Mi mayor pecado (Sombras en Manhattan 2) 1. Sarah
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1. Sarah

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V oy a morir. Y tal vez sea mejor así.

Lo sé desde que aquella furgoneta con los cristales tintados se detuvo esta mañana frente a mí.

Cuando dos hombres con pasamontañas se bajaron de ella y me metieron a la fuerza en su interior, sin importar una mierda que estuviéramos en pleno Broadway y que cientos de personas se quedaran mirando.

Da igual que alguien haya apuntado la matrícula para llamar a la policía, seguramente es falsa.

Nadie intervendrá.

Nadie vendrá a salvarme.

Y ya ni siquiera me importa.

Me han golpeado hasta que he dejado de sentir dolor, hasta que mi cuerpo es solo un peso muerto, una carga inservible.

La sangre se desliza por mi sien, pegajosa y cálida, pero no tengo fuerzas ni para apartarla.

Algo dentro de mí ha cedido, quizás una costilla, quizás algo más profundo.

No importa. Ya no importa nada. No sé cómo han averiguado quién soy, pero pretenden cobrar una deuda de mi marido a través de mí.

Uno de esos hijos de puta está sentado frente a mí en una silla, con el respaldo entre las piernas, mirándome con curiosidad.

—Así que tú eres la preciosa esposa de Stefano...

El sonido de su voz apenas me atraviesa.

No hay ira, no hay miedo.

Solo vacío.

—Estás perdiendo el tiempo conmigo.

Mi voz es un susurro quebrado, ni siquiera intento escupir la sangre que llena mi boca. Simplemente cae, deslizándose como todo lo demás.

—¿No eres la esposa de Stefano Vitale?

Mis labios tiemblan con lo que antes hubiera sido una sonrisa irónica. Pero ni siquiera tengo energía para sostenerla.

—Lo soy... —musito, más para mí misma que para él— Pero no soy la mujer que ama.

Una carcajada sale de su garganta. Una carcajada que duele, que quema mis entrañas.

No se cree ni una sola palabra de lo que digo, y no puedo culparle.

De cara a la galería siempre hemos sido la pareja perfecta, un par de enamorados que se miran con amor delante de todo el mundo. Pero la realidad es muy diferente.

Stefano nunca me amó.

Nunca me vio.

Mi existencia a su lado ha sido solo una sombra, un nombre en un contrato, una obligación que ni siquiera tuvo la decencia de ocultar. Quise creer que algún día sería suficiente, que su mirada cambiaría, que dejaría de ser invisible para él. Pero no fue así. Nunca lo sería.

Soy la hija de Sandro D’Angelo, el consigliere de su padre.

Una niña tonta que siempre estuvo fascinada con el hijo del capo, con el hombre en el que se había convertido.

Soy diez años menor que él y siempre pensé que mi amor por él únicamente podía ser platónico, alguien a quien mirar en la distancia.

Cuando era adolescente escribía en una libreta adornada con corazones y estrellitas todas las historias románticas que quería vivir con él.

Lloré cada vez que le veía paseándose con una nueva novia, e intenté hacerme a la idea de que jamás sería para mí.

Pero un día mi padre me informó de que me casaría con él. Sobra decir que fue el día más feliz de mi vida... o eso pensé. Creí que desde aquel momento Stefano sería mío, que me pertenecería, que con el tiempo sería capaz de verme como a una mujer y enamorarse de mí.

No pude estar más equivocada.

El día de la boda se presentó completamente borracho en la iglesia.

Apenas me prestó atención en la recepción, y ni siquiera se molestó en consumar nuestro matrimonio.

Cuando terminó la fiesta, me dejó en la casa familiar y se marchó.

Volvió tres días después, apestando a alcohol y colonia barata de mujer.

Su camisa traía marcas de carmín y cuando lo enfrenté me miró con una sonrisa, tumbado a medias en el sofá de nuestra habitación.

—No te confundas, Sarah. Tú y yo no somos nada.

Aquellas palabras me destrozaron.

—Soy tu esposa —espeté.

—Solo sobre el papel, bonita. De cara a la galería. Pero no pienses ni por un segundo que vamos a actuar como un par de tortolitos enamorados, porque te llevarás una desilusión. Estoy enamorado de otra persona.

Y ahí fue donde empezó mi calvario.

Stefano empezó a traer a esa mujer, Renata, a casa. Se paseaba con ella delante de mí, tratándola como se suponía que debía tratarme a mí. La besaba delante de mis narices cuando nadie más de la familia estaba delante, tachándome de mentirosa cuando se lo reprochaba delante de su padre.

—Renata es solo una amiga, tus celos enfermizos están llegando a cansarme.

Esa era su frase favorita. La que repetía una y otra vez con cara de inocente cuando su padre le llamaba la atención por no tratarme bien.

Y le creían... todos le creían.

Porque Stefano siempre fue el típico niño bueno que no daba problemas y yo siempre fui una rebelde. Mi suegro terminaba mirándome a mí con reproche, regañándome por formar una montaña de un pequeño grano de arena.

Y cuando creía que mi marido no podía hacerme más daño, me hizo ver que estaba equivocada.

Aquella noche, hace ya casi un mes, llegó más temprano de lo habitual.

Irrumpió en mi habitación por primera vez en todo nuestro matrimonio, sobresaltándome.

Parecía borracho, como de costumbre... pero había algo en él que me resultaba extraño.

Tenía las pupilas dilatadas, sudaba demasiado y su boca estaba torcida en un rictus extraño.

Entonces lo entendí.

Había consumido drogas.

Me asusté. Sabía lidiar con un Stefano ahogado en alcohol, pero no sabía qué tipo de droga había consumido y cuál podía ser el efecto que tuviera en él.

—Aquí está mi adorable esposa.

Hablaba de manera errática, superponiendo las palabras mientras su tono fluctuaba y su respiración se aceleraba.

—Vete a dormir, Stefano —respondí, lo más calmada que pude—. Estás borracho.

—¡No me digas lo que tengo que hacer, joder! —Su grito me sobresaltó—. ¡Eres mi esposa y yo soy quien da las órdenes en esta casa!

—Está bien, pero es muy tarde y estoy cansada. ¿Puedes por favor marcharte para que pueda dormir? Te lo suplico...

Su boca se torció en una especie de rictus diabólico que me produjo escalofríos.

—Me gusta que me supliques, Sarah. Que te arrastres buscando un poco de cariño. Eres tan patética, esposa...

Se acercó a la cama y me sorprendió acariciando mi estómago por encima de la sábana.

Hacía mucho tiempo que mi amor por él había muerto y no quería que me tocara.

Su roce me retorció las entrañas, y me aparté de manera repentina para evitar que siguiera haciéndolo.

Ahora sé que fue el peor error que he cometido en mi vida.

Su cara se transformó en una máscara de ira y giró la cabeza, mirándome.

—¿Por qué te apartas? —espetó— Llevas años rogándome que te folle, ¿y cuando decido hacerlo no quieres?

—Siempre me dices que aprenda cuál es mi lugar. Ya lo he aprendido, no tienes que sacrificarte para darme algo que sé que no quieres darme.

—Tienes razón, no quiero hacerlo —confirmó—. Siento arcadas con solo pensar en meter la polla en ese pequeño coño virgen.

Tragué saliva intentando no mostrar ninguna reacción. Porque a pesar de que mi amor por él se hubiera terminado, aunque no quisiera que me tocase, sus palabras seguían haciéndole daño a la mujer ilusa que fui una vez.

—Pero debo hacerlo, esposa. —continuó, poniendo una rodilla sobre el colchón de mi cama—. Mi padre dice que el don se ha quejado de que aún no te has quedado embarazada. Ya sabes cómo es... que siempre quiere complacer a ese cabrón Ferretti. Así que me ha ordenado que lo intente con más ahínco.

Su carcajada resonó por toda la habitación, sobresaltándome.

—¿No es gracioso? —continuó— ¡Que lo intente con más ahínco cuando ni siquiera te he tocado!

Y si de mí dependiera no te tocaría ni con un maldito palo, Sarah.

Pero estoy obligado a follarte, así que me he metido un par de rayas para poder cumplir con mi deber.

¿Pero sabes qué? Que ni siquiera así se me levanta.

Te veo ahí tumbada, medio desnuda, ¡y no se me levanta!

Me arrastré lentamente hasta quedar al borde de la cama. Estaba demasiado asustada por lo que pudiera llegar a hacerme, sabía que tenía que escapar de él. Saqué un pie con cuidado, intentando no llamar su atención, y poco a poco terminé poniéndome de pie al otro lado de la habitación.

—No tienes que hacerlo —susurré—. Dile que soy estéril, que no puedo darte hijos, y pide la anulación. Es lo que quieres, ¿no? Lo que siempre has querido. Me marcharé de esta casa y no tendrás que verme nunca más. Podrás casarte con Renata y vivir la vida que quieres.

—¿Crees que tu padre es estúpido, Sarah? ¡Se aseguró de confirmar tu fertilidad antes de firmar el compromiso, estúpida!

Le miré con sorpresa. Mi padre nunca...

Y entonces lo recordé.

Aquella vez que me llevó al ginecólogo siendo adolescente con la excusa de asegurarse de que todo estaba bien. Creí que lo único que hizo la doctora fue una citología, pero supongo que también me hicieron las pruebas de fertilidad.

Tragué saliva.

—La única forma de librarme de ti sería matándote. —Sorbió con fuerza por la nariz y se pasó la mano por la boca—. Pero no soy un asesino.

Volvió a reír a carcajadas al pensar en lo que acababa de decir.

—Bueno, sí que lo soy, pero no un asesino de mujeres —rectificó—. Así que tendremos que darle a mi padre lo que pide, ¿no te parece? Tal vez si te follo de espaldas y pienso que eres Renata conseguiré que se me levante.