Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 31.  Sloan
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31.  Sloan

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H e quedado con Ethan después de mucho tiempo.

Lo he hecho en secreto, por supuesto... aunque los hombres de Joon Seo me estén vigilando.

Necesito explicarle muchas cosas... entre ellas que no podemos seguir hablando.

Si quiero lograr recuperar a Tae, debo sacrificar mi amistad con él.

Porque mientras Ethan esté en mi vida... Tae Min no confiará en mí.

No fue muy difícil encontrar su número, después de todo.

Solo tuve que poner su nombre en el buscador de internet y se abrieron inmediatamente cuatro páginas sobre su negocio...

del que conseguí el número. En cuanto la mujer que respondió la llamada le dijo quién era, Ethan se puso al teléfono...

ahorrándome tener que darle mi número, evitando así tener problemas con Tae por su culpa.

Quedamos en uno de esos restaurantes caros que a él tanto le gustan.

Era mi amigo y le apreciaba... pero no puedo negar que era un completo snob.

El maître me lleva a la mesa en la que está sentado Ethan.

Se pone de pie y me aparta la silla para que me siente, un gesto caballeroso que ahora mismo no me gusta nada.

Si Tae nos ve, o si sus hombres se lo cuentan...

―Me alegra que me hayas llamado, Sloan ―susurra acercando su silla a la mía―. Te he echado de menos, ¿sabes?

Aparto mi silla de la suya y respiro aliviada cuando el maître viene a tomarnos nota. No quiero su cercanía, no quiero que malinterprete mis intenciones al haberle pedido vernos.

―Han pasado diez años, Ethan. Demasiado tiempo.

―No cuando el último recuerdo que tengo de ti es un beso.

Trago saliva, cruzo los brazos sobre la mesa e inspiro con fuerza.

―Sobre eso... quería disculparme contigo.

―No tienes que disculparte, éramos solo unos críos.

―Debo hacerlo, porque no te besé porque quisiera. Y creo que lo sabes.

―Me usaste para romper con Tae Min ―asiente―. Lo entiendo. Estaba siendo demasiado intenso y fue la única manera que tuviste de alejarle. Pero ¿por qué te marchaste de repente?

―Necesitaba poner distancia. Vivir en la misma ciudad que él era... demasiado. Pero estás equivocado en una cosa, Ethan. No rompí porque fuera intenso. Lo hice porque me obligaron.

Se echa hacia atrás en su asiento y se cruza de brazos, mirándome con seriedad.

Animándome a seguir, o tal vez soy yo la única que lo percibe así.

El caso es que las palabras empiezan a salir sin control de mis labios.

Por qué me alejé de Tae, mis miedos, lo mal que lo pasé en Cleveland...

todo. Él me escucha con atención, asintiendo de vez en cuando y apretándome la mano a veces y, cuando he terminado mi relato, me tiende un pañuelo de lino para que me seque las lágrimas que he derramado sin darme cuenta.

―¿Y por qué has vuelto? ―me pregunta― Perdóname, pero no logro entenderlo. Y la manera en que te apartó de mí en la gala benéfica...

―Regresé porque creí que Tae ya habría regresado a Corea. Mi abuela se cayó, me quedé sin trabajo y... supuse que regresar sería lo mejor para las dos.

―¿Y cómo demonios te volviste a topar con él?

―Trabajo en su galería ―susurro―. Fue casualidad, pero el destino volvió a ponerlo en mi camino.

―Sloan...

―Tenemos algo, Ethan. No es nada serio, porque después de lo que pasó él no se fía de mí, pero quiero intentarlo. Quiero volver a estar con él, y, para eso, tú y yo debemos dejar de hablarnos.

―¿Por qué? ¿Porque al ricachón no le gusta que su chica hable con otros hombres?

Está enfadado, y no puedo culparlo.

―Porque eres el hombre con el que le hice creer que le engañaba, Ethan. Si nos ve juntos, pensará que la situación se está volviendo a repetir.

―¿Es un niño de diez años que no sabe diferenciar una amistad de una relación?

―No estoy haciendo esto porque Tae me lo haya pedido, Ethan. Lo hago por mí.

―O sea, que este almuerzo es una especie de despedida.

―Lo siento.

―Te estás equivocando, Sloan. Estás metiendo la pata hasta el fondo, pero es tu decisión. Si lo que quieres es que me aleje de ti lo haré, pero quiero que sepas que estaré ahí siempre que me necesites. Solo tienes que llamarme.

―Gracias, de verdad.

―No me las des. Por dentro estoy muy tentado de romperle la cara a ese idiota por hacerme perder a mi mejor amiga justo cuando creí recuperarla.

―Eres un buen hombre, Ethan. Un poco snob... pero un gran hombre.

Aprieto su mano sobre la mesa y me levanto para marcharme. Ni siquiera han traído la comida, pero lo único que quiero ahora es alejarme de él y volver a mi vida. A mi propósito.

El resto de la tarde pasa tranquila. Ava y yo estamos terminando de montar la próxima exposición de la galería, que por suerte para nosotras solo cuenta con pinturas en acuarela de varios artistas coreanos.

Lo bueno es que Joon ha sugerido incluir actividades para niños y organizar visitas guiadas de los colegios cercanos, así que esta vez tengo la sensación de que lo pasaremos en grande.

Estoy tan absorta en el trabajo que no me doy cuenta de lo tarde que se ha hecho. Ava recoge deprisa para irse con su novio ―sí, el chico de la tienda de móviles y ella están saliendo al fin―, y me quedo sola en la zona de oficinas terminando de guardar la documentación que hemos estado utilizando.

―Deja eso, es tarde.

Sonrío inconscientemente ante la voz de Tae. Siento sus manos sobre mis hombros justo antes de que su boca ataque mi cuello, y aparto la cabeza para permitirle un mejor acceso.

―¿Subes conmigo? ―pregunta― Podemos pedir algo de cena antes de centrarnos en actividades mucho más... interesantes.

―Esto solo era sexo, Tae.

―Tenemos que cenar, ¿no? No es como si fuera a llevarte a un restaurante caro.

Me tenso por un momento, pensando que sabe que he quedado con Ethan. Pero sus manos amasan mis pechos colándose por los botones abiertos de mi blusa, así que debe haber sido una coincidencia.

―Vale, déjame coger mis cosas.

―Date prisa.

Tae se marcha a apagar las luces mientras recojo rápidamente.

Tira de mí hacia su despacho, abre la puerta secreta y me arrastra hacia el pasillo interior.

Ya no me resulta tan extraño, aunque la primera vez que subimos por aquí a su ático me temblaron hasta las pestañas.

Pero es la forma más rápida de llegar...

y podemos empezar la diversión mientras subimos.

Hoy no es el caso. Hoy se limita a mirar la puerta cerrada mientras juguetea con el anillo que llevo en el dedo índice.

Un nudo de bruja sencillo, regalo de mi abuela.

Cuando las puertas se abren, tira de mí hasta la isla y saca de uno de los cajones los folletos que tiene guardados de sitios de comida.

―¿Qué prefieres? ―pregunta.

Estoy famélica, no comer en el almuerzo no ha sido la mejor idea, pero tampoco quiero desnudarme con el estómago inflamado por ponerme las botas.

―¿Pizza? ―sugiero.

Tae asiente mientras marca el número de la pizzería. Pide la suya con jamón, champiñones, maíz y extra de queso. La mía de pollo con alcachofas y champiñones, con base extrafina. Cuelga el teléfono y tira de mí hacia la ducha.

―Espera, el repartidor puede llegar en cualquier momento ―protesto, aunque no opongo ninguna resistencia.

―Treinta minutos, pequeña. Tiempo de sobra para los preliminares.

Se deshace de mi ropa rápidamente, lanzándola por el suelo.

Hace lo mismo con su traje y me arrastra hacia la ducha, con espacio suficiente para que entren cuatro personas.

Enciende el agua caliente y me enjabona el pelo con suavidad, masajeando mi cabeza y haciéndome gemir de placer.

Sonríe... y esa sonrisa hace aparecer los hoyuelos de sus mejillas, que me vuelven completamente loca.

―Eres demasiado fácil. ¿Lo sabías?

―A nadie le amarga un buen masaje capilar ―respondo encogiéndome de hombros.

Se ríe, enjuaga mi pelo... y se pone de rodillas.

Mis piernas tiemblan instintivamente y me apoyo contra la pared porque sé perfectamente lo que este cabronazo tiene en mente.

Acaricia mis muslos lentamente, rodeándolos hasta sujetarme por las nalgas.

En cuanto su lengua entra en contacto con mi carne, dejo de pensar.

El tacto suave de su lengua sobre mis labios consigue excitarme hasta niveles que no creía posibles.

Tae era bueno en el sexo durante la universidad, pero con los años...

mil veces más. Siento su lengua rodear mi clítoris y su dedo entra en mí con fuerza, rozando mi parte más sensible.

Clavo las uñas en la losa de la pared, intentando aferrarme a algo, pero Tae las coge y las lleva hasta sus hombros.

―Agarrate a mí, nena.

Los movimientos de su lengua se sienten tan bien como cada vez que decide comerme. Rodea mi clítoris, evitando tocarlo directamente, y la tensión se extiende sobre mí como un manto caliente. A su dedo invasor añade otro, y otro más, pero no es suficiente.

Nada es suficiente.

Le aparto de mí e intento que se ponga de pie. Él me mira con una ceja arqueada, pero le respondo dándome la vuelta y arqueando la espalda.

―Fóllame.

Escucho su risa, pero en vez de obedecerme vuelve a agacharse y mete su cabeza entre mis piernas, lamiéndome con más fuerza. Sus dedos entran y salen de mí, y estoy tan mojada que puedo escuchar los chapoteos de mi propia excitación.

Me voy a correr.

Siento la lengua de Tae entrar en mi vagina, su nariz rozar directamente mi clítoris, y me corro sin poder evitarlo. Mis muslos convulsionan y, si no fuera porque él me tiene bien sujeta, caería de rodillas por el placer tan intenso que estoy sintiendo.

Porque no ha parado con sus caricias.