34. Sloan #2
―Gracias a Dios ―suspira Jenna.
―Anda, ve a lavarte. Te prepararé algo de cena.
―Ya he cenado. La chica que me ha traído me ha llevado a comer al bar de su familia. ―Le entrego la bolsa de los dulces―. Su padre me ha dado esto para ti.
―Tienen muy buena pinta. ¿Te preparo una infusión? Podemos compartirlas.
―Solo quiero darme un baño e irme a la cama, abuela. Estoy agotada.
―Ve... ve.
Me dirijo al pasillo, entro en el cuarto de baño y me doy una ducha caliente.
Veo la sangre de Tae correr por el sumidero y las lágrimas que he logrado contener durante toda la tarde al fin terminan derramándose.
Me quedo echa un ovillo, bajo el chorro del agua caliente, mirando el vacío hasta que ya no me quedan lágrimas.
―¿Sloan? ―Es la voz de la abuela―. Cariño, ¿estás bien?
―Salgo en seguida, abuela.
Me visto y salgo del cuarto de baño, pero en vez de irme a la cama voy hacia el salón. Jenna ya se ha marchado, y la abuela me ha preparado una taza de chocolate caliente.
―Ven aquí.
Me siento a su lado con las piernas debajo de mi cuerpo y tomo la taza. El calor de la bebida calienta mis manos, pero ahora mismo soy incapaz de tomar nada. La sopa del padre de Sky me ha dejado completamente llena.
―He permanecido callada porque esperaba que me contaras las cosas por tu cuenta, pero no puedo callarme más ―me dice―. Es él, ¿verdad?
Me quedo helada. Intento aparentar serenidad, pero ella me conoce demasiado bien como para engañarla.
―¿Quién? ―pregunto dando un sorbo al chocolate.
―El chico asiático con el que estuviste en la universidad. Y no te atrevas a negarlo, porque lo he visto varias veces cuando te ha traído a casa.
―Sí, abuela. Es a él a quien han herido esta mañana.
―¿Por eso estás así? Estáis juntos de nuevo, ¿no?
―¿Sería un problema?
―Eres mayorcita para cometer tus propios errores, Sloan. No voy a meterme en tu vida amorosa. Pero me habría gustado que me lo contaras. Antes teníamos la suficiente confianza para que lo hicieras.
―Me marché porque me vi obligada a abandonarle y no podía soportar la idea de verle sin tenerle ―confieso.
―¿Cómo que te viste obligada a abandonarle, Sloan? ¿Quién te obligó a hacerlo?
―Su madre. Me citó en una cafetería lujosa de Upper East Side, y yo pensé que era porque quería conocerme. Me puse mi mejor vestido, me maquillé y me peiné para la ocasión, llena de ilusión. Iba a conocer a la madre de mi novio, quería dar una buena impresión. Pero me equivoqué.
Me pierdo de nuevo en los recuerdos. Aún puedo verla toda altiva, mirándome de arriba abajo como si mi ropa fuera de mercadillo, como si no valiera absolutamente nada.
―Me dijo que dejara a su hijo y me ofreció un sobre con mucho dinero. Lo rechacé, pero amenazó con quitarnos todo lo que teníamos. La casa, tu taller de costura... todo.
―¿Y tú la creíste?
―Es una familia rica, abuela. Tiene poder para hacer cualquier cosa.
―Esta casa y el taller eran míos, Sloan.
La casa es una herencia familiar, mis padres vivían aquí, la pagaron y me la dejaron cuando murieron.
El taller de costura estaba a mi nombre, también.
Tu abuelo compró el local para su taller, y cuando falleció vendí sus herramientas, pero transformé el local.
No tenía ningún tipo de poder sobre ti. ¿Por qué no me lo dijiste?
―Porque no quería preocuparte. Por eso accedí a dejar a Tae, aunque no acepté el dinero. Le hice creer que le estaba siendo infiel y le dije que su forma de querer era demasiado.
Un sollozo escapa de mi garganta.
―La suya es la forma más bonita de amor, abuela. Me cuidaba inconscientemente, me demostraba cuánto me amaba con pequeños gestos cotidianos y habíamos empezado a hacer planes juntos, pero...
Mi abuela me abraza con su brazo sano y suspira.
―Niña tonta... Si me lo hubieras contado te habrías ahorrado mucho sufrimiento. Habría ido a ver a esa señorona de tres al cuarto y le habría cantado las cuarenta por despreciarte. La habría arrastrado del pelo si hubiera sido necesario.
―Ya no importa, abuela. Nos hemos vuelto a reencontrar y, aunque las cosas no empezaron muy bien, están mejorando. Iba a contarle esta noche la verdad, pero le han apuñalado y...
No puedo seguir, porque un nuevo sollozo me impide respirar. Mi abuela me abraza con más fuerza, acunándome en sus brazos como cuando era pequeña, hasta que consigo calmarme.
―Ya está, no llores más ―susurra―. El médico ha dicho que se pondrá bien, así que tendrás oportunidad de contárselo cuando salga del hospital. Deberías habérselo dicho mucho antes, pero más vale tarde que nunca.
―Tenía miedo de que no me creyera ―reconozco―. Aún lo tengo, porque ella es su madre y yo...
―Y tú eres la mujer a la que ama.
―No sé si aún me ama.
―Si volvéis a estar juntos será por algo.
―Es complicado. Estamos bien juntos, pero no termina de confiar en mí. Y mientras no lo haga no podremos avanzar.
―Tienes tiempo ahora de demostrarle lo mucho que te importa. Lo malo es su madre... si se interpone...
―Su madre no es un problema ahora mismo. No está en la ciudad.
―En ese caso, vete a la cama y repón fuerzas para ir mañana a verle al hospital. Tomaremos un taxi y...
―El presidente Han se ha ofrecido a recogerme.
La abuela me mira sin comprender.
―Es su primo ―aclaro―. La galería es su negocio familiar.
―Una familia de bomboncitos asiáticos... ¿Tienen un abuelo viudo o algo así? Tal vez sea la hora de buscarme un novio coreano yo también.
Su broma me hace reír, que es lo que ella pretendía. Me abraza de nuevo, besa mi frente y palmea mi hombro como cuando era pequeña y me raspaba las rodillas.
―Todo va a salir bien, cariño ―susurra―. Ese chico saldrá de esta, arreglaréis los malentendidos y volveréis a estar juntos.
―Ojalá tengas razón.
―Pues claro que la tengo, niña... Tienes por delante una dura guerra, pero yo me aseguré de que fueras una gran guerrera.