8. Sarah #2
Me besa una vez más y me suelta, saliendo de la habitación. Corro al armario a coger mi bata y me envuelvo con ella antes de salir al pasillo. Me encuentro a Giulia saliendo del baño. Se apoya en el quicio de la puerta y me mira con una sonrisa que me hace sonreír a mí también.
—Cállate —advierto antes de que diga nada.
—Te sienta bien el matrimonio, hermana... ¿O es el sexo increíble que tuviste anoche?
—No hubo ningún sexo —confieso—. No pude hacerlo. Lo intenté, pero...
Giulia me abraza y entra conmigo en el cuarto de baño. Me sienta sobre la tapa del inodoro y ella se sienta frente a mí, en el borde de la bañera.
—Lo que sufriste no se puede describir con palabras —comienza—.
Tu marido, la persona que debía protegerte, fue la que te hizo el mayor daño que un hombre le puede hacer a una mujer.
Es normal que no puedas entregarte a la primera de cambio, hermana.
Si él no lo entiende, le voy a meter una bala por el culo.
Su amenaza me hace reír aunque no quiera.
—Gabriel lo entiende —aclaro—. Lo entiende mejor que yo misma.
—¿Entonces dónde está el problema? Volveréis a intentarlo. Muchas veces. Tantas como sea necesario. Hasta que tu cerebro comprenda que tu hombre no es tu ex y consiga soltar el peso del pasado.
—No es mi hombre. —Giulia me mira con una ceja arqueada.
—El acta de matrimonio dice que lo es.
—Se ha casado conmigo para proteger a su sobrino, Giulia. Nada más.
Deja escapar el aire entre los dientes antes de reír a carcajadas.
—¿Qué te parece tan gracioso? —protesto.
—Tú, Sarah... No hay más ciego que el que no quiere ver.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada, olvídalo. Por cierto, menudo bombón... Tiene un cuerpazo que me hace replantearme mi sexualidad.
—No puedes ser más tonta —sonrío—. Voy a ducharme, Gaby llegará tarde si sigues riéndote de mí.
—Yo me encargo del desayuno —responde levantándose para salir del cuarto de baño—. Lo mismo tengo suerte y consigo un restregón de esa gran entrepierna.
—¿Quieres parar? —río— Me va a doler la tripa por tu culpa.
Le doy un golpe sin fuerza en el brazo y se marcha del cuarto de baño.
Cuando salgo después de una relajante, aunque demasiado corta, ducha, encuentro sobre mi cama mi vestido preferido.
Sonrío porque Giulia me conoce demasiado bien.
Es blanco, hasta la rodilla, con un estampado floral en tonos azules que me recuerda la frescura de la primavera.
Sin pensármelo dos veces, me pongo la ropa interior y el vestido.
Lo combino con unos zapatos de esparto blancos y me recojo el cabello en un moño bajo.
Me dirijo al salón y veo a mi hijo sentado en las rodillas de Gabriel, explicándole algo en su teléfono móvil mientras el gran hombre asiente.
Giulia sonríe frente a la plancha donde hacemos los pancakes, seguramente por lo que está ocurriendo en la mesa.
—Buenos días, mamá —saluda mi hijo al verme.
Me acerco a él y le beso en la frente. Gab me sorprende tirando de mí para recibir también un beso, y mi hijo ríe con cara de asco cuando nos ve besándonos en la boca.
—Le has dado un beso a mamá —insiste.
—Pues claro, es mi esposa —responde Gabriel con toda la naturalidad del mundo.
—Los besos en la boca dan asco.
—Los besos en la boca son para mayores. No debes besar a nadie así hasta que tengas al menos veintiuno.
Le miro con una ceja arqueada, pero no replico. Apuesto todo lo que tengo a que él no esperó a los veintiuno para experimentar con las mujeres.
—¿Qué hacéis? —pregunto sentándome a su lado.
—Gaby me está enseñando quién es Blue —responde Gabriel con una sonrisa—. Me he perdido grandes aventuras de dinosaurios y debo ponerme al día.
—Suerte con eso —río.
Desayunamos tranquilamente y Giulia se lleva a Gaby para ponerle los zapatos.
Me quedo a solas con Gabriel, que me toma de la cintura y me sienta sobre sus rodillas.
Saca una caja del bolsillo interior de su chaqueta y la abre delante de mí.
Jadeo al ver dentro de ella dos alianzas, y reconozco inmediatamente el diseño característico de Tiffany's.
Ambas están hechas en oro blanco, con un acabado pulido que les da un brillo sutil.
La mía es más fina, delicada, pero comparte el mismo emblema central: una forma de T adornada con diamantes.
Cuando Gabriel toma la alianza femenina entre sus dedos para deslizarla en su lugar en mi mano, siento cómo mi respiración se acelera, pero no es por emoción romántica, sino por el peso de lo que este gesto significa.
—Es preciosa —susurro sin poder apartar mi mirada de la joya.
Saco la alianza masculina de la caja y la deslizo en su dedo anular, observando nuestras manos unidas. Debo recordarme a mí misma que este no es un símbolo de amor eterno. Solo es un escudo, una promesa de protección para mi hijo.
—No estuvieron listas a tiempo —explica—. La joyería no tenía alianzas de tu talla y tuvieron que pedirla a la sucursal de Salerno. Matteo las ha traído esta mañana junto con mi ropa, parece que las entregaron a última hora de la tarde en mi hotel.
—¡Papá, mamá! ¡Vamos a llegar tarde!
Gabriel pone los ojos en blanco, estaba a punto de besarme. Me levanto riendo de su regazo y voy a la puerta para ponerme mi abrigo. Es hora de volver a la realidad. Tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo para ello.