Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 10. Sarah
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10. Sarah

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S iento un estremecimiento recorrer mi cuerpo cuando mis pies se posan en el asfalto.

Jamás pensé en volver a Nueva York, creí que siempre estaría lo más lejos posible de esta ciudad y de todo lo malo que viví en ella.

Pero he vuelto para vengarme de todos los que alguna vez me hicieron daño.

Incluido mi padre, quien sabía de primera mano la situación que viví y no movió un solo dedo para sacarme de ella.

—Respira...

Me giro hacia Gabriel y obedezco, no sabía que estaba conteniendo la respiración.

Él parece entender la vorágine de sentimientos encontrados que se arremolinan en mi interior, porque rodea mis hombros con el brazo y me guía hasta un todoterreno negro con los cristales tintados que espera a pocos metros del avión, rodeado por algunos de sus hombres.

Los soldados inclinan la cabeza en señal de respeto cuando me acerco, y uno de ellos abre la puerta del vehículo para que Gabriel, el niño y yo entremos.

—Papi, ¿podemos comer pizza? —pregunta Gaby.

—Podemos comer lo que tú quieras... siempre que mamá esté de acuerdo.

—Buena jugada, señor Vitale —rio sin poder evitarlo.

—Estoy a tu entera disposición, princesa.

Me guiña un ojo, y vuelvo a sentir esa sensación líquida y cálida removerse en mi estómago.

El ático de Gabriel está ubicado en un edificio alto en el corazón de Manhattan, con vistas a Central Park.

Ocupa la última planta, ofreciendo privacidad y una perspectiva impresionante de la ciudad.

Se puede acceder a él únicamente con una llave en el cuadro del ascensor, que discurre deslizándose por la fachada del edificio, permitiendo ver la ciudad por sus amplios ventanales.

Gabriel me guía al interior mientras carga a Gaby en brazos, quien parece absorto mirando las luces de la ciudad.

Todo es amplio, abierto, con una sensación de lujo contenida en cada rincón.

Gabriel me deja explorar en silencio, observándome mientras recorro con la mirada el salón.

Los ventanales que van del suelo al techo dominan la estancia, ofreciendo una vista incomparable de Central Park y el horizonte de Manhattan iluminado como si fuera un lienzo de infinitos matices.

Hay un sofá modular en tonos grises frente a una mesa baja de mármol.

La calidez de los detalles en madera oscura equilibra la frialdad del mármol y los metales, creando un espacio funcional pero acogedor.

En una esquina veo una cocina abierta, impecable, con una isla central de cuarzo y electrodomésticos en acero inoxidable.

Todo parece sacado de una revista de diseño, pero no es intimidante, como si, de alguna manera, él hubiera pensado en que esto debía sentirse como un hogar.

—Es hermoso... —murmuro sin darme cuenta.

—No tan hermoso como tú —responde Gabriel con esa calma tan suya, y no puedo evitar sonreír—. Y hay más.

Me toma de la mano y me lleva por el pasillo.

El primer dormitorio que me muestra es el nuestro.

Una cama king size ocupa el centro, con un cabecero de tela gris que parece hecho a medida.

Mesitas de noche de madera y vidrio flanquean la cama, y una puerta corredera da a un balcón privado con un par de sillones orientados hacia el parque.

Es sencillo pero elegante, justo como él.

—Me gusta mucho —digo, mirándolo de reojo.

Noto una chispa en su mirada, como si estuviera guardándose algo. Y entonces me lleva hacia la puerta al final del pasillo.

—Creo que esto te gustará más —dice con voz ronca.

Cuando abre la puerta, me quedo sin palabras.

La habitación está decorada con temática de dinosaurios de Jurassic World .

Hay un mural enorme de un T-Rex en plena acción, rodeado de velociraptores —entre los que se encuentra Blue— y un paisaje selvático.

La cama, con una colcha llena de estampados de dinosaurios, ocupa el centro, mientras que las figuras de acción adornan una estantería en la pared.

Incluso hay un escritorio único, diseñado como si fueran rocas, perfectamente integrado con la decoración.

—Gabriel... —Mi voz tiembla—. ¿Cuándo hiciste esto?

Él me observa, cargando todavía a Gaby, que no deja de retorcerse entre sus brazos para que le suelte y poder explorar la habitación.

—Cuando aceptaste mi propuesta —responde—. Llamé a mi primo Nicola y le pedí que buscara a alguien que pudiera hacerlo rápidamente. Sabía que sería importante para él... y para ti.

Me acerco al centro de la habitación y paso la mano por el mural, incapaz de ocultar la emoción que me embarga.

Este hombre no solo piensa en mí. También piensa en mi hijo, en nuestra familia.

Miro hacia atrás y Gabriel sigue ahí, con una sonrisa ligera, mientras observa a nuestro hijo correr hacia su nueva cama, riendo como si este fuera el mejor día de su vida.

—Dijiste que tendríamos que vivir en la casa familiar —digo intentando contener la emoción que me embarga.

—Y tendremos que hacerlo —responde rodeando mi cintura desde atrás—. Pero pensé que este podría ser nuestro pequeño refugio, un lugar para escapar cuando las cosas sean demasiado duras para ti.

—¿Por qué eres tan bueno conmigo? ¿Por qué...

—Si no lo sabes ya, princesa, tendrás que descubrirlo por ti misma.

Me giro en sus brazos, rodeo su cuello con los míos y le doy un beso intentando expresarle con él todos los sentimientos que me embargan en este momento.

Y es ahora cuando me doy cuenta de algo que no había previsto al aceptar su proposición: Gabriel tiene el poder de enamorarme, y esa certeza me aterra más de lo que jamás imaginé.

—¡Mira, mamá! ¡Sera!

Me giro hacia mi hijo, que ya está sentado en la alfombra de lana natural de pelo largo que ocupa gran parte de la habitación, con los dinosaurios de la estantería esparcidos a su alrededor.

—¡Son muy bonitos, mi amor! —Me arrodillo a su lado y acaricio su cabello con cariño—. ¿Ya le has dado las gracias a papá por sus regalos?

—No hagas eso, Sarah —susurra Gabriel—. No he hecho esto para ganarme tu agradecimiento.

—Lo sé. Pero debemos enseñar a nuestro hijo a ser agradecido, ¿no te parece?

Gaby se levanta de un salto, estira los brazos para sujetar a Gabriel del cuello y le da un sonoro y húmedo beso en la mejilla cuando él lo coge en brazos.

—Gracias, papá.

Veo la nuez de Gabriel subir y bajar y me tapo la boca con la mano para esconder mi sonrisa.

Él le dice algo en el oído a Gaby, le devuelve el beso y le deja en el suelo para que pueda jugar con sus juguetes nuevos.

Me tiende la mano para ayudarme a levantarme de la alfombra y salir de la habitación.

Una vez al amparo de nuestro propio dormitorio se detiene, eleva los ojos al cielo y suspira, sorbiendo la nariz.

—Joder, princesa... entre los dos vais a matarme —suspira.

—¿Estás bien?

—Voy a ser un puto capo de la ‘Ndrangheta, por supuesto que estoy bien.

—Bien jodido, querrás decir. —Ya no puedo ocultar más mi diversión y rompo a reír a carcajadas.

—¿Te parece gracioso? —Me mira furioso, pero su mirada no tiene ningún efecto cuando está anegada en lágrimas.

Me acerco, con una sonrisa aún en mis labios, y borro el rastro salado de su piel con mis dedos. Gabriel me sujeta por la cintura, me pega con fuerza a su cuerpo y me besa, dejándome mareada.

—Iré a llevar las cosas a la habitación de Gaby —digo apartándome, porque si no lo hago voy a dejar que me arrastre hacia la cama.

—¿Qué cosas?

—Pues las suyas, ¿cuáles si no?

—Bien, porque no pienses ni por un momento que vas a dormir en otro lugar que no sea mi cama.

—Ni siquiera se me había pasado por la cabeza. —Vuelve a besarme, esta vez con mayor suavidad.

—¿Sabes ya por qué hago todo esto?

—¿Cómo voy a saberlo si no me lo dices?

—Sigue pensando.

Sale del dormitorio y me deja aquí, con cara de idiota. Me dedico a guardar la poca ropa que hemos traído con nosotros —el resto llegará en unos días—, y me dirijo al dormitorio de Gaby, que aún está tirado en el suelo jugando con los dinosaurios —que hablan y se mueven con pilas, por cierto.

—Ve a lavarte, Gaby —ordeno—. Papá ya habrá pedido la cena y tiene que estar al llegar.

—Me gusta mucho la casa nueva, mamá. Es muy grande.

—Y tu cuarto es el mejor, ¿verdad?

—Sí, y el de papá es muy grande, pero no he visto el tuyo.

Suspiro y me siento a su lado. Es hora de tener la conversación pendiente que necesitamos tener desde que Gabriel llegó a nuestras vidas como un huracán para ponerlo todo del revés.

—Papá y yo estamos casados, Gaby —comienzo, eligiendo las palabras con cuidado—. Eso significa que ahora compartimos muchas cosas... incluso la habitación.

Gaby me mira con sus grandes ojos curiosos, ladeando la cabeza como si intentara descifrar un rompecabezas.

—¿Entonces duermes con papá? —pregunta.

—Sí, tesoro. Ahora papá y yo dormimos juntos. Es lo que hacen los padres cuando están casados.

Sus ojos se iluminan y sonríe ampliamente.

—Eso es genial. Papá es el mejor. Él siempre sabe cómo hacer que todo sea mejor.

No puedo evitar reír ante su entusiasmo. Para Gaby, Gabriel no es solo su padre, es un héroe que llegó para cambiar nuestras vidas. Mi hijo coloca el dinosaurio en el suelo y me mira con seriedad por un momento.

—Entonces ahora somos los tres juntos, ¿verdad, mamá? Papá, tú y yo.

Mi corazón se llena ante la simplicidad de sus palabras. Es tan lógico y puro que casi me hace llorar.

—Así es, cariño. Ahora somos los tres.

Lo abrazo mientras él sigue contando emocionado las aventuras que quiere vivir con su padre. En ese instante me doy cuenta de cuánto ha cambiado nuestra vida, de cómo Gabriel ha venido a traer seguridad y amor en formas que jamás imaginé.