Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 27.  Sloan
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27.  Sloan

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H e quedado para comer con Ava en cuanto he llegado a la galería. No he podido pegar ojo pensando en lo de ayer, en que mi plan para recuperar a Tae es una soberana tontería. Necesito desahogarme, conocer su opinión y verlo todo desde otra perspectiva.

Por suerte, Hoy Tae no ha aparecido por el trabajo. No sé si me está evitando deliberadamente o es que tiene algo de lo que ocuparse sobre su “otro trabajo”, pero en realidad agradezco no tener que enfrentarle. No podría hacerlo.

El camino de vuelta a mi casa lo hicimos en absoluto silencio. Él no apartó su atención de la carretera, y yo simulé hacer lo mismo. Aunque en realidad estaba temblando por dentro.

No significa nada.

Me repito esas palabras en mi mente una y otra vez para evitar ilusionarme. Necesito tener la mente clara para poder seguir adelante con todo esto si no quiero terminar con el corazón destrozado. Otra vez.

La mañana pasa en un suspiro mientras preparamos la nueva exposición.

Tenemos una reunión online con el artista Chae Woo Min para añadir sus obras, planificamos el envío de las obras de otros artistas y nos ocupamos de organizarlo todo en nuestro programa de planificación 3D, una maqueta virtual de la galería en la que podemos ver de manera clara dónde poner cada obra.

En cuanto el reloj marca las doce, Ava se levanta, coge su bolso y tira de mí hacia la puerta.

―¡Espera, mi bolso! ―exclamo intentando soltarme.

―Yo invito, date prisa.

Vamos a nuestra cafetería favorita y, después de pedir nuestro almuerzo, ocupamos una mesa cerca de las ventanas.

―Vamos, habla ―suelta Ava, haciéndome reír.

―¿Por qué piensas que tengo algo que contarte?

―Porque me has pedido venir las dos solas, así que tiene que ser algo importante y referente al director Han.

―Eres demasiado lista para mi bien. Sí, tienes razón. Tiene que ver con él.

―¿Qué ha pasado?

―Anoche, después de que te fueras, me quedé la última para salir. Cuando iba a marcharme me di la vuelta y él estaba ahí, mirándome. Yo estaba enfadada por un comentario hiriente que hizo cuando bajé a la sala de conservación ―miento― y quiso saber por qué estaba así.

―Se lo dijiste.

―Por supuesto. Y se disculpó, Ava. Se disculpó y yo me quedé de piedra. Por primera vez tuvimos una conversación medio cordial. Empezó a coquetear conmigo, y antes de darme cuenta estaba sentada en tu escritorio y él me estaba besando.

Sí, todo es una mentira enorme, pero no puedo contarle la verdad. Y me ha costado toda la noche urdir esta historia, así que no me lo tengáis en cuenta.

―Dime que no os lo montasteis en mi mesa... ―gime Ava.

―Claro que no. Trasladó la diversión a su despacho.

―¿Tuvisteis sexo?

―Sí, y fue espectacular. Mil veces mejor de lo que recordaba.

―Te odio tanto ahora mismo... ―bromea― ¿Eso quiere decir que las cosas están mejor?

―Si mejor significa que vamos a tener sexo casual a partir de ahora...

―Espérate, ¿cómo que sexo casual?

―Cuando terminamos Tae dijo que no significaba nada. Que solo había sido sexo consentido entre adultos, nada más. Y que iba a repetirse siempre que él quisiera.

―Maldito hijo de puta...

―Al principio me sentí destrozada, pero luego pensé que, si continuamos acostándonos, tendré más oportunidades de recuperarlo, ¿verdad?

―Bueno... Es evidentísimo que sigue sintiéndose atraído por ti, y dado que quiere repetir... Podrías intentarlo.

―Pero tengo miedo de que me rompa el corazón, Ava. ¿Y si nada funciona? ¿Y si para él realmente esto es solo sexo?

―Si fuera al revés... si él te hubiera roto el corazón, volviera después de tantos años y tú ya no sintieras nada por él, ¿os habríais acostado?

―No... claro que no. Pero no soy un hombre, no puedo saber lo que se le pasa por la cabeza.

―Los hombres no son tan diferentes de las mujeres, Sloan. Sienten y padecen igual que nosotras.

―Eso ya lo sé, no me refería a eso.

―¿Entonces?

―¿Y si se ha dado cuenta de que yo siento algo por él y está usando el sexo para vengarse de mí?

―Eso no puedes saberlo. Pero te digo algo: quien no arriesga, no gana. Y es preferible arriesgarse a que te rompan el corazón a no saber nunca si estabas equivocada.

―Supongo que tienes razón.

―Si yo estuviera en tu lugar, lo intentaría. Pero no vale solo con tener sexo. No vais a tener citas, así que solo cuentas con el tiempo de antes y después para hacerle cambiar de opinión respecto a ti.

―Ya no me odia ―susurro―. O al menos, eso es lo que me dijo. Pero no confía en mí, que es muchísimo peor.

―Puedes recuperar su confianza. Puedes contarle la verdad, Sloan.

―¿Crees de verdad que me creería después de diez años?

―Supongo que no.

―Si hubiera sido valiente entonces y se lo hubiera contado, me habría creído sin dudar una palabra. Pero ahora... ahora sería como tirar piedras sobre mi propio tejado. Es mejor que siga creyendo que le engañé con Ethan.

―Le amas, así que lucha con todo lo que tienes por recuperarlo. En el amor y la guerra todo vale, nena.

Sonrío sin poder evitarlo.

―Quien no arriesga no gana, ¿no?

―¡Esa es mi chica!

Vuelvo a la galería mucho más animada después de hablar con mi mejor amiga. Entramos cogidas del brazo, pero Na Ri nos intercepta antes de poder llegar a nuestros puestos de trabajo.

―Sloan, el jefe quiere vernos ―me informa.

Por su mirada sé que su petición no tiene nada que ver con la galería, sino con lo que se cuece debajo.

Empiezo a temblar incontrolablemente, aunque intento que Ava no lo note.

Asiento sonriendo y la sigo hasta el despacho del presidente Han, que está sentado en su escritorio, teniendo una videollamada con alguien que habla en coreano.

― Ne, da junbi dwaesseoyo. Geurimeun naeil achim iljjik Busan-euro chulbalhal geomnida.

No tengo ni idea de lo que dice. Solo he entendido sí y Busan, pero tampoco es que tenga muchas ganas de involucrarme más en todo esto. Me siento junto a Na Ri en las sillas que hay frente al escritorio y espero pacientemente hasta que termina la llamada.

―Perdonadme, era importante ―se disculpa―. Os he llamado porque mañana es la subasta en el museo. La subasta del Monet.

Me tenso inmediatamente. ¿Qué tengo que ver yo en todo esto?

―Vendrás conmigo, Sloan ―continúa.

―¿Yo? ¿Por qué?

―Porque necesito un acompañante y eres tan buena como cualquier otra. Y porque podré mantenerte vigilada, que es lo que importa.

Repetirle que no hablaré sería gastar saliva de forma innecesaria, así que asiento. Tendré que ir a comprarme algo de ropa, porque no creo tener nada adecuado para este tipo de eventos.

Veo que el presidente Han desliza una black card sobre el escritorio y se la entrega a Na Ri.

―Tomaos el resto de la tarde libre e iros de compras ―ordena.

―¿Sin límite? ―pregunta ella esperanzada.

Por un momento he visto sus ojos iluminarse con estrellitas como en los Anime, y rompo a reír. El presidente Han me mira con una ceja arqueada, pero puedo ver en sus labios un amago de sonrisa.

―Por la mirada de Na Ri, creo que va a arrepentirse enormemente de eso, presidente Han ―aclaro.

―Sé que lo haré ―protesta mirando a Na Ri―. Y por favor, deja de llamarme presidente Han. Si vas a ser mi acompañante en la subasta, deberías llamarme por mi nombre.

―Lo intentaré.

―La idea es que le compres ropa a ella, dongsaeng ―le advierte a su hermana―. Tu armario está a rebosar y no necesitas dejarme sin fondos.

―¡ Oppa ...

―Solo un vestido, Na Ri. Hablo en serio.

―Tendré que comprarme zapatos y complementos a juego...

―Solo el vestido.

―Bien... ―suspira levantándose― Le pediré su tarjeta a Tae oppa para comprar el resto.

Joon Seo pone los ojos en blanco, pero sonríe. Me levanto también y sigo a Na Ri hacia la salida.

―Una cosa más, Sloan... Te recogeré a las ocho.

Asiento y salgo del despacho con una Na Ri llena de alegría. Ava me mira interrogante, pero espero a que Na Ri vaya a su despacho a recoger sus cosas para explicarle lo que ha pasado.

―El presidente Han me ha pedido que sea su acompañante en una subasta de arte mañana ―le explico.

―¿El director Han? ¿Por qué?

Mierda... ¿Ahora cómo salgo de esta?

―Debemos llevar el Monet restaurado, supongo que necesitará mi ayuda para algo.

―Cuánto te odio, en serio... ―protesta arrugando la nariz― ¿Y si te cambio el puesto y voy en tu lugar? Me gustaría ver lo que se cuece en una subasta como esta. ¿Tienes qué ponerte?

―Me ha dado la tarde libre para poder ir a comprarme algo. Suerte que aún tengo ahorros de mi despido anterior ―miento.

―Cómprate un vestido increíble, no todos los días va una acompañando a uno de los millonarios solteros más codiciados de la ciudad.

―No es para nada mi tipo y lo sabes ―protesto riendo.

―Tu tipo lleva sus genes, ¿no? Por cierto, ¿sabes si él también irá?

Dios santo, espero que no. Aún no hemos hablado después de lo de anoche y sería muy incómodo encontrarnos en un lugar así, lleno de gente importante.

Aunque tal vez le vendría bien a mi causa que me viera con su primo.

O simplemente soy idiota, porque su primo y él parecen llevarse muy bien, y apuesto a que Joon Seo jamás intentaría levantarle una chica.

Na Ri regresa, enlaza su brazo con el mío y, después de despedirnos de Ava ―que nos asegura que nos odia por poder irnos de compras―, nos montamos en el deportivo rojo que tiene aparcado en la puerta.

―La cosa va así, Sloan ―empieza a decir―. Esta subasta es muy importante. Habrá gente muy rica e influyente, millonarios exhibiendo sus joyas más caras y sus trajes de diseñador.

Se detiene en un semáforo y levanta sus gafas de sol.

―Como acompañante de mi hermano, tienes que ir vestida de manera impecable ―continúa―. Lo que se traduce en que no te quiero escuchar decir ni una sola vez “es muy caro” o “es demasiado”. Joon tiene dinero más que de sobra para permitirse gastar unos miles de dólares en su acompañante, ¿entendido?

―Me das miedo, en serio ―bromeo.

―Debería. Adoro las compras. Son mi pasatiempo preferido. ¿Lista?

―Eh... ¿no?

Na Ri ríe, pone la música a todo volumen y arranca el coche en dirección al SoHo. Estamos a veinte minutos andando, pero supongo que tiene intención de hacer que la tarjeta de su hermano eche humo.

Detiene el coche delante de Khaite, una tienda en la que ni en mis mejores sueños habría pensado en entrar.

Un suv negro aparca justo detrás de nosotras, y dos hombres asiáticos se apresuran a abrirnos la puerta de la tienda.

No reconozco a ninguno de mi incursión al sótano mafioso, pero estoy completamente segura de que saben quién soy.

―Guardaespaldas ―aclara Na Ri―. Mi hermano es sobreprotector en exceso.

Cuatro horas más tarde, Na Ri me deja en casa cargando con varias bolsas de alta costura, zapatos de Jimmy Choo y joyas de la joyería de los Han ―esas, por desgracia, las tendré que devolver―. Cuando mi abuela me ve llegar, levanta una ceja.

―¿Te ha tocado la lotería y yo sin saberlo? ―pregunta.

―Mañana tengo que acompañar al presidente de mi galería a una subasta benéfica y tengo que ponerme todo esto. Es prestado, tendré que devolverlo el lunes.

―Ya es rata tu jefe ―protesta.

No voy a explicarle que solo tengo que devolver las joyas. Me siento a su lado en el sillón y me entretengo mostrándole todo.

Pero llega la hora de acostarme, y Tae ni siquiera ha llamado.

¿Se estará arrepintiendo de haberme sugerido tener sexo sin compromiso o estará ocupado?

Lo que sea.

Espero que vaya a la subasta, porque si me ve con este espectacular vestido y no se le hace la boca agua, no habrá nada que pueda hacer para ganarme su confianza.