28. Tae Min
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J oon entra en mi casa a primera hora de la mañana. Enciende la luz de mi habitación y abre de par en par las ventanas.
―¡Joder, hyung ! ―protesto, cubriéndome la cabeza con la almohada― ¡Es sábado!
―Levanta, tenemos cosas que hacer.
―Que yo sepa, no tenemos nada hasta esta noche.
―¿Vas a levantarte por las buenas o lo harás por las malas?
Y me levanto. Me levanto porque este hijo de puta es capaz de cualquier cosa por salirse con la suya. Le miro con fastidio y me rasco las bolas al pasar por su lado, sonriendo cuando pone cara de asco.
Me doy una ducha rápida, y cuando salgo al salón, Joon ya está preparando el desayuno. Sobreviví durante mi época de estudiante gracias a lo mucho que le gusta cocinar, porque si de mí hubiera dependido me habría alimentado a base de comida basura.
Me sirvo una taza de café bien cargado, robo una tortita del plato, le pongo un poco de sirope y me la como sentado en un taburete.
―¿Qué vamos a hacer?
―Yo me iré a casa en cuanto termine esto, tengo una reunión con mi padre. Tú... buscarte una acompañante para esta noche.
―¿Una acompañante para qué?
―Para la subasta, por supuesto.
―¿Tengo que ir? Ya vais Na Ri y tú.
―¿Te cogió la tarjeta?
―¿Qué tarjeta? ¿Y cuándo?
―Ayer se fue de compras con mi acompañante. Le dije que solo podía comprarse un vestido y... A lo que vamos. Sí, tienes que venir. Eres el restaurador del cuadro, lo lógico es que estés allí.
―¿Y a quién demonios voy a llevar? Puedo ir perfectamente solo.
―No, no puedes... porque si lo haces te van a ver como un caramelito social listo para el matrimonio.
Me recorre un escalofrío y mi primo se echa a reír.
―Es lo que pensaba. ¡Ah! Olvídate de Sloan.
―¿Por qué no puedo ir con ella? Trabaja en el museo, sería lo más normal.
―Exacto... y por eso es mi acompañante.
Escupo el café sobre su cara. Joon me mira con fastidio, se limpia con el trapo que tiene justo al lado y continúa haciendo tortitas.
―¿Por qué cojones tienes que llevarla a ella? ―protesto.
―Porque me da la gana. Porque puedo vigilarla. Porque sé que ella no intentará cazarme... ¿Quieres que siga?
―Vete a la mierda. ¿Y a quién demonios voy a llevar yo?
―Lleva a Sky.
―Está enferma, ¿recuerdas? Gripe.
―Cierto. Pues yo qué sé... conocerás a más mujeres, supongo. ¿Qué hay de aquella con la que te pillé hace unos meses en la cama?
―Para esa sí que sería un caramelito si vuelvo a llamarla.
Joon ríe, deja el plato de tortitas delante de mí y apoya los codos sobre la encimera.
―Llama a Emma.
―Ella tendrá que acudir obligatoriamente, seguro que ya tiene pareja.
―Inténtalo. Si no... puedes llevar a Ava. Me pareció escucharla ayer morirse de envidia cuando Sloan le contó que vendría conmigo.
―Ava habla demasiado. Lo intentaré primero con Emma.
―Yo me voy, que mi padre no deja de mandarme mensajes para que me conecte de una puta vez a la llamada.
―¿Algo grave?
―Intentos desesperados de encontrarme una esposa. ―Pone los ojos en blanco―. Estoy tentado de mentirle y decirle que Sloan es mi novia, en serio...
Le lanzo una tortita, que pilla al vuelo y se mete en la boca, mirándome con una sonrisa de suficiencia.
―Te gusta, admítelo de una buena vez ―me provoca.
―Que te jodan.
En cuanto Joon sale del apartamento, marco el número de Em.
―¡Madre mía! ¿Qué milagro ha ocurrido para que el ocupadísimo señor Han junior me haya llamado? ―bromea al descolgar.
―Tienes razón, soy un amigo de mierda, y quiero resarcirme. ¿Irás esta noche a la subasta?
―Es mi día libre. Tengo una increíble novela de macizos enmascarados esperándome.
―Olvídate de los enmascarados. Yo soy mucho más interesante... y te necesito desesperadamente.
―No voy a pisar el museo, Tae.
―¿Ni siquiera si te lo ruego?
―La oferta es muy tentadora... pero no.
―Vamos... Joon se ha quedado con mi acompañante y no puedo ir solo.
―¿Alguien va a comerte o algo así?
―¿A un millonario soltero? Más de una va a intentarlo.
―Te acompañaría, pero no tengo qué ponerme y no tengo tiempo de encontrar algo en tan poco tiempo.
―Déjamelo a mí, Em. Te recojo en... cuarenta minutos.
―Pero Tae...
No la dejo terminar porque he colgado el teléfono antes de que se niegue.
Desayuno deprisa, me pongo un pantalón de deporte y una camiseta y bajo a por mi coche.
Cuando aparco en la puerta de Emma, ella ya está saliendo del edificio.
Me besa en la mejilla al subir al coche y pongo rumbo a una de las muchas tiendas a las que he llevado a Na Ri a comprar ropa cuando tiene algún evento.
―No vuelvas a colgarme el teléfono ―protesta.
―¿Y darte la oportunidad de negarte?
―Iba a decirte que no puedo pagar mucho por el vestido.
―No vas a pagarlo tú, así que olvídate de eso.
―¡Ah, no! No voy a dejarte pagarlo.
―¿Y por qué demonios no? Soy tu amigo y puedo permitírmelo.
―No está bien.
―Si fuera Joon seguro que aceptarías.
―Si fuera Joon, tampoco le dejaría pagarlo.
Freno en seco y aparco a un lado de la carretera. Los coches empiezan a pitar por el movimiento brusco, pero me importa una mierda.
―Sloan ha vuelto a la ciudad.
Casi rompo a reír por su cara de asombro. Ella estuvo en ese tiempo a mi lado, así que sabe perfectamente todo lo que pasó.
―Trabaja en la galería ―continúo―, y hace dos noches terminé teniendo sexo con ella.
―¿Te has vuelto loco? ¡Tae!
―Solo es sexo.
―Ni tú mismo te lo crees. ¿Y por qué no vas con ella a la subasta?
―Porque Joon se me ha adelantado y le ha pedido que sea su acompañante.
Puedo ver el dolor en sus ojos, pero no voy a decir nada. Sospecho que a Em le gusta mi primo, pero mientras ella no me diga nada no pienso opinar sobre el tema. Además, no puedo decirle que la lleva para vigilarla, porque no sabe nada sobre nuestro “negocio” principal.
―Me estás usando de escudo, ¿no?
―No te estoy usando. Joon me obliga a asistir porque he restaurado el Monet, así que prefiero hacerlo contigo a ir yo solo. Será mucho más divertido si estás tú, y me salvarás de tener que aguantar a cazafortunas que intenten meterse en mi cama a la fuerza.
―No estamos en la época victoriana ―ríe ella.
―Es prácticamente igual, solo que con IPhones y Ferraris en la puerta.
―Esto no tiene nada que ver con que pagues o no el vestido.
―Tiene mucho que ver. Habrá gente con mucho dinero, y hoy no eres una trabajadora del museo. Eres la acompañante de uno de los herederos Han, y por eso debes ir vestida acorde a eso.
Recojo detrás de su oreja un mechón de pelo rizado y le sonrío con cariño.
―¿Qué pensarían de mí si no gasto en mi pareja unos miles de dólares para que esté deslumbrante?
―No le quitaré la etiqueta para poder devolverlo ―advierte.
―Con los zapatos no podrás hacerlo.
―Pues no te pases con el precio.
Ir de compras con Emma es una puta gozada, en serio.
En cuanto ha entrado a la tienda, ha elegido cinco vestidos, se ha metido en el probador y ha ido desfilando delante de mí hasta que alguno de ellos me ha parecido adecuado.
Se ha quedado con un vestido de Ralph Lauren azul oscuro que le sienta increíble.
Añado unos Manolo Blahnik de color plateado con el bolso a juego y nos dirigimos al mostrador.
―Disculpe... ―le digo a la dependienta― ¿Tiene unas tijeras?
La pobre me mira sin entender una mierda, pero me pasa las tijeras. Levanto el vestido del mostrador mirando a Emma con una sonrisa... y corto la maldita etiqueta.
En trocitos.
Para que no tenga forma de recomponerla.
―Te odio ―protesta―. Te odio muchísimo.
―Me quieres. Y esto te pasa por no querer aceptarme un regalo.
La dependienta ríe bajo, pone las cosas en bolsas y nos desea un buen día. Me dirijo a la joyería de la familia para proporcionarle joyas acordes a su atuendo. Ji Hoon me mira con una ceja arqueada cuando me ve acompañado de Emma, porque está acostumbrado a verla con mi primo.
―¿Trabajas aquí? ―pregunta ella acercándose― Creí que eras uno de los guardaespaldas de Joon.
―Cuando no me necesita me entretengo engarzando joyas ―responde, y tengo que sonreír porque parece estar sudando la gota gorda por tener que mentir.
―Ji Hoon es experto en gemología, así que mientras Mi Ra está de viaje en Busan se está ocupando de la joyería ―explico, sacándole del apuro.
―¿Qué necesitas? ―pregunta Hoon.
―Joyas para esta noche. Diamantes, le irán bien con su vestido.
―A ver lo que queda, porque Na Ri ha estado aquí hace poco... ―bromea.
Ji Hoon se acerca a las vitrinas, saca varias bandejas de terciopelo con juegos diferentes de joyas y las pone sobre la mesa.
―Elige ―le digo a Emma.
―Me siento como la protagonista de Pretty Woman ―bromea.
―Tú estás mucho más buena.
Emma me golpea con el hombro y saca con cuidado el primer collar de su caja. Es delicado, sencillo, una hilera de diamantes que toma forma de V sobre el pecho.
―Me gusta este.
―Puedes elegir el que quieras.
―¿También vas a regalármelo? ―protesta.
―Mi Ra me cortaría las pelotas, estas solo son prestadas.
―Creo que este es perfecto para el vestido que me has comprado.
Ji Hoon pone el collar con los pendientes y la pulsera a juego en una caja de terciopelo y la mete en una bolsa. Nos despedimos de él y llevo a Emma de vuelta a su casa.
―Te enviaré a un estilista para que...
―Alto ahí, Tae ―me interrumpe―. Soy perfectamente capaz de pagarme la peluquería.
―Te recogeré a las ocho. ¿O vas a irte en taxi? ―protesto.
―A las ocho está bien.
Me besa en la mejilla y se baja del coche. Me bajo también, abro el maletero y saco las bolsas, que me quita de las manos.
―¿Seguro que puedes con todo? ―pregunto al verla maniobrar con dificultad.
―Cargo esculturas pesadas todos los días, ¿tú que crees?
―Em... gracias.
―Eres tonto de remate. Venga, márchate. Seguro que tienes mucho que hacer.
―En realidad no. Estoy libre hasta esta noche.
―Entonces deja que suba esto y te invito a comer. Y como se te ocurra sacar esa tarjeta de satanás, te juro que te mato.
Sonrío y asiento. La espero y vamos al Soho, porque sé que le encanta la comida asiática. Elegimos un tailandés, hacemos nuestro pedido y ella se me queda mirando.
―¿Qué? ―pregunto.
―Cuéntame lo de Sloan. Quiero saberlo todo.
―Regresó a la ciudad hace un par de meses y Na Ri la contrató.
―¿Y me lo cuentas ahora?
―He estado bastante ocupado restaurando el Monet, Em.
―¿Y cómo demonios ha estado Na Ri para contratarla?
―No sabe nada sobre mi historia con ella.
―Pues cuéntasela.
―Parecen haberse vuelto muy cercanas, Em. Sabes que Na Ri tiene pocas amigas, no voy a hacerla perder una por mi culpa.
―Y has vuelto a acostarte con ella. ¿Has podido pasar página?
―No lo sé. Ya no la odio, pero sigo sin fiarme de ella. Es mi polla la que no colabora, que la desea tanto que no me deja pensar con claridad cuando ella está cerca.
―Sigues amándola.
―¿Alguna vez dejé de hacerlo?
―¿Has hablado con ella sobre aquello?
―¿Sobre por qué me fue infiel con Ethan Blackwell? Fue muy clara cuando me dejó, Em. Mi forma de amar era demasiado tóxica para ella.
―Eso es una gilipollez como una catedral. Ojalá encontrara a alguien que fuera así de tóxico conmigo...
―Sigo soltero, ¿sabes? ―bromeo.
―Tú no me sirves.
―Soy el creador del amor tóxico...
―Y como un hermano para mí.
―Desnudo gano mucho, te lo aseguro.
―Me estás revolviendo el estómago.
Emma deja las bromas a un lado y me mira con seriedad, con los brazos cruzados sobre la mesa.
―¿Cómo te sentiste después de acostarte con ella? ―pregunta― ¿Te arrepentiste?
―No... joder, no. Pero me asusté tanto por haber cedido que le dije que no significaba nada. Le propuse tener sexo sin compromiso hasta que alguno de los dos, o sea, yo, decida parar.
―Tae...
―En realidad fue algo así como una imposición, pero sé que ella estará más que dispuesta a repetir.
―Ella no me interesa. Quien me preocupa eres tú.
―No soy aquel joven iluso de hace diez años, Em. Estaré bien.
―¿Estás seguro?
No lo estoy, joder. No lo estoy en lo más mínimo.
Pero necesito esto, necesito estar con ella y deshacerme de este deseo que me consume, que me quema por dentro.
¿Corro el riesgo de volver a salir herido?
Desde luego. Pero, como dicen en Corea, Horangi gure gaya horangireul jabneunda .
Tienes que adentrarte en la guarida del tigre para atraparlo.
―Si me caigo, me levantaré.