36. Tae Min
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N o he podido pegar ojo dándole vueltas a lo de ayer. Porque no fue la única vez que llamó a mi madre a lo largo de la noche. Lo hizo varias veces más, pero en ninguna de ellas logré entender lo que estaba diciendo.
Joder.
Fuera lo que fuera, la estaba haciendo sufrir hasta las lágrimas. Y necesito averiguar si solo era un sueño o si ocurrió algo en realidad.
Pero hoy no es el día.
En el trabajo de hoy nos jugamos demasiado y debo tener la mente puesta totalmente en ello.
Por otra parte, he cambiado de opinión sobre ocuparme de supervisar la operación teniendo aquí a Sloan. No puedo arriesgarme a que vea algo que no está preparada para ver. No cuando por fin estamos empezando a avanzar.
Por eso le voy a pedir que se marche a casa.
Y espero, de verdad, que le baste con la explicación que voy a darle.
Marco el teléfono de Woo Sung, que responde al cuarto tono exacto. Como siempre.
―¿Qué necesitas? ―pregunta.
―¿Estás ocupado?
―Iba a poner las noticias para ver el meeting de Graves ―explica―. Quiero ver cómo sale todo.
―¿Por qué no te pasas por aquí y lo vemos juntos?
―¿No está tu chica ahí?
―Prefiero que se vaya a casa. Quiero monitorear la operación.
―Estaré allí en quince minutos. ¿Te llevo algo?
―Aperitivos coreanos. Me muero por comerlos.
Cuelgo justo cuando Sloan sale del cuarto de baño, después de ducharse.
―¿Todo bien? ―pregunta.
―Ven aquí, Sloan. Tenemos que hablar.
Nota la seriedad de mi tono y veo cómo se tensa. Le tiendo la mano para intentar calmarla entrelazando mis dedos con los suyos, pero se sienta en el borde de la silla, tiesa como un puñetero palo.
―Joder, ven aquí ―protesto―. No es nada malo.
Me hace caso, pero sigue tensa.
―Hoy tengo que hacer algo para la organización ―comienzo a decir.
―¿Tienes? ―pregunta arqueando una ceja.
―Necesito hacerlo. Como segundo al mando suelo supervisar todas las operaciones y esta es muy importante.
Suspira, pero asiente.
―Necesito que te vayas a casa, pequeña ―continúo―. Prefiero que te mantengas al margen de esta parte de mi vida para poder mantenerte a salvo.
―¿Es peligroso?
―No voy a moverme de esta cama ―bromeo―. Pero sí, es muy peligroso para mis hombres y debo tener todos los sentidos puestos en esto.
―No puedes quedarte solo, Tae. Aún no estás recuperado del todo y...
―Ya he avisado a alguien para que venga a hacerme compañía. Estaré bien, en serio. Aprovecha el día para descansar, pasar tiempo con tus amigas o lo que sea.
Tras un momento de silencio, me mira con esos preciosos ojos que me tienen completamente loco.
―Tengo muchas preguntas, Tae. Hay muchas cosas que no sé y que debo saber antes de seguir adelante con esto.
Trago saliva, porque tiene razón. Y conocer todas esas cosas puede hacer que se aleje de mí, joder. Pero no podemos basar nuestra relación en una mentira... otra vez.
―Habrá preguntas que no podré responderte... por seguridad.
―No me gusta... pero lo entiendo.
―Venga, dime qué necesitas saber. Aún tenemos tiempo.
Sloan se tumba a mi lado, suspirando. Paso el brazo por debajo de su cabeza y la atraigo más cerca, tanto que su nariz choca contra la medalla que tengo en el cuello. La sujeta entre los dedos y la observa con detenimiento.
―Vi este símbolo cuando lo descubrí ―susurra.
―Es el símbolo de la organización ―explico―. Mis hombres lo llevan tatuado en el hombro izquierdo. Este medallón me identifica como bujan, como el segundo al mando.
―¿Joon Seo tiene otro?
―Él tiene una daga. Su hermano tiene el medallón original, que tiene ciento cincuenta años de antigüedad. Se lo pasará a su bujan cuando suceda a su padre y él, a su vez, le pasará la daga ceremonial ancestral.
―O sea, que hay más.
―Somos los únicos fuera de Corea del Sur. Pero sí, hay más. Aunque esta tradición solo la tiene nuestra familia.
―Familia... Así que estabas metido en esto cuando estuvimos juntos.
―Lo he estado desde que nací, pero cuando te conocí acabábamos de mudarnos a la ciudad para empezar de cero.
―Tu padre no murió en un accidente, como me dijiste. ¿Verdad?
―Lo mataron. Le tendieron una trampa.
―¿Y hay más mafias en la ciudad?
―Dos ―asiento―. Bratva y ‘Ndrangheta.
―¿Y no hay guerras entre vosotros?
―Los italianos y los rusos tienen que venir a comernos las bolas antes de mover un puto dedo en esta ciudad ―me jacto―. Joon se hizo con el control de la ciudad hace cinco años. Firmamos una especie de tregua que se sigue manteniendo hasta ahora.
―¿Hay alguna actividad más a la que os dediquéis aparte del tráfico de arte?
Ahí está. Debería contarle la verdad, que somos asesinos, que matamos a gente por un puñado de dólares. Pero si lo hago, si ella descubre esa parte de mí, huirá. Su moral no le permitirá estar con alguien como yo.
Y ya he decidido que ella me pertenece.
Para siempre.
―Al tráfico de joyas ―respondo.
―¿Nada de trata de personas?
―Acabamos con la trata de personas en la ciudad, cariño. Estamos completamente en contra.
Suspira con alivio, y me muerdo el labio porque en cierta manera me siento culpable por ocultarle parte de la verdad.
―El Monet... ¿Lo robasteis?
―Lo sustituimos por una falsificación tan buena que el dueño jamás sabrá que se lo cambiamos.
―Eso es robar ―ríe ella.
―¿Preferirías que nos dedicáramos al tráfico de drogas?
―Joder, no... por supuesto que no. Entonces, la organización...
―Kangpae ―susurro―. Se llama Kangpae.
―¿No tiene miedo Joon Seo de que os ataquen las otras mafias?
―Ellos se mataban entre sí antes de nuestra llegada.
Había otras mafias menores que les ponían las cosas difíciles, traficaban todos con todo y al final el dinero que podían llegar a ganar era insuficiente.
Cuando tuvimos una organización sólida, aplicamos la disciplina que nos habían inculcado toda la vida para adueñarnos de la ciudad.
Terminamos con todas las mafias menores, y cuando solo quedaron las dos más poderosas, Joon pensó que sería buena idea aliarnos entre todos.
―No creo que les ofreciera un acuerdo de negocios ―bromea.
―La verdad es que eso fue exactamente lo que les ofreció. Repartimos las operaciones y nos obligamos a colaborar entre nosotros. Si nosotros necesitamos armas o diamantes, recurrimos a la ‘Ndrangheta. Si ellos necesitan arte o joyas de lujo, recurren a nosotros. Algo así.
―¿Y funciona? ¿Nadie se salta las reglas?
―Hay penalizaciones. La tercera es la muerte.
Traga saliva, pero no voy a endulzarle nada más. Necesito que sea consciente de quién soy, de dónde se ha metido, porque ya no hay marcha atrás.
―¿Tú... sueles ponerte en peligro?
―No. Imagínate el organigrama de la galería.
Yo soy el director, y por debajo de mí hay subordinados, y subordinados de esos subordinados.
―Ella asiente―. La Kangpae es igual. Superviso las operaciones en el papel, en el despacho.
Las superviso como haré hoy, por escucha.
Me encargo de pagarle a mis hombres, de castigar a quien se salta las normas, cosas así.
Woo Sung llega en ese momento trayendo varias bolsas que deja sobre la mesa. Sloan se incorpora rápidamente, intentando colocarse bien el pelo que ha quedado hecho un desastre.
―Él es Woo Sung, nuestro artista ―le presento.
Sung se acerca con varias bandejas de fruta, y lo miro con una ceja arqueada.
―Ya sé que me dijiste que querías calamar seco, pero he estado leyendo y en tu estado es una malísima idea ―explica―. Y sé que Sloan me arrancaría los huevos si te traigo algo que no deberías comer, así que...
Ella sonríe y le muestra el pulgar arriba.
―Ni siquiera la conoces ―protesto.
―Es tu mujer. Ella manda.
Sloan arquea una ceja retándome a contradecirle. Recoge sus cosas y se acerca a la cama para besarme.
―¿Cuándo debo volver? ―pregunta.
―Te llamo cuando termine.
―Nada de esfuerzos, ni comidas prohibidas ―advierte.
―¿No lo has escuchado? Solo ha traído fruta.
Sloan se marcha y al fin me dejo caer en la cama con un gemido. Joder, estoy hecho una puta mierda. Me duele demasiado, pero no quería volver a parecer débil delante de ella.
―Te duele, ¿no? ―comenta el gilipollas de Sung.
―¿Tú que crees?
―¿Y por qué no llamas a la enfermera?
―No quería preocupar a Sloan.
―¿Por qué iba a preocuparse? Te han apuñalado, operado y cortado un trozo de intestino. Lo normal es que te duela.
Pongo los ojos en blanco y extiendo la mano para que me pase el portátil y el pinganillo. Faltan apenas diez minutos para la acción, así que tengo que darme prisa.
―¿Todo listo? ―pregunto.
―Vaya... mi hûa-nâa se ha unido a la acción... ―bromea Sky.
―Vete a la mierda. Min, ¿estás en posición?
―Hace una hora ―responde―. Tengo al objetivo en la mira a la espera de órdenes.
―Perfecto.
―Parecéis un puto gallinero ―protesta Joon―. Centraos un poco, joder.
―Yo también te quiero, capullo ―bromeo.
Las bromas desaparecen cuando se acerca el momento. Veo en la pantalla del ordenador el meeting. Joon junto a Harrington en una mitad de la pantalla, Graves en la otra. Me acomodo lo justo en la cama para no tirar del costado. El monitor pita, pero lo ignoro.
Sky toma el control del canal con su tono habitual, firme.
―Silencio. Entramos en ventana.
Seok Min responde al instante, sin ruido de fondo.
―Objetivo en la mira. Estable. A la espera.
Correcto. Como debe ser.
―Lux ―llama Sky.
―Entre la multitud ―dice ella, tranquila.
Si algo falla, será la encargada de terminar el trabajo.
Joon entra después, voz baja, profesional.
―Todo tranquilo por aquí. Harrington se muestra relajado, nadie sospechará de él.
Bien. Exactamente como debe ser.
―Min ―ordena Sky―. Prepárate. Tres.
El clic del seguro suena limpio.
―Listo ―susurra Min.
―Dos.
Un murmullo lejano de público.
―Uno.
Me quedo quieto. Ni siquiera respiro, con la mirada puesta en la pantalla.
―Ahora.
El disparo suena seco, perfecto. Veo caer a Graves hacia atrás y el caos se desata.
―Confirmado ―susurra Lux―. Está muerto.
―Min, retírate ―ordena Sky.
―En camino.
―Buen trabajo ―susurra Joon.
Sonrío colocando las manos detrás de mi cabeza. Siempre es una puta gozada ver el trabajo bien hecho.