11. Gabriel
––––––––
A l fin llegó el día en el que empezaré a darle forma a mi venganza.
Voy a acabar con mi hermano lentamente, y arrebatarle el puesto de capo es el primer paso para lograrlo.
Salgo de la cama sin hacer ruido para no despertar a Sarah.
Ha pasado muy mala noche, las pesadillas parecen haber sido más intensas debido a la preocupación, y necesito tenerla descansada para la fiesta.
Matteo está en la cocina sirviéndose un café y me saluda con la mano.
—Bianca ha llamado —informa—. Dice que si necesitas pasar tiempo con Sarah podéis llevarle al niño ahora. Ha preparado un montón de mierdas para divertirse con él y los gemelos durante todo el día.
—Creo que lo mejor será llevarlo cuando vayamos a irnos. Gaby no está acostumbrado a estar separado de su madre y estamos en una ciudad nueva. Está teniendo demasiados cambios en muy poco tiempo.
—También quiere saber si se quedará a dormir con los mellizos o si lo recogeremos cuando la fiesta acabe.
—Lo que él prefiera. Si no se siente cómodo quedándose, le traeremos de vuelta cuando volvamos de la fiesta.
Matteo deposita una taza de café frente a mí, que agradezco con un leve movimiento de cabeza.
—Llegó la hora, hermano... —susurra.
—Llegó la hora. Voy a ir a ver al don, tengo que informarle sobre el envío y quiero asegurarme de que mantendrá su promesa.
—¿Le dijiste con quién ibas a casarte?
—Se lo dije, sí.
—¿Y te permitió hacerlo de todos modos?
—No estaba muy contento con mi decisión, pero está aún menos contento con Stefano.
—¿Sabe lo del niño?
—Aún no, voy a decírselo hoy.
—¿La verdad o...
—Mi verdad —le corrijo—. Voy a llevarle la prueba de paternidad que la confirma.
—Sabes que si se entera de que es falsa...
—Nadie sabe cómo la he conseguido . Es imposible que lo descubra.
—Deberías decirle la verdad, Gab.
Giro la cabeza hacia Sarah, que se acerca a nosotros por el salón con el cabello despeinado y ropa de deporte. La atraigo hacia mi cuerpo y la beso, olvidándome por un momento de la presencia de Matteo.
—Buenos días, princesa —susurro con voz ronca—. Deberías haber seguido durmiendo.
—¿Has escuchado lo que te he dicho? —insiste, apartándose cuando intento besarla de nuevo.
—Te he escuchado, sí.
—Creo que lo mejor será que vaya contigo.
—No voy a meterte en la casa del don tan pronto, Sarah.
—¿Por qué no? Nadie va a hacerme daño allí.
—Creo que es buena idea que Sarah te acompañe, hermano —interviene Matteo—. Si ella le cuenta lo del niño alegando que lo hacéis para protegerlo de Stefano, no tendrás que mentirle.
—No pienso arriesgarme a que el don se lo entregue a mi hermano.
—Tú mismo has dicho que no está muy contento con él, Gab. —La voz de mi esposa me está ablandando—. Déjame ir contigo, por favor.
—No es buena idea, princesa... no lo es.
—¿Sabe el don algo de lo que me pasó?
—Sabe que mi hermano te violó, nada más.
—Bien. Déjame contarle el resto. Estoy segura de que, después de saber que me abandonó a mi suerte cuando los secuestradores me raptaron, no permitirá que se quede con Gaby.
—Tienes demasiada fe en el don.
—Su nieta era mi mejor amiga antes de que me casara con Stefano. Tal vez, si hablo con ella...
—Le diremos que es mi hijo, no nos arriesgaremos.
—No quiero que te maten.
—¡No van a hacerlo!
—Por favor, Gab...
Cierro los ojos y suspiro. No es buena idea, joder... De hecho, es la peor idea del jodido mundo. Es una bomba de relojería que nos puede explotar en la cara, y sin embargo me veo asintiendo como un gilipollas.
—Está bien, maldita sea. Ve a vestirte.
—¿Y Gaby?
—Tu hermana ha dicho que se lo lleves ahora si necesitas tiempo para ti —dice Matteo.
Dos horas después —porque lidiar con un niño de cinco años atrasa un huevo—, nos estamos bajando del todoterreno en la entrada de la casa de los Ferretti.
Trago saliva, me ajusto la chaqueta del traje y le tiendo la mano a Sarah para que la tome.
Saludo a uno de los guardias con un leve movimiento de cabeza y cruzo las puertas dobles que dan a la entrada de la mansión.
—¿Sarah? —Serena, la nieta del don, baja corriendo las escaleras para fundirse con mi esposa en un caluroso abrazo—. ¡No puedo creerme que seas tú! ¿Dónde has estado? No he sabido nada de ti desde...
Se detiene en seco al reparar en mí.
—Gabriel... Me alegro de verte —susurra.
—Lo mismo digo, Serena.
—Iré con ella para ponernos al día, Gab. —Miro a mi esposa, que está mirándome a su vez con una sonrisa—. Cuando sea mi turno de hablar con el don, ven a buscarme.
—¿Tienes que hablar con mi abuelo? ¿Qué ocurre? ¿Acaso este imbécil...
Arqueo una ceja, pero Sarah comienza a reírse.
—Este imbécil es mi esposo, Ser. Tengo demasiadas cosas que contarte.
—¿Has cambiado a un hermano por otro? Definitivamente tienes mucho que contar. Estaremos en la terraza, búscala allí cuando termines.
Las observo marcharse juntas, tomadas del brazo. Vuelvo a ver en el rostro de mi esposa la felicidad que vi en Ravello, cuando estaba con Giulia. Solo por eso voy a perdonarle a esa mocosa que me llame imbécil.
Me dirijo hacia el despacho del don y uno de sus hombres me abre la puerta.
Vitto está sentado cómodamente en su butaca de cuero, con un vaso de whisky en la mano, y Fabricio, su sombra, está apoyado junto a la ventana.
Vitto me observa acercarme mientras su semblante se mantiene relajado, casi paternal. Es evidente que hoy está de buen humor.
—Gabriel —dice con voz grave pero amable, alzando levemente el vaso en señal de saludo—. Siéntate. Dime, ¿cómo ha ido el asunto con los irlandeses?
—Stefano les vendió nuestras armas a cambio de diamantes.
El don escupe el whisky y golpea la mesa con el puño. Se ha cabreado, joder... Esto no me conviene.
—¡¿Diamantes?! ¡¿Tu hermano es gilipollas?!
—Los diamantes irlandeses son de calidad inferior a los que producimos en nuestra mina de Sierra Leona —apunta Fabricio—. Ese jodido error nos hará perder mucho dinero.
—Hemos perdido dinero, es cierto, pero actué rápido para evitar que afectara a nuestra reputación —explico—. Logré venderlos a un precio razonable antes de que nadie cuestionara nuestros estándares.
—¿Y cómo explicaste la calidad? —pregunta el don.
—Dejé claro que estos diamantes proceden de una mina que estamos considerando comprar en Irlanda.
Mencioné que su calidad es ligeramente diferente porque la extracción y el procesamiento no siguen nuestros estándares habituales, pero que estábamos evaluando su potencial.
Siempre podemos decir que decidiste no invertir en la mina, el problema estaría resuelto y la reputación de la Familia intacta.
Asiente lentamente, tomando un sorbo de su copa.
—Ese maldito Stefano... —protesta— Siempre actúa como un idiota, sin pensar en las consecuencias de sus actos.
Pero tú sabes lo que está en juego. Tu forma de solucionar el problema demuestra que entiendes la importancia de mantener nuestra posición y el prestigio de la Familia.
Me quitas un peso de encima al limpiar este desastre.
—Gracias, don.
—Stefano ya no está a la altura de manejar las responsabilidades de esta Familia —continúa—, pero tú... Tú tienes la cabeza fría y la inteligencia necesaria para proteger lo nuestro. Buen trabajo, Gabriel.
—¿Sigue entonces en pie lo que hablamos sobre mi nombramiento como capo?
—Cuando te dije que eras el hombre indicado para liderar a los Vitale, lo dije en serio. A tu hermano le faltan tu lealtad, tu inteligencia y tu capacidad para mantener el respeto en la Familia. Como te prometí, haré el anuncio en la despedida de tu padre, como es la tradición.
—Gracias, don. Nunca le fallaré.
—Sé que no lo harás. Y ahora háblame de tu matrimonio. ¿Lo has hecho?
—Desde luego. Sarah me ha acompañado, hay algo de lo que queremos hablar con usted antes de que todo se destape.
—¿Y dónde está?
—Conmigo, nonno . —Serena entra en la habitación seguida de Sarah—. No he interrumpido nada, ¿verdad?
—Tú nunca interrumpes, mi pequeña bambina . Buenos días, Sarah.
—Buenos días, don. Me alegro de volver a verle.
Serena se sienta en el brazo del sillón de su abuelo y me mira con una sonrisa. Bien... tenemos su apoyo. Vitto me observa con curiosidad mientras Sarah toma asiento a mi lado y aprieto su mano entre las mías.
—Gabriel me dice que tenéis algo importante que hablar conmigo —dice, con un gesto hacia Sarah—. Te escucho, bambina .
—Tengo un hijo —suelta a bocajarro—. Tiene cinco años.
Vitto frunce ligeramente el ceño, pero no dice nada, esperando a que Sarah continúe.
—Gaby es hijo biológico de Stefano —admite mi esposa con un hilo de voz—.
Una noche vino drogado a casa. Me dijo que usted se había quejado de que aún no habíamos tenido un hijo y de que su padre le obligaba a acostarse conmigo.
Yo era virgen. En dos años jamás me tocó, y esa noche me violó con tal brutalidad que fui incapaz de levantarme del suelo de mármol del salón en el que lo hizo, donde algunos de sus hombres estaban viendo la televisión.
No le importó que todos lo vieran... y ninguno de ellos me ayudó.
— Santa Madonna ... —susurra Fabricio.
Trago saliva ante los recuerdos. No quiero recordarla tirada en el suelo con los muslos llenos de sangre, completamente rota, con la mirada tan vacía que temí que mi hermano hubiera acabado con su espíritu.
—Quedé embarazada —continúa Sarah—, pero no lo supe hasta que me desperté en un hospital de Ravello meses después de ser secuestrada.
—¡¿Secuestrada?! —grita Vitto golpeando el escritorio con fuerza— ¡¿Por qué me estoy enterando de esto ahora?!
—No tenía constancia de ello, don —se disculpa Fabricio.
—¿Sabes quiénes eran? —pregunta, suavizando la voz hacia mi mujer.
—No lo sé —responde ella en un susurro.
—Están todos muertos —añado—. Yo mismo me encargué.
—Bien hecho. Continúa, bambina , por favor —suspira Vitto.
—Los secuestradores me hicieron llamar a Stefano, pero él estaba con Renata, su amante, manteniendo relaciones, y me colgó dejándome a mi suerte.
—¿Me estás diciendo que te fue infiel durante vuestro matrimonio? —escupe el don.
—Pasó la noche de bodas con ella —susurra Sarah, avergonzada.
—Hijo de puta... —escupe Serena.
—Ambas veces, el día de la violación y el del secuestro, fue Gabriel quien me salvó. —Sarah me mira y me sonríe—. La primera de ellas me llevó al hospital y se quedó a mi lado hasta que la doctora evaluó los daños, me cuidó y me protegió hasta que estuve completamente recuperada.
Aprieta la mano que tengo apoyada sobre su muslo y prosigue.
—La segunda fue él quien me encontró, mató a los secuestradores y volvió a llevarme al hospital. Fue Gabriel quien me llevó a Ravello y me dejó vivir tranquila para que curase mis heridas. Y es Gabriel el único padre que quiero que conozca mi hijo.
—Eres consciente de que Stefano puede reclamarlo —advierte Vitto—. Renata es estéril y...
—Stefano no sabe que Gaby existe, y quiero que piense que no es hijo suyo —pide Sarah.
—Tengo un certificado de paternidad del Presbyterian que demuestra que soy el padre biológico de Gaby —explico, tendiéndole la carpeta de color marrón.
—¿Cómo has conseguido esto? —exclama Serena leyendo por encima del hombro de su abuelo.
—No ha sido nada fácil, créeme.
No pienso decirle al don que tuve que pedirle a Tae Min, el bujan de la Kangpae, un nuevo favor. Su mujer tiene una amiga que trabaja en el hospital y gracias a ella pude salvar este puente. Pero eso quedará entre ellos y yo.
—Pero si el niño tiene cinco años no salen las cuentas, Gabriel —comenta Vitto.
—Lo sé —asiente Sarah—. Por eso diremos que tuvimos una aventura poco antes de mi secuestro.
—Explícate.
—A nadie le parecerá extraño que terminase lanzándome a los brazos de mi cuñado, dado que Stefano me trataba como basura y Gabriel siempre fue amable conmigo.
—Pero tu reputación...
—Mi reputación no importa si gracias a eso protejo a mi hijo —le interrumpe.
—¿Y cómo explicaréis los cinco años que has estado desaparecida, mujer?
—Diré que me escapé del hospital cuando Gabriel me llevó allí porque descubrí que estaba embarazada y no sabía quién era el padre. Cuando Gabriel apareció en mi puerta, decidimos hacer la prueba para asegurarnos de que era hijo suyo.
—Podrías haber hecho las pruebas inmediatamente, no esperar cinco años, Sarah —explica Serena.
—Estaba viviendo tranquila y feliz en Italia, lejos de la mafia. Tenía una pequeña pastelería y una casita junto al mar. ¿De veras crees que alguien dudaría que preferí vivir en paz a volver a la ‘Ndrangheta?
—Supongo que no.
Vitto se queda en silencio unos momentos, procesando lo que acaba de escuchar. Finalmente, fija su mirada en mí.
—¿Tú conocías la existencia del niño? —me pregunta, a lo que asiento.
—Me lo dijo el primer médico que vio a Sarah cuando la rescaté de sus secuestradores. Fue por ello que la saqué del país.
—¿Y estás dispuesto a cargar con una responsabilidad tan grande? —pregunta, con una mezcla de seriedad y respeto— Un niño no es un coche del que puedas desentenderte dentro de unos años, Gabriel.
—Sin dudarlo, don. Gaby es mi hijo en todos los sentidos que importan. Haré lo que sea necesario para protegerlo y para proteger a mi mujer.
Vitto asiente lentamente, su expresión suavizándose apenas.
—Entonces tienen mi apoyo —dice al fin, y todo el aire que estaba conteniendo sale en forma de suspiro de mi pecho—. Pero recuerden, esto no será fácil. Habrá preguntas, sospechas. Asegúrense de que su historia no tenga fuga alguna. Y, Gabriel, mantén a tu familia a salvo. Siempre.
— La famiglia è tutto —digo, repitiendo el lema de la ‘Ndrangheta.
—Tienes razón, hijo —asiente el don con satisfacción—. La famiglia è tutto.