Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 7. Gabriel
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7. Gabriel

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S arah nunca ha sido besada.

Esa certeza me llena de una satisfacción que no puedo describir con palabras.

Soy jodidamente consciente de que no es virgen, fui yo quien la llevó al hospital cuando mi hermano la desvirgó como un maldito animal, pero Sarah no ha estado con nadie en estos últimos cinco años.

Ningún hombre la ha besado, mucho menos le ha hecho el amor.

Tal vez sea porque aún no ha superado el trauma...

pero no me pienso quedar de brazos cruzados esperando a que ocurra el milagro de que quiera estar en mi cama.

Sarah no sabe lo que es el deseo, ni la pasión.

No conoce lo que son las caricias, el anhelo y la desesperación porque la otra persona te posea por completo.

No conoce el amor y el cariño que puede esconderse detrás de unas caricias desesperadas.

Y tengo toda la intención del mundo de enseñarle que el sexo puede ser seguro, dulce y sin miedos.

De mostrarle lo placentero que puede llegar a ser si se hace de la forma correcta.

Sé que lo que le hizo Stefano seguramente le ha dejado una herida difícil de sanar, pero ahora tengo todo el tiempo del mundo para subsanarlo. No tengo prisa, he esperado cinco malditos años para tenerla y estoy dispuesto a esperar cinco años más si hace falta.

Pasamos el resto del día con Bianca y Gianluca.

La cara de Gaby al saber que tiene tíos y dos primos pequeños ha merecido cada jodido minuto que he maldecido a Bianca por ser un puto grano en el culo.

Cada vez que he intentado besar a Sarah o abrazarla, ella ha interrumpido alegando que tendremos tiempo de sobra durante toda la vida.

¿Cree de verdad que no voy a ser capaz de contenerme?

¿Que voy a presionar a su hermana para tener sexo, como hizo mi hermano?

—Venga, dale las buenas noches a papá.

Gaby se acerca, me da un beso y se abraza a mi cuello. Lleva un pijama de dinosaurios y se ha puesto sus zapatillas nuevas de triceratops, las que le ha comprado tía Bianca en los grandes almacenes cuando se lo ha llevado para consentirlo en compensación por todos estos años.

—¿Puedes quedarte?

Su voz infantil me llena de ternura. Quiero decir que sí, que no voy a volver a separarme de él, pero miro antes a Sarah pidiéndole permiso.

No pienso hacer nada que ella no quiera, tenga que ver con ella o con el niño.

Cuando asiente con una sonrisa, me agacho para tomar a Gaby en brazos y le llevo hasta su habitación.

Me quito la chaqueta del traje, me subo las mangas de la camisa y me siento a su lado en la cama, con un libro que Sarah me ha entregado de camino al cuarto.

—Hoy quiero el cuento de... ¡Cuello largo! —exclama, tapándose con el nórdico hasta la nariz.

—Tendrás que decirme cuál es, campeón, porque no tengo ni la más mínima idea de quién es cuello largo.

Gaby ríe y señala el dibujo de un apatosaurio.

No han pasado ni dos páginas cuando escucho su primer ronquido, pero continúo leyendo hasta el final del libro.

No quiero irme, sé que debo hacerlo, pero no tengo ganas de irme.

Cuando he terminado el cuento, cierro el libro con suavidad, apago la luz de la mesita de noche y recojo mi chaqueta de camino a la cocina.

Sarah está sentada en una de las sillas, en camisón.

Se me seca la boca al verla, pero me obligo a ponerme la chaqueta mientras la observo levantarse.

—Volveré antes de que se despierte y...

—Puedes quedarte, si quieres.

La miro sorprendido. Está terriblemente avergonzada y deliciosamente adorable. Quiero quedarme, llevarla a la cama y hacerle el amor, aunque sé que es aún demasiado pronto para ella. Pero no quiero desaprovechar la oportunidad de tenerla cerca, de sentir su cuerpo contra el mío y...

—Perdona, no debería...

—¿Estás segura de que quieres que me quede? —la interrumpo.

Ella asiente, me toma de la mano y me lleva hasta su habitación.

La observo meterse en la cama, alisar las sábanas más veces de las necesarias y evitar mi mirada.

Sonrío. Me deshago de mi ropa lentamente, quedándome en bóxers.

Me siento a su lado, la beso suavemente y me tumbo arrastrándola hacia mi cuerpo, pero cierro los ojos con la intención de dormirme —si es que se produce un milagro y su cercanía no termina por matarme.

—¿Gab? ¿Qué estás haciendo? —pregunta en un susurro.

—Duérmete.

—Pero creí que...

—Aún no estás preparada, Sarah. Duérmete.

—Entiendo.

No sé qué cojones se está cociendo en esa cabecita suya, pero no me ha gustado ni un pelo la forma en la que ha dicho esas palabras. La aparto para mirarla a la cara y maldigo al ver en sus ojos un rastro de tristeza y vulnerabilidad. No puede estar pensando que no la deseo... ¿o sí?

—¿Sarah?

—Buenas noches, Gab.

Intenta darse la vuelta, pero se lo impido.

Levanto su barbilla con dos dedos y la beso como tanto deseo hacerlo, poseyendo su boca con mi lengua, bebiéndome sus gemidos y succionando sus labios entre mis dientes.

Cuando rompo el beso, me aseguro de pegar mi dura erección a su estómago para que sienta lo mucho que me ha afectado un simple beso.

—No te confundas, princesa —digo con voz ronca—.

Me muero de ganas por follarte en todas las putas posturas del Kama Sutra, de hacerte gritar mi nombre y aprenderme de memoria todos y cada uno de los puntos sensibles de tu cuerpo.

Te deseo tanto que me está matando estar aquí tumbado sin desnudarte, Sarah.

Pero yo no soy mi hermano, no voy a tocarte cuando sé que no estás preparada.

Su expresión de sorpresa casi me hace reír. Dios... se ha quedado tan pasmada que empieza a boquear como un pez antes de agachar la cabeza con las mejillas sonrojadas. ¿Por qué tiene que ser tan jodidamente adorable?

—Quiero hacerlo —me sorprende diciendo—. De veras que quiero. Sé que contigo será diferente, que no tengo nada que temer, pero...

La aprieto contra mi cuerpo y hundo la nariz en su cuello. Ella me devuelve el abrazo, suspira y se refugia entre mis brazos como hacía cuando era apenas una niña.

—Solo has visto el sexo a través del dolor, Sarah —susurro—. Aún no sabes lo increíble que puede llegar a ser, y tengo toda la intención de mostrártelo. Pero no hoy. Hoy vamos a dormir así, abrazados.

—Tú siempre has sido mi puerto seguro, Gab. Fuiste el único con el que me sentí realmente a salvo en aquella casa. Sé que jamás me harás daño, y que nunca intentarías forzarme a nada. Puede que hoy no podamos llegar al final, pero necesito intentarlo. Confío plenamente en ti, Gabriel Vitale.

Sus palabras me conmueven hasta el punto de impedirme hablar.

Uno mis labios a los de ella y me dejo llevar por primera vez, saboreando su boca, atrayéndola hacia mi cuerpo y haciéndola sentir mi erección en la unión de sus piernas.

Estoy tan excitado que siento que voy a morir si no me entierro pronto en ella, pero en el momento en el que note un leve atisbo de incomodidad me detendré. Sin excepción.

Sarah tiembla, rodea tímidamente mi cuello con los brazos y enreda los dedos en mi pelo, haciéndome gemir.

He soñado tantas veces con tenerla justo así, entre mis brazos, rindiéndose a mí, que tengo que pellizcarme para comprobar que es real.

Cuando rompo el beso, ambos estamos jadeantes y excitados.

Sus pequeños pezones despuntan a través de la seda del camisón, y me muero de ganas de atraparlos entre mis labios y succionarlos con fuerza.

—¿Quieres seguir? —pregunto, apartando un mechón de cabello de su rostro.

Tras un momento de duda, asiente. La pongo de pie junto a la cama y deslizo lentamente los tirantes del camisón por sus brazos, acariciando sutilmente su piel con el dorso de mis manos.

Se eriza, pero no se aparta. Cuando la prenda cae al suelo, compruebo que no lleva sujetador y que ha decidido usar unas minúsculas bragas de encaje rojo.

Me vuelve loco el encaje rojo, joder.

—¿Pretendías matarme? —protesto, poniéndome de pie a su lado y pasando un dedo por la tela, pero sin tocar su sexo— Lástima que vayan a terminar arruinadas, porque no creo ser capaz de quitártelas sin destrozarlas.

—No se te ocurra romperlas, Gab —advierte riendo, apartándome la mano—. Me costaron una pequeña fortuna.

—Te compraré otras —susurro con la voz completamente ronca por el deseo—. Qué cojones... te compraré una tienda entera de bragas rojas.

Me doy el capricho de observarla detenidamente.

Joder, mi mujer es una obra de arte andante.

Se me seca la boca solo con mirarla, y eso que aún no la he tocado.

Paso una mano por su piel, desde su hombro hasta su cadera, atento a cualquier atisbo de miedo que pueda ver en sus ojos.

Se muerde el labio con nerviosismo, se sujeta el brazo con la mano como si intentara cubrirse, pero nada más.

La confianza ciega que tiene en mí me pone de rodillas frente a ella... literalmente.

—Joder, eres preciosa —confieso.

—No es cierto —responde riendo de nuevo—, pero gracias.

—Voy a demostrarte lo preciosa que eres para mí, princesa.

Paso las manos por sus caderas en dirección a sus rodillas. Su piel se eriza cuando mis dedos rozan intencionadamente el interior de sus muslos, pero continúa sin moverse, sin mostrarme miedo, solo nerviosismo.

Y es normal, puesto que técnicamente esta es su primera vez haciendo el amor.

Engancho el encaje con los pulgares y lo deslizo por sus piernas, lanzando las bragas detrás de mí cuando consigo sacarlas de sus pies descalzos.

Su coño está justo frente a mi boca. Lo acaricio suavemente con la punta de la nariz, e inspiro con fuerza para aprenderme de memoria su aroma.

Levanto la mirada hacia ella, que se muerde de nuevo el labio, pero parece estar calmada.

—Me detendré en cuanto me digas que pare, Sarah —advierto—. Solo dime cuándo es suficiente por hoy.