6. Sarah
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A ún no puedo creerme que Bianca esté conmigo.
Aprieto su mano con fuerza y ella me dedica una sonrisa.
La he echado terriblemente de menos durante todos estos años.
Desde que me casé con Stefano nuestra relación se enfrió, y no la he llamado en todo este tiempo por miedo a que mi exmarido pudiera encontrarme a través de ella.
Me alegro mucho de que ahora nos hayamos reencontrado.
Tengo tanto que contarle... pero sobre todo debo decirle que tenía razón.
Debería haber sido valiente, haberme plantado yo misma delante del don y haberle contado lo que Stefano me hizo aquella noche.
Los Ferretti no toleran ni perdonan el abuso hacia las mujeres, mostrando una crueldad implacable con aquellos que se atreven a lastimarlas.
Si Vittorio Ferretti hubiera sabido que mi esposo me violó en mitad del salón, a la vista de todos, estoy segura de que le hubiera pegado un tiro sin pensarlo demasiado.
—¿Estás bien?
Me giro hacia mi hermana, asiento y le sonrío.
—Aún no puedo creerme que estés aquí —confieso—. Hay tantas cosas que necesito contarte...
—Tenemos todo el tiempo del mundo. Ahora que vas a casarte con Gab podremos vernos tan a menudo como queramos.
—Tienes razón.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo?
—Es la única forma en la que puedo proteger a mi hijo, Bianca. Si Stefano se entera de su existencia antes de que Gabriel lo reclame como suyo...
—Dios, no quiero ni pensarlo. El don está presionándolo para tener un hijo con Renata.
Vitto sabe que ella no puede tenerlos, pero está furioso con Stefano porque te pidió el divorcio y te hizo huir de la Familia.
Está deseando tener un motivo para acabar con él y le ha dado un plazo para que le muestre una ecografía.
Si Stefano descubre la existencia de Gaby te lo quitará, estoy segura.
Así que ese es el motivo por el que Gabriel tiene tanta prisa porque nos casemos... Una vez más viene a mi rescate.
—Te ama —explica mi hermana en mi oído, adivinando mis pensamientos—. No sé cómo nunca te diste cuenta.
—No me ama, Bianca. Me aprecia, eso sí, pero no hace esto por mí, sino por su sobrino.
—¿Quieres convencerme a mí o a ti misma?
—Sigues estando igual de loca —río.
—Tal vez, pero si me permites un consejo, dale una oportunidad a tu matrimonio. Gab no es Stefano, y te aseguro que hará todo lo que esté en su mano para hacerte feliz. Dale la oportunidad de hacerlo, hermana. Permítele mostrarte lo que es la felicidad.
—Yo... no sé si podré —reconozco en un susurro—. Después de aquello no he vuelto a ser capaz tan siquiera de tocarme.
—¿Te... te violaron?
—Los secuestradores no. Tal vez tenían pensado hacerlo, pero Gab llegó justo a tiempo.
De repente, todo se despliega en mi mente como un torbellino.
Primero veo sombras, luego escucho voces, gritos, y el eco del teléfono colgando.
Mis piernas comienzan a temblar. Cierro los ojos y siento una punzada en la cabeza, como si mi mente estuviera forzándose a recordar algo que hasta ahora había bloqueado.
El mareo me toma por sorpresa y casi pierdo el equilibrio, pero antes de que eso ocurra siento los brazos de Gabriel sosteniéndome firmemente.
—Sarah...
Su voz suena lejana y preocupada. Siento su calor, su fuerza, pero no puedo responderle.
Las imágenes siguen llegando. Veo la puerta abrirse con un estruendo, el sonido de disparos, el rostro de Gabriel entrando como una tormenta furiosa, destruyendo todo a su paso.
Mis secuestradores apenas tienen tiempo de reaccionar antes de que él y los asiáticos que lo acompañan —seguramente miembros de la Kangpae— los derriben uno por uno.
Escucho el latido frenético de mi corazón y la voz de Gabriel llamándome con desesperación mientras me busca entre el caos.
Cuando por fin me encuentra, me abraza con fuerza.
Puedo sentirlo de nuevo, su respiración acelerada contra mi cabello, su cuerpo temblando contra el mío, sus palabras susurrándome que todo ha terminado.
Recuerdo cómo me sacó de allí, cómo me envolvió con su chaqueta mientras me prometía que nadie volvería a lastimarme.
—Nosotros nos ocupamos de esto —dijo una voz profunda—. Lleva a tu mujer al hospital.
—Os estaré eternamente agradecido por esto, Han.
—Compénsame con unas cervezas... pero no me hagas beber hasta perder el sentido, cabronazo.
Las lágrimas brotan de mis ojos sin control, mi cuerpo tiembla y me aferro a Gabriel como si fuera mi único ancla en este momento.
Bianca acaricia mi espalda preocupada, intentando que le hable, pero yo apenas puedo pronunciar palabra.
Es como si una parte de mí que estaba rota se hubiera reparado, pero al mismo tiempo, todo lo que pasó me golpea con una intensidad abrumadora.
—Estoy bien —digo al cabo de un rato—. Solo necesito sentarme.
—Joder, Sarah... —protesta Gabriel apretándome contra su pecho— Pareces estar de todo menos bien.
—Yo solo... lo he recordado todo.
Gabriel me lleva hasta unas sillas dentro del edificio y va a buscarme un vaso de agua. Se sienta a mi lado, rodea mis hombros con el brazo y me da de beber, porque aún me tiembla demasiado la mano para coger el vaso. Bianca llega justo después y se sienta en el asiento del otro lado.
—¿Qué quieres decir con que has recordado, Sarah? —pregunta mi hermana.
—Lo que ocurrió en el almacén... No podía recordar nada después de que Stefano colgara el teléfono.
—¡¿Te colgó?! —jadea ella, alzando la voz mientras su pecho sube y baja con rapidez, como si la rabia la quemara desde dentro.
—Cariño, cálmate —susurra Gianluca.
—Lo hizo —afirmo—. No recordaba si llegaron a violarme, si hicieron algo más que molerme a golpes. Cuando te he respondido antes ha sido sin pensar, y a raíz de ahí mi mente ha explotado como si todos esos recuerdos estuvieran guardados dentro de un globo.
Miro a Gabriel y acaricio su rostro con suavidad.
—Gracias por llegar a tiempo —susurro—. Gracias por salvarme siempre.
Gabriel besa mi mano y asiente. Nos quedamos allí sentados un poco más, hasta que soy capaz de dar dos pasos seguidos, porque recuperar la memoria me ha dejado completamente agotada.
Mi boda civil se resume en plasmar nuestras firmas en un documento, Bianca y Gianluca son nuestros testigos. Cuando el oficial sella el papel, nos sonríe y se cruza de brazos, mirándonos.
—¿A qué esperas? —espeta— Ya puedes besar a la novia.
Gabriel sonríe, sujeta mi rostro con ambas manos y pega sus labios a los míos. Son tan suaves, tan cálidos... Acarician los míos despacio, saboreando el beso, y rodeo su cuello con los brazos para que mi reacción no vuelva a ser malinterpretada.
Me gusta que me bese.
Me gusta sentir el calor de su boca sobre la mía, el roce suave de sus labios despierta un hormigueo en mi vientre que me resulta muy agradable.
Sobra decir que ha sido mi primer beso de verdad. Stefano se limitaba a besarme en la frente cuando teníamos que aparentar estar enamorados en cualquier evento social.
Cuando Gabriel rompe el beso, acaricia mi nariz con la suya y vuelve a besarme, esta vez en la frente, pero su beso no se parece en nada a los de Stefano.
Mi hermana nos mira con una sonrisa cómplice, y cuando salimos del ayuntamiento la muy tonta nos lanza algunos pétalos de rosa que tenía escondidos en el bolsillo de su vestido.
—¡Esto hay que celebrarlo! —exclama— ¿Qué os parece si vamos a comer todos juntos?
—Tengo que volver al trabajo —río—. Tengo un negocio que atender.
—Giulia me dijo que ella se encarga por hoy —explica Gab—. ¿Has pensado qué hacer con tu parte del negocio?
Aún hay veces en las que olvido que Gabriel siempre ha estado vigilándome en la distancia, cuidándome, preocupándose por mí.
—Voy a donárselo a ella —explico asintiendo—. ¿Te parece bien?
—Es tu negocio —responde encogiéndose de hombros—. Puedes hacer lo que quieras con él.
—Lo compré con el dinero que me dejaste, así que, en teoría...
—Sarah... —me interrumpe— Si quieres cedérselo, prepararemos los documentos antes de marcharnos. Tengo algunos contactos en el pueblo, podré tenerlos en un par de días.
—¿Cuándo nos iremos?
—Tenemos que estar en Nueva York dentro de diez días.
—¿Es cuando se jubila tu padre?
—Sí.
Diez días... Es el tiempo que me falta para estar cara a cara con ese hijo de puta. No puedo negar que tengo miedo. Miedo de que nuestro plan no resulte, de que Stefano descubra que Gabriel es hijo suyo.
—Oye... deja de preocuparte —me anima, leyendo mis pensamientos—. Lo tengo todo bajo control.
—¿Gaby...
—Ya está registrado como hijo mío en Nueva York —responde con determinación.
—Parece que estabas muy seguro de que aceptaría tu proposición.
—La verdad es que no las tenía todas conmigo. Por eso traje a tu hermana como munición. Tenía la esperanza de que ella te convenciese de aceptar si te negabas.
—¿Y si ni siquiera así hubiera aceptado, Gab?
—Esto no tiene nada que ver con nosotros, Sarah, sino con proteger a Gaby. Aceptaras casarte conmigo o no, tenía toda la intención de protegerle de Stefano de una manera u otra.
—Gracias —susurro besándole.
Al principio mi beso lo toma por sorpresa, pero termina rodeando mi cintura con sus brazos y pegándome a su cuerpo.
Esta vez no son solo sus labios los que me dejan mareada, sino la forma en que se adentra en mi boca.
Debería sentir rechazo, porque la única vez que alguien cruzó ese límite fue cuando Stefano me violó, pero Gabriel no me avasalla ni me somete como lo hizo él.
Gabriel acaricia mi lengua con la suya, recorre mis dientes y suspira cuando imito sus movimientos lentamente con la mía.
Me aprieta contra su cuerpo y siento mis pezones endurecerse debido al roce con su pecho.
—Vamos, dejad eso para esta noche, tortolitos —protesta Bianca, aunque sonríe—. Quiero conocer a mi sobrino de una buena vez.
Adoro a mi hermana, pero la mataría en este preciso momento por ser tan inoportuna.