39. Sloan
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H a pasado solo una noche desde que volví a casa.
Ayer, en cuanto crucé la puerta, me derrumbé.
No sé cuánto tiempo estuve llorando, solo sé que la abuela no se separó de mí ni un segundo. Hoy no estoy mejor, pero al menos puedo mantenerme en pie. Debo de haber dormido a ratos, porque la luz que entra por la ventana parece de tarde, aunque no sabría decir la hora.
Y la verdad es que no importa.
Ya nada importa.
Me dirijo al cuarto de baño y lleno la bañera de agua caliente. Me meto en ella, cerrando los ojos para poder olvidarme de todo este desastre.
Pero los ojos de Tae vuelven una y otra vez a mi mente.
Una y otra vez me miran con decepción, con reproche.
Y no puedo soportarlo.
No soy capaz de soportarlo ni un segundo más.
Miro mis muñecas apoyadas en los bordes de la bañera. Las venas azules resaltan en la piel blanca como luces de neón.
Sería tan fácil...
Solo cinco minutos, y todo el dolor desaparecería.
Un pequeño corte y todo el sufrimiento se esfumaría.
Me asusto de mis propios pensamientos.
―Sloan, voy a entrar.
La abuela irrumpe en el baño, se sienta en la tapa del inodoro y me mira con los brazos cruzados. La escayola sobre el otro brazo, más bien.
¿Cuándo se la quitaban?
Ni siquiera recuerdo eso.
―Vas a decirme ahora mismo qué demonios ha pasado ―ordena.
―Se ha acabado ―susurro―. Eso ha pasado.
―Eso es que no te merecía. Ahora debes levantarte y...
―¿Merecerme? ―me río― Soy yo quien no lo merecía a él. Le rompí el corazón porque no fui lo suficientemente fuerte como para confiar en él. No fui lo suficientemente valiente como para plantarle cara a su madre. Fui tan cobarde que preferí dejarlo todo y vivir un infierno en vez de arriesgarme.
―Eras demasiado joven, cariño. Todos cometemos errores cuando somos jóvenes.
―Su madre volvió ―confieso―. Volvió y Tae descubrió la verdad porque la escuchó gritarme. Me abofeteó, abuela. Me abofeteó y por primera vez le planté cara y fui valiente.
―Voy a partirle las piernas ―protesta la abuela―. Esa vieja bruja operada va a saber lo que le pasa a quien intenta hacerle daño a mi nieta.
―No podrás. Tae la ha enviado de vuelta a Corea.
―¿Y por qué estás así?
―Porque él no me quiere.
―¿Te lo ha dicho?
―Me ha dicho que necesita un tiempo, abuela. Ambas sabemos lo que significa eso.
―Sloan, es normal que necesite un tiempo. Acaba de descubrir que su madre, la persona que debería protegerlo como una leona del dolor, le causó el más grande de todos. Necesita procesarlo, cariño. Eso no quiere decir que quiera romper contigo.
―Tú no viste sus ojos abuela. No fue capaz de mirarme.
―¿Puedes reprochárselo? Piénsalo, hija... Su madre te hizo tanto daño que seguramente se sienta avergonzado.
―¿Y si te equivocas? ¿Y si ha dejado de quererme del todo?
―Pues si es así te levantas y empiezas de nuevo. Nuevo trabajo, nuevos amigos y nueva vida. Tan simple como eso.
―Ya lo hice una vez, ¿recuerdas? No es tan simple como lo pintas.
―Pero esta vez yo me iré contigo.
―No puedo pedirte que dejes tu vida por mí, abuela.
―¿Aún no te has enterado de que tú eres mi vida entera? Jenna siempre estará ahí, Sloan. Podré venir a verla, o ella venir a vernos. O hablar por videollamada. Venderemos la casa y nos instalaremos en otro lugar. Buscarás un nuevo trabajo y...
Unos golpes en la puerta me sobresaltan.
―Ha vuelto ―susurra.
―¿Quién?
―¿Quién va a ser? Tu novio. En realidad dudo mucho que se haya marchado. Ha venido a buscarte a primera hora de la mañana. Le he dicho que se fuera, pero se ha quedado sentado en los escalones durante un buen rato.
Esta información me deja en shock. ¿Tae ha venido a buscarme?
―Sal de esa bañera de una vez, ve a vestirte y corre a ver lo que quiere ―me ordena―. Esta vez voy a dejarle pasar, así que más te vale hacerme caso, o te juro que le diré que suba a buscarte.
―Abuela...
―Ese hombre te hace feliz, ¿no es así? ―Asiento―. Pues deja de perder el tiempo y lucha por tu felicidad. No te he criado para que te escondas en el cuarto de baño a llorar, sino para que pelees como una leona.
La abuela se levanta y se dirige hacia la puerta.
―Por cierto... mi nuevo nieto tiene un culito de infarto... Será agradable tenerle rondando por aquí.
Sonrío sin poder evitarlo. Y rompo a llorar al darme cuenta de que Tae Min ha venido a buscarme.
Salgo rápidamente de la bañera, me seco lo mejor que puedo y corro a mi dormitorio. Me pongo lo primero que pillo, pero me aseguro de disimular las ojeras con un poco de corrector y maquillaje. Sigo estando horrible, pero al menos ahora no parezco muerta en vida.
Me detengo en seco al llegar al salón. Tae está sentado en el sofá con una taza de café en la mano. Sonríe por algo que le ha dicho la abuela, y sus hoyuelos aparecen de nuevo.
―No me gustan las joyas ―dice la abuela―. Prefiero un buen postre, de esos que salen en los dramas.
―Me aseguraré de prepararle alguno.
―¿Pero sabes cocinar?
―¿Por quién me toma? Llevo viviendo solo diez años, señora Calloway.
―Abuela ―le interrumpe―. Te he dicho que me llames abuela.
La abuela levanta la mirada y, al verme, se levanta.
―Os dejaré solos ―dice―. Jenna necesita que la ayude a hacer unos recados, así que estaré fuera toda la mañana.
Besa a Tae en la mejilla, sorprendiéndolo.
―Habladlo todo ―nos aconseja―. No os dejéis nada o al final terminará por enquistarse.
Me besa al pasar por mi lado, me susurra que me quiere y se marcha. Me siento en el lugar que ha dejado libre, en el sofá, y espero a que Tae hable.
―Tienes mala cara ―susurra.
―Tú no estás mejor.
―No, tienes razón. No he pasado muy buena noche. Te echaba de menos.
Me trago el nudo que se me forma en la garganta.
―¿Por qué estás aquí? ―pregunto― Dijiste que necesitabas tiempo.
―Sé lo que dije. Y también sé que me equivoqué, porque podrías malinterpretarlo.
Se levanta y se sienta a mi lado. Toma mis manos entre las suyas y observa nuestros dedos entrelazados.
―Antes de nada quiero pedirte perdón ―me sorprende diciendo―. Por cómo te he tratado desde que volviste, pero sobre todo por lo que te hizo mi madre. No puedo ni imaginarme lo duro que tuvo que ser para ti dejarme así.
Se lleva mi mano a los labios y la besa, y el sollozo que estoy intentando contener sube un poco más arriba, casi a mis labios.
―También quiero disculparme por haberte pedido que te fueras.
No es excusa, pero estaba tan sobrepasado por la información que necesitaba un momento para procesarlo todo.
Me sentía culpable, dolido, traicionado, todo a la vez.
Era incapaz de mirarte a los ojos porque mi madre te había causado tanto dolor y yo, en vez de averiguar qué pasó, te odié durante años.
―No podías saberlo.
―Desde luego que podría haberlo averiguado. Joon se dio cuenta de que algo no cuadraba sin conocerte siquiera, Sloan. Yo te conocía mejor que nadie, debería haberlo descubierto en cuanto te vi con Ethan.
―Ya no importa.
―Desde luego que sí. No te hice sentir lo suficientemente amada como para confiar en mí y contármelo. Te hice sentir insegura, y...
―No me hiciste sentir insegura ―le interrumpo―. No te lo dije porque no quería que te apartaras de tu madre. Sabía cómo reaccionarías, habías perdido a tu padre y no quería que la perdieras también a ella.
―Pero creíste que no eras suficiente para mí.
Aparto la mirada, porque tiene razón. Siempre pensé que no era suficiente para él, por mucho que me demostrase que me amaba y que era todo para él.
―No solo eres suficiente, Sloan ―susurra―. Lo eres todo para mí.
Su confesión logra arrancarme el sollozo que llevo rato conteniendo. Pero no me abraza, solo aprieta mis manos entre las suyas con fuerza.
―Me he intentado convencer a mí mismo durante mucho tiempo de que no podía confiar en ti, de que terminarías haciéndome daño, pero la realidad es que jamás he podido dejar de amarte.
Levanta mi barbilla con los dedos para que pueda mirarle a los ojos.
―Te amo, Sloan ―confiesa―. Te amo tanto que cuando ayer Joon me hizo ver que podrías haber malinterpretado mis palabras, que podrías terminar alejándote de mí, me volví loco.
Y sé que llevo una mochila difícil de entender, difícil de soportar, pero puedo asegurarte que, pase lo que pase, siempre estarás a salvo.
―No me importa tu mochila, idiota ―respondo―. Lo único que me importa es que me ames igual que yo te amo.
Al fin sonríe y me atrae a sus brazos, su pecho se siente tan cálido, su corazón late tan rápido...
―No vas a volver a dejarme, ¿me oyes? ―advierte― Ahora eres total y completamente mía, pequeña. No hay marcha atrás. Pase lo que pase, haga lo que haga en el futuro, no puedes abandonarme.
―Intenta serme infiel y no solo te abandonaré... Te cortaré las bolas.
Su risa reverbera en mi piel. Me sienta sobre sus rodillas y al fin me besa. Su boca acaricia la mía suavemente, adorándola. Hunde la lengua dentro con suavidad, una suavidad que logra encenderme completamente.
―Vámonos a casa ―susurra en mis labios.
―Tengo que decirle a la abuela que...
―Cariño... ella ya lo sabe. Se ha marchado para que pueda follarte en tu habitación de soltera... pero en mi estado va a ser un poco imposible.
Me río. Me río porque ni siquiera me acordaba de su herida, porque realmente deseaba que me follara en mi antigua cama. Él ríe conmigo, me pone de pie y me da una palmada en el trasero. El short que tengo se me ha subido y casi se me escapa la nalga.
―Sube a cambiarte, porque no pienso permitir que mis hombres te vean con tan poca ropa.
―Solo es un short.
―Eres mi mujer ahora, nadie más que yo puede ver esas nalgas.
―¿Posesivo?
―Ni te lo imaginas.
Subo corriendo a mi habitación, con el corazón un poco más liviano.
Tae Min me ama.
Me ama tanto como para no querer pasar ni un minuto más sin mí.
Me pongo unos jeans y una camiseta y bajo lo más deprisa que puedo. Tae está al teléfono, levanta el brazo del lado sano y rodea mis hombros con él.
―Sí, abuela. Me la llevo a casa ―está diciendo―. Mandaré a alguien a por sus cosas durante esta semana. Sí, vuelves a tener toda tu casa para ti. Por supuesto que habrá boda, ¿por quién me tomas?
Me guiña el ojo, haciéndome reír.
―Pero dejame pedírselo como dios manda primero, ¿no? Creo que voy a presentarte a mi tío, haréis muy buenas migas con eso de los nietos. Tengo una herida de veinte centímetros, tendré que curarme primero. No... estoy bien, en serio. Solo necesito a mi enfermera perfecta... y creo que ya la tengo.
Cuelga el teléfono con una carcajada.
―¿Desde cuándo tienes tú el teléfono de la abuela? ―pregunto.
―Llevo todo el día hablando con ella. Como no me he ido cuando me lo ha dicho, ha venido al coche a traerme la comida. Se ha sentado y me ha echado un buen sermón, créeme.
―Increíble... me ha dicho que no sabía si te habías quedado ―protesto― ¿Qué te ha dicho?
―Eso es algo que me guardo para mí, pequeña. Ahora vayámonos a casa. Es hora de empezar de una vez de cero.