Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 26.  Tae Min
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26.  Tae Min

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N o he podido dormir en toda la maldita noche por lo que pasó con Sloan en la galería. ¿Me arrepiento? Ni de puta coña. ¿Quiero que se vuelva a repetir lo antes posible? Te lo aseguro.

Sentirla rodear mi polla, arañarme la espalda y gemir en mi boca ha sido tan excitante que solo de pensarlo me pongo como una roca. Y no debería, joder. No debería reaccionar así por una mujer en la que no confío una mierda.

Salgo de la cama y me doy una ducha. Tengo que apartar a Sloan de mi cabeza por hoy, porque hay algo más importante de lo que debo ocuparme: Sky.

No he vuelto a verla desde aquella maldita noche, mucho menos a hablar con ella. Estaba cabreado, sí, pero realmente lo he hecho porque me corroe la culpa.

No debería haberla castigado como lo hice, joder.

Sé que no lo entiende, y por eso no debería haberla tomado con ella.

Me pongo ropa de deporte y bajo a la organización. Esperaba encontrarla en el gimnasio, como cada mañana, pero hoy no está por ninguna parte. Mierda.

Lux, una de sus subordinadas, está en uno de los sacos de boxeo. Me acerco y lo sujeto mientras ella da unos cuantos golpes, y me sonríe en agradecimiento.

―Está en casa ―explica―. Ha llamado para decir que no se encuentra bien.

―¿Está enferma?

―Creo que ha pillado un resfriado. Estaría bien que alguien le llevara antigripales y una sopa caliente de pollo.

Sonrío sin poder evitarlo.

―Muy sutil, Lux. Ya lo pillo.

―Mira... No voy a decir que te equivocaste porque en tu posición hiciste lo que debías, pero... Deberías haber dejado que el castigo lo impusiera otro.

―Me dolió más a mí que a ella, te lo aseguro.

―Se siente traicionada, Tae. Siente que ha perdido tu confianza por culpa de esa mujer.

―Eso es una auténtica gilipollez. La situación con Sloan es... complicada.

―Pues tal vez deberías habérsela explicado antes de dejarla a cargo de ella, ¿no te parece?

―Tienes razón. ¿Sopa de pollo, dices?

―Sería mejor jok , pero dudo mucho que puedas encontrarlo.

―Encontrarlo no... pero sí hacerlo.

El jok viene a ser el equivalente tailandés de las gachas de arroz coreanas, solo que más cremoso y espeso. No puede ser tan difícil hacerlo, solo tengo que dejar el arroz cocerse un poco más a fuego lento.

Vuelvo a mi casa para prepararlo. El frigorífico está casi vacío, pero aún me queda un poco de sopa de pollo que me trajo Na Ri anoche, puede servirme.

Desmenuzo bien el pollo y hago el arroz con la sopa.

Nada mal. Lo vierto en un termo y bajo al garaje a por el coche.

Me detengo en una farmacia de camino a casa de Sky y compro cualquier cosa que pueda ser de ayuda: antigripales, analgésicos, un test de covid, un Gatorade, un frasco de Vicks y un paquete de pañuelos.

No necesito esperar a que abra porque me sé su clave de memoria, igual que ella se sabe la mía.

Cuando entro al piso es más que evidente que Sky no se encuentra nada bien.

Las cortinas están cerradas, el aire está viciado y los platos de la cena de anoche están en el fregadero.

Sky es una maniática de la limpieza, así que tiene que estar muriéndose para no haber fregado los cacharros.

Dejo la bolsa en la isla y, tras asegurarme de que está dormida y que no tiene fiebre, me subo las mangas para empezar a limpiar todo este desastre. Abro las cortinas y las ventanas del balcón procurando cerrar su puerta antes. Una hora después, el piso está medianamente aceptable.

Caliento las gachas un poco y las vierto en un plato.

Me cuelgo la bolsa de la farmacia en el brazo y abro la puerta de su cuarto.

Ella está aún dormida, acurrucada entre un nido de mantas y cojines.

Golpeo con los nudillos suavemente en la puerta abierta, y el bulto que hay en mitad del nido asoma los ojos por encima de las mantas.

―¿Qué haces aquí? ―Joder, su voz es terrorífica―. Vete a casa, te vas a contagiar.

―¿Cómo estás?

―Como la mierda. Creo que es una nueva cepa de covid que está a punto de matarme.

Río quedamente y dejo el bol de gachas sobre la mesilla. Saco de la bolsa la bebida isotónica, sirvo un poco en un vaso y la ayudo a incorporarse.

―Vamos, bebe un poco ―susurro―. Tienes que hidratarte.

Sky obedece, pero cuando intento acercarle una cucharada de gachas aparta el rostro, mirándome con una ceja arqueada. El corte de su cuello apenas se nota, pero jamás podré borrarlo de mi conciencia.

―¿Quién lo ha hecho? ―pregunta.

―¿Quién iba a hacerlo sino yo? Vamos, come.

―¿Lo has probado?

―¡Pues claro que lo he probado! ¿Tan poco te fías de mis artes culinarias?

―Ni un poquito.

―Está bueno... Vamos, prueba un poco.

Abre la boca sin dejar de mirarme con sospecha, pero es cierto que está bueno, joder.

Cuando se asegura de que no es una comida radiactiva, me quita la cuchara de la mano y la mete ella misma en el tazón.

Lo deja vacío. Le doy un analgésico, hacemos la prueba para asegurarnos de que solo es una gripe fuerte y la hago sentarse en el sillón junto a la ventana para cambiar las sábanas.

Lleno en el cuarto de baño un pequeño barreño con agua templada para limpiarla.

Costumbres asiáticas, ya lo sé. Sky me deja limpiarle los brazos, el cuello y la cara, pero me quita el paño para darse ella misma en el estómago y el resto del cuerpo.

Una vez ha terminado, la ayudo a meterse de nuevo en la cama y me siento a su lado.

―¿Necesitas algo más? ―pregunto.

―Que te vayas para poder dormir.

―Sky... Lo siento.

Lo he dicho sin pensar, pero es verdad que lo lamento. Ella me mira un momento, suspira y se baja las mantas hasta el pecho.

―No sabía que ella significaba tanto para ti ―explica―. La verdad es que en ese momento la odiaba por haberte hecho tanto daño en el pasado y quise hacerle pagar por ello.

―Lo sé ―susurro.

―No pensé que pudiera afectarte tanto. En cuanto al corte del cuello... te juro que fue sin querer. Estaba tocándome los ovarios más de la cuenta y quería asustarla. No pensé que mi daga pudiera estar tan afilada.

―Te creo, Sky. De verdad.

―Te escuché demasiadas veces llorar por ella, Tae. Más de las que podía soportar. Eres para mí como un hermano y...

Asiento, porque entiendo su punto.

―Pero por otra parte, comprendo que desobedecí tus órdenes y tenía que pagar por ello ―continúa―. Si yo hubiera estado en tu lugar, habría actuado de la misma manera.

―Fue una auténtica tortura, en serio.

―Sé que no fue nada fácil para ti. La sigues amando, ¿no es cierto?

―Ni siquiera sé lo que siento. Hay veces que quiero besarla hasta morir y otras quiero hacerle pagar por lo que me hizo. Anoche... terminé follándomela, Sky.

―¿Y cómo te sentiste?

―Joder, fue... increíble. Mucho mejor de lo que recordaba. Fue tan bueno que no duré ni diez miserables minutos ―me lamento.

―Pero...

―Pero me arrepentí en cuanto me aparté de ella.

―¿Por qué?

―Por todo. Porque debería odiarla. Porque no confío una mierda en ella. Porque sé que involucrarme es un error de dimensiones épicas... y aun así le dije que iba a follármela siempre que me diera la gana, sin ataduras.

―Muy hombre de las cavernas, sí señor ―me reprocha.

―Créeme, te aseguro que ella estará más que dispuesta. Tengo en la espalda marcas que lo corroboran.

―No soy la más indicada para dar consejos, pero creo que te estás equivocando.

―No hay que ser muy listo para saber eso ―sonrío.

―La amas. Porque si no la amaras no habrías reaccionado conmigo como lo hiciste. Y si te acuestas con ella, si sigues acercándote, vas a terminar totalmente enganchado.

―No confío en ella.

―Yo tampoco. Y es por eso que creo que lo que estás haciendo es dar un salto suicida. Pero eres grandecito para saber lo que haces, y si te pegas la hostia... estaré aquí mismo para recogerte.

―Sabes que te quiero, ¿verdad?

―No te pongas sentimental ahora, Han... que estoy griposa y sensible.

Sonrío al ver una lágrima rodar por su mejilla. Me acomodo con la espalda apoyada en el respaldo y la atraigo hacia mi pecho para abrazarla.

―Sensiblona...

―Idiota...

―Venga, duérmete. Me quedaré contigo hasta que te sientas un poco mejor.

―¿No tienes cosas que hacer?

―Pueden esperar.

Sky sonríe, se acurruca en mi pecho y suspira, quedándose dormida casi al instante. Me suelto de su agarre y la dejo tranquila. Me instalo en su salón con mi portátil y le hago una videollamada a Woo Sung para ver cómo lleva el Monet.

―¿Esa es la casa de Sky? ―pregunta nada más descolgar.

―Está enferma ―asiento―. ¿Cómo vas con el Monet?

―Estoy dándole los últimos retoques. ―Lo enfoca con la cámara de su móvil―. ¿Qué te parece?

―Está perfecto, Sung, como siempre. Has hecho un gran trabajo.

―Gracias a tu ayuda. Si no hubieras logrado el pigmento no habría podido terminarlo.

―Para eso estamos, hombre.

―¿Necesitas que vaya a echarte una mano? He terminado con todo por aquí.

―Lo tengo controlado. Sal de ahí y ve a tomar el aire. Sé que no has salido de tu despacho desde que te encargamos hacer lo del cuadro.

―Voy a comprarme un café y a pasear un rato ―responde estirándose―. ¿Quieres que te lleve uno?

―La idea es que respires aire fresco y te distraigas, Sung, no que salgas de un lugar cerrado para meterte en otro.

―Estoy preocupado por ella. Ayer... no se veía demasiado bien.

―Solo es gripe. Estará bien en un par de días.

―¿Mi gran hombre está preocupado por mí?

Miro hacia la puerta de la habitación para ver a Sky de pie, acercándose. Se sienta a mi lado y me quita el portátil para tener toda la atención de Sung.

―Hola, mi amor ―susurra― ¿Me echas de menos?

Sung bufa y pone los ojos en blanco.

―Sigue soñando. ¿Cómo estás?

―Agotada, pero el jefe me ha preparado jok y estoy recuperando fuerzas.

―¿Tae ha cocinado? ―pregunta Sung con sorpresa.

―¿Puedes creerlo? Debía estar muy arrepentido por castigarme, ¿no te parece?

―Definitivamente... Voy a tener que portarme mal yo también.

―¿Queréis parar? ―protesto― Los dos.

―Me alegro de verte mejor, Sky ―susurra Sung―. Estaba muy preocupado.

―No vas a deshacerte de mí tan pronto, canalla. Mañana estaré de vuelta para patearte tu perfecto y redondeado trasero.

―Me preocupo por ti, ¿y quieres patearte?

―¿Prefieres que te bese?

Sung pone cara de asco, haciéndonos reír.

―No te ofendas, pero eres demasiado vieja para mí.

―¡Solo tengo treinta y cuatro!

Sung sonríe y cuelga. Sky se deja caer inmediatamente contra mí, y parece estar agotada.

―¿Por qué coño te has levantado? ―protesto.

―Porque sé lo mal que se pone cuando se preocupa. ¿Ha terminado?

―Está dando los últimos retoques.

―Gracias a dios. Ha sido una tarea muy difícil para él. Nunca le había visto tan frustrado.

―Es un cabezota. No sé cómo decirle que me pida ayuda si algo no le cuadra.

―Ya sabes cómo es. ―Se pone de pie―. Deberías irte a casa. Voy a volver a la cama y solo pienso levantarme para hacer pis, así que no me haces falta.

―Tendrás que comer, ¿no?

―Créeme, soy perfectamente capaz de llamar a mi restaurante preferido y abrirle la puerta al repartidor. Lárgate.

―¿Segura?

―Completamente. Tienes cosas mucho más importantes en las que pensar... Cierra la puerta al salir.