1. Sarah #2
Se incorporó, tambaleándose, y abrió la cremallera de su pantalón para sacar su polla flácida.
Empezó a masturbarse, cada vez con más fuerza, pero no era capaz de mantener una erección.
Mientras estaba concentrado en aquello fui dando pasos lentos hacia la puerta, pero debía pasar por su lado para salir de la habitación.
Di un respingo cuando gritó de frustración.
Eché a correr con la esperanza de esquivarle y poder llegar a la puerta, pero logró atraparme cuando pasé por su lado.
Me agarró del pelo y tiró con fuerza, provocándome lágrimas de dolor.
Me obligó a ponerme de rodillas, me metió la polla en la boca, ahogándome, y comenzó a follármela con los ojos cerrados.
El miedo y el asco hicieron que las lágrimas rodaran por mis mejillas. Cada embestida de Stefano a mi boca era un golpe más, no solo a mi dignidad, sino a lo poco que quedaba de mi espíritu. Cuando logró ponerse duro me soltó para quitarse los pantalones, y aproveché para escapar de mi habitación.
Grité a pleno pulmón pidiendo ayuda, supliqué...
pero nadie me escuchó. Sus hombres estaban sentados en el salón, justo frente a nosotros, pero no movieron un solo dedo para ayudarme.
Se quedaron mirando cuando Stefano me atrapó en mitad de la cocina.
Me estampó contra el suelo de mármol para arrancarme la ropa, me separó las piernas y me violó.
El dolor fue desgarrador, pero no fue nada comparado con el dolor de mi alma.
Sentía un nudo en el estómago, una mezcla de asco, impotencia y un dolor tan profundo que parecía no tener fin.
Mi mente intentaba protegerme, alejándome de la realidad, pero cada vez que cerraba los ojos, sus jadeos y sus gemidos me traían de vuelta.
Me di cuenta demasiado tarde de que mi resistencia le excitaba.
Le ponía cachondo que me retorciera debajo de él intentando escapar.
Se endurecía al ver mi rostro surcado por las lágrimas y al escucharme rogarle que se detuviera.
Entonces me quedé quieta, rezando para que aquello terminara lo antes posible.
Le escuché gruñir un momento antes de sentir su semen caliente regándome.
Se apartó y me dejó allí, sintiéndome sucia y rota, con la ropa hecha jirones y los muslos cubiertos de sangre.
No me moví, no podía hacerlo. No era solo mi cuerpo el que estaba roto.
También lo estaba mi alma. Me sentía vacía, como si todo lo que alguna vez fui hubiera desaparecido.
No podía llorar más, incluso las lágrimas parecían haberse agotado.
Solo quedaba un silencio ensordecedor dentro de mí, un eco de lo que alguna vez fui.
El monstruo con el que me había casado completamente enamorada había terminado por romperme.
Sentía la mente abotargada, la mirada desenfocada fija en algún punto de la pared del comedor.
Apenas fui consciente cuando algo cálido me envolvió, cuando unos brazos fuertes me rodearon.
Gabriel.
No reaccioné, no me aferré a él. Pero tampoco me aparté, porque él siempre había estado a mi lado cuando las cosas no iban bien.
—Tranquila, te pondrás bien. —susurró.
La ira contenida en su voz se deslizó sin impacto dentro de mí. Sus brazos estaban tensos, pero a mí me daba igual. ¿Qué importaba ya? Mi cuerpo tembló, pero no por elección. No era miedo, tampoco alivio. Solo una reacción vacía de algo que ya no me pertenecía.
No recuerdo en qué momento las lágrimas comenzaron a caer nuevamente, pero tampoco hice nada por detenerlas.
Gabriel permaneció a mi lado en la consulta del hospital hasta que la doctora vino a hacerme la exploración.
Me dijo que podía denunciar a mi esposo, que la policía me llevaría a un piso franco, que nunca podría volver a hacerme daño.
Me reí.
No porque fuera gracioso, sino porque era tan absurdo... Como si algo de aquello pudiera tener solución...
La sensación de algo frío sobre mi oreja me saca de mi viaje al pasado. Dicen que cuando una persona va a morir ve su vida correr frente a sus ojos en un segundo, ¿no?
—Señora Vitale, es hora de llamar a su esposo.
El enmascarado marca el número de Stefano y pone el móvil en mi oído.
—¿Quién habla? —Su voz suena molesta, y puedo escuchar la risita de Renata a lo lejos.
—Stefano, soy Sarah. Me han secuestrado y...
—¿En serio tienes que inventar estupideces para llamar mi atención? —me corta— ¿Crees que porque te follé hace unas semanas tienes algún tipo de derecho?
No hay sorpresa, ni ira. Solo la certeza repetida hasta el cansancio de que no le importo en lo más mínimo.
—Me han raptado de verdad y quieren...
Me detengo al escuchar un gruñido al otro lado de la línea.
—¿Estás follándote a Renata? —pregunto.
No es que me importe. Solo me parece surrealista todo esto.
—¿Puedes centrarte, amor? —jadea Renata— Estoy a punto de correrme.
—Lo siento, cielo, es otra vez la celosa de mi mujer.
Cuelga el teléfono. Ni siquiera tengo fuerzas ya para rezar. Solo cierro los ojos y acepto mi destino.
Los hombres que me han secuestrado se miran entre sí, confundidos.
—Os dije que habíais raptado a la mujer equivocada —susurro—. Puede que yo lleve su anillo, pero no le importo una mierda, como habéis podido comprobar.
—¿Qué demonios hacemos ahora? —le pregunta uno al otro.
—¿Y yo qué cojones sé?
—Si vais a matarme, hacedlo de una puta vez. —Ya es suficiente.
Cierro los ojos y escucho el disparo. Pero el dolor nunca llega. Se suceden varios disparos más, gritos a mi alrededor. No me importa. No abro los ojos. Solo siento unos brazos rodearme, levantarme del suelo.
—Te tengo, princesa.
Gabriel.
Siempre es Gabriel.
Es mi último pensamiento antes de que todo se apague a mi alrededor.