Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 3. Gabriel
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3. Gabriel

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S arah está mucho más guapa de lo que recordaba.

Su cabello se ha aclarado con el sol y ha ganado algo de peso, no parece demacrada como la última vez que nos vimos cara a cara.

Sus ojos, antes vacíos, ahora poseen un bonito brillo, y su boca...

Dios, su boca... La tiene abierta desde hace unos minutos, no dice nada, está como una estatua en mitad de la puerta.

—¿No vas a dejarme pasar? —pregunto, arqueando una ceja.

—No creo que sea buena idea... Deberíamos...

—¿Mamá?

Sarah cierra los ojos, y cuando vuelve a abrirlos puedo ver el terror dibujado en ellos.

Observo al pequeño que se sujeta con fuerza a su falda.

Es todo un Vitale, es imposible negar que pertenece a nuestra familia.

El mismo pelo negro y los mismos ojos verdes que veo en el espejo cada día.

Conozco su existencia, por supuesto. El médico me comunicó que Sarah estaba embarazada el día que la llevé al hospital después de rescatarla.

Me pongo en cuclillas junto a él y le tiendo la mano, porque es el hombre de la casa.

—Encantado de conocerte, Gabriel —le saludo.

—¿Lo sabías?

El jadeo de Sarah no me sorprende. Vuelvo a ponerme de pie.

—Lo sé todo, Sarah. Si me dejas pasar, puedo explicártelo.

Parece que la comprensión llega en ese momento y sus ojos se llenan de lágrimas.

—Fuiste tú... Has sido tú todo este tiempo.

Limpio una lágrima de su mejilla con el pulgar y doy un paso hacia ella para abrazarla.

Dios... necesito abrazarla como quien necesita respirar.

La he echado tanto de menos que ha habido veces en las que no he sido capaz de seguir adelante y me he visto viajando hasta aquí para poder verla, aunque solo fuera en la distancia.

Por suerte, no se aparta cuando rodeo su pequeño cuerpo con mis brazos.

La aprieto contra mí como he querido hacer tantas veces, cada vez que el hijo de puta de mi hermano la ha herido de alguna manera, y entierro la nariz en su pelo.

Huele a mar, a verano.

Cierro los ojos para saborear el placer de tenerla entre mis brazos, rezando porque acepte la proposición que he venido a hacerle.

—Sarah, ¿quién...

La mujer que trabaja con ella se detiene en seco al ver la escena.

Inmediatamente echa mano de un bate de beisbol que tenían escondido en el paragüero de la entrada y se acerca a nosotros mirándome con el ceño fruncido.

Me aparto de Sarah y doy un paso atrás con las manos en alto, seguramente piense que soy Stefano.

—¿Quién es él, Sarah? —pregunta, con la preocupación en su voz reflejada.

—Tranquila, todo está bien —responde mi cuñada, pasándose las manos por las mejillas.

—¡Y una mierda está bien! ¡Estás llorando!

—Es Gabriel.

Parece que Sarah le ha hablado bien de mí, porque su amiga deja de nuevo el bate en el paragüero, toma a mi sobrino de la mano y se aleja en dirección al interior sin decir una palabra, dejándonos solos de nuevo.

—¿Puedo pasar? —pregunto con voz suave.

—Claro, perdona.

Me preside por el pequeño corredor hasta la cocina. La casa es pequeña, pero realmente acogedora. Hay juguetes de Gabriel esparcidos por todas partes, y sonrío al ver a Sarah recogiéndolos en el camino.

—Siento el desorden —se disculpa—. No esperábamos visita.

—Pero yo no soy visita, Sarah. Soy familia.

Ella se gira de golpe para mirarme y asiente, pero no sonríe.

No puedo evitar fijarme en que su piel se eriza y que sus manos tiemblan, aunque imperceptiblemente.

Mi presencia la ha puesto nerviosa, puedo entenderla.

Tal vez cree que he venido en nombre del desgraciado de mi hermano, aún no sabe que tengo toda la intención de destruirlo.

Por ella. Por todo lo que le hizo en el pasado. Por haberla abandonado en aquel almacén medio muerta.

Por no haber sabido valorar a la mujer de la que siempre he estado enamorado.

Sí, soy un hijo de puta por haberme enamorado de la mujer de mi hermano. Aunque en realidad no era suya cuando supe que la amaba.

Sarah llegó a nuestras vidas cuando yo tenía seis años.

Era la niña más bonita que había tenido la suerte de conocer.

Con su piel tan suave como la seda, con sus ojos azules como el mar.

Quizás me enamoré de ella en aquel momento, o tal vez algo llamado destino la puso en mi camino demasiado antes de tiempo.

El caso es que fue la niña de mis ojos durante toda su infancia y, cuando se convirtió en una hermosa mujer, deseé con cada fibra de mi ser que fuera mía.

Quería protegerla, hacerla reír y, qué demonios...

también quería follármela. Quería enterrarme en ella hasta no saber dónde terminaba mi cuerpo y empezaba el suyo, quería hacerla gemir de placer y que gritara mi nombre cuando llegara al orgasmo.

Quería que fuera la madre de mis hijos, la abuela de mis nietos.

Lo quería todo con ella... y Stefano me lo arrebató.

Todo fue por una maldita apuesta con sus hombres. Estaban bromeando sobre que Sarah se había convertido en un buen coño que follar y Stefano empezó a presumir de que ella comía de su mano. Apostó diez de los grandes a que conseguiría llevársela a la cama antes de que terminara la semana.

No la amaba, cojones.

Solo quería conseguir los diez mil y de paso llevarse una buena follada con una virgen. Le haría ilusiones para después romperle su tierno corazón. Pero con lo que no contó fue con que mi padre viera en su repentino interés por Sarah un enamoramiento que no existía.

No pensó en las consecuencias, y fue ella quien las pagó.

Nadie lo sabe, pero cuando descubrí que mi padre planeaba casarla con Stefano le rogué de rodillas que no lo hiciera, que me la entregara a mí en su lugar.

Pero mi padre no quiso saber nada de tonterías de adolescentes enamorados.

Así fue como lo llamó. Yo era un hombre de veinticuatro años, no un adolescente lleno de hormonas que no sabe mantener la polla dentro de los pantalones, pero para él nada de eso importó.

Estaba tan satisfecho porque su heredero estuviera interesado en la hija de su consigliere que no me hizo ni puto caso.

Habló con el don para concertar el matrimonio y mi mundo entero se derrumbó.

No fui a la boda, no fui capaz de ver a la mujer que amaba casarse con mi propio hermano.

No pude verla sonreírle enamorada mientras, para él, aquello era una horrible pesadilla de la que no podría despertar.

Su bravuconería le había costado cara y odió a Sarah con todas sus fuerzas, cuando ella no tenía la culpa de nada.

Tuve que apretar los dientes y mirar hacia otro lado cada vez que la engañaba con Renata, la mujer a la que verdaderamente amaba.

Tuve que ver cómo la mujer que amo lloraba en silencio porque el hombre que ella amaba no correspondía a sus sentimientos.

La observé dormir sola en la habitación que debía compartir con Stefano noche tras noche, como un jodido acosador, deseando acostarme junto a ella y abrazarla, consolarla.

Quería ocupar el lugar que el desgraciado de mi hermano había dejado desatendido, darle el amor que se merecía.

Pero era la mujer del futuro capo Vitale, y yo no podía tocarla.

El día que la violó en mitad del salón, a la vista de todos, fue la gota que colmó el vaso.

La dejó tirada allí, completamente desnuda y arruinada, para irse con su adorada Renata.

Cuando me enteré de lo ocurrido quise pegarle un maldito tiro.

Corrí a la casa para encontrarla tirada en el suelo, desnuda a medias, con las piernas cubiertas de sangre y la mirada perdida.

Ninguno de sus hombres se molestó en socorrerla, joder.

Fui yo quien la llevé al hospital, quien se quedó con ella en todo momento hasta que la doctora la examinó.

Cuando volvimos a casa le exigí a mi padre que hablara con el don, que disolviera el matrimonio por lo que le había hecho, pero tampoco esa vez me escuchó.

No puedo reprochárselo. Mi hermano es un hijo de puta con un carisma que hace que cualquiera confíe en él.

Sabe llevarse a mi padre al bolsillo tan fácilmente que nada de lo que yo dijera en aquel momento podría haber cambiado su opinión sobre él.

Por eso me alejé.

No podía continuar viendo cómo la maltrataba delante de mis ojos.

Me marché de aquella casa y de la vida de Sarah como un puto cobarde, creyendo que sería para siempre.

Le regalé un colgante con GPS para poder protegerla a pesar de la distancia y me despedí de ella diciéndole que si me necesitaba solo tenía que llamarme.

Puse a uno de mis hombres a vigilarla, porque el cabrón de mi hermano jamás se molestó en ponerle una escolta, y me mudé a mi ático en el centro de la ciudad.

Cuando Gianluca me llamó para decirme que la habían raptado, mi mundo se derrumbó.

Solo tardé dos horas en dar con ella gracias a la ayuda de la Kangpae, porque los hombres que la raptaron se habían asegurado de romper el maldito colgante, pero ya era demasiado tarde.

La habían golpeado tanto que apenas fui capaz de reconocerla.

Maté a tantos como pude antes de acercarme a ella. Sus ojos azules me miraron una última vez antes de perder el conocimiento y quise gritar como un animal al pensar que la podía perder para siempre.

La llevé al hospital y me aseguré de que nadie más conociera su paradero a punta de pistola.

Entró en coma. Cuando estuvo fuera de peligro la saqué del país y la llevé a Ravello, un tranquilo pueblo en la costa Amalfitana, y me quedé a su lado día tras día, rezando porque despertara.

Lo hizo dos semanas, tres días y diecisiete horas después, y di gracias a Dios por haberla traído de vuelta.

Me aseguré de que el traumatismo craneal que sufrió no le hubiera dejado secuelas y de que su embarazo no corriera peligro.

Entonces dejé un cheque entre sus pertenencias y me marché.

Debería haberme quedado con ella, haber rehecho mi vida en Ravello y haber intentado que se enamorase de mí.

Tal vez en estos momentos estaríamos siendo felices, criando a Gabriel juntos.

Pero mi sed de venganza era demasiado fuerte para dejarla pasar.

Quería destruir a mi hermano, reducir su maldita existencia a cenizas y arrebatarle todo lo que le importaba, igual que él hizo conmigo.

Y para eso tenía que regresar a Nueva York y poner en marcha mi plan.

—¿Te quedas a cenar? —Su pregunta me saca de mis cavilaciones.

—Me encantaría, siempre me ha gustado tu comida.

—Ha sido Giulia quien ha cocinado, no yo.

—Gaby y yo cenaremos en el patio para que podáis hablar. —Agradezco en silencio que su amiga sea tan inteligente.

—Gracias.

Observo a Giulia sacar dos platos de pasta a la mesa del patio, y a mi sobrino ayudando con los cubiertos. Sonrío. Es un niño realmente adorable.

—Es un buen chico —comento sin apartar la mirada de Gaby.

Sarah no responde, deja un plato de pasta frente a mí y se sienta en una silla al otro lado de la mesa, pero ella no come.

—¿Tú no vas a cenar? —pregunto arqueando una ceja.

—Se me ha quitado el hambre.

—No tienes nada que temer, Sarah. No he venido a perturbar la calma que yo mismo te di.

—Y te estaré eternamente agradecida por haberlo hecho. Y por salvarme... por salvarnos a los dos.

—Debería haberte salvado mucho antes de que...

Aprieto la mandíbula y empiezo a cenar. Está buenísimo, la verdad, y cuando termino mi plato lo llevo al fregadero dispuesto a fregarlo.

—Vamos, Gab, no tienes que hacer eso. —Sarah me arranca el plato de la mano y me mira con fastidio—. ¿Vas a decirme de una vez por qué estás aquí o vas a seguir dando rodeos?

Asiento con un suspiro. La llevo de nuevo a la mesa y le pido que se siente otra vez, aún sin saber cómo empezar, pero ella comienza a hacerlo por mí.

—Fuiste tú quien me mandó los papeles de divorcio, ¿verdad?

—Sí —admito—. Los recogí en la oficina de correos donde te pedí que los dejaras. Luego viajé a México para enviarlos desde allí. No quería que Stefano pudiera rastrear tu paradero.

—Dudo mucho que tu hermano me buscara...

No ha dejado de hacerlo, pero no quiero asustarla. Es mejor que no sepa que Stefano sabe que se encuentra en Italia si no es estrictamente necesario.

—No te ha buscado a pesar de su desastroso matrimonio con Renata —respondo.

—¿Desastroso? Pero pensé...

—Se llevan como el perro y el gato.

—Me cuesta creerlo. Después de todo lo que ocurrió...

—Es lo que pasa cuando dos víboras deciden casarse.

—¿Y qué hay de tu vida? ¿Te has casado? ¿Tienes hijos?

—Espero casarme en unos días.

—Me alegro mucho por ti. ¿Quién es la afortunada? ¿La conozco?

—Eres tú, Sarah. Voy a casarme contigo.