Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 31.  Sloan #2
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31.  Sloan #2

Sigue lamiéndome, acariciándome con cuidado, alargando el placer hasta que creo que voy a volverme loca.

No puedo más, es demasiado. Grito tanto que mi voz retumba en las paredes de la ducha, y su risa reverbera por mi carne provocándome otro orgasmo, mucho más largo e intenso que el primero.

Ahora sí, termino de rodillas en la ducha.

Tae besa mi culo, mi espalda, y sube hasta encontrar mi boca.

Le beso con ansia, porque estoy tan consumida por el orgasmo que necesito bebérmelo entero.

―Vamos, ven que te ayude.

Tomo la mano que me tiende y tira de mí hasta que me pega a su cuerpo. Su erección se clava entre mis muslos, pero no hace ningún intento de penetrarme. Sé que no lo hace porque en cualquier momento el repartidor estará llamando a la puerta, pero eso no evita que me cabree.

Que me cabree y que me sienta dolida.

Me aparto para lavarme de espaldas a él, aparentando una normalidad que no siento. Él parece no darse cuenta, coge el bote de gel y empieza a lavarse también.

Sale antes que yo, se envuelve en una toalla y regresa minutos más tarde con ropa de deporte y una muda de ropa para mí.

Sí, tengo ropa en su casa.

No porque yo la haya traído, sino porque él se ha encargado de comprarla para mí. También tengo un cepillo de dientes, productos de aseo y hasta algunos de mis libros favoritos.

Como esperaba, el repartidor llama a la puerta antes de que haya terminado de secarme. Tae se ocupa de atenderlo, y cuando salgo de la ducha está sentado en la cama, con las cajas de pizza en el centro y mi serie de Netflix en la televisión.

Siempre insiste en que esto es solo sexo, pero ni uno solo de sus gestos es coherente con esa afirmación.

Me siento en mi lado de la cama ―el que le robé accidentalmente cuando estuve encerrada― y tomo un trozo de mi pizza.

Él le da al botón y la serie empieza a reproducirse con un volumen realmente bajo.

No estoy atenta a la televisión. Como rápidamente y llevo los envases vacíos a la cocina, porque lo de la ducha me ha sabido a poco.

Cuando regreso a la habitación, Tae me atrapa en la puerta, completamente desnudo, y pega su boca a la mía.

Joder.

Sentir su polla caliente sobre mi estómago es más de lo que puedo soportar. Estoy sensible, demasiado, y cualquier roce de su piel me hace jadear.

―Llevas demasiada ropa.

Me saco la camisola por la cabeza y salto para enredar las piernas en sus caderas.

No llevo ropa interior, obviamente, y sus dedos rozan deliberadamente mi clítoris cuando me sujeta para no dejarme caer antes de llegar a la cama.

En cuanto caigo en ella, abro las piernas y pellizco mis pezones, tentándolo.

Él se acaricia la polla mirándome con una sonrisa, y sé que esto no va a ser solo una sesión normal de sexo.

―Tócate ―ordena―. Muéstrame cómo te tocas cuando estás sola.

―Fóllame, Tae. No estoy para jueguecitos.

―Si no te tocas, no voy a follarte. Aquí no das tú las órdenes, pequeña. Deberías saberlo a estas alturas.

Alargo la mano hacia mi coño y me acaricio con los dedos.

Los hundo en mi vagina hasta que están completamente resbaladizos, aparto mis labios y rodeo mi clítoris con uno de ellos, evitando el contacto directo.

Tae se muerde el labio inferior y aprieta su polla entre los dedos.

Abre más las piernas, se inclina y deja caer parte de su saliva sobre mis dedos.

Hunde los suyos dentro de mí, dentro y fuera, y tengo que concentrarme para poder acariciarme, porque con tanto placer termino perdiendo el hilo.

―Buena chica... ―ronronea― Tan buena...

Sigue bombeando dentro de mí con sus dedos, añadiendo un segundo y un tercero conforme mi orgasmo se acerca. Y cuando estoy a punto de lograrlo... los saca y aparta mi propia mano, encajándose entre mis muslos y penetrándome con fuerza.

―No vas a volver a correrte si no es con mi polla, nena.

Y me corro. Me corro tan fuerte que me duele todo el cuerpo de lo mucho que me tenso.

Mis ojos se llenan de destellos y siento que todo da vueltas a mi alrededor.

Tae me besa con fuerza, empezando a moverse dentro de mí.

Al principio lo hace lentamente, ondeando sus caderas a la perfección, creando una ola perfecta con la parte baja de su espalda, hundiéndose dentro de mí hasta el fondo.

Enrosco las piernas sobre su cintura y le salgo al encuentro, coordinando mis caderas con las suyas, apretándole dentro de mí y arrancándole gemidos que me hacen sentir poderosa.

―Vuelve a apretarme, pequeña ―gime a punto de correrse.

Obedezco, y siento su cálido semen inundar mi interior.

Tae cae sobre mí jadeando, con la espalda cubierta de sudor y el colgante de oro que lleva en el cuello sintiéndose frío en mi estómago.

Acaricio su cabello mientras recupera el aliento, me besa en el pecho y se tumba bocarriba en la cama, atrayéndome hacia su pecho.

Pero debo levantarme antes de que me entre sueño, o de lo contrario será una mañana más que abandone su cama al amanecer.

Porque sí, he estado huyendo todas las mañanas aunque a él le haya dicho que lo hacía para ir al trabajo.

Intento levantarme, pero me aprieta aún más contra su pecho.

―Tengo que irme ―susurro.

―Quédate.

―No puedo.

Se pone encima de mí e intenta convencerme besándome en el cuello. Y quiero ceder... de veras que quiero, pero si no pongo límites jamás pasaremos de esto. Me escurro por debajo de su brazo y me pongo de pie.

―¿En serio vas a irte? ―protesta.

―No puedo quedarme siempre a dormir contigo, Tae. Como tú bien dijiste, esto es solo sexo.

―¿Y qué coño tiene eso que ver con que te quedes?

―¿Todas las mujeres con las que has follado se han quedado a dormir?

―No es lo mismo.

―Claro que lo es.

Termino de ponerme el pantalón y me siento tan bien por haber sido capaz de marcar un límite que casi sonrío. Casi. Veo que se levanta, coge el pantalón de deporte del suelo y se lo pone de mala gana. Joder, está cabreadísimo, y la verdad es que me sienta muy bien haberlo llevado a ese punto.

―¿Qué haces? ―pregunto.

―Vestirme para llevarte a tu puta casa.

―Puedo coger un taxi.

―Sloan... Te advierto que estás tocándome los huevos más de la cuenta, así que lo mejor que puedes hacer es mantener esa preciosa boquita cerrada.

Me doy la vuelta para poder sonreír abiertamente. Termino de vestirme y él ya me está esperando en la puerta con las llaves del coche en una mano... y una chaqueta de cuero en la otra. Pone la chaqueta sobre mis hombros y bajamos al garaje para montarnos en su coche.

No dice ni una sola palabra hasta llegar a mi casa.

Me doy la vuelta para darle las buenas noches, pero sigue mirando a un punto fijo de la carretera frente a él.

En vistas de que no va a dirigirme la palabra, hago el intento de bajarme del coche, pero él me detiene, me sujeta por la nuca y pega su boca a la mía con fuerza.

Es un beso enfadado, duro, pero aun así me sabe a pura gloria.

Porque he ganado esta batalla, y con suerte, terminaré ganando la guerra para conquistar su corazón.