13. Gabriel
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L a cara de estupefacción de mi padre ante mi amenaza es digna de ver. Tiene el buen atino de dar un paso atrás, lo que no hace mi hermano. Sigue mirando a Sarah como si hubiera visto un fantasma, y no me gusta ni un pelo que la mire así.
—Sí, soy yo, Stefano —dice al fin mi mujer—. ¿Te importa? Estaba bailando con mi marido.
Y ahora mismo me la comería a besos por ser tan valiente, por plantarle cara al hijo de puta que intentó destruirla aunque sé que está aterrada. Pero me limito a sonreír con orgullo sin apartar mi mirada de ella.
—¡¿Te has casado con mi hermano?! De todas las personas...
—De todas las personas que habitaban esa maldita casa, él fue el único que me mostró un poco de cariño —le interrumpe—. Fue él quien me sacó de aquel almacén mugriento cuando me secuestraron, ¡y tú colgaste el maldito teléfono para follarte a tu amante!
Mi hermano se echa hacia atrás como si le hubieran dado una bofetada, y mi padre mira con horror de uno a otro.
—¿Es eso cierto, Stefano? —pregunta— Raptaron a tu esposa, ¡¿y no hiciste nada?!
—¡Creí que solo estaba reclamando atención! —se disculpa el desgraciado.
Mi padre me sorprende acercándose a él y dándole una bofetada. Stefano se agarra la cara mirándole con sorpresa, pero no dice nada.
—Eres una maldita vergüenza para esta familia —espeta mi padre—. ¿Qué clase de hombre cuelga el teléfono cuando su esposa está rogando por su vida? No mereces el apellido que llevas... Ni siquiera mereces ser llamado mi hijo.
Se vuelve hacia Sarah y nos sorprende a todos poniéndose de rodillas. ¿Qué cojones está haciendo?
—Sarah, no puedo cambiar el pasado ni borrar lo que permití —dice—. Pero puedo reconocer mi culpa. Ante ti, y ante todos, te pido perdón.
Sarah se tensa a mi lado. Su cuerpo se pone rígido y aprieta mi brazo sin darse cuenta, clavándome las uñas en la piel.
—¿Crees que con esto basta, Fabio? —espeta— ¿Que arrodillarte borra años de silencio y complicidad? No necesito tu arrepentimiento. Lo que necesito es que vivas con el peso de lo que permitiste.
Mi padre asiente, se levanta y se da la vuelta para perderse entre la gente. No va a marcharse, sería una falta de respeto hacia el don hacerlo, pero no vuelvo a verle el pelo en lo que resta de noche. Stefano, sin embargo, es otro cantar.
—Siempre has parecido una mosquita muerta, pero eras una auténtica zorra, ¿verdad? —dice mirándola con asco— Llorabas por mi atención, pero te estabas follando a mi hermano.
Aprieto los dientes y doy un paso al frente para partirle la maldita boca, pero Sarah me detiene poniendo una mano en mi pecho.
—Había dejado de demandar tu atención mucho antes de que me violaras delante de tus hombres —le recrimina.
Los murmullos llenan el salón. Todos los ojos están puestos en nosotros, y puedo ver la desaprobación en muchos de los que nos rodean.
—Fuiste tú quien vino a buscarme aquella noche, Stefano —continúa—, y por si no lo recuerdas me resistí con todas mis fuerzas. ¿Por qué crees que fue?
—¿Así que admites haberme engañado?
—No seas hipócrita, tú me engañaste en nuestra noche de bodas con la puta que ahora es tu esposa.
—Voy a matarte —amenaza—. Voy a...
—Vuelve a amenazar a mi mujer y te vuelo la maldita cabeza —advierto, llevando la mano a la empuñadura de mi arma.
—¿Tú mujer? —escupe mi hermano riendo— ¡Ella es mi esposa!
—¿Pero a ti qué te pasa? —le grita Sarah— Conseguiste lo que querías, te di el divorcio y pudiste casarte con tu querida Renata. ¿O pensabas que podías tenernos a las dos para siempre?
Stefano aparta la mirada, dándole la razón. Sarah ríe sin ganas, dando un paso hacia atrás.
—Dios santo... ¡Lo creías! —exclama— Creías que siempre iba a estar enamorada de ti, hicieras lo que hicieras. Que siempre estaría lamiendo tus zapatos y que podrías follarte a Renata tanto como quisieras. Eres un maldito hijo de puta.
Levanta la mano para golpearle, pero la detengo. Ella me mira furiosa, y quiero borrar toda esa furia a besos, pero ahora no es el momento.
—No merece la pena, princesa —advierto—. Vamos a seguir bailando.
—Tienes razón, no merece la pena que malgaste mi tiempo con alguien como él.
La llevo hasta donde las demás parejas están bailando. Rodeo su cintura con ambos brazos y la pego a mi cuerpo, uniendo nuestras frentes. Está temblando, todo esto ha sido demasiado para ella, y me siento tentado de mandarlo todo a la mierda y volver ahora mismo a casa.
—Lo has hecho muy bien —susurro—. Estoy muy orgulloso de ti.
—Aún estoy temblando —reconoce—. No sé cómo he sido capaz de hablarle así. Joder, necesito sentarme.
—Ya queda poco, en cuanto el don me nombre capo nos marcharemos a casa.
—¿Al ático?
—Al ático. Ya que esta noche lo tenemos para nosotros solos, se me ocurren unas cuantas guarradas que hacerte.
Ella rompe a reír, que era lo que pretendía... aunque la idea me resulta muy excitante. Dante se acerca a nosotros y aparta la mano de Sarah de mi hombro, alejándola de mí.
—¿Me permites bailar con tu esposa? —Le miro a los ojos, y al ver su mirada, asiento. Empieza el show y va a sacar a Sarah de aquí, como le pedí.
—Solo por ser tú, Dante —respondo más jovialmente de lo que me siento.
La dejo en sus brazos y me dirijo hacia donde se encuentran Gianluca y Matteo.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Por supuesto, hermano —responde Gianluca—. Eso de antes ha sido increíble. Bianca me despellejará vivo por habérselo perdido.
—Está mejor en casa con los niños —responde Matteo—. Esto podría desmadrarse en cualquier momento.
Observo a Sarah bailar con Dante. Está feliz, riendo por algo que él ha dicho, y siento una punzada de celos en mi estómago.
Es una gilipollez, lo sé, pero cuando se trata de ella nada de lo que siento tiene sentido.
Dante va llevándose a Sarah lentamente hacia las puertas de la terraza.
Nadie que desconozca sus intenciones de sacarla del salón se daría cuenta de ello.
Cuando están cerca de las puertas, mi mujer se disculpa apartándose y se dirige directamente hacia ellas, como si le hubiera pedido tomar un poco de aire fresco.
Vislumbro a través de las cortinas a Leo, uno de los hombres de Dante, y respiro tranquilo.
Stefano echa a andar hacia el mismo lugar y hago el amago de seguirlo, pero el don entra en el salón justo en ese momento y mi hermano se detiene, con evidente fastidio.
—Llegó la hora —susurra Gianluca apretándome el hombro para demostrarme su apoyo.
El don se sitúa en la tarima en la que está toda su familia, toma una copa de champán de la mesa y la golpea suavemente con su anillo, provocando un tintineo. El murmullo inicial se disipa en un silencio absoluto mientras comienza a hablar.
—Estamos aquí para despedir a uno de mis mejores hombres —comienza—. Fabio... Tu tiempo como capo ha dejado una huella en esta Familia. Has servido con lealtad y fuerza, manteniendo el equilibrio en los momentos difíciles. Por eso, esta noche te honramos.
Levanta su copa en un brindis silencioso que todo el salón imita, excepto yo. Mi mirada se cruza con la de Vitto y él asiente imperceptiblemente, un leve gesto que me asegura mi futura posición. Relajo los hombros.
—Pero también sabemos que el liderazgo no es eterno —continúa—.
Cada generación tiene su momento, y ahora es tiempo de dar paso al futuro.
La Familia no se sostiene solo con fuerza o con sangre.
Se sostiene con lealtad, con sacrificio y, sobre todo, con la capacidad de proteger lo que realmente importa.
Veo a mi hermano sonreír. Cree que sus palabras van por él, pero no puede estar más equivocado. Sonrío solo de pensar en el batacazo que se va a meter en un momento.
—Hay alguien aquí que ha demostrado esas cualidades.
—Deja su copa en la mesa y se baja de la tarima, caminando lentamente hacia mí—.
Alguien que, incluso en los momentos más oscuros, ha sido capaz de mantener la calma y tomar decisiones que nos fortalecen como Familia.
Alguien que entiende lo que significa el verdadero liderazgo.
Se detiene ante mí, y me arrodillo con una mano en el corazón ante el exabrupto de mi hermano y los susurros de los invitados.
—Ante todos los presentes y ante Dios, nombro a Gabriel Vitale como el nuevo capo de la Familia Vitale.
Extiendo la mano con la palma hacia arriba, y el don me hace un corte superficial en ella con su daga.
—Juro servir a la Familia Ferretti con lealtad y honor —digo con voz clara y firme—.
Juro hacer prevalecer el nombre que nos une, protegerlo de cualquier amenaza, y tomar decisiones que fortalezcan nuestra Casa, por encima de todo.
Si alguna vez traiciono este juramento, que mi sangre sea el precio.
Que mi vida sea el castigo. Porque no hay mayor deshonra que fallar a la Familia que me dio todo. Con esta sangre, sello mi juramento.
El don me ayuda a levantarme, cubre mi herida con un pañuelo de seda y coloca en mi dedo índice el sello de la Familia. Está hecho, ahora soy el nuevo capo Vitale.
—¡Esto tiene que ser una broma!
La voz de mi hermano se escucha en todo el salón. El don se gira hacia él con una ceja arqueada, pero puedo notar el leve tic que se ha instalado en su mandíbula.
—¿Tienes algo que decir, Stefano? —Su voz es calmada, pero es innegable el peligro que esconde.
—¡Yo soy el primogénito! ¡Yo debería ser el capo!
—¡Lo serías si no hubieras sido un inconsciente! ¿Sabes cuantas veces te ha salvado Gabriel el culo en los últimos años? ¡Ni yo mismo puedo contarlas!
Se acerca a Stefano y le coge por el cuello, levantándole levemente del suelo. A pesar de su edad, Vitto es un hombre fuerte, atlético, y si a eso le sumamos su altura, mi hermano no tiene nada que hacer a su lado.
—Te has enganchado —dice con los dientes apretados—. Estás más preocupado por la próxima raya que vas a meterte que por hacer bien tu puto trabajo. ¡Le vendiste armas a los irlandeses a cambio de diamantes, por amor de Dios! ¿En qué estabas pensando?
—Yo...
—Gabriel es el que siempre arregla tus cagadas. El que siempre antepone la Familia a todo lo demás. Es quien ha demostrado ser merecedor del puesto. ¡Es él quien merece ser el capo!
—¿Demostrado? ¿Qué ha demostrado? ¡Es un traidor! ¡Se casó con mi mujer!
—¿Tu mujer? —El don aprieta más la garganta de Stefano— ¿Te refieres a la mujer que violaste delante de tus hombres y a la que dejaste a su suerte cuando fue raptada?
¿A esa que tratabas como una mierda delante de todos porque, pobrecito de ti, te obligaron a casarte con ella?
¿O acaso crees que alguna vez me creí la pantomima que interpretasteis delante de todos?
—Tu mujer es Renata, por si no lo recuerdas —apunta Dante desde detrás de su abuelo, que le suelta al fin.
—Eres hombre muerto, maldito hijo de puta —promete mi hermano con los dientes apretados.
Intenta avanzar hacia mí, pero el arma de Matteo está amartillada en su sien antes de que logre dar un paso. Stefano saca su pistola y me apunta a la vez, y es entonces cuando se provoca el caos. Otros hombres comienzan a desenfundar sus armas, y la sala se convierte en un hervidero de tensión.
—¡Basta! —El grito del don resuena en toda la habitación—. Baja el arma, Stefano. Si disparas será lo último que hagas.
Veo la mano de Stefano temblar justo antes de que baje su arma. Es un puto cobarde, y termina cayendo de rodillas al suelo con la pistola aún en la mano.
—Mira en lo que te has convertido —escupe el don—. Eres una vergüenza para esta Familia. Desaparece de mi vista antes de que cambie de opinión y te vuele la cabeza.
Mi padre y uno de sus hombres levantan a Stefano para sacarlo de la habitación.
Cuando al fin se han marchado, el don continúa la fiesta pidiendo a la orquesta que comience a tocar.
¿Ya está? ¿Eso es todo? No me siento diferente, maldición.
Poco después, Sarah entra en el salón acompañada de Serena, y se acerca a mí para besarme en la mejilla.
—Felicidades, has estado increíble —susurra.
—¿Lo has visto?
—Por supuesto. Serena y yo estábamos en la sala de seguridad viéndolo todo por las cámaras de vigilancia. Estoy muy orgullosa por cómo has llevado la situación.
—¿Vas a recompensarme cuando lleguemos a casa?
—Mmm... Tal vez.
Sonrío, y sin poder evitarlo, rodeo su cintura con el brazo para acercarla a mí y besarla en los labios. Apenas es un roce, pero suficiente para que mi polla reaccione. Veo a Dante acercarse a nosotros con una sonrisa y le sonrío de vuelta.
—Vitto quiere verte en privado —me informa—. Yo cuidaré de tu mujer.
—Prefiero que lo haga mi cuñado. No te ofendas —me apresuro a decir—, pero él está casado con Bianca, tú eres un desgraciado mujeriego.
—Y tú eres un celoso de mierda —ríe Dante—. Vamos, te acompaño.
Entro en el despacho del don, que está sentado frente al escritorio tomando una copa. Sirve dos copas más y me entrega una con un asentimiento de cabeza.
—Esto es mejor que esa mierda cara que sirven abajo —protesta.
—Gracias.
—Quiero saber qué tienes pensado hacer con Stefano. Por muy hijo de puta que sea, sigue siendo tu hermano. Tendrá que vivir en la casa familiar si él mismo no decide marcharse.
—Mientras no se acerque a mi mujer, no habrá problema —respondo con calma—. Y si lo intenta, yo mismo me encargaré de que no vuelva a hacerlo.
—Ahora mismo está cabreado y puede que intente matarte o hacerte daño a través de ella —apunta Dante.
—Soy consciente de ello. Pero como se le ocurra ponerle un solo dedo encima, por muy hermano mío que sea le meteré una bala en el cráneo.
—En cuanto a Sarah... ¿Crees que estará bien con la situación? —añade el don.
—Sarah es más fuerte de lo que parece. Además, todavía dispongo de mi ático en Central Park. Si la situación se complica, puedo llevarlos allí para que estén seguros.
—Cierto... el niño. ¿Stefano ya le ha visto?
—Aún no.
—Debes tener cuidado —añade Dante—. Si sospecha que puede ser su hijo puede que intente tomar una muestra de ADN para asegurarse.
—Lo tengo todo controlado. He barajado todas las posibilidades, Dan. Llevo cinco años planificándolo todo.
—En cuanto a la Familia... Stefano no está en condiciones de asumir el puesto de sottocapo, que es lo que le correspondería por línea de sangre ahora que tú eres el capo —añade Vitto.
—Lo sé. Por eso he pensado en mi primo Nicola para el puesto.
—Nicola es un buen soldado —asiente el don—. Es la mejor opción dadas las circunstancias.
—Mi hermano tendrá otro berrinche, pero es lo que hay. No voy a tolerar sus errores como hacía mi padre.
—Entonces, todo está arreglado. Ve con cuidado, y protege a tu mujer.
—Créame, proteger a mi mujer y a mi hijo es lo único en lo que pienso día y noche.
—Realmente estás enamorado de ella —susurra al darse cuenta de ello.
—De no ser así, la habría dejado continuar con su vida feliz en Italia.