9. Gabriel
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Una semana después...
S arah está muy callada desde que mi avión despegó del aeropuerto de Nápoles esta mañana.
Está sentada frente a mí, con la mirada perdida en la ventana.
Gaby no ha parado de parlotear hasta hace apenas dos minutos, cuando se ha quedado dormido.
Acaricio su mano por encima de la mesa, y ella me mira y sonríe, pero puedo ver la preocupación en sus ojos.
—Relájate, todo va a estar bien —susurro.
—¿De verdad lo crees?
—Llevo cinco años planeándolo todo, princesa. Créeme, saldrá perfectamente. Nos quedaremos en mi ático hasta la fiesta. Nadie sabrá que hemos regresado hasta entonces.
—¿No resultará demasiado extraña tu ausencia?
—Todos creen que estoy haciendo un trabajo para el don.
—¿Y si tu padre le pregunta?
—Dirá que es verdad. —Me encojo de hombros—. Días antes de ir a por ti, me llamó a su despacho para que me encargara de un envío importante. Le dije que después de hacerlo iba a viajar a Italia para casarme, y ya sabes lo mucho que le importa la Familia.
—Así que antes de venir a buscarme ya te habías asegurado el respaldo de Vitto... Eres más inteligente de lo que pensaba.
—Me casé contigo, ¿no es así?
Sarah pone los ojos en blanco y sonríe. La sonrisa no llega a sus ojos, pero al menos ahora la preocupación en ellos es menor.
La mesa entre nosotros me parece un obstáculo innecesario, así que la pliego y la aparto.
Extiendo la mano y tomo a mi mujer por la muñeca, guiándola con cuidado hacia mí.
Cuando finalmente la tengo sobre mis rodillas, la envuelvo con mis brazos, asegurándome de que sepa que a partir de ahora siempre la protegeré.
—No vas a enfrentarte a él sola, Sarah —murmuro cerca de su oído—. Ahora estoy aquí.
—Siempre has estado a mi lado —reconoce con un suspiro—, incluso cuando no tenías que hacerlo.
Acaricia mi cara con la mano y me besa. Dios... Juro que cada vez que tiene un gesto espontáneo hacia mí, siento que mi cuerpo entero tiembla. Miro a Gaby, que continúa dormido.
—Matteo, échale un vistazo —ordeno.
Matteo asiente sonriendo. Levanto a Sarah de mis piernas, la cojo de la mano y la llevo al dormitorio privado de la parte de atrás del avión.
Cuando cierro la puerta detrás de nosotros, acaricio su mejilla con la mano, acerco mi cuerpo al suyo y hundo la lengua en su boca.
Joder, sabe a gloria. Es la cosita más dulce que he probado jamás en mi vida.
Intento desabrochar los botones de su camisa, pero ella me lo impide apartándolas.
—¿Te has vuelto loco? —ríe.
—Hace mucho tiempo que estoy loco por ti, princesa. No es nada nuevo.
Llevamos toda la semana avanzando en su trauma. La paciencia que estoy teniendo anoche tuvo su recompensa. De penetrarla aún ni hablamos, pero al menos he conseguido poder tocarla íntimamente sin que entre en pánico.
Hoy pretendo hacer que se corra.
Vuelvo a intentar desnudarla, pero salta lejos de mí y se parapeta al otro lado de la cama, riendo.
—Nos van a oír —advierte.
—Gaby está durmiendo, y mis hombres saben mantener las orejas cerradas.
—¿Orejas cerradas? Te lo has inventado, y suena ridículo.
—Igual de ridículo que tu resistencia a permitir que te toque cuando ambos sabemos que te encanta. Vamos, ven aquí, princesa. Es hora de nuestra sesión de terapia diaria.
Sí, nos lo estamos tomando con humor. Porque no hay una manera correcta de tratar con víctimas de violación, y la risa parece ser la forma perfecta para ella.
Salto sobre la cama para cazarla, pero me aseguro de permitirle correr por el dormitorio hasta que le duelen las costillas de reírse. Al final termino cayendo en cruz sobre el colchón, simulando rendirme.
Y es ella la que viene a mí, como pretendía.
Es ella quien se sienta a mi lado en la cama, se tumba a medias sobre mi cuerpo y me besa. Le devuelvo el beso sin tocarla, permitiéndole tomar de mí cuanto quiera. Soy total y absolutamente suyo, y espero que a estas alturas ya lo sepa.
—Quiero tocarte —susurro.
No lo hago sin permiso, sino que espero a que ella asienta y se desabroche lentamente la camisa. La deja caer a un lado, y a continuación se quita la falda. Las medias hasta el muslo con el borde de encaje me hacen gemir, y ella reacciona sonriendo satisfecha.
—No puedes ponerte eso y pretender que no te toque, princesa. ¿Sabes lo que son esas medias? Una puta bomba de relojería.
Se sienta a horcajadas sobre mí, como hemos estado haciendo todos estos días, y con una sola mano me deshago del broche de su sujetador, dejando sus preciosas tetas al aire.
Las estrías debidas a la lactancia se marcan sutilmente en su piel, añadiéndole atractivo extra.
Sus pezones, gruesos como pequeños arándanos, están fruncidos, a la espera del roce de mi lengua.
—¿Estás lista? —me aseguro.
Ella asiente, se inclina hacia mí apoyando las manos en el colchón, acercando sus pechos a mi boca. Rodeo uno con la mano y acaricio lentamente el pezón con mi lengua, arrancándole un suspiro.
Pronto serán gemidos de placer, princesa. Te doy mi puta palabra.
Siento mi polla endurecerse en los pantalones, pero evito cualquier contacto con ella para que no entre en pánico. Hemos descubierto que hay dos cosas que la aterran: que yo me ponga encima y sentir crecer mi polla.
Sus caderas se mueven inconscientemente en círculos contra mi estómago, y aparto las bragas con cuidado para hundir un dedo entre sus pliegues por primera vez desde nuestra noche de bodas. Se tensa un momento, pero gime y arquea la espalda.
Gracias a Dios.
Muevo el dedo en círculos sobre su clítoris muy despacio, y sonrío cuando ella da un bote y me mira con los ojos como platos al darse cuenta de que no rechaza mi caricia íntima. Tenerla tumbada sería mucho más cómodo, pero dada la situación creo que continuaremos con un poco de incomodidad.
—Quítatelas —ordeno.
Ella se levanta, desliza la ropa interior por sus largas piernas y vuelve a sentarse a horcajadas sobre mi estómago. Mi polla está a un puto paso del colapso, tengo la sospecha de que voy a correrme en cuanto ella llegue al orgasmo.
Porque hoy va a llegar como me llamo Gabriel Vitale.
—Bésame, Sarah.
Humedezco dos dedos con mi saliva y me acerco para recibir el beso. Sé que está completamente empapada, puedo sentirlo en mi camisa, pero sería un auténtico suicidio intentar humedecerlos con ella. Sarah cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, pero detengo mis caricias.
—Abre los ojos, princesa. No quiero que los fantasmas llenen de nuevo nuestra cama.
Y obedece, porque ella más que nadie quiere que sus miedos desaparezcan. Continúo acariciándola, bebiéndome sus leves gemidos y disfrutando como nunca del espectáculo que es ver a esta increíble mujer dejarse llevar por el placer. Es una puta obra maestra.
Su cuerpo se tensa, y puedo ver en sus ojos la sorpresa cuando el orgasmo la atraviesa. Cae sin fuerzas sobre mí, jadeando, y sonrío cuando veo que sus ojos se llenan de lágrimas.
Bien hecho, princesa.
—¿Te encuentras bien? —pregunto, porque de pronto temo haber malinterpretado sus lágrimas.
—No sabía... yo no sabía...
La abrazo con fuerza, acunándola en mi cuello.
—Lo sé, pequeña... Lo sé.
—¿Es así?
—Es mucho mejor.
—Entonces sigamos.
—No esta vez. Dijimos que lo tomaríamos con calma.
—Pero tú...
Su mirada se concentra en la tienda de campaña que es ahora mi entrepierna. Alarga una mano para tocarme, pero la detengo antes de que llegue a hacerlo, entrelazando mis dedos con los de ella.
—Más adelante, princesa. Ahora no es el momento.
—No puedes salir de aquí así.
—Me aliviaré en el baño en cuanto te duermas.
Como suponía, pensar en tocarme la hace sentir incómoda, porque asiente y no insiste más. La paciencia me está matando, pero el sacrificio valdrá totalmente la pena cuando al fin pueda hacerle el amor como se merece. Sin barreras.
—Ve —susurra, escondiendo la cara en mi pecho—. Aliviate y vuelve a dormir conmigo.
—¿Estás segura?
—Me siento culpable por verte así. Debe doler.
En realidad duele un huevo, pero antes me corto la lengua que confesárselo a ella. Sin embargo, me levanto, la hago meterse bajo las sábanas y la beso en la frente antes de irme al cuarto de baño.
En cuanto cierro la puerta, me bajo los pantalones y los bóxers hasta los tobillos para empezar a tocarme. No tardo ni cinco minutos en correrme, y estoy tan en tensión por lo que ha pasado que creo que es el mayor orgasmo que he sentido en mi puta vida.
Termino de rodillas en el suelo, jadeando, y con las piernas tan temblorosas que me cuesta la vida volver a ponerme de pie. Me desnudo completamente y me doy una ducha, y cuando vuelvo a salir del cuarto de baño, Sarah está completamente dormida.
En cuanto me tumbo en la cama y nos cubro con las sábanas, Sarah se gira hacia mí y termina hecha un ovillo entre mis brazos, como hace cada noche desde que nos casamos. Sonrío.
Después de nuestra boda, entregué las llaves del hotel y me mudé a vivir a la casa de Sarah.
En parte para poder trabajar en su trauma, pero realmente lo hice porque odiaba estar lejos de ella.
Gaby estaba encantado, por supuesto. Pero puedo asegurar que el más encantado era yo...
porque he podido disfrutar de muchos momentos en familia con ellos.
Aunque debido a mi aparición, Sarah parece haber empezado a tener pesadillas. Nunca me dice de qué se trata, pero siento que tiene que ver con lo que le hizo mi hermano durante su matrimonio, y eso me enferma.
—¿Qué hora es? —Se ha despertado, pero no abre los ojos.
—No lo sé, me he dejado el teléfono en el asiento.
—Deberíamos levantarnos. Gaby seguramente ya se haya despertado.
—Matteo está ocupándose de él, deja de preocuparte.
—Siento que soy una madre terrible.
—¿Por tomarte un minuto para descansar?
—Por preferir quedarme aquí contigo a levantarme.
La aprieto más fuerte contra mi pecho y vuelvo a besarla.
—Tenemos mucho que hacer cuando aterricemos, y seguramente no tendrás demasiado tiempo para dormir —confieso apartándome—. Duerme un poco más, yo me ocupo de Gaby.
—La idea era que te quedaras conmigo —bosteza—, Eres una almohada increíble.
—¿En serio solo te sirvo de almohada? —bromeo.
—Sabes de sobra que no.
La beso una última vez y salgo de la habitación, procurando que nadie la vea desnuda antes de cerrar la puerta. Gaby está jugando con Matteo a las cartas. Cuando me ve, estira los brazos hacia mí para que lo siente sobre mis piernas. Entierra la nariz en mi cuello y ríe.
—Hueles a mamá.
—No sé yo por qué... —susurra Matteo.
—Cállate —protesto—. Huelo a mamá porque me he estado duchando con su gel de baño, campeón. ¿A qué estáis jugando?
—Al uno, dos, tres, cuatro...
—Rummy —aclara Matteo.
—Oh... ¿Y quién va ganando?
—¡Yo, papá! ¡Mira cuántas cartas!
Veo que son cartas infantiles de Bob Esponja. Matteo solo tiene cuatro o cinco en su montón, pero Gabriel tiene al menos una docena.
—El hijo es tan tramposo como el padre —protesta Matteo.
—Te ha dicho tramposo, papá.
—Ya lo veo.
—¿Dónde está mamá?
—Descansando, no ha podido dormir mucho esta noche.
—Vuelve a tener sueños malos, ¿verdad?
Me sobresalto ante las palabras de Gaby.
—¿Sabías que mamá tiene sueños malos?
—Los tiene todo el tiempo —asiente—. Tía Giulia la despertaba y la abrazaba hasta que los sueños malos pasaban. Ahora tienes que ser tú quien la abrace cuando sueñe.
—Te prometo que lo haré.
—Bien.
Mi pequeño guerrero italiano es más maduro de lo que imaginaba.
Cuando aterrizamos en el JFK de Nueva York, Sarah ya está perfectamente vestida y arreglada, sentada junto a mí. Inspira entrecortadamente cuando la tripulación abre la puerta, y sostiene mi mano con fuerza al bajar del avión.
—Hogar, dulce hogar.