24. Tae Min
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C uando llego a la galería a la mañana siguiente, no veo a Sloan por ningún lado.
Y mejor así, porque hay cosas en las que debo concentrarme y con ella me es imposible hacerlo.
Entro en mi despacho, cierro con cerrojo y me dirijo a la puerta de la organización, pero esta vez me aseguro que se cierra del todo antes de subirme en el ascensor.
Abajo, todo es un caos. Varios de mis hombres están frente a las cristaleras del despacho de Woo Sung, que está hecho un desastre.
Los pinceles y las pinturas tiradas por el suelo, manchas de pintura por todas partes...
Y Woo Sung está golpeando fuertemente la pared, en la que ya hay manchas de sangre.
―¿No habéis podido detenerlo? ―protesto al llegar a mis hombres.
―No hay manera de hacerlo entrar en razón, bujan ―responde uno de ellos.
―Largaos de aquí.
Los aparto de un empujón y entro en la habitación, sorteando el desastre del suelo. Me acerco a Sung con suavidad y, lentamente, pongo mi mano sobre su puño ensangrentado, impidiendo que se golpee de nuevo. Hago lo mismo con el otro, y es entonces cuando centra su mirada en mí.
―No hagas esto ―digo con suavidad―. Te estás haciendo daño.
Sung respira entrecortadamente y su mirada vaga del cuadro a mí. Bien, el cuadro es el problema, vamos a solucionarlo.
―¿Qué ha pasado?
―No consigo el tono ―susurra―. Llevo tres días intentando conseguir el tono y...
―Vamos a ver juntos cuál es el problema, ¿de acuerdo?
Sung asiente, se aparta el pelo de la cara y se sienta delante del cuadro. Señala un tono de morado concreto, y acto seguido me muestra el original en su teléfono móvil ―aunque lo tiene colgado a medio metro de su mesa.
―Es demasiado vibrante ―protesta―. Demasiado vivo para ser un cuadro tan antiguo.
―Tienes que añadirle ocre y añil para envejecerlo.
Me mira como si lo que he dicho fuera una obviedad, y seguramente lo sea para él. Tomo un bote vacío limpio y mezclo las proporciones exactas de los colores que Monet solía usar para crear sus cuadros. Cuando mezclo todo y sale el color morado, Sung frunce el ceño.
―Ese no es el color ―protesta.
―No has tenido en cuenta que el color cambia al secarse.
Extiendo una fina capa sobre el lienzo y permanecemos mirándolo en silencio hasta que se seca y oscurece.
Es una pérdida de tiempo para mí, pero es lo que Sung necesita ahora mismo.
La sonrisa en sus labios cuando comprueba que he conseguido el tono exacto es magistral.
Al fin hemos terminado con esto. Hago una seña a uno de los hombres que están afuera para que me traiga el botiquín.
―No puedes hacer esto cada vez que algo no sale bien, Sung ―explico―. Te he dicho muchas veces que me llames cuando te sientas frustrado.
―Estabas ocupado con la mujer. No quería distraerte.
―Puedes distraerme siempre que lo necesites. ―Llega el botiquín―. Vamos a arreglar tus manos.
―Lo siento, bujan.
―No lo sientas, solo no vuelvas a hacerlo. Tus manos son lo más valioso que tienes. Si las maltratas así, ¿cómo seguirás trabajando?
―Yo... no lo pensé.
―Recoge todo esto y vuelve al trabajo. Solo nos queda una semana para terminar, tiene que tener tiempo suficiente para secarse. ¿Necesitas que te eche una mano?
―Ya me has ayudado bastante, bujan. Gracias.
―No hay de qué.
Salgo del despacho de Woo Sung y cierro la puerta tras de mí. Necesito tranquilidad. Necesito silencio.
En mi propio despacho me sirvo un café y me obligo a centrarme en otro de los trabajos que tenemos entre manos: certificados de autenticidad falsos.
No es lo que más disfruto, pero al menos mantiene mi cabeza ocupada.
Lejos de la galería.
Lejos de Sloan.
Porque si subo arriba voy a acabar buscándola por todo el local como un perro policía, y no puedo permitirme eso ahora.
No cuando el recuerdo de esa noche sigue ocupando mis pensamientos las malditas veinticuatro horas del día.
Sloan me desea.
Me desea tanto como yo la deseo a ella.
La manera en que se retorcía entre mis brazos, la forma en que su cuerpo se acercaba al mío pidiendo más, se ha quedado grabada a fuego en mi jodida memoria.
Y estaría loco si no aprovechara la oportunidad.
¿La sigo odiando? No.
Debería hacerlo, pero pensar en que Joon podía matarla me ha hecho darme cuenta de que ese odio se ha ido disipando con el paso de las semanas. No confío en ella, desde luego, pero odiarla...
Ni de coña.
Porque lo que quiero ahora mismo es estar dentro de ella.
Y tal vez esto te suene a hijo de puta, pero eso es lo único que quiero: follar con ella. Nada de relaciones, ni compromisos ni hostias. Sexo casual divertido, sin calentamientos de cabeza... y con la mayor frecuencia que pueda.
―¿Estás ocupado? ―pregunta Joon desde la puerta.
―Certificados de autenticidad ―le respondo, mostrándole los papeles―. ¿Por qué? ¿Me necesitas?
Entra y se sienta al otro lado del escritorio, robándome la taza de café.
―¿Es que no puedes servirte otra? ―protesto.
―¿Y lo que disfruto sacándote de tus casillas?
―¿Qué haces aquí?
―Tenemos trabajo. Una reunión... a las cinco.
―¿Con quién?
―Raymond Harrington, aspirante a la alcaldía de Nueva York.
―¿Quiere que le falsifiquemos un cuadro?
―Aún no lo sé. Por eso quiero que me acompañes. El experto en arte eres tú, necesitaré que estés presente si es ese el caso.
Veinte minutos después, nuestro coche se detiene en la puerta del edificio Hudson Yards, donde está la sede del partido político de Harrington.
Nuestro equipo de seguridad ya está dentro, a excepción de Daniel, que nos abre la puerta para salir y se coloca justo detrás de nosotros.
Sonrío cuando el jefe de campaña de Harrington sale a recibirnos seguido de un pequeño séquito.
Joder, parecemos los CEOs de un k-drama.
Solo falta el pasillo de empleados inclinándose a nuestro paso.
Spoiler: eso no pasa en la vida real ni de coña.
Todo va perfectamente hasta que llegamos al despacho de Harrington y Daniel hace el intento de entrar antes. El jefe de campaña se interpone, impidiéndole pasar. Daniel, que es parco de palabras cuando está trabajando, solo arquea una ceja.
―Verá, es una reunión confidencial... ―se disculpa el hombre.
―Daniel es mi guardaespaldas ―añade Joon―. ¿Le está impidiendo hacer su trabajo?
―¿Qué? No... por supuesto que no. Es solo que...
―Si algo caracteriza a mi gente, es su discreción. Si la está usted poniendo en duda, no tenemos nada que hacer aquí.
Se da la vuelta para marcharse, pero el jefe de campaña ―de quien no recuerdo el nombre, para qué engañarnos― se aparta para que Daniel pueda entrar a inspeccionar el despacho antes de dejarnos pasar.
El despacho es demasiado lujoso para un candidato que promete humildad en su campaña, y apostaría mi culo a que todo esto ha salido del dinero de los donantes.
Harrington se pone de pie cuando entramos y nos tiende la mano con una sonrisa enorme en los labios.
Definitivamente lo que este tipo quiere va a ser grande, lo intuyo.
―Buenos días, señores Han ―saluda―. Tomen asiento, mi secretaria les servirá lo que prefieran tomar.
―Café con leche, por favor ―pide Joon―. Muy caliente y sin azúcar.
Sonrío porque cuando se pide el café así significa que no va a tomárselo. El cabronazo no se fía, y la verdad es que el tipo tiene una cara que me hace no fiarme tampoco.
―Estoy bien, gracias ―agradezco a la joven, que no debe tener más de veinticinco años.
Esperamos a que sirvan el café de Joon y un whisky para el congresista. Una vez estamos solos, Daniel se coloca estratégicamente junto a la puerta. El congresista lo mira de reojo, pero tiene el buen tino de no abrir la boca. Buen chico...
―¿Y bien? ―pregunta Joon― ¿Qué podemos hacer por usted?
Harrington está nervioso. Lo que quiere decir que sabe quiénes somos en realidad. Sonrío sin poder evitarlo.
―No suelo... pedir este tipo de reuniones ―empieza―. Pero hay... un asunto que requiere discreción.
―La discreción es parte de nuestro trabajo ―responde Joon―. ¿De qué tipo de asunto hablamos?
Harrington parece relajarse y deja entrever un amago de sonrisa. No te relajes tanto, que el trabajito te va a costar caro.
―Digamos que... hay una persona que está complicando mi campaña. Alguien que... debería dejar de ser un problema.
Joon asiente sin mostrar ninguna emoción. Yo, sin embargo, me cago en la madre que parió a este gilipollas. Debería estar ocupándome de mis asuntos con Sloan y Sky, no estar sentado aquí como un maniquí... porque este tipo de trabajos no es mi especialidad.
―Entiendo ―dice mi primo―. ¿Busca una solución temporal... o definitiva?
―Definitiva. No puedo permitirme perder las elecciones.
―El objetivo tiene un nombre, imagino.
Harrington desliza una carpeta manila sobre la mesa. Joon la abre, y puedo ver un leve rictus en su rostro ―aunque nadie que no le conozca se daría cuenta―. Se ha sorprendido, desde luego.
Cuando me pasa la carpeta, reconozco que me quedo con la boca abierta. El hijo de puta quiere deshacerse nada más y nada menos que de Elliot Graves, el candidato a la presidencia por el partido demócrata. Sobra decir que Harrington es republicano.
―¿Está seguro de que esto es lo que quiere? ―pregunto― Una vez acepte, no hay vuelta atrás.
―Como he dicho, no puedo permitirme perder las elecciones, señor Han. Haré lo que esté en mi mano para conseguirlo.
―Podemos ocuparnos ―dice Joon―. Pero le costará muy caro.
―Diga una cifra.
―Veinte millones. E impunidad para nosotros durante su mandato. Incluidas ‘Ndrangheta y Bratva.
El congresista se atraganta con el whisky, y no puedo evitar sonreír. Sí, hijo de puta. ¿Creías que matar a una persona iba a costarte veinte de los grandes?
―¿No cree que eso es pedir demasiado?
―Si no es capaz de pagar por el trabajo, no está preparado para asumir la alcaldía de la ciudad.
―Necesito tiempo para reunir ese dinero.
―Tiene dos semanas. ―Joon se levanta, dando por zanjada la conversación―. Volveré pasado ese tiempo para exponerle mi plan... si es que puede usted pagar, por supuesto.
―Podré hacerlo, no le quepa duda.
Salimos del despacho a la señal de Daniel. Logro mantener la compostura hasta que llegamos al coche, donde al fin rompo a reír.
―¿Has visto la cara de ese hijo de puta cuando has dicho el precio? Creería que iba a conseguir el puesto de senador gastando calderilla.
―Me ha gustado su manera de lamernos el culo ―dice Joon, sonriendo―. Se ve que está desesperado.
―No es para menos. Graves es el ganador absoluto en todas las encuestas.
―¿Crees que es acertado aceptar este encargo, hwejang? ―pregunta Daniel, que está visiblemente preocupado.
―No veo por qué no ―responde mi primo encogiéndose de hombros―. Seok Min siempre hace un trabajo impecable, y con Harrington en el poder podemos asegurarnos impunidad.
Yun Seok Min es nuestro francotirador. Pertenecía a las fuerzas especiales de Corea del Sur, y le dieron de baja “honorablemente”, aunque con un expediente lleno de clasificados.
Estuvo jodido de la cabeza por una operación fallida en la que perdió a todo su equipo, y la verdad es que ahora mismo dudo que esté bien del todo.
Es un tío hermético... pero ejemplar en su trabajo.
―Y lo que es mejor, se la has asegurado también a los rusos y los italianos, lo que te mantiene en la cúspide de la alianza, al menos, mientras él esté al mando ―añado con orgullo.
―Esa era la idea ―se jacta con una enorme sonrisa.
Mi primo mira su reloj y suspira, desabrochándose la corbata.
―¿Te apetece una copa? ―pregunta.
―Tengo aún algo que hacer en la galería.
―¿Hay algún problema?
―Es algo... personal.
―Deja a Sloan en paz, Tae ―advierte.
Le miro de reojo, pero no respondo. Es mi hwejang, mi hermano, pero no puedo obedecerle en esto.
No cuando la deseo como un maldito loco.
Y sé que ella también me desea.