5. Gabriel #2
—Buenos días, señora Di Pietra —saluda Sarah, que a pesar de estar sonriendo a la maestra que vigila la puerta, la mira con suficiencia.
—Buenos días, señora D’Angelo.
—Vitale —corrijo—. Señora Vitale. Soy Gabriel Vitale, el esposo de Sarah... y padre de Gabriel.
Sonrío cuando la mujer abre los ojos con sorpresa. Tarda un momento en aceptar la mano que le tiendo, y me mira como si estuviera delante de Dios.
—Es un placer conocerle, señor Vitale —tartamudea—. Su esposa nunca lo mencionó y pensamos que...
—¿Dónde se encuentra el despacho del director? —la interrumpo— Necesito hablar con él sobre algunos... contratiempos que ha estado soportando mi hijo.
—¿Contratiempos?
—Bullying, señora Di Pietra —explica Sarah con voz firme—. Queremos saber por qué nuestro hijo ha estado sufriendo bullying sin que nadie haga nada para evitarlo.
La profesora traga saliva y se ve realmente nerviosa.
La desgraciada lo sabía.
Sabía lo que estaban haciéndole a Gaby y no movió un solo dedo para evitarlo.
Estás muerta, hija de puta.
—Eh... El señor Caruso aún no ha llegado. Creo que tardará unas horas en...
—No es problema —la corto—. Esperaremos.
Pongo a Gaby en el suelo, le tomo de la mano y le llevo hasta el patio del colegio.
Me hace gracia ver cómo levanta la barbilla con orgullo, sonriendo de oreja a oreja y diciéndole a todos que soy su padre.
Algunos se acercan para preguntarme si está diciendo la verdad, seguramente sean esos los que le han estado acosando.
Cuando suena la campana me despido de él con un beso, prometiéndole que vendremos a recogerle juntos a la salida.
—¿Señor Vitale?
Me doy la vuelta para encontrarme con un hombre de la edad de mi padre, debe ser el director.
—El mismo —respondo aceptando la mano que me tiende.
—Soy Michele Caruso. Me han dicho que andaba buscándome.
—Así es.
—Si me acompaña...
Tomo a Sarah de la mano y seguimos al director por los pasillos. Cuando estamos en su despacho, nos ofrece asiento frente a su mesa y se sienta en su escritorio, esperando.
—Ayer mi hijo me informó de que sus compañeros le están acosando —suelto a bocajarro—. Por no tener padre, que, como evidentemente puede ver, no es cierto.
—En ningún momento he dicho que sea madre soltera —interviene Sarah—. Me gustaría saber de dónde se han sacado los niños que mi hijo no tiene un padre.
—Verá, señora D’Angelo...
—Vitale —insisto—. Es la segunda vez que tengo que corregirles.
—Lo siento, señora Vitale. Cuando usted inscribió al niño en esta institución lo hizo como Sarah D’Angelo, y no añadió el nombre de ningún padre.
Sarah se muerde el labio al no haber caído en ese pequeño detalle. No te preocupes, princesa, yo sí lo he hecho.
—Eso es porque me encontraba en una misión cuando mi esposa dio a luz, señor Caruso —informo sin alterarme lo más mínimo—. Me secuestraron, y el ejército me había dado por muerto.
Sarah me mira como si me hubieran crecido dos cabezas, pero le sonrío y le guiño un ojo. Me costó toda la noche inventarme una coartada creíble sobre mi ausencia, cariño. Dame un poco de crédito.
—Lo siento, yo no sabía...
—En cualquier caso —interrumpe Sarah—, no creo que deban dejar que acosen a un niño por el simple hecho de no tener padre.
—Por supuesto, tiene razón. Debo decir que no tenía constancia de que su hijo hubiera sido acosado. Investigaré el asunto a fondo.
—Su profesora lo sabía y, sin embargo, no hizo nada para evitarlo —dejo caer.
—¿La señora Di Pietra? No es posible, señor Vitale. Ella jamás permitiría...
—¿Me está llamando mentiroso, señor Caruso?
—Por supuesto que no, señor Vitale. Investigaré el asunto y llegaré al fondo de todo esto, le doy mi palabra.
—Y confío en que, cuando descubra usted mismo que esa mujer era consciente de lo que ocurría, tome las medidas oportunas. Sabe a lo que me refiero, ¿verdad?
—Si la señora Di Pietra permitió el acoso en esta institución, será inmediatamente despedida.
—Perfecto. Una cosa más... Procederemos a transferir a Gaby al Horace Mann, en Nueva York, la próxima semana —informo—. Por favor, encárguese del traslado de los expedientes necesarios lo antes posible.
Sarah y yo nos levantamos y extiendo la mano hacia el director.
—Espero tener noticias suyas informándome sobre las acciones que tomará respecto al bullying, señor Caruso.
—No le quepa duda de que las tendrá.
Rodeo la cintura de Sarah con el brazo para guiarla hacia la puerta. Cuando salimos del colegio, nos montamos en la limusina y ella inspira con fuerza antes de romper a reír a carcajadas.
—¿Qué es tan gracioso? —pregunto, también sonriendo. Su sonrisa es contagiosa... y la más bonita que he visto en mi vida.
—¿Has visto la cara del director cuando le has preguntado si te estaba llamando mentiroso? Apuesto a que se ha hecho pis en los pantalones.
—Nadie se mete con mi hijo y vive para contarlo, deberías saberlo.
—Me gusta escucharte llamarle así —confiesa, apoyándose de lado en el asiento para mirarme—. Me gusta verle feliz porque al fin tiene un padre.
—Me sentí muy honrado cuando decidiste ponerle mi nombre —confieso—. ¿Por qué lo hiciste, Sarah?