4. Sarah
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M iro a Gabriel con la boca abierta. No puede ser cierto... No acaba de decir lo que creo haber escuchado, ¿verdad? Claro que no, debe estar bromeando. Gab siempre andaba bromeando con todos.
—Siempre has sido un bromista, Gab —comienzo a decir—, pero esto...
—No estoy bromeando, Sarah —me interrumpe—. Estoy hablando completamente en serio.
Le miro de nuevo y veo la seriedad en sus ojos verdes.
No... no está bromeando, y la intensidad de su mirada me provoca un escalofrío.
Mis manos comienzan a temblar incontrolablemente.
Quiero escapar, marcharme lo más deprisa que pueda de aquí, pero Gabriel parece adivinar mis pensamientos, porque sujeta mis manos sobre la mesa y las aprieta.
—Sé que lo último que quieres es estar atada a un Vitale, pero Gabriel es el hijo de mi hermano y debe volver a la Familia.
Las palabras que más he temido desde que Gaby nació al fin han sido dichas.
—No... —susurro apartándome de él— No quiero que mi hijo se vea envuelto en...
—Es su derecho de nacimiento.
—¡Pero Stefano me lo quitará! —grito desesperada— ¡Se lo llevará lejos de mí y...
—Cálmate, princesa. Nadie va a quitarte a tu hijo.
Princesa. El apodo que me puso cuando yo era apenas una niña. Las lágrimas inundan mis ojos, pero Gabriel las aparta antes de que rueden por mis mejillas.
—¿Puedes dejarme explicártelo todo, por favor? —susurra.
Asiento. Llevo todas las de perder, a fin de cuentas, así que ¿qué más da?
—Odio a mi hermano —confiesa—, lo odio con todas mis fuerzas. Supongo que eso ya lo sabías.
No, no lo sabía, y me sorprende mucho descubrirlo, pero asiento. Necesito saber qué está planeando.
—Quiero destruirlo, Sarah, y para hacerlo debo arrebatárselo absolutamente todo.
Lo primero será su posición en la Familia.
Mi padre está a punto de jubilarse y Stefano piensa que ocupará su lugar.
No será así. Durante estos años me he acercado al don lo suficiente como para ganarme su confianza, y en la fiesta de despedida de mi padre anunciará que yo me convertiré en el nuevo capo en lugar de Stefano.
—¿Cómo...
—Mi hermano es drogadicto, está enganchado a la coca y no sé a qué otras mierdas más.
Se equivoca demasiadas veces para el bien de la Familia, y la Kangpae no está nada contenta con ello.
Ha puesto a Vitto entre la espada y la pared.
Por eso decidí solucionar siempre sus cagadas...
beneficiando al don. No ha sido difícil quitarle el lugar que le pertenece.
—¿Y qué tengo que ver yo...
—Lo siguiente será la mujer que escapó de sus garras. Tienes razón en que Stefano nunca te quiso, pero fue el hazmerreír de la Familia cuando huiste de él. Si ahora regresas siendo mi esposa, con mi hijo de la mano, su vergüenza será aún mayor.
—Sabrá que es suyo, en cuanto sepa la edad de Gabriel atará cabos y...
—Lo tengo todo bajo control, Sarah. Stefano creerá que le fuiste infiel conmigo, y nadie te juzgará después de cómo te trató durante vuestro matrimonio. Ya tengo una prueba de ADN del New York Presbyterian que demuestra que Gaby es mi hijo. Nadie se atreverá a cuestionarlo.
—¿Y cómo explicarás que haya estado desaparecida durante cinco años?
—Eso no cambiará. Escapaste después de que él no te rescatara cuando te secuestraron y has vivido lejos desde entonces, hasta que el destino hizo que nos encontráramos por casualidad. Seguíamos enamorados y no dudamos en casarnos.
—Pensarán que me llevé a tu hijo...
—No sabías que estabas embarazada, lo cual es cierto. Lo descubriste cuando llegaste aquí y no regresaste porque no sabías si era de Stefano. Tenías miedo de que él te lo arrebatara.
—No puedo hacerlo —susurro—. No puedo volver. Aquella casa me trae demasiados recuerdos y...
—Entiendo que no quieras poner en riesgo el bienestar tanto tuyo como de Gaby. Pero es el heredero de los Vitale y tendrá que ocupar su lugar cuando sea el momento, lo sabes. Nadie escapa de la ‘ Ndrangheta.
—Pero nadie sabe que existe. Podría...
—Yo lo sé —me interrumpe—, y no le voy a arrebatar lo que le corresponde por derecho.
—¿Pondrías a tu sobrino en peligro solo por una estúpida tradición familiar?
—Si te casas conmigo puedo protegerle, Sarah. Puedo protegeros a los dos. Ayudaré a Gabriel a convertirse en un buen capo y os daré a ambos el lugar que os corresponde en la Familia.
Sé que él me protegerá. Siempre me ha protegido, en realidad. Pero lo que hay en juego es demasiado importante para mí como para formar parte de su pequeña venganza. No puedo poner en riesgo la seguridad de mi hijo por mucho que Gabriel nos proteja con su vida.
—Lo siento, pero no puedo arriesgarme a que Stefano se quede con Gaby —insisto—. Él es mi vida entera, y si descubre que es su hijo me lo quitará. Por favor, márchate. No quiero que tu hermano descubra que estamos aquí, y si continúas visitándonos...
—¡Va a descubrirlo en cualquier momento, joder! —grita, pasándose los dedos por el pelo— Ya sabe que estás en Italia, será cuestión de tiempo que sepa que...
Su confesión me deja en shock. Me llevo la mano instintivamente al cuello, al lugar donde me apretó cuando...
—Has dicho que no me había buscado —le reprocho.
—No quería preocuparte sin necesidad.
—¿Por qué me buscaría? Nunca me quiso, lo mejor que pudo pasarle es que yo desapareciera de su vida y...
—Supongo que piensa que serás más fácil de manejar que Renata.
—Esto no puede estar pasando... Esto no...
—Soy tu mejor opción, Sarah —me interrumpe, sujetando de nuevo mi mano sobre la mesa.
Lo sé, maldita sea, lo sé... pero eso no impide que me repugne la idea de regresar a Nueva York, a la boca del lobo. Un escalofrío recorre mi cuerpo y Gabriel me suelta de golpe.
—No tiene por qué ser un matrimonio real si tanto te repugna la idea de que te toque —dice, y puedo notar la amargura en sus palabras—. Solo tendremos que fingir ser una pareja feliz delante de los demás.
—Cuando te conviertas en capo viviremos en la casa familiar. ¿Cómo pretendes que nadie lo descubra, Gab?
—Tendríamos que dormir juntos, eso sí, pero no te tocaré a menos que tú lo quieras.
—¿A menos que yo lo quiera? —Le miro con los ojos como platos.
—No voy a negarte que te deseo, Sarah —confiesa al ver mi confusión—.
Siempre lo he hecho, y te aseguro que me gustaría que fuera un matrimonio completamente real.
Pero yo no soy mi hermano, no disfruto forzando a mujeres que no están dispuestas a estar en mi cama.
Si no quieres que te toque, te doy mi palabra de que no lo haré.
Por increíble que parezca, le creo.
Gab es el único en aquella familia que me respetó, que me trató como a una mujer, que me mostró una pizca de cariño.
Me consoló cuando me sentía devastada por el rechazo de Stefano, me llevó al hospital cuando me violó, y también me rescató de aquellos secuestradores.
Sé que no me tocará a menos que yo se lo pida.
Pero todo su plan es demasiado arriesgado, demasiado complicado para...
—Si solo quieres protegernos, quédate con nosotros —me escucho diciendo.
—No puedo, Sarah. Sabes que no puedo. —Su voz se escucha rota, estrangulada.
—¿Por qué sientes tanto odio por Stefano?
—Por lo que te hizo. Porque te vi llorar demasiadas veces por su culpa, porque fui yo quien recogí los pedazos rotos de una mujer increíble que no volvió a ser la misma. Ni siquiera ahora eres tú misma, y eso que han pasado cinco años.
—Es imposible que sea la misma después de...
—Porque prefirió seguir follando con su amante a creerte cuando te secuestraron —me interrumpe—. Quise matarle cuando te encontré en aquel maldito almacén tan golpeada que apenas fui capaz de reconocerte. Aún quiero matarle por ello, Sarah.
—No tienes que matar molinos de viento por mí, Gab. No merece la pena empezar una guerra en la Familia por eso.
—Le prendería fuego al maldito mundo entero por ti sin dudarlo un solo segundo, princesa. No te quepa la menor duda.
Sus palabras me atraviesan como una descarga eléctrica, dejándome sin aliento.
Es imposible ignorar el ardor con el que las dice, la certeza inquebrantable en su voz.
Siento una mezcla abrumadora de emociones.
Por un lado, una calidez inesperada que acaricia los pedazos rotos de mi corazón, y por otro, un temor sutil de que esa devoción lo arrastre a un abismo del que no pueda salir.
Nunca nadie ha mostrado tanta lealtad, tanta pasión por mí.
Una parte de mí quiere creer que puedo merecerlo, que después de todo lo que he vivido, tal vez alguien realmente esté dispuesto a luchar por mí.
Pero otra parte, una mucho más desgastada y cansada, no quiere ver cómo él, lo único bueno de mi pasado, se consume en una guerra que yo no podría soportar verle perder.
Ni siquiera me he dado cuenta de que estoy llorando. Le escucho maldecir y limpia una lágrima de mi mejilla, levantándose después para marcharse.
—Lo siento, no debería haber intentado meterte en esto —se disculpa—. ¿Puedo venir a ver a Gab de vez en cuando? Me gustaría formar parte de su vida, al fin y al cabo...
Observo al hombre de pie frente a mí. El joven destartalado de hace cinco años ha pasado a mejor vida.
El Gabriel de treinta y un años es un hombre fuerte, varonil, un auténtico capo de la ‘Ndrangheta capaz de defenderme de todo y de todos.
Es una auténtica locura, pero yo también quiero destruir a Stefano por todo el daño que me hizo.
Por haberme colgado el teléfono cuando yo estaba aterrada y a punto de morir.
Porque ni siquiera en el último momento fue capaz de pensar en mí antes que en ella.
Me acerco y acaricio el rostro de Gabriel con la mano, notándolo áspero en mi palma. Él cierra los ojos, y me parece escuchar un débil gemido escapar de su garganta.
—¿Me prometes que tú no estarás en peligro? —Gabriel sonríe.
—¿Preguntas por mi seguridad y no por la vuestra?
—No tengo ninguna duda de que nos mantendrás a salvo. Pero necesito saber si tú también lo estarás.