7. Gabriel #2
Ella asiente, y hundo la lengua entre los labios de su coño. La escucho gemir y siento sus piernas flaquear ante la primera pasada de mi lengua sobre su clítoris. Sabe a puta gloria, joder. Con un toque picante que logra hacer que todo se desvanezca a nuestro alrededor.
Sé que nunca me saciaré de ella.
Su sabor es adictivo, y los pequeños sonidos que deja escapar de sus labios son pura música para mis oídos.
Me pongo de pie y la acerco hasta que termina sentada en el borde de la cama. Vuelvo a abrirle las piernas y me coloco de rodillas entre ellas para seguir tanteando el terreno.
—¿Todo bien, princesa? —pregunto, para asegurarme de que no hay fantasmas a nuestro alrededor.
Ella asiente, tiembla cuando me inclino de nuevo y vuelvo a lamer su carne.
Cuando acerco un dedo a su entrada, ella se tensa.
Lo retiro inmediatamente, pero sujeta mi mano y vuelve a acercarla.
Lo introduzco lentamente, y maldigo a mi hermano cuando encuentro demasiada resistencia.
Si no se relaja no va a haber forma de que pueda entrar más tarde... si es que podemos llegar a ese punto.
—Relájate, amor... todo está bien.
Me incorporo para besarla. Parece que mis besos la calman, porque pronto empieza a destensarse y soy capaz de meter el dedo hasta el nudillo. Lo muevo despacio, y sonrío cuando ella salta y suelta un “joder” que me llega al alma. Esto es el placer, cariño... y aún no has visto nada.
—Mucho mejor... —susurro— ¿Te gusta?
Sarah susurra un sí junto a mis labios. Me besa y rodea mi cuello con los brazos, jadeando cada vez que doblo el dedo y le proporciono un latigazo de placer.
Da pequeños saltitos, como si la sensación fuera excesiva, pero no me atrevo a ir más lejos por miedo a que sea peor el remedio que la enfermedad.
Su mirada se dirige a mis bóxers. Mi polla se marca bajo la tela, y la verdad es que siento que voy a morir en cualquier momento. Necesito follármela, pero creo que hoy voy a tener que conformarme con un trabajo manual.
—Hazlo —ordena.
—No estás lista, nena.
—Gab, por favor... quiero intentarlo.
—No es buena idea, princesa... De veras que no.
—Solo una vez, ¿sí? Si no soy capaz de soportarlo, lo dejamos.
Y usa esa maldita mirada que no he sido capaz de resistir en veinticinco jodidos años.
Asiento, me bajo el bóxer por las piernas y la observo cuando quedo desnudo delante de ella.
Me mira con curiosidad, se muerde el labio y se tumba en el centro de la cama, con las piernas abiertas.
Me coloco sobre ella atento a su rostro, pero me rodea el cuello con los brazos y me besa. Maldita mujer...
Coloco mi polla en su entrada y empujo despacio, saboreando cada centímetro que está dentro de Sarah.
Parte de la resistencia inicial desaparece y puedo hundirme un poco más dentro de ella.
No me muevo. Apoyo el peso de mi cuerpo en mis manos y la observo desde arriba, esperando ver cualquier mínima señal de que está recordando el pasado.
Tiene los ojos cerrados, se muerde el labio, y la siento temblar un poco.
Hago el intento de salir de ella, pero me sujeta rápidamente para que no lo haga.
—Estoy bien, continúa —asegura.
—¿De verdad, Sarah?
Asiente, y aunque no estoy convencido del todo comienzo a moverme.
Lentamente al principio, saboreando cada embestida.
Sara gime quedamente y aprieta sus paredes alrededor de mi polla.
Me tumbo sobre ella, enterrando el rostro en su cuello para llenarlo de pequeños besos.
Siento sus arañazos en mi espalda, y los confundo con arañazos de puro placer hasta que se tensa y el miedo se apodera de su cuerpo.
¡Joder! Me aparto rápidamente de ella y veo que sus ojos se han llenado de lágrimas.
Sabía que era una mala idea... ¡Maldita sea!
—¿Sarah? —No responde—. Sarah, mírame. Mírame, princesa. Soy yo.
Como si hubiera estado sumida en un trance, su mirada se aclara y vuelve a mirarme a mí, a Gabriel.
—Lo siento —solloza—. No puedo...
—No pidas perdón, maldita sea. No has hecho nada malo.
—Quiero hacer el amor contigo, te juro que quiero hacerlo, pero los recuerdos...
—Vamos, ven aquí.
La abrazo contra mi pecho y me tumbo con ella en la cama.
La abrazo hasta que los sollozos ahogados de mi mujer se apagan, y juro vengarme de mi hermano también por esto.
Siento sus leves caricias en mi estómago.
Me están matando, pero no pienso mover un músculo en toda la jodida noche. Se acabaron los intentos por hoy.
—No me abraces así —susurra.
—¿Así, cómo?
—Como lo has hecho antes. Fue así como me agarró cuando...
Maldigo en silencio por no haber tenido eso en cuenta. Soy un completo gilipollas.
—Lo siento —susurro—, debí haber pensado que el misionero no era la mejor opción para hacer el amor contigo.
—Quiero seguir.
—Esta noche no. Volveremos a intentarlo mañana.
—Pero quiero intentarlo ahora, Gab. No pienso permitir que él gane en esto.
—Sarah...
—No voy a dejar que se salga con la suya, Gabriel. Voy a intentarlo una y otra vez hasta que su recuerdo no sea capaz de regresar a mi mente.
—No vamos a permitir que se salga con la suya, pero no va a ser hoy. No estás lista, y te aseguro que no vas a estarlo dentro de media hora.
—Pero...
—Sarah... Te juro por mi honor que vas a terminar por disfrutar del sexo. Me voy a encargar de ello, créeme. Pero no podemos forzarlo, porque si lo hacemos terminarás por tenerle más terror del que ya le tienes.
—¿Eres psicólogo ahora?
—No, pero he consultado con uno. Quería saber exactamente cómo actuar... aunque esta noche no he dado ni una. Lo siento.
Me pongo de pie, recojo el camisón del suelo y la levanto para ponérselo. Ella niega, se acerca al armario y coge un pijama de dos piezas y unas bragas de algodón.
—Eso es horriblemente incómodo, prefiero esto —confiesa.
No puedo evitar reírme. Busco mis bóxers, me los pongo y me tumbo en la cama, observándola vestirse.
He de reconocer que incluso esas bragas de algodón de color pastel le sientan increíbles.
Una vez ha terminado de vestirse, vuelve a la cama y se tumba a mi lado, acurrucándose en el hueco de mi brazo.
—Será mejor que intentemos dormir un poco —comento cuando la veo bostezar—. Anoche no dormiste demasiado y apuesto a que Gaby estará saltando sobre nosotros antes de lo que imaginamos.
—Gaby debe ir al colegio mañana —me recuerda con un nuevo bostezo.
—Tengo puesta la alarma, duérmete.
Sarah se acomoda sobre mi pecho y cierra los ojos, con su oído pegado a mi corazón. Debí ser un puto santo en mi vida anterior, porque no me la merezco.
—Sarah... —Está medio dormida, responde apenas con un sonido de garganta— Esto termina con el matrimonio de cara a la galería. Lo sabes, ¿verdad?
—¿A qué te refieres? —Su voz es pastosa, pero parece estar aún lúcida.
—Ahora eres mi mujer en todo el sentido de la palabra. Nuestro matrimonio es completamente real.
Ella sonríe, acaricia mi pecho con su nariz y se aprieta contra mí, sin abrir los ojos. Me tomo eso como un asentimiento. Si no lo es... Lo siento por ella, porque no podrá deshacerse de mí jamás.