2. Sarah
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Cinco años más tarde...
E l aire fresco de la primavera acaricia mi rostro mientras observo a mi hijo jugar en la playa. Se acerca corriendo hacia mí y sonrío cuando me entrega una pequeña caracola que ha encontrado en la arena.
—¡Mira mami! ¿Te gusta?
—Me encanta, tesoro. ¿Es para mí?
Gabriel asiente y se aleja corriendo de nuevo hacia la orilla de la playa.
No, no morí aquel día en el almacén del puerto.
Alguien me salvó, me trajo a Italia y se preocupó de que los médicos más competentes me salvaran.
No sé quién fue. No recuerdo nada después de que Stefano colgara aquel día el teléfono.
Mi mente está completamente en blanco y los médicos dicen que es posible que no recupere mis recuerdos después de tantos años.
Es mejor así, no quiero revivir aquel infierno.
Mi hijo regresa con su cubito lleno de agua y se sienta junto a mí para hacer castillos de arena. Es la viva imagen de su padre, con el cabello negro como la noche y los ojos del color verde de las aceitunas. Mi pequeño guerrero italiano, que milagrosamente sobrevivió a aquel fatídico día.
Sí, es el hijo de Stefano, fruto del día que me violó.
Giulia piensa que soy muy fuerte por haber mantenido al bebé, pero Gabriel no tiene la culpa del monstruo que es su padre.
Cuando el doctor me dijo que mi hijo había sobrevivido a la paliza que me dieron los secuestradores, supe que, si Dios había decidido conservarle en mi vientre, su destino era nacer.
Cuando le tuve en mis brazos por primera vez, sentí un amor tan grande que supe que había hecho lo correcto al quedármelo.
Le llamé Gabriel porque su tío fue el único que me mostró algo de humanidad en el nido de cuervos que es la casa Vitale.
Es el único bonito recuerdo que conservo de aquellos horribles tiempos.
—Con que aquí estáis...
Giulia se sienta a mi lado y le entrega a Gabriel una barrita de cereales con chocolate.
Son caseras, las hacemos nosotras mismas en la pastelería.
Cuando desperté en el hospital encontré un cheque a mi nombre de quinientos mil euros entre mis pertenencias.
Cuando fui al banco para abrir una cuenta e ingresarlo, me resultó extraño que no hicieran preguntas ni comprobaciones, por lo que deduje que quien me sacó de aquel almacén era alguien relacionado con la mafia.
Compré una pequeña casita junto al mar y monté un negocio con parte del dinero.
Se me daba bien preparar postres y pasteles, así que me decanté por la pastelería.
Reservé el resto del dinero para el futuro de mi hijo, porque no tengo dudas de que Stefano vendrá por mí si se entera de mi paradero y tendré que huir para que no me quite a nuestro hijo.
—Deja de pensar en el pasado —me advierte Giulia.
—Lo siento.
—Hoy hace cinco años, ¿no?
Asiento. Hoy hace cinco años desde el día del secuestro. Me estremezco y me ajusto el chal sobre los hombros, se me ha puesto la piel de gallina.
—¿Has sabido algo de él? —pregunta.
—Estoy al día con las noticias. Se casó con su querida Renata hace dos años, poco después de que aparecieran misteriosamente los papeles del divorcio en mi puerta.
—No me refiero a tu exmarido, sino a tu salvador. Seguramente fue él quien envió esos papeles.
—No sé quién es. Tengo la sospecha de que pudo ser Gabriel, mi cuñado, pero no puedo estar segura. No recuerdo nada y...
—Lo importante es que estás a salvo ahora, que eres feliz y que nuestro hijo está creciendo sano y fuerte.
Sonrío sin poder evitarlo. Giulia es lesbiana.
Nos conocimos por casualidad en el parque, cuando Gabriel empezaba a dar sus primeros pasos.
Se acercó con la excusa de echarme una mano con el niño, pero en realidad intentaba ligar conmigo.
Le expliqué amablemente que no me gustan las mujeres, y sin darme cuenta le estaba contando la patética historia de mi vida.
Desde aquel día nos hicimos grandes amigas, trabajamos juntas en la pastelería...
y todo el pueblo piensa que somos pareja. De ahí la broma de “nuestro hijo”.
—Tía Giulia, más.
Giulia ríe y revuelve el pelo de Gabriel.
—No hay más chocolate para ti, jovencito, que luego nos mantienes sin dormir toda la noche.
—Está empezando a hacer frío —comento poniéndome de pie—. Deberíamos entrar.
Extiendo la mano y Gabriel la toma de inmediato.
Coge con la otra mano su cubo y los tres nos dirigimos hacia nuestra casa, una pequeña casita de tres habitaciones situada a pie de playa.
Abro la verja para que Gaby entre dando saltitos...
y siento un escalofrío recorrerme la espalda.
Me vuelvo rápidamente, pero no hay nadie más en la playa.
—¿Qué ocurre? —pregunta Giulia al ver mi cara preocupada.
—He sentido que alguien me observaba. Olvídalo, he estado recordando el pasado y han vuelto las paranoias.
Durante mucho tiempo después de despertar, sentí que alguien me observaba.
Nunca había nadie mirando, pero el sentimiento persistía hasta tal punto que se lo dije a mi psicólogo en mi siguiente visita.
Me dijo que sufría un trastorno de estrés postraumático y que la sensación de ser vigilada se pasaría con el tiempo.
Y así fue. No voy a darle importancia ahora, seguramente ha regresado por haber estado recordando el pasado.
Sonrío al ver que Giulia ha preparado espaguetis al pomodoro para cenar. Sabe que es la pasta favorita de Gaby, con mucho parmesano rallado.
—Vamos, pequeño, lávate las manos y pon la mesa —ordeno a mi hijo.
Le vemos correr por el pasillo y sonrío sin poder evitarlo.
—Es un niño maravilloso —comenta Giulia—. Estás haciendo un gran trabajo.
—Estamos haciendo —la corrijo—. Sin ti no habría sido capaz de salir adelante yo sola.
—¡Vamos! Por supuesto que podrías haberlo hecho, eres una mujer fuerte y decidida, habrías podido con esto incluso sin mi ayuda. Además, tú me has ayudado mucho más a mí.
—Solo te di un trabajo.
—Y un techo. Y la oportunidad de convertirme en tu socia. Has hecho mucho por mí, hermana, y nunca podré agradecértelo lo suficiente.
—Si quieres agradecérmelo, busca a una mujer que te ame como te mereces y sé feliz. Es el único pago que recibiré a cambio.
—Qué quieres que te diga... me gusta mi vida tal y como es ahora. Si quiero sexo, busco en un bar a una preciosa chica que quiera divertirse, es mucho menos complicado que poner en juego el corazón.
Giulia estuvo comprometida hace dos años.
Iba a casarse con Marissa, una mujer preciosa de la que estaba perdidamente enamorada.
Pero semanas antes de la boda la encontró en la cama con su prima.
¡La prima de sangre de Marissa, por Dios santo!
Sobra decir que anuló inmediatamente la boda y regresó aquí con el corazón destrozado.
—No todas son Marissa, hermana —le digo.
—No todos son Stefano, hermana —contraataca.
—No es lo mismo, yo tengo un hijo.
—¿Y qué?
—Que los hombres, por lo general, no quieren hacerse cargo de los hijos de otros.
—Eso es una estupidez muy grande y lo sabes.
—No tengo ganas de entrar en una relación, Giulia. Soy feliz con mi hijo, él es el hombre de mi vida.
—Pero...
—Fin de la discusión —la interrumpo.
Giulia pone los ojos en blanco, pero deja el tema y se da la vuelta para servir la cena.
El timbre de la puerta suena.
Miro a mi amiga extrañada porque no esperamos a nadie, pero ella se encoge de hombros y continúa con su tarea mientras me levanto para abrir.
Me quedo de piedra cuando abro la puerta y veo a un hombre alto, muy alto, vestido con un impecable traje hecho a medida, de pie en medio de la acera.
Mi pulso se acelera, mis manos tiemblan.
No... esto no puede estar pasando...
—Gabriel... —susurro.
—Ha pasado mucho tiempo, Sarah.