25. Sloan #2
Desliza las bragas por mis piernas tan lentamente que me hace gemir.
Se las guarda en el bolsillo del pantalón y abre bien mis piernas para situarse entre ellas, con su rostro a pocos centímetros de mi sexo.
Mi clítoris late de anticipación, pero Tae se entretiene mordisqueando la parte interna de mis muslos, lamiendo la piel maltratada y rozándome apenas con su barba incipiente, lo que me produce un cosquilleo de placer que sube por mi espalda.
No puedo dejar de mirarlo.
Su boca succiona mi clítoris de repente y suelto un grito ahogado, arqueando la espalda. Siento su risa reverberar en mi carne y su lengua lame toda mi raja de una sola pasada.
―Deliciosa ―susurra.
Hunde un dedo en mi interior y todo mi ser colapsa.
Estoy cerca del orgasmo a pesar de que aún no ha empezado a tocarme, y siento que moriré antes de que termine conmigo.
Los movimientos dentro de mí son tan precisos que parece que no ha pasado ni un solo día desde que nos separamos.
Alcanza mi punto G con tal pericia que mis muslos tiemblan esperando el orgasmo.
Voy a entrar en combustión instantánea.
Apoyo los pies sobre sus hombros y abro más las piernas.
Tae rodea mi clítoris con la lengua, lo mordisquea y suaviza el ardor succionándolo con fuerza, y creo que he perdido cualquier capacidad de pensar.
El placer raya el dolor, y es tan intenso que veo puntos brillantes a través de mis párpados cerrados.
Estoy tan cerca...
Pero Tae se pone de pie, rodea mi cintura con el brazo y me pega con fuerza a su pecho, hundiendo la lengua en mi boca y haciendo que me saboree.
―Si vas a correrte, pequeña, será cuando esté dentro de ti.
Y solo estas palabras son el detonante de mi orgasmo.
Esas palabras y el roce de su polla dura contra mi clítoris hacen que convulsione y mi cuerpo entero colapse.
Tae me mira con fastidio, pero el amago de sonrisa en sus labios me dice que sabía perfectamente el efecto que tendrían sus palabras en mí.
Alarga la mano hacia el cajón del escritorio y saca una caja de preservativos.
―Veo que has traído aquí a alguna que otra conquista.
Las palabras han escapado de mis labios sin poder evitarlo, pero no hay vuelta atrás. Tae ríe quedamente, rompe el precinto y quita el envoltorio de plástico a la caja. Saca un preservativo y lo deja sobre la mesa para poder desabrocharse la camisa.
―Los he traído esta mañana porque tenía toda la intención de follarte hoy ―confiesa sin vergüenza.
―Estabas demasiado convencido de que me rendiría, ¿no?
―Lo has hecho, ¿verdad?
Tiene razón, desde luego. Pero eso no evita que me moleste su seguridad en que conseguiría abrirme de piernas tan rápido.
Tae se baja los pantalones y cualquier pensamiento acerca de replicar a eso abandona mi mente.
Su polla es tan jodidamente bonita como la recordaba. Podría decir dónde está cada lunar, cada vena o cada parte extremadamente sensible.
Cojo el preservativo y rasgo el envoltorio con los dientes, asegurándome de no cargarme el látex.
Cuando mi mano se enrosca alrededor de su erección, Tae sisea, pero acerca las caderas para permitirme desenrollar el condón lentamente.
Cuando he terminado, me sujeta con fuerza por el cuello, levanta mi rostro y hunde la lengua en mi boca a la vez que su polla se hunde dentro de mí.
Centímetro a centímetro, tan lentamente que gimoteo llena de frustración.
Lo quiero fuerte. Quiero que se clave en mí hasta el fondo, recordándome que es el único que ha estado dentro de mí.
Después de tanto tiempo, todo se siente más intenso. Mi vagina se extiende a su alrededor y me siento llena. Completa. Y cuando Tae empieza a moverse yo... dejo de pensar.
A través de la niebla que me provocan las increíbles sensaciones puedo escucharme a mí misma gritando. La respiración jadeante de Tae calienta mi cuello, y no sé por qué, pero quiero que me muerda. Que me marque.
En vez de hacerlo, atrapa de nuevo mi boca y hunde la lengua en ella con desesperación, con movimientos erráticos, como si él estuviese tan perdido en la vorágine de sensaciones como yo.
Cada vez más deprisa, cada vez más profundo. Tae se mueve dentro de mí con una desesperación que roza la mía, y lo aprieto con fuerza contra mí, clavando mis uñas en su espalda.
El medallón de oro que cuelga en su garganta llama mi atención, pero no soy capaz de pensar en otra cosa que no sean las manos de Tae amasando mis pechos, sus dedos pellizcando mis pezones como sabe que me gusta o su erección golpeándome en lo más profundo de mi ser.
―¡Oh, joder, sí!
Tae cada vez se mueve más deprisa, y cuando hunde la mano entre nuestros cuerpos para rozar mi clítoris con los dedos, me convulsiono a su alrededor, quedando completamente agotada.
Tae me embiste unas cuantas veces más, se pone tenso y deja escapar un gemido cuando se corre también, jadeando pesadamente en mi oído.
Ni siquiera sé cuánto tiempo permanecemos así, sin movernos. Él con las manos apoyadas en el escritorio a ambos lados de mi cuerpo y yo rodeándole el cuello. Me aparta lentamente y se da la vuelta para deshacerse del preservativo y empezar a vestirse.
Y algo dentro de mí se rompe porque sé que se está arrepintiendo.
―Esto no significa nada ―susurra―. Sexo consentido entre adultos, nada más.
Lo sé. Maldita sea, lo sé.
Pero eso no hace que duela menos.
―Nadie te ha pedido matrimonio ―protesto, dando un salto de la mesa y poniéndome bien la ropa.
―Te llevaré a casa.
―No es necesario. Como acabas de decir, esto solo es sexo. ¿Me devuelves mis bragas, por favor?
―He dicho que te llevo a casa ―insiste―. Y las bragas dalas por perdidas. Son mi pequeño trofeo de hoy.
―¿Eso ha sido esto para ti? ¿Un maldito premio a conseguir? Entonces te aseguro que no volverá a ocurrir. Y no te molestes en llevarme a casa, puedo hacerlo...
Me aprisiona contra la pared y pega su boca a la mía con fuerza. No profundiza el beso, solo magulla mis labios con los suyos.
―Te he dado la oportunidad de apartarme antes de llegar más lejos y no lo has hecho, así que no pienses ni por un momento que esto es todo lo que va a pasar entre nosotros. Voy a follarte cuantas veces quiera y tú vas a estar más que dispuesta a que lo haga.
―¿Vas a forzarme si no quiero hacerlo?
―¿Piensas que soy estúpido, pequeña? Deseas que te folle tanto como yo, así que no te hagas la digna y acepta lo que te ofrezco. No esperes más que sexo sin ataduras, porque no confío en ti y no voy a darte más que eso.
―Eres un hijo de puta ―escupo.
―Nunca he dicho que sea un santo, Sloan. Este hijo de puta es el que te hace gritar cuando entierra su polla dentro de ti, así que tendrás que aguantarlo.
―Te dejo follarme cuando quieras, ¿y qué pasa cuando te canses de mí, Tae? ¿Tendré que buscarme otro trabajo?
―No voy a interferir en tu puto trabajo. Eres buena en lo que haces y Na Ri me cortará las pelotas si se me ocurre hacer algo para que te marches, así que cuando esto se termine no volveré a pisar la galería para que te sientas cómoda.
Cuando se acabe. No si se acaba. Trago saliva.
―Y ahora, sé una buena chica y mueve tu culo hasta la salida para que pueda llevarte a casa.
Me da la vuelta y me da una palmada en el trasero que resuena por toda la habitación. Le miro con fastidio... pero echo a andar obedientemente hacia la puerta.
Porque aunque crea que él es quien tiene la última palabra, no es así.
Tener sexo sin compromiso con él nos da la cercanía necesaria para poder recuperar su confianza y, lo mejor, poder volver a ganarme su corazón.
Porque del amor al odio hay un paso, director Han. Y voy a hacer todo lo que esté en mi mano para lograrle hacerle andar.