25. Sloan
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V olver al trabajo no ha sido en absoluto como imaginaba.
Mis compañeros me han recibido con una sonrisa, preguntándome si el viaje ha sido duro, si el gran jefe me ha hecho trabajar mucho y si me ha dado tiempo de hacer algo de turismo.
Como Na Ri me dijo ayer, todo el mundo se ha creído su coartada.
Todo continúa exactamente como antes... soy yo la que ha cambiado.
Ahora no puedo dejar de pensar que, bajo nuestros pies, se mueve una organización criminal que se dedica al tráfico de arte y no sé qué delitos más. Que tal vez, inconscientemente, estemos colaborando con ellos ante la policía y, lo más importante: que Tae Min es uno de los jefes.
Lo peor de todo es que eso no hace que mi amor por él desaparezca.
Puede ser un criminal, tal vez un asesino, pero sigo amándole tanto como siempre. ¿Estoy completamente loca? Probablemente.
―Sloan, ¿puedes echarle un último vistazo a esto antes de enviarlo? ―pregunta Ava.
Asiento y centro mi atención en la pantalla para repasar el informe de los objetos que han llegado hoy para la nueva exposición de la galería.
Esta vez, por suerte para nosotras, se trata de una exposición puramente de cuadros en acuarela.
Solo tenemos que situar las obras de cada autor en una sala, lo que nos da mucho menos trabajo que la exposición anterior, donde había fotografía, cerámica y tejidos.
―¿No te parece que las pinturas que has elegido para la sala Dalbit son muy similares a las que tenemos ahora? ―pregunto al ver al artista que ha elegido y su colección― Pintura sobre papel hanji, arte inspirado en caligrafía...
―Tienes razón ―suspira, sentándose a mi lado―. ¿Me echas una mano? No tengo ni idea de qué meter en esa sala.
En Haneul ha puesto paisajes, en Jeju flores y en Jeong escenas de la vida cotidiana. Busco un momento en internet hasta dar con lo que estaba buscando, y sonrío como una tonta.
―Chae Woo Min ―digo, apartándome de la pantalla para que vea su obra―. Se centra en Mitos y leyendas coreanas. Puede ser interesante exponer su obra.
―Madre mía... ―susurra señalando su última obra, El guardián del bosque , un cuadro de un zorro de nueve colas en mitad de un bosque coreano― Este cuadro es precioso. Me pondré en contacto con él ahora mismo. Eres increíble, en serio. ¿Te he dicho ya lo mucho que te quiero?
Río cuando me abraza para darme un beso en la mejilla, y sigo trabajando.
La verdad es que agradezco que no haya hecho demasiadas preguntas sobre mi desaparición, sobre todo cuando encontré en mi teléfono más de veinte mensajes suyos preguntándome qué estaba pasando.
Me siento fatal mintiéndole, pero me he ceñido a la versión de Na Ri para poder protegerla de lo que se cuece debajo de la galería.
―Terminado ―suspira estirándose en su silla―. Espero que responda pronto.
Ava apaga su ordenador y se dispone a marcharse. Todos los demás se han ido yendo, hasta que solo quedamos ella y yo.
―¿Vienes? ―pregunta recogiendo su bolso.
―Aún no he terminado, ve tú.
―¿Estás segura?
―Claro que sí. Segunda cita, ¿no?
―Segunda cita ―sonríe traviesa―. Me he puesto mi ropa interior de color rojo.
―Vamos, ve a que te la arranquen ―bromeo.
―Ojalá te oiga. ¿Seguro que quieres irte sola? Puedo acercarte antes de...
―Vete, estaré bien. Diviértete.
―La última vez que me fui sin ti desapareciste una semana ―protesta cruzándose de brazos.
―Cinco días ―la corrijo―. Y no desaparecí, Na Ri me llamó a primera hora de la mañana para encargarme el trabajo.
―Lo que sea. Nos vemos mañana entonces, ¿no?
―Pues claro. Hasta mañana.
―¡Hasta mañana! ¡Te quiero!
―¡Y yo a ti!
Aún estoy sonriendo mientras recojo mis cosas unos minutos más tarde. Podría haberle pedido que me esperase, pero me sentía mal por retrasarla sabiendo que ha quedado de nuevo con el chico de la tienda de móviles.
Meto mi teléfono en el bolso, me doy la vuelta... y doy un respingo al ver a Tae apoyado en el quicio de la puerta de su despacho, mirándome.
Mierda, no le he visto llegar.
Aunque seguramente habrá entrado por su puerta secreta.
―¿Me tienes miedo? ―pregunta arqueando una ceja.
Miro instintivamente a ambos lados para asegurarme de que nadie le ha escuchado.
―No hay nadie que pueda salvarte de mí, Sloan ―añade malinterpretándome.
―No necesito que me salven, Tae. Solo me aseguraba de que nadie te escucha.
―Solo estamos tú y yo. Todos los demás se han marchado.
Se incorpora y se acerca lentamente hacia mí. No puedo evitarlo, su cercanía me produce escalofríos... pero desde luego, no son de temor, sino de deseo.
―Te he hecho una pregunta ―insiste.
―¿Debería tenerte miedo?
―Eso depende de lo capaz que seas de mantener la boca cerrada, ya lo sabes.
Pongo los ojos en blanco. Estoy tan harta de esta mierda que podría gritar, lo juro.
―Mira, Tae, si no tienes nada mejor que decir... me marcho.
Intento pasar por su lado, pero me intercepta de nuevo. Mi corazón late a mil por hora, pero intento poner cara de desinterés y pasar de nuevo.
―No tan deprisa ―susurra, alargando la mano hasta ponerla sobre la madera que separa mi escritorio del de Ava―. Tenemos que hablar.
―Bien ―suspiro, dejando el bolso sobre el escritorio―, hablemos de una buena vez.
―Sigues enfadada.
―Me cagaste de miedo con tu numerito de mafioso poderoso, me encadenaste a la pared, me impediste ir sola al baño... ¡Ah, y me llamaste puta! ¿Crees que tengo motivos para estar cabreada?
―Yo no te he llamado puta ―protesta frunciendo el ceño.
―Lo hiciste. Cuando llegaste borracho. Por eso fui cruel y te dejé dormir en el suelo.
Sonríe.
¡El hijo de puta sonríe!
Se acerca a mí, haciéndome retroceder hasta que prácticamente estoy sentada en el escritorio de Ava.
Se coloca entre mis piernas abiertas y pone las manos a ambos lados de mí sobre la madera, atrapándome.
Sus labios están tan cerca de los míos que me hormiguean por las ganas de que elimine la distancia que los separa.
Puedo ver las motitas plateadas de sus iris, como pequeñas gotas de mercurio que absorben la luz.
Me paso inconscientemente la lengua por el labio inferior y sus ojos siguen el movimiento, dejando escapar el aire de sus pulmones con un leve jadeo.
―No recuerdo haberte insultado, Sloan ―susurra―. ¿Pero sabes lo que sí recuerdo?
Me levanta con un solo brazo hasta dejarme sentada sobre la mesa.
Se pega a mí, y sé que si mira hacia abajo será capaz de verme la ropa interior, porque la falda se me ha subido hasta las caderas.
Sin soltar mi cintura, sube la otra mano por mi pierna hasta apretar mi muslo entre sus dedos, haciéndome jadear.
―Recuerdo perfectamente cómo me devolviste el beso ―ronronea―. Cómo te retorcías debajo de mí mientras te restregabas contra mi polla.
Introduce la mano dentro de mis bragas, encontrándome mojada. Acaricia mis labios con los dedos hasta impregnarlos de mis jugos y se los lleva a la boca, lamiéndolos sin apartar sus ojos de mí.
Joder, me está matando.
―Pero, sobre todo, recuerdo lo mojada que estabas cuando metí la mano bajo tus bragas ―termina―. ¿Por qué me apartaste, Sloan?
Hunde un dedo en mi interior y todo mi cuerpo convulsiona. Mi espalda se arquea, mi boca se abre con un gemido y tengo que cerrar los ojos porque el placer que siento cuando alcanza la parte más sensible está a punto de matarme.
Pero se detiene al ver que no respondo y mi cuerpo grita de necesidad.
―Responde ―ordena.
―Porque estabas borracho y no quería que me odiaras más por la mañana.
―No te odio, joder ―susurra, sorprendiéndome―. Ahora ya no.
Pega su boca a la mía y mis neuronas cortocircuitan.
No es un beso suave, ni mucho menos. Está reclamándome, quiere que me rinda.
Su lengua caliente asalta mi boca y la mía no tiene más remedio que rendirse.
Y su boca sabe tan bien... café con un toque sutil de menta, y ese sabor tan característico de él que tanto amaba hace diez años.
Es el tercer beso que me da desde que volví a Nueva York, pero de alguna forma se siente diferente.
Y no le detengo.
Aunque debería detenerle, no estoy dispuesta a hacerlo. Porque desde que me tocó hace dos noches, desde que me dijo que me ama y me odia a partes iguales, me he propuesto recuperarle.
¿Estoy loca? Desde luego.
Debo estarlo para querer estar con alguien que pertenece a algún tipo de mafia secreta de arte, pero me he dado cuenta de que no puedo vivir sin él.
Lo he intentado durante diez años y aquí estoy, derritiéndome entera por un beso.
Anhelando que sus manos me toquen, sentirle dentro de mí y recuperar lo que un día me vi obligada a destrozar.
Siento el bulto de su erección clavarse en mis labios entre capas de ropa y dejo escapar un gemido. Hace tanto tiempo que no estoy con nadie que mi cuerpo está demasiado sensible.
Diez años, para ser exactos.
Porque solo he estado con un hombre en toda mi vida, y es el que ahora mismo recorre mi cuello con sus labios.
Es tan grande el cúmulo de sentimientos que se arremolinan en mi interior que mis ojos se llenan de lágrimas, pero las limpio restregando la cara contra su hombro y le aprieto con más fuerza contra mí.
―Apártame ahora, Sloan ―dice con voz ronca―. Porque si doy un solo paso más te aseguro que ni dios será capaz de apartarme de ti.
Tiro de su cuello para pegar mi boca a la suya como respuesta. Él gime, me sujeta del culo con sus manos y me carga para llevarme hasta su despacho, cerrando la puerta de una patada. Barre todo lo que hay sobre el escritorio con el brazo y me sienta sobre él sin apartar su boca de la mía.
Le bajo la chaqueta por los hombros hasta que la hago caer al suelo. Su corbata no corre mejor suerte y, cuando intento llegar a los botones de su camisa, Tae se aparta, me sonríe y se pone de rodillas lentamente, sin apartar sus ojos de los míos.
Joder.