37. Sloan #2
―No... ¡No! ¡ Adeul ! ¡No puedes hacerme esto!
―Haberlo pensado mejor antes de amenazar a la mujer que amaba.
―Lleváosla ―ordena Joon a los hombres de la puerta.
Se vuelve hacia la mujer coreana, que está en un rincón, sujetándose los codos con ambas manos... visiblemente incómoda. La compadezco.
Joon se acerca a ella y le dedica una sonrisa de disculpa.
―Lamento que se haya visto usted envuelta en esto, señorita...
―Lee ―responde la mujer―. Soy Lee Hye Jin.
Acepta la mano de Joon y se vuelve hacia Tae Min. Me tenso por un momento.
―Lamento mucho el malentendido, señor Han ―se disculpa―. Su madre no me dijo en ningún momento que usted ya tenía a alguien en su corazón. De haberlo sabido, jamás habría accedido a venir.
Tae asiente, pero no dice nada.
―¿Qué le parece si la llevo a hacer turismo por la ciudad? ―se ofrece Joon― Ya que ha venido, al menos debería llevarse un recuerdo agradable.
―Se lo agradezco, pero hemos venido en el avión privado de mi padre, así que me marcharé inmediatamente.
―Permítame entonces acompañarla al aeropuerto.
Se marchan, y al fin nos quedamos a solas, Tae y yo. No me mira, no habla, y siento que la brecha que se ha formado entre nosotros es cada vez más insalvable.
Necesito que sepa que jamás le engañé. Que, a pesar de todo, siempre le he amado. Doy un paso hacia él, pero me detengo en el último minuto.
Sí, soy una maldita cobarde.
―Jamás te engañé con Ethan ―susurro―. Lo inventé todo porque sabía que sería la única manera de que aceptaras romper conmigo.
―Es suficiente, Sloan.
Su voz tiembla, y mi corazón se resquebraja un poco más. Las lágrimas corren por mis mejillas sin control, pero ya nada importa. Necesito que sepa la verdad. Toda la verdad. Antes de que sea demasiado tarde.
―Todo lo que te dije ese día fue mentira ―continúo entre sollozos―.
Tu forma de amarme no podía haber sido más perfecta.
Sé que te rompí el corazón, pero te aseguro que el mío se rompió también.
Por eso me marché. Porque no podía soportar la idea de verte y no poder abrazarte, besarte.
Porque me dolía tanto lo que te había hecho que era incapaz de seguir adelante.
―Por favor, Sloan... ―suplica, y puedo notar el nudo que se le ha formado en la garganta― Detente.
―He estado muerta en vida hasta que volviste a cruzarte en mi vida ―confieso―.
Me limité a sobrevivir, sin permitirme ni un ápice de felicidad, porque te había arrebatado la tuya.
Me merezco todo el odio que has sentido por mí, cada maldito ápice de él.
Pero te aseguro que me he odiado a mí misma muchísimo más por haber sido una cobarde.
―¿Ibas a decírmelo algún día?
―Iba a decírtelo el día que te apuñalaron en el museo, durante la cena. No creí que fuera correcto hablar de ello en el hospital, así que pensé esperar a que estuvieras de nuevo en casa. Iba a contártelo al fin cuando despertaras hoy, aunque no lo creas. Pero no así. No de esta manera.
―Diez años, Sloan. Hemos perdido diez malditos años porque no confiaste en mí.
―No tiene nada que ver con mi confianza.
―¡¿Entonces por qué no me lo dijiste?!
―Porque no quería ser la causa de que te alejaras de tu madre.
―¿Y ahora, Sloan? Te he tratado como a la mierda durante meses y no has dicho ni una palabra. ¡¿Por qué demonios me has dejado hacerlo, dime?!
―¿Me habrías creído, Tae? Si te hubiera contado la verdad cuando nos reencontramos, ¿lo habrías hecho?
―¡Claro que sí, joder! ¡Eres mi mujer!
―¿De verdad lo soy?
Se queda callado y mi alma se resquebraja un poco más. Aparta la mirada y sus siguientes palabras me destrozan por completo.
―Márchate, Sloan. Necesito estar solo.
―¿Vas a dejarme?
Mi labio tiembla, pero hago acopio de la poca dignidad que me queda para no suplicarle que no lo haga.
―Yo no he dicho eso ―susurra―. Solo... necesito un tiempo. Necesito procesar todo esto y para hacerlo necesito estar solo.
―Entiendo.
Doy un paso, y otro más, obligando a mis pies a caminar en dirección al dormitorio. Ni siquiera me detengo a recoger mis cosas, no creo ser capaz de hacerlo. Solo cojo mi bolso y mi teléfono, y en mi camino de vuelta tomo el bote de las pastillas para ponerlas en la mesa.
―No te olvides de tomarlas ―susurro.
Tae asiente, pero no me mira. Camino hacia la puerta rogándole a Dios que haga que se arrepienta, que me detenga.
Que me pida que no me aleje, que me diga que nada va a cambiar, pero nada de eso ocurre.
El sonido de la puerta al cerrarse se escucha tan fuerte como si me hubieran disparado.
Tomo el ascensor y salgo a la calle. El coche de Logan, uno de mis guardaespaldas, está parado en la puerta, y él lo abre para que entre, pero camino por su lado sin mirarle.
Me siento vacía. Me siento... muerta.
Camino sin rumbo, con la mirada perdida, hasta que tropiezo y estoy a punto de caerme. Logan me sujeta.
―¿Se encuentra bien, señorita Calloway? ―pregunta.
Asiento, pero las lágrimas que nublan mi visión contradicen mis palabras. Con una maldición, Logan me coge en peso y me lleva de vuelta al coche. Me abrocha el cinturón y pone rumbo hacia mi casa. Cuando se detiene frente a la puerta, me mira con preocupación.
―Sea lo que sea, todo tiene solución, excepto la muerte ―susurra.
―Ya estoy muerta ―es mi parca respuesta.