Epílogo Sloan
M e despiertan las caricias de las manos de mi marido sobre la piel. Mi marido... qué bien suena esa palabra. Mi anillo de boda brilla en mi dedo anular como un recordatorio de que ahora, todo va bien. No puedo pedir más.
―Buenos días...
La voz ronca de Tae me pone la piel de gallina. Me giro entre sus brazos para unir mis labios a los suyos. Su mandíbula áspera me raspa la piel, pero no me importa. Ni lo más mínimo.
―Buenos días, esposo ―respondo.
―Joder... repítelo ―gime―. Suena increíble.
―Esposo...
―Te estás ganando no salir de la cama...
―Esposo.
―Pequeña, estás jugando con fuego...
―¿Y si quiero quemarme?
―Si mi esposa quiere fuego... ¿quién soy yo para negárselo?
Rueda por la cama conmigo hasta quedar tendido sobre mi cuerpo. Estamos desnudos, y siento su polla endurecerse, pegada a mi muslo. Me excito instantáneamente. Tae tiene un poder sobre mí que no soy capaz de comprender.
Pero me encanta.
―¿Lo quieres suave... ―susurra moviendo sus caderas contra mí― o duro?
―Mañanero. No me importa la intensidad.
―¿Estás segura?
―Completamente.
―Tú lo has querido.
Entra en mí tan despacio que quiero gritar de frustración.
Se lleva uno de mis pezones a la boca y puedo sentirlo sonreír cuando mis dedos se enredan en su cabello y tiran con fuerza, desesperada porque se mueva más deprisa.
Sus caderas apenas se levantan del colchón antes de volver a hundirse dentro de mí, pero lo hace tan despacio que bajo las manos hasta su culo y lo aprieto entre mis dedos, hundiendo las uñas en su carne.
―Cuidado, gatita... no arañes ―advierte.
―Entonces muévete más deprisa.
―¿Dónde quedó el no me importa?
―Olvidado. Muévete ya. Fuerte, duro. Como sabes que me gusta.
―Buena chica.
Se apoya en los brazos e inclina las caderas para poder moverse con fuerza.
Mi cuerpo entero se sacude, se arquea, y mis ojos se ponen blancos por el placer que siento cuando se clava en lo más hondo de mí.
Jamás voy a acostumbrarme a la sensación de piel con piel, sin nada que se interponga entre nosotros. Se siente tan bien que...
―¡Joder, cariño! Vuelve a apretarme así.
Sonrío y vuelvo a apretar mi coño alrededor de su polla.
Tae se arquea, se muerde el labio con tanta fuerza que termina rasgando la piel.
Tiro de su nuca y pego mi boca a la suya, bebiéndome el sabor metálico.
Su lengua se hunde profundamente, imitando a su polla, y mis caderas se mueven inconscientemente para chocar con las suyas, con fuerza.
Estoy tan cerca del orgasmo que creo que voy a morir. Tae rodea mi cintura con el brazo, me sujeta del culo y nos gira hasta quedar sentado en la cama y yo sobre sus piernas. ¿Cómo lo ha hecho? No tengo ni idea.
―Cabálgame, preciosa... muéstrame lo bien que te mueves.
Empiezo a botar sobre su polla, moviendo mis caderas hacia adelante y hacia atrás mientras lo hago. Tae gime, echa la cabeza hacia atrás y aprovecho para morder su cuello como tanto le gusta, lamiendo la piel después para subir hasta sus labios.
― Jenjang... Saranghae .
Solo necesita esas dos palabras susurradas en mi oído para que mi orgasmo se dispare, haciendo convulsionar mis paredes internas. Tae me embiste desde abajo con fuerza, corriéndose casi al mismo tiempo. Terminamos cayendo sobre la cama, completamente enredados... y con él todavía dentro de mí.
―Yo también te amo ―susurro.
Nos casamos hace una semana, tan solo tres meses después de que todo se solucionara entre nosotros. Fue demasiado repentino, es cierto, pero después de todo lo que hemos pasado ninguno quería esperar ni un segundo más.
La abuela estuvo encantada, por supuesto. Protestó cuando Tae la llevó a comprarse el mejor vestido de madrina que pudiera encontrar, pero sé que las atenciones que está teniendo con ella han hecho que le adore. Creo que incluso más que a mí.
El tío y el primo de Tae vinieron a la boda.
Si Joon impone como hwejang, su padre ya ni digamos.
Es tan guapo como él, la edad no le ha quitado ni un ápice de atractivo.
Lo mejor de todo es que está encantado con nuestra boda...
aunque está presionándonos para que tengamos hijos.
Y la verdad... no me importaría tenerlos, aunque prefiero disfrutar de mi matrimonio a solas un poco más.
Me levanto de la cama y voy a la cocina a por una botella de agua. Veo sobre la mesa del salón un pendrive, y me acerco para observarlo.
Lo recuerdo.
Es el pendrive que encontré en el cajón de la mesita de noche cuando estuve secuestrada.
―¿Por qué tardas tanto?
Tae se acerca hacia mí vestido únicamente con un pantalón de deporte suelto sobre las caderas. Me relamo, pero recuerdo lo que tengo en la mano.
Levanto el pendrive y se lo muestro con una ceja arqueada.
―¿Qué es esto?
Tae sonríe, tira de mí para sentarnos en el sofá y acerca el portátil que está al otro lado de la mesa. Conecta el aparato, abre la carpeta que hay en su interior...
Y tengo que apretar la mandíbula para no echarme a llorar.
Ahí están todas las fotos que nos hicimos juntos cuando salíamos en la universidad. Todas y cada una de ellas.
―El fotógrafo me preguntó si teníamos alguna foto para incluirla en el reportaje de la boda ―explica Tae, pasándolas una por una―. Hemos tenido un noviazgo express ahora, así que pensé que estas podrían servir. Quería darte una sorpresa.
―Las conservas ―susurro.
―No pude deshacerme de ellas ―confiesa―. Las he mirado tantas veces durante estos diez años que me extraña que sigan intactas.
―Tae...
Mis ojos se llenan de lágrimas. Él sonríe y me abraza, y rodeo su cintura con mis brazos para apretarlo con fuerza.
―Vamos, deja de llorar ―me pide.
―Gracias por guardarlas ―susurro―. Gracias por haberme seguido amando a pesar de todo.
―Dijimos que no volveríamos a hablar del pasado, pequeña.
―Tienes razón, lo siento. Deberíamos volver a la cama ―propongo, levantándome.
―No puedo... ―protesta con un puchero―. Hoy tengo que ir a trabajar.
Sé perfectamente a qué tipo de trabajo se refiere. Me tenso por un momento y el temor se instala en mi estómago, como cada vez desde que volvemos a estar juntos.
―¿Correrás peligro? ―pregunto.
―Sky viene conmigo.
Lo que quiere decir que sí.
Asiento. Ya me he acostumbrado a todo esto: a su trabajo, al peligro, al miedo que sentiré hasta que no esté de regreso en casa y a que Sky sea su escudo humano.
Ella y yo hemos empezado a llevarnos bien.
Podríamos considerarnos amigas, aunque ella se estremezca cada vez que bromeo con ello.
Me está enseñando artes marciales para que pueda defenderme en caso de que alguien intente hacerme daño, cosa que verdaderamente agradezco.
Porque aunque a veces, como ahora, lo olvide, mi marido sigue siendo el bujan de la Kangpae, el segundo al mando, y yo me he convertido en su único punto débil.
¿Debería preocuparme? Seguramente.
¿Lo hago? La verdad es que no demasiado.
Porque sé que, pase lo que pase, él siempre estará ahí para salvarme.
Porque confío en él lo suficiente como para vivir una vida feliz y tranquila a su lado.
Aunque hayan hecho falta diez años de duro sufrimiento, al final hemos logrado estar juntos.
Porque las almas gemelas siempre se eligen.
Porque el hilo rojo es indestructible.