12. Sarah
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E stoy sentada frente al tocador de Bianca mientras mi hermana me peina. Observo detenidamente a la mujer que me mira desde el espejo, pero esa no soy yo. Ella es demasiado sofisticada, hermosa y segura de sí misma. Yo estoy hecha un manojo de nervios y llena de dudas.
—¿No crees que te has pasado con el maquillaje? —pregunto.
Mi hermana ha insistido en ocuparse de mi aspecto y ha utilizado tantos productos en mi piel que dudo mucho que pueda respirar. Mis ojos parecen los de una actriz de cine, debo reconocerlo, pero temo que si empiezo a sudar mi maquillaje se deshaga delante de todos.
—No digas tonterías, estás espectacular —bufa Bianca colocando una horquilla en el recogido—. Listo. Gabriel va a babear en cuanto te vea...
—Tonta...
Me miro en el espejo de cuerpo entero de su vestidor y la verdad es que me ha dejado muy sorprendida el resultado.
El vestido lo eligió ella, y admito que es espectacular.
Es un diseño de gasa en rojo vibrante, con un escote en forma de corazón y tirantes delicados que me hacen ver increíble.
La cintura está decorada con detalles transparentes que crean un efecto de bandas cruzadas.
La falda larga se desliza con fluidez hasta el suelo, con una abertura en la pierna que llega hasta la mitad del muslo.
Llevo tacones de aguja plateados con incrustaciones de diamantes en uno de los laterales.
La joyería corre a cargo de mi marido: una pulsera de oro blanco con diamantes engastados y unos pendientes largos, también de diamantes, delicados pero llamativos.
—¿Tengo o no tengo razón? —pregunta mi hermana desde la puerta, mirándome con una sonrisa de orgullo que me hace sonreírle de vuelta.
—Vale, sí... El vestido es increíble. Tenías razón al insistir tanto.
—Me encantaría estar allí solo para ver la cara de Stefano cuando te vea.
—Te dije que puedes dejar a los niños con la niñera, Bianca. Gaby no le dará que hacer.
—¿Crees que no lo habría hecho de haber podido? Gianluca no quiere ni oír hablar del tema. Dice que no me quiere en medio de un tiroteo. —Pone los ojos en blanco—. Como si yo no supiera empuñar un arma.
—Te ama y está preocupado por ti.
—Pero por su culpa voy a perderme toda la diversión. Le he convencido para que, cuando nos mudemos a la casa grande, me busque la fiesta en las cintas de seguridad para poder verla.
—La fiesta no es en la casa Vitale. Es en la mansión del don.
—Mierda.
Caigo entonces en la cuenta de lo que acaba de decir mi hermana y sonrío.
—¿Os mudaréis con nosotros a la casa familiar?
—Gabriel nos quiere a todos allí —asiente—. Su padre se mudará a su casa de los Hampton y la mayoría de sus hombres se retiran con él. Habrá espacio de sobra para todos... y así Gianluca podrá guardar la espalda de tu esposo en caso de que Matteo no esté.
—No sabes lo que me alegra saberlo —suspiro abrazándola—. Tenía mucho miedo de estar sola en ese nido de víboras. Sé que tengo a Gabriel, pero él no puede estar conmigo todo el tiempo.
—Necesitas a una chica con la que comentar lo increíble que es tu marido en la cama, ¿eh?
Mi hermana mueve las cejas como una payasa y me hace reír a carcajadas.
—No voy a hablar de mi vida sexual contigo —respondo.
—¿Ni siquiera si yo también lo hago? Porque Gianluca...
Me tapo los oídos para no escucharla y salgo del vestidor.
Mi hermana me sigue riendo y me coloca un mechón de pelo en su lugar, aunque supongo que solo intenta asegurarse de que mi aspecto sea el mejor.
Me pongo mi abrigo negro, tomo el bolso plateado a juego con los zapatos del tocador y salgo de la habitación para encontrarme con Gabriel y Gianluca.
Mi marido está ajustándose los gemelos, y cuando levanta la mirada hacia mí, veo el momento exacto en el que se queda sin aliento.
Sonrío. Le miro de arriba abajo con detenimiento, porque está guapísimo con el traje de gala.
Lleva una corbata de color plateado, a juego con mis complementos, y se ha peinado hacia atrás.
—Joder, princesa... Estoy tentado de llevarte de vuelta a casa para quitarte ese vestido —dice con voz ronca.
—¡Gab! —exclamo sintiéndome abochornada.
—Nosotros también follamos, hermanita —responde mi hermana desde atrás.
—Cállate.
—Tenemos que irnos.
La voz de Matteo, que acaba de entrar al salón, me libra de seguir pasando vergüenza.
Gabriel entrelaza sus dedos con los míos, besa el dorso de mi mano y me lleva hasta el ascensor.
Gianluca y Matteo nos siguen de cerca. Cuando las puertas se cierran, Gabriel me arrincona en una esquina y pega su cuerpo al mío, mirándome con esos ojos verdes que me quitan el aliento.
—Estás espectacular, princesa —ronronea a un suspiro de mis labios—. Te juro que si lo de esta noche no fuera tan importante...
—Calla...
Veo a Gianluca sonreír y siento ganas de darle un puñetazo. Me distraigo colocando bien el nudo de la corbata de mi marido, que está un poco torcido.
Mi marido...
Ni en un millón de años habría pensado que terminaría casada con Gabriel.
Él siempre ha sido mi apoyo, el único que me dio un poco de luz en aquella casa de locos.
Su sonrisa cada mañana, cuando nos encontrábamos en el comedor a la hora del desayuno, era el único motivo que tenía para seguir adelante.
“Stefano no me quiere”, pensaba, “pero Gabriel siempre tiene una sonrisa para mí”.
Me pongo de puntillas y le beso con suavidad en los labios.
Él me mira con una sonrisa y una ceja arqueada, y sujeta mi mejilla con suavidad para volver a besarme, esta vez con mayor profundidad.
Cuando se abren las puertas del ascensor, Gabriel se aparta de mí, toma mi mano de nuevo y nos dirige hasta la calle.
¿Por qué él parece no haberse inmutado por el beso mientras yo estoy hecha un manojo de nervios?
Nos dirigimos en el todoterreno hasta la casa familiar de los Ferretti, situada en el Upper East Side.
Cuando el coche se detiene en la puerta, veo a Dante Ferretti, el hermano mayor de Serena, bajar los escalones de entrada para acercarse al coche.
En cuanto me ve, una sonrisa traviesa se dibuja en sus labios y tira de mí con fuerza para estamparme contra su pecho y abrazarme.
—Bienvenida de nuevo, pequeña —susurra—. Mi hermana me dijo que has regresado.
—¡Eh, tú! —protesta Gabriel, apartándome de él— Quita tus sucias manos de mi mujer.
—Ver para creer... ¡Gabriel Vitale está celoso! —ríe Dante.
—Eres demasiado guapo, Dan —bromeo—. Todos los hombres estarían celosos de ti.
—Me alegro de verte, amigo mío. —Las bromas quedan a un lado cuando ambos hombres se abrazan con cariño.
—¿Está todo preparado? —pregunta Gabriel.
—Por supuesto, mis hombres están en posición y tengo a Sombra apuntando a Stefano a la cabeza en caso de que...
Gabriel asiente, toma mi mano y caminamos hacia la mansión.
—¿De qué conoces a mi esposa? —protesta de repente, haciendo reír a carcajadas a Dante.
—Es la mejor amiga de mi hermana, Gab. La conozco desde que tenía... ¿ocho años?
—Diez —aclaro.
—Es una hermana más para mí, tu testosterona está a salvo conmigo.
—Gilipollas...
—Mi abuelo bajará en media hora —explica Dante—. Ya sabes lo dramático que es. Mientras tanto, divertíos... Si es que podéis.
Nos detenemos frente a las puertas dobles del salón donde se celebra la fiesta. Dante entra primero, dejándonos un momento de intimidad. Gabriel me mira y me besa, ofreciéndome su brazo para hacer nuestra entrada triunfal.
—Empieza el espectáculo, princesa —susurra un segundo antes de cruzar el umbral.
El ruido ensordecedor se silencia poco a poco conforme vamos entrando al salón.
Todas las miradas se fijan en nosotros, y más aún, en las alianzas a juego que Gabriel se asegura de mostrar a todos.
Me lleva a la pista de baile y coloca una mano en la parte baja de mi espalda, pegándome a su cuerpo.
Comienza a mecerse despacio, mirándome a los ojos, y todo lo demás desaparece a nuestro alrededor.
Solo estamos la preciosa música, él y yo.
—¿Sarah?
La voz de Stefano me produce un escalofrío, mezcla de miedo y de repulsión. Gabriel lo nota y acaricia lentamente mi espalda, intentando calmarme.
—¿Eres tú?
Veo a Fabio, el padre de Gabriel, acercándose a nosotros, y todo mi cuerpo sufre una sacudida cuando tira de mí para mirarme a la cara.
—Vuelve a tratar a mi esposa así y, por muy padre mío que seas, te mataré.