Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 37.  Sloan
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37.  Sloan

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D espués de diez días ingresado, Tae al fin vuelve a casa. Aún no puede trabajar, debe guardar reposo, pero al menos estaremos mucho más cómodos. Ambos.

Ayer volví a casa para recoger algunas cosas. La abuela me miraba de reojo, sin decir nada, y cuando terminé de meterlo todo en una pequeña maleta de mano me arrastró hasta la cocina. Había preparado un montón de comida. Para nosotros.

―¿Qué es todo esto, abuela? ―pregunté.

―Los hombres son terribles enfermos, y no tendrás tiempo de cocinar ―fue su explicación.

La abracé con fuerza y la besé mil veces en la mejilla, haciéndola protestar.

―Ya basta, eres demasiado pegajosa.

―Cuando se recupere te lo presentaré, lo prometo.

―¿Has hablado con él sobre lo que pasó?

―Voy a hacerlo mañana, cuando estemos instalados en su casa. Ya que ha querido darle una nueva oportunidad a lo nuestro, necesito que sea desde la verdad.

―Es lo correcto. Él tiene derecho a saber la clase de persona que es su madre.

―Solo espero que me crea...

―Si no te cree es que no merece la pena. Recoge tus cosas y vuelve a casa. deja ese trabajo que tienes y buscaremos juntas otro mucho mejor. ¿Entendido?

―Entendido.

Y ahora estamos frente a la puerta de su apartamento, seguidos por sus hombres, para instalarnos. Está siendo bastante obediente, aunque sé que es porque Joon nos acompaña. Le lleva a la cama y le obliga a acostarse. Tae protesta, pero solo una ceja arqueada de Joon le silencia, haciéndome reír.

―Tú debes estar de mi parte ―me reprocha.

―El médico ha dicho que debes guardar reposo, así que te quedarás en la cama ―respondo.

―El sillón es igual de cómodo.

―No me hagas contratar a un enfermero, Tae ―advierte Joon―. Créeme, no te va a gustar.

Me imagino a Tae intentando lidiar con un enfermero de ciento treinta kilos de puro músculo y rompo a reír a carcajadas. Él me mira con una ceja arqueada y una enorme sonrisa en los labios que me calienta el alma.

―Todos. Largo ―ordena―. Ya tengo una enfermera que me cuida de maravilla.

Joon se echa a reír, y los demás van saliendo de la habitación poco a poco.

―Ánimo, Sloan... ―bromea Joon palmeándome el hombro― Y mucha suerte... La vas a necesitar.

Tae le enseña el dedo corazón y su primo sale de la habitación, aún riendo. Me hace una señal para que me acerque, y cuando estoy junto a la cama tira de mí, haciéndome caer de bruces sobre su pecho.

―¿Estás loco? ―protesto apartándome―. He podido hacerte daño.

―Es en el otro lado, pequeña. Vamos, túmbate a mi lado.

―Deberías descansar.

―Y eso hago.

―Tengo que hacer cosas, Tae.

―Después. Ahora te necesito.

Te necesito.

Solo hacen falta esas dos palabras para derretirme entera y hacer que se me forme un nudo en la garganta.

Pero antes quiero dejarlo todo listo para que esté cómodo.

Me levanto para dejar sobre la mesita de noche la botella de agua y un vaso.

Abro el cajón para guardar el bote de analgésicos que el doctor le ha recetado por si tiene dolores, y el frasco de colonia de Zara rueda como si quisiera reírse de mí.

Tae debe haber visto algo en mi cara, porque se incorpora un poco, acercándose.

―¿Qué te pasa?

Levanto la colonia y le miro con una ceja arqueada.

―¿Vas a deshacerte de esto?

―¿Por qué lo haría? Es tuya.

―Yo no uso esta marca, Tae. Yo uso...

―Chloé, ya lo sé. Pero te la regalé cuando empezamos a salir y no lo sabía. ¿No te acuerdas? La dejaste en mi habitación para cuando te quedabas a dormir.

Dios... Sí que soy estúpida.

Fue su regalo de los cien días, si mal no recuerdo.

Vuelvo a mirar el bote de colonia, sintiéndome idiota por haber pensado que pertenecía a otra mujer.

Y caigo en la cuenta de que lo ha guardado.

Lo ha guardado durante más de diez años porque era mío.

Le beso en los labios con una sonrisa, me acurruco a su lado y apoyo la cabeza en su pecho.

―¿Lo guardaste porque me echabas de menos?

―Ni siquiera recordaba que estaba ahí. No suelo abrir ese cajón muy a menudo, es el cajón de las emergencias.

Asiento, pero sé que está mintiendo.

Me echaba de menos.

Y guardó lo único que le quedaba de mí para recordarme.

Saberlo me hace sentir un poco más liviana.

El latido de su corazón me hace caer en un sueño profundo, y cuando despierto, ya casi es la hora de la cena.

Me levanto intentando no despertarle y me pongo algo más cómodo.

Me recojo el pelo en la nuca y me dirijo a la cocina para guardar la comida de mi abuela y preparar algo ligero para cenar.

Sé que Tae insistirá en pasarse al salón, así que acomodo unos cuantos cojines y mantas para que esté cómodo y preparo una botella de agua y un vaso sobre la mesa para que pueda tomarse la medicación.

Escucho la cerradura sonar. Sonrío, Joon no se fía ni un pelo de que su primo se comporte y seguramente ha venido a supervisar.

―No tenías que venir, Joon. Todo está...

―¿Qué demonios haces tú aquí?

Mi cuerpo entero se tensa al escuchar la voz de la madre de Tae. Inspiro con fuerza, intentando ponerme una máscara de indiferencia ―que no siento en absoluto― y me doy la vuelta, dedicándole una sonrisa.

No viene sola.

Una increíble mujer coreana que parece una estrella de k-drama la acompaña.

―Buenas noches, señora Han ―digo.

―Te he preguntado qué haces aquí.

―Me va a perdonar, pero no creo que eso sea asunto suyo.

―¡Por supuesto que lo es! ¡Es la casa de mi hijo!

―Y por eso, al único que le importa qué hago aquí es a él.

Se acerca en grandes zancadas y me abofetea. Con fuerza, dejándome la mejilla dolorida y, seguramente, roja. Pero no me amilano. No esta vez.

―Te advertí que te destruiría si no te alejabas de Tae ―me recuerda―. ¿Acaso se te ha olvidado?

―Por supuesto que no, señora Han. Lo he recordado cada maldito día desde entonces. Tres mil seiscientos cincuenta y cuatro malditos días he recordado esas palabras. Pero ¿sabe qué? Que ya estoy harta.

―Es por el dinero, ¿verdad? Te arrepentiste de no coger lo que te ofrecí y...

―¿Qué has dicho?

La voz de Tae convierte la sala en un silencio sepulcral.

Ni siquiera me había dado cuenta de que se ha despertado con los gritos de Min Seo, pero está de pie, apoyándose en la pared mientras sujeta su herida con la mano, mirando a su madre con una mezcla de horror, incredulidad y repulsión que me encoje el alma.

Quiero acercarme a él para ayudarle a llegar al sillón, pero no me atrevo a moverme.

―¡Repite lo que has dicho!

Su grito me sobresalta, y su madre parece tan sorprendida como yo, sino más. Tartamudea palabras sin sentido, boqueando, pero no dice nada. En vez de hacerlo, intenta acercarse a Tae, pero él la aparta de un empujón.

―¿Amenazaste a Sloan para que se alejara de mí? ―Está susurrando, pero ese susurro es muchísimo más peligroso que cualquier grito―. ¿Lo hiciste?

― Adeul ...

―¡Habla!

Me mira a mí. Su mirada furiosa está dirigida a mí, así que decido confesarlo absolutamente todo. Ya está bien de mentir.

―Me llamó para vernos una tarde ―comienzo a decir.

―¡¡Cállate!! ―grita su madre, desesperada, pero ni siquiera la miro.

―Me ofreció un sobre con mucho dinero y me dijo que me alejara de ti ―continúo―. Me negué, por supuesto.

―¡¡He dicho que te calles!!

Intenta lanzarse sobre mí, pero la mujer que la acompaña parece ser mucho más sensata y la sujeta con fuerza.

―Luego intentó convencerme por las buenas de que lo hiciera, diciéndome que éramos de mundos diferentes y que yo no era suficiente para ti. Como no funcionó, recurrió a amenazarme.

―¡¡Cierra la maldita boca, estúpida!!

―Me dijo que si no te dejaba, mi abuela pagaría las consecuencias. Le quitaría todo y la dejaría en la más absoluta miseria. Me asusté. Ella era lo único que tenía, así que acepté. Pero no cogí el dinero. Jamás tocaría su sucio dinero.

―¿Por qué, omma ? ―susurra Tae, con el rostro surcado de lágrimas.

Intento dar un paso hacia él, pero me detiene levantando la mano. Se acerca a la isla de la cocina, coge el teléfono y marca un número. No lo he visto, pero sé perfectamente que es el de Joon Seo.

―Baja. Rápido.

No dice nada más. Se sienta a medias en una de las banquetas y mira a su madre, esperando una respuesta.

―Te he hecho una pregunta. ¡Contesta!

―No podía permitir que arruinaras tu vida por una americana.

Lo dice con tanto odio y rencor que me encojo inconscientemente. Tae me mira, luego a su madre, y se pasa la mano por la cara.

―¿Arruinar mi vida? ¡¿Arruinar mi puta vida?! ¡La amaba, joder! ¡Ella era el puto amor de mi vida! ¡¿Qué derecho tenías tú a decidir por mí, dime?!

―¡Soy tu madre!

―¡Pero no eres mi dueña, joder! Te he dicho mil veces que jamás me casaré con alguien elegido por ti. ¡Y aquí estas, con esta! ¡¿Le has dicho que ese maldito matrimonio solo existe en tu imaginación, omma ?!

Toma una botella de agua de las que estaba metiendo en el frigorífico y la vacía de un solo trago. No sé en qué punto estamos, no sé lo que piensa, y todo esto me está matando. Quería que lo supiera, iba a contárselo. ¡Pero no así! ¡No de esta manera!

Joon entra en el piso como alma que lleva el diablo y se detiene en seco al ver el escenario que se ha encontrado.

―¿Qué está pasando aquí? ―pregunta.

―Cuéntaselo ―me pide―. Dile a mi hwejang lo que acabas de confesarme.

―Tae...

―¡Que se lo cuentes, joder!

Me sobresalto ante su grito, las lágrimas corren sin control por mis mejillas, pero miro a Joon, que asiente con una sonrisa, dándome ánimo.

Repito palabra por palabra, sin obviar nada.

Su rostro se ensombrece por momentos, y cuando logro terminar mi relato, se acerca a mí y acaricia mi espalda con la palma de su mano, intentando calmarme.

―Tranquila, todo saldrá bien ―susurra.

Pero nada está bien. Nada ha salido como lo había planeado. Tae está dolido, tan dolido... He vuelto a hacerle daño, y no me lo perdonaré jamás.

―Haré lo que me pidas, hermano ―le dice a Tae―. Tú decides.

Tae levanta su rostro y mira a su madre. Sus ojos grises están vacíos, opacos, y siento que su alma le ha abandonado.

―No quiero volver a verla ―sentencia―. Que vuelva a Busan y no regrese. Jamás. A partir de ahora, dejas de ser mi madre.