Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) Epílogo Tae Min
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Epílogo Tae Min

M i vida como hombre casado está siendo perfecta. Tener a Sloan en mi vida es lo mejor que podría haberme pasado.

Y pensar que casi la pierdo por gilipollas...

Entro en el despacho de Joon, que está discutiendo con su hermano. Do Hyun decidió quedarse una temporada para ver si estábamos haciendo las cosas bien ―aunque la realidad es que necesitaba un respiro de su padre el casamentero―. Me siento en el sillón y sonrío mientras los observo.

―Te he dicho que no, hyung ―protesta Joon―. No voy a dejarte mi coche para que lo estrelles por ahí.

―Sé conducir mejor que tú, enano ―bufa Hyun―. ¿Tengo que recordarte que te enseñé a hacerlo a ti? Y a este, ya que estamos.

Su atención se vuelve hacia mí.

―¿Está embarazada tu mujer?

Pongo los ojos en blanco.

―Eso es lo que tú quisieras, pero prefiero disfrutar de ella para mí solo un poco más.

―Joder, Tae... me lo estás poniendo difícil...

―Cásate, te lo recomiendo ―bromeo―. Es lo mejor que le puede pasar a un hombre.

―Tú estás enamorado, yo no lo estoy. De nadie.

―Pues deberías probarlo ―añade Joon―, es... refrescante.

Le miro con una ceja arqueada. ¿A qué ha venido eso? Ya le preguntaré cuando Hyun no esté delante.

―Llévate el mío ―le digo, lanzándole las llaves.

―Esto es un buen hermano ―responde Hyun señalándome―. A ver si aprendes un poco.

―¿Te has vuelto loco? ―susurra Joon― Lo destrozará.

―Voy a comprar otro. Un suv.

―¿Porque vas a aumentar la familia? ―pregunta Hyun esperanzado.

―Porque soy un hombre casado ―le corrijo―. Y los hombres casados llevan coches de familia, no deportivos. Pero si le haces un solo arañazo, te mato.

Do Hyun me enseña el dedo corazón y sale del despacho de Joon, que se deja caer en el sillón con gesto de cansancio.

―Tenerle aquí me está matando, en serio ―protesta―. Parece un niño de once años.

―Lleva toda su vida portándose bien, hyung . Déjale disfrutar un rato.

―¡Pues que se compre un puto coche para él! ¿Por qué tiene que coger el mío?

―Porque sabe que te molesta. Eres transparente y él se divierte sacándote de quicio.

Mira el reloj de su muñeca.

―Deberíamos bajar ya ―dice―. Casi es la hora.

Asiento me pongo de pie para cerrar la puerta del despacho y poder bajar a la Kangpae... y el cristal me da en toda la boca cuando alguien la abre hacia adentro.

―¡Mierda!

Me miro la mano y abro los ojos con sorpresa al verla llena de sangre. Me acerco al espejo del cuarto de baño y veo con fastidio que del golpe se me ha abierto el labio. Cuando Sloan me vea se me va a caer el pelo, porque no se creerá ni de coña cómo me he hecho esto.

―¿Se puede saber quién...

Me detengo en seco al ver a Gabriel Vitale de rodillas en mitad del despacho. ¿Qué cojones hace aquí?

―¿Gabriel? ―pregunto en un susurro.

―Te lo ruego, Han. Ayúdame a encontrarla.

Su voz suena tan desesperada que me recorre un escalofrío. Me acerco a él y lo levanto del suelo, ayudándolo a sentarse en uno de los sillones.

―Cuéntame qué ha pasado ―le pido.

―Me alejé ―susurra con la voz estrangulada, rota de dolor―. Me alejé porque no podía soportar ver cómo la trataba. Tenía a uno de mis hombres vigilándola pero...

Un sollozo entrecortado escapa de su garganta, haciéndome sentir lástima por él. Joon sirve una copa de whisky que Gabriel se bebe de un trago. Inspira con fuerza, intentando contener las lágrimas. Joder.

―Un grupo de enmascarados se la ha llevado ―confiesa―. Le han disparado a mi hombre y... Necesito encontrarla, Han. Ella es mi vida entera.

―¿Pero de quién me estás hablando? ―pregunta Joon.

―Sarah Vitale ―respondo por él―. La mujer de su hermano.