5. Gabriel #3
—Porque siempre fuiste un gran amigo. No solo eso... siempre estuviste ahí para salvarme. Fue mi forma de agradecerte lo mucho que me has apoyado.
La atraigo hacia mí y rodeo sus hombros con el brazo, besándola en la cabeza, porque ahora mismo soy incapaz de hablar. Tengo un nudo en la garganta y, si digo algo, terminaré por llorar como un niño. Y Sarah necesita mi fuerza ahora mismo, no mi debilidad.
—¿Crees que el don tomará represalias cuando descubra que nos hemos casado? —pregunta de repente.
—¿Qué tiene que ver nuestro matrimonio con él?
—Pedí el divorcio, Gab. Sabes que nadie se divorcia en la ‘Ndrangheta.
—Técnicamente fui yo quien lo pidió... y mi hermano se encargó de hacer creer a todo el mundo que fue él quien lo hizo para casarse con Renata.
—Debería haber imaginado que sería así —bufa.
—En cualquier caso, el don entenderá que me haya casado contigo como una forma de volver a unir a la familia. No tienes de qué preocuparte.
Sarah se incorpora de repente para mirarme con preocupación.
—¿Qué ocurre?
—No creo que nos permitan casarnos, tú no eres ciudadano italiano y...
—Todo está arreglado.
—Pero...
—Sarah, confía en mí. Solo necesitas llevar tu bonito culo al ayuntamiento y poner tu firma en el papel que el oficial te ponga delante.
—Ya has hecho de las tuyas, ¿me equivoco?
No respondo, pero tiene razón. Llegué a la ciudad hace una semana y sabía que el tiempo no iba a ser un lujo.
Si Sarah aceptaba mi proposición, todo debía estar listo, no podía permitirme fallar.
Mi gente ya estaba en marcha mucho antes de que yo pusiera un pie aquí.
Cada trámite, cada firma, cada mirada incómoda en la oficina del Estado Civil ya había sido tratada.
En este tipo de cosas, el papeleo para nosotros es una mera formalidad.
Llegamos a la puerta del ayuntamiento y veo a Gianluca a pocos metros de nosotros, ocultando a Bianca con su cuerpo, como le dije.
Bianca es la hermana mayor de Sarah, y ahora la mujer de uno de mis hombres de confianza.
Durante el tiempo que estuvo casada con Stefano, Bianca descubrió por accidente mi oscuro y vergonzoso secreto.
Nos hicimos amigos, y cuando puse a Sarah a salvo en este país fue la única que supo de su paradero.
La mantuve al día del estado de su hermana en todo momento, y cuando planeé viajar para pedirle que se casara conmigo quise tener antes su aprobación.
No me importaba que su padre lo aprobara, el hijo de puta sabía lo que estaba pasando por culpa de mi hermano y nunca hizo nada.
—Sé que amas a mi hermana más de lo que puede amar un hombre a una mujer —me dijo—. Si ella te acepta, estaré feliz de firmar como testigo.
Es por ello que llamé a Gianluca hace dos días para pedirle que viajara con su mujer hasta aquí.
Por un lado, quería que Sarah se reencontrara con Bianca, pero el motivo principal fue mi egoísmo.
Quería que Bianca estuviera aquí en caso de que Sarah me rechazara.
Quería que intercediera a mi favor, que la convenciera de que aceptara mi propuesta.
Por suerte para todos, no fue necesario que ella interviniera.
—Cierra los ojos —le pido a Sarah—. Tengo una sorpresa para ti.
—Te dije que no necesitaba una celebración, Gab. Tan solo...
—¡Sarah!
Pongo los ojos en blanco al escuchar a Bianca chillar entre lágrimas.
Ni siquiera me ha dejado sacarla del coche.
Sarah aparta mi mano de un tirón, mira por la ventanilla y salta —sí, literalmente salta— sobre mí para abrir la puerta y salir al encuentro de su hermana.
Se me forma un nudo en la garganta al verlas, y sé que Gianluca lo está pasando igual de mal que yo.
Siempre estuvieron muy unidas, hasta que Sarah se casó.
Ahora que por fin se han reencontrado después de tantos años, ninguna de ellas puede dejar de llorar.
Me acerco a la vez que Gianluca, apartando a Sarah de su hermana con suavidad.
—Vas a enfermarte de tanto llorar —susurro—. Déjame presentarte a Gianluca, el esposo de tu hermana.
Sarah mira a Gianluca y abre los ojos con sorpresa.
—¡Te conozco! —exclama señalándole— ¡Eres el tipo que me seguía a todas partes!
—¿La seguías? —espeta su esposa con el ceño fruncido.
—Le ordené vigilarte —explico—. En vistas de que Stefano no se dignó a ponerte una escolta, yo lo hice.
—Me disculpo por no haber llegado a ti a tiempo aquel día, Sarah —se lamenta Gianluca apretando la mandíbula—. Antes de ir a por ti me embistieron con el todoterreno y...
—No tienes que disculparte —protesta ella—. No es culpa tuya. Gabriel me ha dicho que tengo dos sobrinos. ¿Dónde están?
—Se han quedado en Nueva York, en casa de mis suegros —explica Bianca—. No había tiempo de preparar un viaje con dos niños de un año.
—Estoy deseando conocerlos.
—Tengo más de mil fotos en el teléfono.
Bianca saca su móvil, pero Gianluca le impide enseñarle las fotos poniendo la mano sobre la pantalla.
—Habrá mucho tiempo para eso después de la boda, amor —la regaña con suavidad—. El oficial nos está esperando.