Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 8. Sarah
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8. Sarah

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M e despierto sintiendo un cuerpo cálido junto al mío.

Me tenso inmediatamente, pero al abrir los ojos descubro que es Gabriel.

Aún está dormido, sus pestañas oscuras descansan sobre sus mejillas y tiene la boca entreabierta, dejando escapar pequeños ronquidos que me hacen sonreír.

Resigo la silueta de su nariz con el dedo, y una enorme sonrisa se dibuja en sus labios antes de atraparlo y succionarlo con suavidad.

—Buenos días.

Su voz ronca me provoca un hormigueo agradable en el estómago. Lo de anoche fue... no tengo palabras para describirlo. Aunque no pudimos hacer nada, sus caricias fueron agradables.

En realidad fueron mucho más que eso. Me hicieron sentir sensaciones que me dejaron con los nervios a flor de piel. Y aunque tal vez no debería reconocerlo... quiero más de eso.

Me acerco y le beso en la mejilla. Un beso fugaz, que hace que me muera de vergüenza y quiera esconderme debajo de las sábanas, pero él no me lo permite.

Tira de mí, dejándome a medias tumbada sobre su cuerpo...

y me besa. Me besa igual que anoche, hundiendo la lengua en mi boca y provocándome escalofríos placenteros por todo el cuerpo.

Le devuelvo el beso, intentando imitar sus movimientos, y casi sonrío cuando le escucho gemir.

Me gustaría volver a intentarlo, pero Gab me aparta de su cuerpo y me coloca en el hueco de su hombro, suspirando.

—Eso es un beso, princesa —informa—. Los besos en la mejilla déjalos para nuestro hijo.

Sonrío. Sonrío como una idiota porque aún no puedo creerme que este increíble hombre esté ahora aquí, conmigo.

—¿Has dormido bien? —pregunta, restregando su nariz contra mi cuello.

—Eres un poco grande y pillas casi toda la cama, pero...

Gab sonríe, tira de mí y me sienta a horcajadas sobre su cintura. Me tenso cuando siento su erección crecer contra mi culo, pero él no hace ningún intento por repetir lo de anoche. Simplemente tira de mí, me deja tumbada sobre su pecho y cierra los ojos, sonriendo.

—¿Gab? —pregunto, porque no tengo ni la más mínima idea de lo que pretende con esto.

—Estamos haciendo que te acostumbres a mi contacto —explica como si se lo hubiera preguntado directamente—. Aún te tensas cuando me acerco, así que vamos a empezar por remediar eso.

—Lo siento, yo...

—Ya te dije anoche que no te disculpes por nada de esto, Sarah. Nada es culpa tuya, ¿me oyes? Absolutamente nada.

Asiento y me quedo tumbada a medias sobre su pecho. El latido de su corazón me relaja, y no sé si me he quedado dormida, pero el sonido de su teléfono me sobresalta. Él se estira hacia la mesita de noche para cogerlo.

—Gab —responde, con esa voz de jefe de la mafia que parece venir incluida con el puesto de capo—. Voy ahora mismo.

Me separo de él para que pueda vestirse y marcharse.

Parece que esta vez no va a poder llevar a Gaby al colegio, y aunque eso me entristece, entiendo que tenga trabajo que hacer.

Pero le veo ponerse solo los pantalones, sin ropa interior y sin camisa.

Le debo estar mirando extrañada, porque ríe, se acerca a la cama y me besa con fuerza.

—Ropa limpia —explica—. Le dije a Matteo que me trajera una muda para cambiarme.

—Oh.

—No pretenderás que lleve a Gaby al colegio con la misma ropa de ayer... ¿O sí?

—La verdad... pensé que irías a cambiarte a tu hotel.

—¿Y perderme el desayuno con mi hijo? Nunca.

Y es por estas pequeñas cosas, esos mínimos detalles que son insignificantes para cualquiera, que sé que he tomado la decisión correcta.

Y lo que es mucho más peligroso: son esos pequeños detalles los que pueden hacer que termine enamorada de él.

Llegar a esa conclusión me hace cubrirme el rostro con las sábanas, gimiendo.

Mi hermana dice que Gabriel me ama, pero ¿y si no es así?

¿Y si hace todo esto para que le ayude en su venganza?

Le prendería fuego al maldito mundo por ti sin dudarlo un solo segundo, princesa. No te quepa la menor duda.

Sus palabras resuenan de nuevo en mi cabeza.

La intensidad de su mirada, la decisión que vi en sus ojos verdes cuando las dijo.

Tal vez, después de todo, Bianca no ande tan desencaminada.

Le veo salir de la habitación para volver con una bolsa de ropa en la mano poco después.

Deja un traje azul oscuro perfectamente planchado sobre el colchón, con una camisa de un tono azul claro y ropa interior limpia.

Mi mirada se desvía inconscientemente hacia su abdomen, cubierto apenas por vello oscuro.

Tiene el cuerpo de alguien que pasa horas entrenando en el gimnasio.

Músculos bien definidos, brazos fuertes, cintura estrecha...

Es el cuerpo de un hombre entrenado para matar, como todos los que me han rodeado desde que era una niña.

A cualquier otra mujer le preocuparía este hecho, pero yo soy una princesa de la ‘Ndrangheta, estoy acostumbrada.

—Necesito una ducha —pide—. ¿Baño?

Su voz me trae de regreso a la realidad. Señalo la puerta frente a mi cuarto, y Gabriel cuelga la bolsa de ropa en la puerta de mi armario.

—Las toallas están en el armario del lavabo —informo—. Puedes coger la que quieras, Giulia tiene las suyas en su habitación.

—¿No vienes conmigo?

Observo el bulto que automáticamente se forma debajo de la cremallera de sus pantalones al pensar en una ducha juntos y me río. Sé que está bromeando, pero no puedo evitar tensarme por un segundo. Sin embargo, dibujo en mis labios una sonrisa y niego con la cabeza.

—Ni lo sueñes, tengo que ocuparme de Gaby —respondo.

—¿Estás segura? El sexo bajo el agua es increíble...

—Lo dejaremos para otra ocasión, gracias.

Parece haberse dado cuenta de lo que ha dicho, porque me mira con gesto de disculpa.

—Solo estaba bromeando, Sarah —se disculpa—. No...

—Lo sé —le interrumpo para calmarlo—. Vamos, ve a ducharte. Y ten cuidado con Giulia.

—A tu amiga no le gustan las pollas, princesa.

—Lo sé, pero a ti sí te gustan los coños.

Salta sobre la cama haciéndome gritar, se pone a cuatro patas sobre mis piernas y me besa con fuerza.

—Solo tu coño, princesa... Solo me gusta el tuyo.

Con la misma facilidad con la que ha saltado sobre la cama, lo hace fuera de ella y le veo perderse por la puerta de la habitación.

Parece que me he quedado dormida, porque cierro los ojos y cuando los abro Gabriel ya está perfectamente vestido delante del espejo del tocador.

Está impresionante con ese traje que ha decidido ponerse hoy.

Bueno, en realidad ha sido Matteo quien lo ha elegido, debería darle las gracias cuando le vea.

—¿Ya estás despierta? —pregunta sonriéndome a través del espejo.

—Siento haberme quedado dormida.

—Necesitas descanso después de la tensión de los últimos días, princesa. No te disculpes.

—Cuando llevemos a Gaby al colegio quiero quedar con Bianca. Me gustaría comprar algunas cosas para los gemelos y necesito su opinión.

—Tu hermana y Gianluca han regresado esta madrugada a Nueva York.

—¿Sin despedirse?

—Gianluca tiene cosas que arreglar en casa.

—Aun así... me habría gustado ir con ella de compras.

—Nosotros nos iremos en una semana, princesa. No es que vayáis a estar mucho tiempo separadas. Podrás hacerlo cuando estemos de vuelta.

—¿Una semana? Pero tengo muchas cosas que preparar, Gabriel. Nuestra ropa, los juguetes de Gaby, las fotos... No puedes pretender que recoja cinco años de mi vida en tan solo una semana.

—Tengo vigilando la casa una docena de hombres que nos ayudarán con eso.

Le miro con la boca abierta.

—¿Qué pasa? —pregunta sin comprender mi expresión.

—¿Una docena de hombres? ¿En serio?

—Nada es suficiente para proteger a mi familia —responde encogiéndose de hombros.

Me levanto y me acerco para hacerle el nudo de la corbata.

Lo he hecho cientos de veces antes con mi padre, así que podríamos decir que soy toda una experta.

Él me dedica esa mirada tan intensa que no abandona sus ojos estos días, pero no me toca.

Agradezco su consideración, de veras, pero no va a pasar nada porque me abrace alguna vez que otra.

—Hoy será el último día en el colegio de Gaby —susurro—, deberíamos llevar algo para despedirnos de sus compañeros. Pasaremos por la pastelería y prepararé algunas bandejas de dulces.

—¿Los mismos compañeros que le hicieron bullying? Ni hablar, no habrá dulces de despedida para ellos.

—Son solo niños, Gab.

—No lo fueron cuando decidieron reírse de Gaby por no tener padre. Si supieran que realmente tiene dos...

—No tiene dos padres, solo tú eres su padre.

Me mira con sorpresa y algo más que no puedo descifrar. Sujeta mi barbilla y me besa, rodeando mi cintura y tirando de mi cuerpo hacia él. Me inclino hacia su cuerpo, rodeando su cuello con mis brazos, pero en cuanto siento su miembro endurecerse, me aparto.

—Ve a ducharte, yo despertaré a Gaby —comenta sin inmutarse por mi rechazo.

—Lo estoy intentando, Gab.

Él se da la vuelta para mirarme con sorpresa.

Se acerca, rodea mi cintura de nuevo y vuelve a besarme, pero esta vez procura que no pueda sentir su erección de ninguna forma.

El beso me desarma, me deja maleable entre sus brazos.

Quiero seguir, quiero continuar lo de anoche y descubrir lo que se siente al hacer el amor con la persona adecuada.

Porque Gabriel es mi persona adecuada.

Pero las imágenes de la violación de Stefano no quieren dejarme tranquila, siguen rondando mi mente como fantasmas.

—Sé que lo intentas, princesa —susurra cuando se aparta—. Eres la mujer más valiente que he conocido nunca, y estoy seguro de que pronto podremos avanzar.

—Estoy defectuosa —digo, agachando la mirada.

—Y una mierda estás defectuosa. —La pasión con la que dice esas palabras me sobresalta—. Eres perfecta, cariño... solo que tú aún no te das cuenta.