Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 5. Gabriel
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5. Gabriel

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L lego a la casa de la playa a las siete y media. Me abre la puerta una Sarah soñolienta, con el cabello aún revuelto y marcas de la almohada en la cara. Dios, está preciosa incluso así. Abre mucho los ojos cuando ve la cantidad de bolsas que llevo en las manos, pero se aparta y me deja pasar.

—Siento haberte despertado, pensé que ya estarías levantada —me disculpo.

—Y lo estaba, es solo que no he podido dormir bien.

—¿Te estás arrepintiendo de tu decisión?

—No, pero tenía muchas cosas en las que pensar. ¿Qué es todo eso? —pregunta sirviendo café para los dos.

—He traído algunas cosas para desayunar.

Saco de la bolsa unos croissants recién horneados, una bandeja de fruta fresca cortada en forma de dinosaurios, un libro de colorear con una caja de lápices y un peluche en forma de gato. Sarah observa con detenimiento todo lo que voy dejando en la mesa y rompe a reír a carcajadas.

—¿Cosas para desayunar o un chantaje para Gaby? —Os juro que su risa es música para mis oídos.

—Un poco de ambos. Vamos, siéntate. También he traído croissants para ti.

—Es hora de despertar a Gaby. ¿Quieres venir conmigo?

—¿Puedo?

—Pues claro. Le hará muy feliz que lo despiertes.

Cruzo el pasillo sintiéndome un intruso.

La casa tiene un encanto sencillo, de esos que hablan de una vida tranquila junto al mar.

Las paredes están pintadas en un tono vainilla cálido, y aquí y allá se ven decoraciones que parecen hechas a mano: pequeñas conchas incrustadas en marcos, dibujos infantiles pegados a un tablón de corcho.

Una brisa suave entra por una ventana al final del pasillo, llevando consigo el aroma salado del mar mezclado con algo dulce, quizás sea el ambientador eléctrico que descansa en el aparador.

Al pasar junto a una pequeña estantería, noto libros apilados de forma casual junto a fotografías enmarcadas.

Una de las fotos, ligeramente inclinada, muestra a Sarah con Gabriel de bebé, ambos con sonrisas brillantes bajo un cielo despejado.

Al llegar a la habitación de Gaby, me detengo por un momento para observarla.

Es un lugar lleno de vida y creatividad, con las paredes decoradas con montañas y árboles pintados a mano.

Los trazos no son perfectos, pero su encanto radica precisamente en eso.

Estoy seguro de que han sido Sarah y el niño quienes los han pintado.

Un pequeño móvil de dinosaurios cuelga del techo, girando lentamente con la brisa que se cuela por la ventana.

La cama está cubierta con sábanas verdes estampadas de triceratops y velociraptors, que combinan perfectamente con el tema del cuarto.

Gabriel está dormido bocabajo, rodeado de ese mundo que claramente refleja su amor por los dinosaurios.

En sus brazos, aprieta con fuerza un dinosaurio de peluche desgastado como si fuera su tesoro más preciado.

Me acerco con cuidado, sintiendo el crujido leve de las tablas de madera bajo mis pies.

Me agacho junto a la cama y, por un momento, simplemente lo observo.

Su inocente rostro infantil, relajado por el sueño, despierta algo cálido en mí que se expande en mi pecho.

Aparto un mechón de cabello de su frente, viendo con claridad cuánto se parece a mí, como si realmente fuera mío.

Y lo es, me corrijo. Puede que sean los genes de Stefano los que porta su ADN, pero Gabriel es y siempre será mi hijo.

Veo sus ojos abrirse lentamente y sonrío sin poder evitarlo cuando se levanta de un salto y sonríe al ver que he cumplido mi promesa. Se lanza a mis brazos y termino de culo en el suelo, procurando que él no se haga daño.

—Cuidado, Gaby —dice Sarah—. Vas a hacerle daño a papá.

Mi mirada se dirige hacia ella, que nos mira con una sonrisa tierna mientras saca del armario el uniforme del niño.

—¿De verdad vas a llevarme a la scuola ? —pregunta el pequeño.

—Te lo prometí, ¿no es cierto? —Gaby sonríe y asiente.

Le ayudo a vestirse. Me siento un poco torpe al hacerlo y Sarah insiste en que sabe ponerse el uniforme por su cuenta, que está un poco mimoso, pero realmente disfruto este pequeño momento de los dos.

—Ya está, campeón —suspiro cuando termino de atarle los cordones de los zapatos—. ¿Vamos a desayunar?

Vamos cogidos de la mano todo el camino hasta la cocina.

En cuanto ve los regalos su mirada se ilumina y salta hasta la silla para abrir el cuaderno de dibujo.

Me siento a su lado y tomo uno de los lápices para pintar un dinosaurio juntos.

Mientras tanto, Sarah prepara un vaso de leche con cacao para Gaby, que está comiéndose pequeños dinosaurios de kiwi y pera, y deja otra taza de café frente a mí.

—¿Cómo has sabido que le gustan los dinosaurios? —pregunta observándole.

—A todos los hombres nos gustan los dinosaurios cuando somos niños —respondo encogiéndome de hombros—. ¿De qué color quieres que le pinte la cresta?

—Mmm... ¡Azul!

—No creo que los dinosaurios sean azules, Gaby.

—Claro que sí. ¿Qué me dices de Blue?

—¿Blue?

—El velociraptor, papá.

—Creo que papá no ha visto Jurassic World —responde Sarah riendo.

—No, yo me quedé en Jurassic Park .

Poco después, Giulia entra en la cocina, da los buenos días y se sirve un café. Se sienta frente a Gaby, que le muestra todas las cosas que le he traído con entusiasmo, pero ella parece no fiarse demasiado de mí. Cuando Sarah se levanta para ir a vestirse, me mira fijamente.

—Tesoro, ¿por qué no vas a lavarte las manos? Las tienes pegajosas por la fruta —le pido a Gaby, porque es evidente que Giulia tiene algo que decirme.

El niño asiente, salta de la silla y le observo hasta que desaparece por la puerta de la cocina.

—Di lo que tengas que decir, Giulia —le pido.

—Si le haces daño, te mataré. Créeme, soy hija de la Cosa Nostra. Conozco, al menos, veinte formas de matar a un hombre... y hacer que parezca un accidente.

—Si le hago daño, yo mismo te entregaré mi arma para que me pegues un tiro y le ordenaré a mis hombres que limpien la escena del crimen. Solo quiero protegerla de mi hermano y hacerla feliz, Giulia. Te lo juro.

Parece comprender inmediatamente la situación, pues se echa hacia atrás en la silla y me mira cruzándose de brazos, con una sonrisa.

—Estás enamorado de ella. —Es una afirmación, no una pregunta.

—Sarah es el puto amor de mi vida.

—Pareces muy seguro de ello.

—Lo estoy. He tardado veinticinco años en tener la oportunidad de hacerla mía, y no voy a dejar que nada ni nadie lo estropee cuando estoy a punto de conseguirlo.

—Eso suena más a obsesión que a amor.

—Llámalo como quieras.

—¿Por qué no le confiesas lo que sientes? No sé si te has dado cuenta, pero es un poco despistada en lo que a sentimientos se refiere.

—¿Lo dices por propia experiencia?

—Yo no tengo nada que hacer —sonríe—, pero tú tienes una oportunidad. Si de verdad la amas tanto como presumes, no la cagues y protégela de ese desgraciado.

—No solo voy a protegerla. Voy a destruir a mi hermano. No quedará nada de él cuando termine.

—Bien.

—¿Entonces estamos bien?

—Estamos bien.

Cuando Sarah regresa al comedor se detiene en seco. Nos mira atentamente a uno y a otro, y suspira.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta arqueando una ceja.

—No está pasando nada —respondo.

—Giulia...

No puedo evitar reír porque dé por sentado que su amiga está intimidándome.

—¡No he hecho nada! —protesta su amiga— Solo estaba... conociendo a mi futuro cuñado.

—Cuñada... me gusta —respondo guiñándole un ojo.

—Tu jodida cuñada italiana —insiste Giulia.

—Mi adorable cuñada mafiosa.

Logro arrancarle un bufido que me hace reír.

—Vale, no sé qué ha pasado, pero es un alivio que parezcáis llevaros bien —dice Sarah pasando por nuestro lado.

Gaby vuelve a entrar en la cocina con una sonrisa.

—Gaby, ¿te has lavado las manos? —pregunto.

El niño me muestra obedientemente dos pequeñas manos cubiertas a medias de jabón. Sarah pone los ojos en blanco y lo lleva al fregadero para enjuagarlas.

—Tienes que quitar la espuma con agua si quieres que el jabón haga su trabajo, Gaby —susurra—. Ya está. Enséñale a papá cómo te pones tu chaqueta.

Me pongo de pie y, tras despedirme de Giulia, acompaño a mi familia hasta la calle.

Mi familia.

Cojones, se siente increíble.

La limusina está esperando en la calle y abro yo mismo la puerta para que ellos dos entren.

—Buenos días, Matteo —me llega la voz de Sarah—. Ha pasado mucho tiempo.

—Buenos días, Sarah. Te ves mejor que la última vez que nos vimos.

—Supongo que sí —responde ella riendo.

—¡Mamá, papá tiene una “ lisimina ”! —El susurro no tan susurro de Gaby me hace reír.

—Es limusina, tesoro —ríe su madre.

—¿Te gusta? —pregunto.

Gaby asiente y se abraza a mi pierna cuando me siento a su lado.

—¿No crees que has exagerado un poco con esto? —susurra Sarah en mi oído.

—¿Yo? ¿Exagerando? No sé de qué me hablas...

—Gabriel...

—Esos niños se han estado riendo de él durante todo el curso, Sarah. Si van a conocer a su padre, van a hacerlo a lo grande.

—Te estás comportando como un crío.

—Más bien como un padre furioso porque su hijo ha sufrido bullying y nadie en el colegio ha hecho nada para evitarlo.

—Tienes razón, también estoy furiosa por eso.

—¿Me permites que me encargue?

—Nada de armas de fuego, Gab.

—No voy a matar al director solo por esto —protesto cruzándome de brazos.

Sarah pone los ojos en blanco, pero sonríe. Llegamos a la puerta del colegio cuando todos los padres están dejando a sus hijos.

¿Casualidad?

Ni de puta coña.

Matteo se baja de la limusina y nos abre la puerta mirándome con fastidio.

Te pagaré el favor, amigo. Sonrío cuando las madres se dan la vuelta al verme bajar del coche.

Me abrocho el botón de la americana y le tiendo la mano a Sarah para que salga también.

Los susurros no tardan en producirse. Tomo a Gaby en brazos y tiendo la mano libre a Sarah para entrelazar sus dedos con los míos.

Joder... esto es mejor que cualquier droga, lo juro.