Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 33.  Sloan
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33.  Sloan

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P oner límites con Tae no ha servido de mucho.

Cada vez que subo a su casa, me deja tan agotada que termino quedándome dormida, así que ya son tres las veces que me he despertado en su cama, entre sus brazos.

Y no me estoy quejando, porque hacerlo es lo mejor que me ha pasado en la vida, pero si seguimos así no va a cambiar nada entre nosotros...

y no puedo seguir aparentando que no me duele saber que para él solo soy un polvo. Diario, sí, pero solo un polvo.

Esta mañana tenemos una visita muy especial a la galería.

Un grupo de niños de entre diez y doce años vendrán en una excursión, y tenemos muchas actividades preparadas para ellos.

Hemos organizado en la sala de audiovisuales varias mesas para las distintas actividades, con delantales para que no se manchen la ropa y un montón de materiales con los que hacer su propia pintura en acuarela.

La verdad es que estoy muy ilusionada con esta actividad.

Me encantan los niños e interactuar con ellos es una gozada para mí.

Ava parece tan ilusionada como yo, y hemos decidido comprar varios regalitos en el bazar relacionados con la pintura de acuarela para preparar bolsitas y regalarlas a los niños.

―¿Estás segura de que todos estarán conformes con los libros de dibujo? ―pregunto.

―Le dije a la profesora que preguntara directamente a los chicos si preferían princesas, dinosaurios, superhéroes o las Huntrix ―asiente Ava―. Tengo la lista aquí mismo, solo tenemos que poner el nombre en cada bolsa.

Liam y Evan se acercan a nosotras con una sonrisa traviesa, y dejan sobre el escritorio una bolsa enorme de golosinas.

―¿Qué es esto? ―pregunta Ava.

―Golosinas para que las añadáis a las bolsas ―explica Liam.

―Y antes de que digas nada, están hechas a base de zumos naturales y son sin azúcar ―aclara Evan―. Podrán comerlas todos.

―Como sigáis añadiendo cosas se os quedarán pequeñas las bolsas ―comenta Adrian, riendo desde su mesa.

―Había unas pistolas de dardos de espuma súper chulas ―protesta Evan―. Habría sido divertido comprarlas, pero Liam no me ha dejado.

―Imagina la que nos caería si los niños se ponen a dispararle a los cuadros ―responde Liam simulando un escalofrío―. Mejor no arriesgarnos.

―Sloan. ―La voz de Tae Min me provoca un calor inesperado en el vientre y cierro inconscientemente las piernas―. Ven un momento, por favor.

Sé lo que quiere. Sé perfectamente para qué me necesita y debería negarme, pero todos están delante y no puedo mandar a la mierda al director.

Me encamino lentamente hacia su despacho, intentando alargarlo todo lo posible, pero en cuanto entro por la puerta, Tae cierra con llave, me aprisiona contra la pared opuesta, mete una pierna entre las mías y me besa, hundiendo la lengua en mi boca.

Me dejo llevar un momento, saboreando sus caricias, rodeando su cuello con mis brazos y pegándome más a su cuerpo, pero cuando siento sus manos subir hasta el cierre de mi sujetador, río y me aparto.

―No podemos ―susurro―. No tenemos tiempo.

―Uno rapidito... terminaremos en seguida.

―Tae, en serio... los niños llegarán en menos de quince minutos y aún nos queda mucho por hacer.

―Creí que todo estaba terminado desde anoche.

―Hemos comprado algunas cosas para hacer bolsas de regalo. Cuadernos de dibujo, paletas de acuarelas, algunos juguetes pequeños y golosinas. Tenemos que terminarlas antes de que lleguen.

―¿A quién se le ha ocurrido la idea? Deberíamos haberlo pensado nosotros.

―Ava.

―Cargad todos los gastos a la empresa. Me encargaré de felicitarla personalmente más tarde por su ocurrencia.

―El ascenso se lo merece ella, no yo.

―¿Qué ascenso?

―El que Joon Seo me prometió. Me dijo que dentro de un año me ascendería, ¿recuerdas?

―Sí, lo recuerdo. Pero también recuerdo que me dijo que Ava también sería ascendida. Creí que lo sabías.

―Tal vez lo dijo, pero estaba demasiado asustada como para recordarlo.

Tae vuelve a aprisionarme contra la pared, haciéndome reír.

―¿Sigues teniendo miedo? ―ronronea.

―¿Debería?

―Mucho. Pienso follarte esta noche ―me besa―. Sobre mi escritorio.

―Ya lo has hecho.

―Entonces sobre el tuyo.

―También.

―¿Sobre el de Joon?

―No seas tan capullo ―río―. Si se entera te matará.

―Será divertido verle la cara...

―Vamos, suéltame. Tengo que volver al trabajo.

―¿Qué te apetece cenar?

―Hoy haré yo la cena.

―¿En serio? ―sonríe― ¿Y me va a gustar?

―Siempre fue tu comida preferida.

Me muerdo el labio cuando todo rastro de diversión desaparece de sus labios.

Mierda. Acabo de meter la pata. Solía prepararle lasaña casera de espinacas y ricotta cuando salíamos.

Era su plato favorito. Pero parece que el recuerdo aún le resulta doloroso, así que me aparto para intentar marcharme. No me detiene esta vez.

―Prepararé otra cosa ―susurro―. Puedo preparar otro tipo de pasta, o...

―No ―me interrumpe―. Está bien. Prepara tu lasaña.

―¿Estás seguro?

―Solo es comida, ¿no?

Me sonríe, pero su sonrisa no llega a sus ojos. Asiento con una sonrisa igual de falsa que la suya y salgo del despacho, pero en cuanto me dejo caer junto a Ava mi amiga nota que algo va mal.

―¿Habéis vuelto a discutir? ―intuye.

―No, pero he metido la pata. Iba a prepararle esta noche su comida favorita, pero quería darle una sorpresa. Y cuando ha preguntado si le gustará, he dicho que siempre fue su comida preferida.

―¿Y qué tiene eso de malo?

―Que cuando era su comida preferida, yo le apuñalé por la espalda.

―Eso es una estupidez. Te he dicho que deberías hablar con él sobre lo ocurrido, Sloan. No puedes seguir permitiendo que un malentendido se interponga entre vosotros.

―No confía en mí. Si su madre dice que es mentira, la creerá.

―No lo sabrás si no lo intentas.

―Por favor, Ava... déjalo estar.

―Allá tú. Pero eres tonta, Sloan. Tonta de remate. Estás soportando que se aproveche de ti, porque eso es lo que hace, por miedo a lo que pasará.

Me levanto de mi escritorio y salgo de la zona de oficinas para supervisar las mesas de actividades. Necesito respirar un poco y alejarme, o de lo contrario terminaré por hacerle caso a Ava... y empeorar las cosas con Tae.

En cuanto Na Ri entra acompañada por los niños y los cuatro adultos que los vigilan, la galería se vuelve felizmente ruidosa.

Ava y yo no podemos evitar seguir a la comitiva por las diferentes salas, escuchando las explicaciones que da Na Ri sobre los diferentes cuadros.

Hay niños que no prestan atención, pero hay otros que incluso están tomando notas.

Ahí están los futuros artistas, los que compartirán nuestra pasión por el arte.

Cuando llegamos a la sala Dalbit, veo a Tae Min apoyado en una de las paredes, observando con una sonrisa los rostros alegres de los niños al ver unas pinturas que seguramente les gustarán más.

Las que más llaman su atención son los cuadros del Gumiho , el zorro de nueve colas tradicional coreano.

En la versión que exponemos, la criatura no es más que un hermoso zorro con nueve colas, anaranjado o blanco, en paisajes tan hermosos como su aspecto, pero en la cultura coreana no deja de ser una criatura mitológica que se alimenta de corazones e hígados humanos.

―El Gumiho es una criatura de la cultura coreana ―explica Tae acercándose al cuadro―. Su apariencia es la de un zorro con nueve colas, pero puede presentarse también con apariencia humana. Es un espíritu guardián de la naturaleza, y castiga a los seres humanos que se atreven a dañarla.

Se acuclilla junto a la silla de ruedas de una niña que no deja de tomar notas y le sonríe, derritiéndola.

―Se dice que el Gumiho quiere convertirse en humano ―continúa―. Para lograrlo, necesita que un ser humano le ame conociendo su naturaleza. Hasta que lo encuentre, debe realizar buenas acciones para contentar a los dioses. De lo contrario, jamás pondrán en su camino a su alma gemela.

―¿Es usted un Gumiho ? ―susurra la niña.

―Quién sabe... ―bromea guiñándole― Tal vez estoy aquí para encontrar a mi alma gemela.

Sus ojos están fijos en los míos, y podría jurar que esas palabras tienen un significado mucho más profundo, dedicado a nosotros.

Pero no quiero hacerme ilusiones. Me trago el nudo que se me ha formado en la garganta y le observo mientras los demás niños le bombardean a preguntas sobre las diferentes leyendas coreanas.

Cuando termina, se acerca a mí y me frena para que el resto nos adelante.

―Soy bueno, ¿verdad? ―bromea.

―¿Te has tenido que estudiar la leyenda en media hora?

―Mi padre solía contármela cuando era pequeño ―responde.

―Nunca me has hablado de él.

―Murió cuando era demasiado joven. Lo único que recuerdo era aquellas noches en las que llegaba temprano a casa y me leía algunas leyendas. Siempre las adornaba exageradamente, y ambos terminábamos riendo tirados en la cama.

―Debes echarle mucho de menos.

―A veces, más de la cuenta.

El resto de la visita se me pasa volando. Tae se ha quedado con nosotros y ha participado en todas las actividades. No le ha importado mancharse de acuarela el traje de tres mil dólares, y se ha implicado con absolutamente todos los niños que han necesitado algún tipo de ayuda.

Será un padre increíble.

Y esa certeza me hace querer que sus hijos sean también míos, que todo este maldito malentendido termine y que podamos empezar de nuevo.

Porque esta vez, por mucho que su madre me amenace, no pienso dejarle.

Ya lo he decidido. Esta noche, cuando estemos sentados cenando, le contaré todo lo ocurrido. ¿Me creerá? Nunca lo sabré si no lo intento.

Nos dirigimos hacia la puerta de la galería para despedir a los niños, y Tae les entrega las bolsas de regalo asegurándose de decirles que son de parte nuestra, del equipo.

Mi atención se centra en un hombre que está mirando los cuadros de la entrada a través de las cristaleras.

Parece no encontrarse demasiado bien, pero me tenso cuando entra a la galería... y veo que tiene un cuchillo en la mano.

―Tae... ―susurro sin apartar la mirada del arma.