana.

Me muerdo el labio.

—Gabriel...

—¿Mmm? —responde sin apartar la mirada de las noticias.

—¿Puedes... Puedes ayudarme a desabrochar el vestido?

Le veo tragar saliva. Su cuerpo se tensa imperceptiblemente, pero le conozco lo suficiente como para saber que mi petición le ha afectado más de lo que aparenta.

Se levanta del sofá, se acerca a mí y baja lentamente la cremallera.

Cuando llega a la base de mi columna, pone sus manos sobre mis hombros y deposita un beso en mi cuello, justo donde late el pulso.

Deja sus labios ahí más tiempo del necesario, como si quisiera mucho más que eso.

Mi corazón se acelera y siento un vuelco en el estómago, esperando que continúe, pero se aparta y regresa al sofá como si mi cercanía no le hubiera afectado.

La erección que forma una tienda de campaña en sus pantalones me dice justamente lo contrario.

Corro al cuarto de baño y cierro la puerta con más fuerza de la necesaria. Mi respiración se ha vuelto jadeante, siento los pezones sensibles y el calor sube por mi cuello. ¿Qué demonios me pasa?

Le deseo.

Le deseo tanto que voy a volverme loca por no poder tenerlo.

Quiero tocarle, acariciarle y darle placer igual que él ha hecho tantas veces conmigo, pero hay algo que me frena, algo que me impide liberarme y aceptar todo lo que él me puede dar.

Stefano me frena.

Y estoy tan cansada de ello que quiero gritar.

Dejo caer el vestido al suelo y me meto bajo el chorro de agua fría. Permanezco allí un rato, dejando que el agua se lleve la frustración y la desesperación que siento para transformarlas en determinación.

Necesito avanzar.

Necesito dejar atrás todo lo que Stefano me hizo y poder ser una mujer completa, sin taras.

No todos los hombres son Stefano.

Las palabras de Giulia resuenan en mi mente una vez más.

Tiene razón. Gabriel no se parece en nada a Stefano. De hecho, no pueden ser más distintos.

Y aunque sus ojos sean del mismo tono de verde, tampoco son iguales. En los de Stefano solo pude ver dureza, decepción e indiferencia. Los de Gabriel me transmiten seguridad, calidez y amor.

Sí, amor... aunque no esté enamorado de mí sé que siempre fui especial para él.

Recuerdo que, cuando éramos niños, prefería pasar el tiempo conmigo a ir detrás de su hermano mayor.

Elegía jugar conmigo a tomar el té en vez de ir a jugar al fútbol, y siempre me protegió de los demás niños cuando alguno intentaba hacerme alguna trastada.

Puede que no me ame como un hombre ama a una mujer, pero desde luego que me aprecia.

Me quiere.

Y yo le quiero tanto por todo lo que está haciendo por mí que siento que necesito demostrárselo. Y hacerle ver que confío en él lo suficiente como para dejarme llevar en la intimidad es la mayor prueba de confianza que puedo darle ahora mismo.

Observo cómo el agua corre entre los pliegues de mi sexo. Alargo la mano lentamente, titubeante, y entierro un dedo entre ellos, colocando la yema sobre mi clítoris. Inspiro con fuerza, pero no presiono, no lo acaricio. Solo mantengo el dedo ahí, intentando acostumbrarme al contacto.

No ocurre nada.

Stefano no invade mi mente. No me repugna la sensación, y me vuelvo un poquito más valiente. Muevo lentamente el dedo en círculos, como ha hecho Gabriel otras veces. Y un gemido escapa de mi garganta cuando la sensación intensa de placer me recorre.

No tiene nada que ver con lo que siento cuando es Gab quien me toca, pero es igualmente satisfactorio.

Continúo moviendo el dedo un poco más, y observo cómo se me erizan los pezones.

Es agradable, tan agradable que soy incapaz de parar.

Cierro los ojos y es el rostro de Gabriel el que veo.

Su sonrisa traviesa, sus ojos cálidos y divertidos, su expresión de deseo.

Aumento el movimiento de mi dedo y me sorprendo cuando un orgasmo me recorre al poco tiempo.

No es intenso, pero me deja jadeando y con las rodillas temblorosas.

Lo he logrado.

He logrado tocarme, darme placer por mí misma sin los fantasmas del pasado.

Me siento tan feliz que río sin parar. Es tan liberador, tan gratificante, que no quiero desaprovechar la oportunidad.

Si he podido hacer esto, también puedo hacer el amor con mi marido.

Me ducho deprisa, me envuelvo en una toalla y salgo del cuarto de baño, en dirección al dormitorio.

Aún no me siento tan valiente como para plantarme delante de él en toalla.

Me pongo mi ropa interior y un camisón blanco y salgo de la habitación. Gabriel está hablando por teléfono, me mira y me hace un gesto para que me siente a su lado.

—Sí, pepperoni y champiñones. A la otra mitad póngale anchoas. Exacto. Gracias.

Cuelga el teléfono y sonríe.

—Espero que tú también tengas hambre —me dice—. He pedido una pizza para los dos. Ábrele al repartidor, ¿sí? Voy a ducharme.

Se levanta para marcharse, pero le sujeto de la muñeca para que no lo haga. De repente he perdido toda la valentía.

—¿Ocurre algo?

—Lo que... lo que has dicho antes en el coche... ¿Era en serio?

Gabriel suspira, toma mi mano entre las suyas y vuelve a sentarse.

—Estaba bromeando, Sarah —susurra—. Intento que te sientas cómoda con el sexo, y creo que bromear sobre ello es una buena forma de hacerlo. Si te ha sentado mal, lo lamento.

—No... no es eso.

—¿Entonces?

—Sé que me deseas. No hay que ser muy listo para darse cuenta de ello —intento bromear señalando con la cabeza su erección.

—Te deseo como un puto psicópata, princesa.

—Me he tocado —confieso—. Durante la ducha me he masturbado y no ha sido a Stefano a quien he visto en mi mente, sino a ti.

Gabriel traga saliva.

—Ese es un gran avance. Bien hecho.

—Yo también te deseo, Gab. Mi cuerpo entra en erupción cuando me tocas y...

—Ey... —Me abraza con fuerza—. No pasa nada, Sarah. Estamos juntos en esto. Es un proceso largo y lento, pero lo superaremos, ¿de acuerdo?

Le aparto con suavidad.

—No me estás entendiendo. Quiero hacer el amor contigo, y quiero que sea ahora mismo.

—No es buena idea, cariño. Ahora te sientes bien porque has sido capaz de avanzar un paso y crees que puedes con todo, pero no es así. Aún no es el momento.

—Te equivocas. Este es el momento perfecto. He sido capaz de enfrentar a Stefano y me he dado cuenta de que si estoy contigo no tiene ningún poder sobre mí.

—No tiene poder sobre ti, princesa. Tanto si estás conmigo como si no.

—Quiero ser valiente. Quiero ser capaz de tomar la iniciativa, sentarme sobre tus piernas y seducirte.

Gabriel rompe a reír.

—Con solo mover ese precioso culo delante de mí me seduces, nena. No necesitas esforzarte mucho.

—Deja las bromas a un lado, Gab. Estoy hablando completamente en serio. Sé que soy capaz de hacerlo si es contigo y quiero intentarlo.

—Nos detendremos si veo algún atisbo de miedo en tus ojos, princesa. Sin excepción.

—De acuerdo.

—Bien, pero será después de la cena. Voy a ducharme... ábrele al repartidor.

El tiempo parece pasar a cámara lenta. El timbre de la puerta me sobresalta, y sonrío al darme cuenta de que parezco tonta. Cuando abro, es uno de los hombres de Gabriel quien me tiende la pizza, me hace un gesto con la cabeza y me desea buenas noches.

Intento hacer tiempo poniendo la mesa. Gabriel sale del dormitorio con el pelo mojado y ropa deportiva, y debo reconocer que se me hace la boca agua.

Joder, está buenísimo, y yo nunca me había dado cuenta.