23. Sloan
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A ún me tiembla todo el cuerpo cuando me monto en el todoterreno negro con los cristales tintados. Cuando he salido de la ducha y he escuchado los gritos... casi me muero del susto.
Pensé que había llegado mi hora.
Sabía que Na Ri no me había traicionado llamando a su hermano, y la incertidumbre de saber por qué el presidente Han había regresado una semana antes de su viaje a Busan me estaba matando.
Así que he hecho lo único que podía hacer: ponerme la esposa y sentarme en la cama como una niña buena, con la esperanza de que Tae pudiera convencerlo de que no me matara.
Cuando entró en el dormitorio me pareció mucho más alto que antes. Más alto, más fuerte y más peligroso. Muchísimo más. Siempre he pensado en él como la parte buena de la dirección. El jefe amable, simpático y carismático que agrada a todo el mundo.
No podía haber estado más equivocada.
En cuanto abrió la boca, supe por qué es el maldito jefe de lo que sea que se traigan entre manos los Han.
―Mentiría si dijera que es un placer volver a verla, señorita Calloway ―dijo, sentándose a mi lado.
―Estamos de acuerdo en algo ―susurré, haciéndole reír.
―He sido informado de que un exceso de curiosidad la llevó a ver algo que... no debería haber visto.
―¡No fue exceso de curiosidad, lo juro! ―exclamé.
―Entonces, explíqueme por qué decidió entrar en una zona de la galería a la que no tiene permitido el acceso, puesto que siempre ha permanecido oculta.
―Se estropeó el sensor de humedad de la sala Dalbit. Na Ri tenía que acudir a una gala benéfica y Ava tenía una cita, así que me ofrecí a quedarme por ellas. Mis planes eran ver una serie de Netflix con un cubo de palomitas, así que...
―Está divagando, señorita Calloway.
―Lo siento. El caso es que, cuando el técnico terminó y me aseguré de que todo estuviera en orden, fui a las oficinas para recoger mis cosas e irme a casa.
Vi la luz del despacho del director Han encendida.
Pensé que había venido para asegurarse de que todo estuviera bien y entré para informarle de que el técnico había terminado. Entonces vi la puerta abierta.
―Una puerta que, a simple vista, siempre fue inexistente ―recalcó.
―Nunca había entrado al despacho del director Han, no sabía si ahí había o no una puerta. Como suele bajar a las salas de conservación a trabajar, pensé que sería la entrada a esa zona de la galería. Por eso bajé. ¡Juro que no estaba curioseando!
―¿Y qué vio?
―Vi al director Han con un joven que estaba pintando un cuadro. Ni siquiera reparé en el resto de personas hasta que alguien gritó.
―Y dedujo que estaban falsificando el Monet.
―No inmediatamente ―reconocí―. Pensé que el joven era algún artista en ciernes al que el director Han estaba ayudando. Fue cuando vi el Monet colgando de la pared que supe lo que verdaderamente estaba haciendo.
―¿Tienes idea de dónde te metiste aquella noche, Sloan? ―susurró― Creo que a estas alturas podemos tutearnos.
―Solo sé lo que vi.
―Lo que viste, es una de las muchas actividades que se llevan a cabo en la Kangpae, una de las organizaciones criminales más peligrosas y secretas del estado.
Abrí los ojos con sorpresa, pero el miedo que recorrió todo mi cuerpo fue mucho peor. Por suerte, el presidente Han pareció no darse cuenta de mis temblores.
―Supongo que habrás escuchado hablar de la Cosa Nostra, o de la Bratva. De la ‘Ndrangheta tal vez no, es menos conocida.
―Me gusta el mafia romance, he oído hablar de todas ellas.
―Pues la Kangpae es algo similar. Mucho más organizada, poderosa y secreta, desde luego, pero una gran organización que se dedica al crimen organizado. Y metiste la nariz en su sede secreta, Sloan. ¿Entiendes lo que eso significa?
Tragué saliva y asentí. Desde luego que lo sabía.
Significaba mi muerte.
―Si hubieras sido cualquier otra persona, a estas horas estarías muerta ―confesó―. Pero le gustas a mi hermana y, para mí, su opinión es lo más importante del mundo.
En ese momento amé a Na Ri con toda mi alma.
―Ella confía en ti ―continuó―. Cree que no dirás nada. Pero yo no sería el gran jefe si me guiara solo por el instinto de mi hermana, ¿no te parece?
―Desde luego que no, señor.
―Claro que no. Así que tenemos que llegar a un acuerdo.
Un término medio, por así decirlo. Te dejaré marchar...
pero te vigilaré de cerca. No vas a saber dónde están mis hombres, porque tengo asesinos a sueldo que podrían matarte antes de que te des cuenta.
Si no hablas... nos llevaremos bien. Seguirás en tu puesto en la galería, y si te portas bien te ascenderé a final de año a un puesto mejor pagado.
Se levantó y observó con curiosidad la cadena que estaba unida a mi esposa.
―¿En serio Tae se ha llevado esto de las mazmorras? ―susurró― Cabrón de mierda... ¿Dónde estábamos? ¡Ah, sí! Como decía, si te portas bien podrás continuar con tu vida como hasta ahora. Pero si hablas...
Tomó un mechón de pelo de mi cabello y lo hizo deslizarse lentamente por sus dedos. Aquel simple gesto me hizo temerle aún más, y no sé por qué.
―Si hablas, no solo morirás tú, Sloan. Tu abuela, tus amigos y cualquier persona a la que hayas tenido el más mínimo cariño morirán contigo.
―He dicho hasta el hartazgo que no hablaré, señor ―respondí, mirándole directamente a los ojos por primera vez para que pudiera ver en los míos mi sinceridad―. Lo único que quiero es una vida tranquila, cuidar a mi abuela ahora que está convaleciente y dedicarme a un trabajo que amo.
―Bien... en ese caso no tenemos nada más que hablar.
Abrió la esposa y me hizo una señal hacia la habitación.
―Recoge tus cosas. Eres libre... por ahora.
Y ese por ahora es el que me tiene temblando aún, a pesar de que cada vez nos alejamos más de la casa de Tae y de la maldita organización criminal. De pronto necesito salir de aquí, respirar aire fresco y caminar.
―¿Puede dejarme aquí, por favor? Necesito un poco de aire fresco.
El hombre que estaba en la casa de Tae me mira por el espejo retrovisor.
―El señor Han me ordenó dejarla en la puerta de su casa, señorita Calloway ―responde.
―Solo necesito ir a comprar algunas cosas al supermercado. Tendré que regresar allí cuando me deje en mi casa, ¿qué diferencia habrá si me deja aquí ahora?
Parece pensárselo un momento, pero asiente y le hace señas al conductor para que detenga el coche en un lado de la acera.
Tras un seco “gracias”, bajo del vehículo, saco mi maleta del maletero y comienzo a andar en dirección al supermercado.
No sé cómo estará la comida que dejé en casa hace una semana.
Seguramente la mayoría se haya echado a perder, y si mis cálculos no fallan, la abuela debería estar de regreso mañana.
Camino por los pasillos de la tienda como una autómata, tomando algunas cosas aquí y allá, pero mi mente no puede desviarse de lo que ha pasado hace un rato en el apartamento de Tae Min.
Joder, Tae.
De todas las cosas a las que podías haberte dedicado, tenías que ser un puto capo de la mafia. O lo que sea. Un mafioso, a fin de cuentas.
Y ahora estoy llena de dudas. ¿Lo sería cuando salía conmigo o se unió a la organización después de que rompiéramos? No seas estúpida, Sloan. Tae y el presidente Han son familia, por supuesto que estaba metido en esto antes de conocerte.
¿Y cómo demonios lo llevó a cabo sin que yo sospechara nada? Prácticamente estábamos juntos todo el tiempo, si hubiera hecho algo ilegal, lo habría notado.
Pero todo eso ahora no importa. Nada de eso importa, en realidad. Lo único importante es que estoy atrapada en una red de contrabando de arte robado y ve a saber tú qué más, sin posibilidad alguna de escapar.
Porque sé que, si lo intento, estaré muerta.
Y no solo yo, sino también mi abuela, Ava... y cualquier persona de mi entorno a la que muestre algo de aprecio.
Así que debo continuar en la galería, aparentando que no ha pasado nada. Mintiendo a todo el mundo. Mintiéndole a Ava.
Maldita sea... va a ser muy difícil explicarle dónde he estado metida esta semana.
Recibo un mensaje de Na Ri en ese momento. Está en la puerta de casa. Parece que esta familia de locos no piensa dejarme tranquila... Vale, estoy siendo muy dura. Na Ri ha sido siempre la poli buena en esta película.
En cuanto llego a la entrada, Na Ri se levanta de una de las sillas de forja y se acerca para abrazarme con fuerza.
―No he sido yo, lo juro ―es lo primero que dice―. En cuanto me entere de quién ha sido...
―Seguro que ha sido Sky. Me tenía muchas ganas.
―Lo averiguaré, te lo prometo. ¿Cómo ha ido?
―Me ha dado la libertad condicional.
Ni siquiera sé de dónde saco el ánimo para bromear.
―Estaré vigilada ―continúo― y seguiré trabajando en la galería.
―¿De verdad? Me alegra tanto, Sloan...
―Ahora debo pensar en lo que voy a contarle a Ava y los demás sobre esta semana.
―No tienes que preocuparte por eso. Con la esperanza de que Tae entrara en razón tarde o temprano, les hice creer que te envié a Busan para llevarle a mi hermano una obra de arte sumamente importante.
―Eso sería competencia de Ava, no mía.
―Necesitaba a Ava aquí para ocuparse de preparar la próxima exposición. ¿Has desayunado?
―Ni siquiera sé si seré capaz de volver a probar bocado.
―Déjame invitarte a desayunar. Conozco un lugar en el que hacen la mejor tarta de manzana de la ciudad.
―Te lo agradezco, de verdad... pero quiero irme a casa.
Puedo ver la decepción en sus ojos, pero lo último que necesito ahora es estar con ella. Sin embargo, ha sido buena conmigo durante estos días y...
―Vayamos en otra ocasión, ¿de acuerdo? ―ofrezco.
Na Ri asiente feliz, me vuelve a abrazar y se marcha. Entro en casa y, aunque han pasado varios días ―no sé cuántos, en realidad― todo sigue como la mañana que me fui a trabajar pensando que tendría a partir de entonces una vida tranquila.
Llevo la maleta a mi cuarto. Saco la ropa y la pongo toda a lavar, no sé si es porque quiero deshacerme de todo lo que ha pasado o porque, a pesar de que él no la ha tocado, puedo oler la colonia de Tae en cada prenda.
Tiro la comida en mal estado, guardo mi pequeña compra y meto una pizza en el horno para comérmela.
Siento la necesidad de llamar a mi abuela, así que marco su número.
Cuando descuelga, puedo escuchar de fondo algo parecido a una fiesta, risas, y se me aligera el corazón al pensar que, gracias a dios, ella está ajena a todo lo que me ha pasado en su ausencia.
―Cariño, ¿ya estás de vuelta? ―pregunta.
―Acabo de llegar, abuela. ¿Te lo estás pasando bien?
―Hiciste bien en contratar el viaje por tu cuenta. Estoy pasándolo en grande y...
Se queda callada cuando escucha uno de mis sollozos ahogados. No puedo evitarlo, al escuchar su voz me ha embargado tal alivio que...
―¿Estás bien? ―pregunta― ¿Ha pasado algo?
―Lloro de envidia ―miento―. Me gustaría poder estar pasándomelo bien contigo, pero aquí estoy, agotada después de un viaje demasiado largo.
―¿Bromeas? Has estado en un país nuevo y has podido hacer turismo.
Río sin poder evitarlo.
―El único turismo que he hecho ha sido de mi habitación al bar del hotel para comer, abuela. Te recuerdo que he ido a Busan por trabajo.
―No me digas que no has podido salir ni una sola vez.
―No es que no pudiera hacerlo, es que tenía miedo de ir sola. Y no le iba a pedir al presidente Han que me acompañara, ¿verdad?
―¿Es guapo?
―Muchísimo.
Y es verdad. Aunque para mí no se compara con Tae Min, desde luego. Pero el presidente Han está para comérselo.
―Entonces deberías haberlo hecho. Quién sabe... tal vez habrías conseguido enamorarlo y echar una canita al aire...
―¿Canita al aire? ―río― ¿Qué se supone que es eso?
―Un polvo, niña... echar un polvo. ¿Acaso ya se te ha olvidado cómo se hace eso?
―La verdad... creo que sí.
―Eres muy joven para estar así, Sloan. Solo tienes treinta años.
―Treinta y dos.
―Más a mi favor. Si no lo usas ahora, ¿cuándo lo harás? Sal con tus nuevas amigas, vuelve loco al primer chico que te entre por el ojo y llévatelo a un hotel. Él paga.
Me río ante las ocurrencias de mi abuela. Hablamos un rato más sobre cómo lo está pasando y qué ha hecho en sus vacaciones. Yo me invento sobre la marcha mi trabajo en Busan, y me aseguro de buscar en internet algunas fotos de paisajes que puedan servirme para engañarla.
No quiero hacerlo, pero es lo mejor para las dos.
Soy la única que puede protegerla.