22. Tae Min
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M e despierto muerto de frío y con un dolor de cabeza acojonante. Joder, anoche bebí más de la cuenta. Abro los ojos y veo que estoy tirado en el suelo, y Sloan, sentada tranquilamente en la cama, escribe algo en una revista que parece de... pasatiempos.
―Veo que al fin te despiertas ―bufa―. ¿Puedes soltarme? Necesito ir al cuarto de baño.
Está cabreada. Y mucho.
Y no tengo ni puta idea de qué es lo que hice para que lo esté.
Cuando me marché ayer por la tarde habíamos llegado a una especie de tregua. ¿Qué demonios hice anoche?
Un escalofrío me recorre la columna. No... no puede ser.
No he sido capaz de forzarla, ¿verdad?
―Sloan...
―Date prisa, por favor. Voy a hacérmelo encima.
Definitivamente está furiosa conmigo. Me intento levantar, pero un mareo me detiene de golpe. Joder. El italiano va a pagármelo muy caro la próxima vez que le vea.
Vuelvo a intentar levantarme, pero termino cayendo en la cama, bocarriba.
―Dame la llave, anda. Ya lo hago yo.
Y sí, se la doy.
Porque no puedo siquiera pensar en tener que levantarme, darle la vuelta a la cama y soltarla sin vomitar. Y lo último que quiero que vea es mi vulnerabilidad.
La veo dirigirse a una esquina de la habitación y ponerse en cuclillas. Su redondeado culo me distrae por un momento, pero pronto mi atención se centra en lo que está haciendo.
Coge ropa de una maleta abierta en el suelo.
Y yo me siento la peor mierda de este mundo.
Porque ni siquiera pensé en que pudiera necesitar ropa. Porque no le he dado un espacio para guardar algo tan básico. Porque ha tenido que ser mi prima quien se ocupe de sus necesidades... aunque yo haya sido quien la ha encerrado.
Me incorporo con la intención de hacerle un hueco en mi vestidor. De pronto, tener su ropa mezclada con la mía me parece lo correcto, pero no quiero ahondar demasiado en ese pensamiento. Intento levantarme... y creo que será mejor que me tome un café cargado primero.
Me complace comprobar que la casa está impoluta.
Obra de Na Ri, sin duda. Le envío un mensaje agradeciéndole lo de ayer y pongo la cafetera para hacer café...
y el desayuno. Respiro aliviado al ver que mi prima se ha encargado de llenar el frigorífico, que hay arroz hecho en la arrocera ―aunque sea de anoche― y que hay varios envases de comida de acompañamiento.
Na Ri, me salvas la mañana.
Preparo bibimbap , lo que viene a ser arroz coreano con cosas.
Pico en tiras todas las sobras de anoche y lo añado a un bol grande de arroz.
Lo mezclo bien con gochujang ―una pasta de chile fermentado que se usa muchísimo en la cocina coreana― y lo sirvo en dos boles individuales.
Dos huevos fritos... y listo. Te aseguro que esta es la mejor comida coreana que puedes llegar a probar. Por eso es mi plato favorito.
El sonido de la cerradura de mi casa me hace sonreír, pensando que es Na Ri quien llega, pero me sobresalto cuando la puerta se estampa contra la pared, dando paso a Joon Seo, que está jodidamente cabreado.
¡Mierda! No... No no no no...
―¡¿Dónde está?! ―grita acercándose a mí.
― Hyung ...
―¡He preguntado que dónde cojones está, Tae!
Y de repente lo veo todo cristalino cuando Dozer entra detrás de él. Ese maldito hijo de puta va a pagarme muy caro por esto, lo juro. Voy a hacer que se retuerza hasta que...
―¡¿Se puede saber en qué coño pensabas al raptar a una civil?!
―Nos descubrió ―respondo, intentando aparentar una calma que no siento―. Hubo un problema con la cerradura biométrica y...
―¡Y en vez de hacer tu trabajo, te la traes a casa para jugar a las putas casitas!
―Está controlado.
―¡Y una mierda está controlado! ¡¿O es que pretendes mantenerla encerrada para siempre?!
Se mueve en dirección a mi habitación, pero lo intercepto, impidiéndole avanzar. Me mira con una ceja arqueada, pero no pienso ceder. No en esto, joder.
―Aparta ―ordena.
―No puedo.
Mi voz sale estrangulada, no sé si por el miedo o la desesperación. No puedo dejar que la mate. Si ella muere, yo...
―Déjame pasar, Tae Min ―insiste.
―Hablo en serio, hyung, no vas a matarla. Ella no es negociable.
Intenta pasar a la fuerza, y hago lo único que se me ocurre para detenerle.
Me arrodillo, por primera vez en mi vida.
Me inclino, pidiendo clemencia.
―¡Oh, por amor de dios!
Joon pone los ojos en blanco, deja la pistola y su daga en la isla de la cocina y me mira con los brazos en jarras. Aun así... no puedo dejarle pasar. Maldita sea, no puedo.
―Solo quiero hablar con ella, Tae ―insiste, con gesto cansado.
―Se está duchando.
―¿Y eso qué? Voy a esperarla en la habitación, no me voy a meter en la ducha con ella.
Me aparto al fin de su camino, pero le sigo de cerca.
Sloan está sentada en la cama, con la esposa alrededor de la muñeca, y maldita sea...
parece aterrada. Quiero acercarme a ella, envolverla entre mis brazos y prometerle que nadie le hará daño, pero...
a quién quiero engañar... no tengo manera de saberlo.
―Déjanos solos, Tae ―dice Joon, desabrochándose la chaqueta del traje.
―Y una mierda, hyung . No vas a hacerle daño.
―Eso dependerá de ella. Sal de aquí y prepárame un puto café. En el avión me han puesto achicoria.
Aprieto los puños y no muevo ni un solo músculo.
― Hyung ...
―¿Quieres marcharte de una puta vez? Saldremos en... quince minutos.
Obedezco. No porque sea mi hwejang, sino porque es mi hermano. Y mi maldito hermano no sería capaz de matar a la mujer que amo, ¿verdad?
Porque la amo.
Y ese amor me revuelve las entrañas porque su traición aún pesa tanto que soy incapaz de confiar en ella. Y prefiero conformarme con verla en la distancia a arriesgarme a darle otra oportunidad a un amor de mierda.
Cierro la puerta de la habitación y me acerco a Dozer con paso decidido. Ni siquiera freno cuando le doy el primer puñetazo, y me lanzo sobre él para descargar toda la rabia que llevo dentro.
―¡Eres un maldito hijo de puta! ―escupo entre golpes―. ¡Un maldito bastardo!
Sigo golpeando hasta que su rostro es solo un amasijo de sangre y piel destrozada. Él tiene el atino de no defenderse, y cuando me separan de él a la fuerza ni siquiera sé si está consciente.
―Ya basta, hombre ―protesta Ji Hoon desde mi espalda.
―Si la mata, te juro que...
―No va a matarla, deja de ser tan dramático.
―No lo sabes, joder. No puedes saberlo.
―Sabe que si la mata vuestra relación se romperá, hombre. Joon no es estúpido.
Y tiene razón. Porque si se atreve a tocarle un solo pelo... seré yo quien lo mate a él. De nada servirá nuestra relación de sangre, nuestra amistad o los años que ambos hemos estado codo con codo al mando. Si le hace daño a Sloan...
―Lleváoslo de aquí ―ordena Ji Hoon a nuestros hombres.
Me dejo caer en uno de los bancos de la isla de la cocina a esperar que pasen los malditos quince minutos.
Entraré en ese cuarto a los dieciséis, así que más le vale a mi primo ser puntual por una maldita vez en su vida.
Ji Hoon se acerca a los dos boles de bibimbap y mete la cuchara en uno de ellos, llevándose una buena ración a la boca.
―Joder, esto está de muerte ―gime―. Deberías probarlo.
Lo miro de reojo y le ignoro. Ahora mismo se me han quitado el dolor de cabeza, el dolor de estómago... y el hambre. Mi pierna se mueve inconscientemente debido a los nervios, y de buena gana me comería las uñas si no supiera que Ji Hoon me va a dar una hostia por hacerlo.
Doce minutos... Trece, y el sonido de las ruedas de una maleta sobre la madera resuenan en todo el apartamento. Joon sale seguido de Sloan... y siento tal mezcla de alivio y agradecimiento que se me forma un nudo en la garganta. Qué cojones un nudo... una bola de casi dos metros.
―La señorita Calloway y yo hemos llegado a un acuerdo ―explica mi primo―. No dirá nada sobre lo que vio, no interferirá... y yo no la mato.
Sloan agacha la cabeza y puedo ver cómo un escalofrío la recorre entera. Mierda, hyung , podías ser un poco menos directo.
―Seguirá trabajando en la galería, como hasta ahora ―continúa Joon―. Dado que mi querida hermana se ha encargado de proporcionarle una coartada perfecta, seguiremos diciendo que tuvo que viajar a Corea para traerme una obra de arte.
―¿Puedo marcharme ya? ―susurra Sloan.
―Por supuesto. Ji Hoon se encargará de llevarte a casa. ¿Necesitas algo más?
―No... estaré bien.
―Perfecto. En ese caso, nos vemos mañana en el trabajo.
―Hasta mañana, presidente Han.
Sloan echa a andar hacia la puerta, pero la detengo.
―Sloan...
Ella no me mira a la cara. No puede hacerlo.
Se suelta de mi agarre, me dedica la sonrisa más falsa que le he visto nunca y se despide de mí de la manera más informal del mundo.
―Nos vemos mañana, director Han.
Se marcha.
La veo marchar seguida de Ji Hoon y mi cuerpo entero me grita que la detenga, que debemos hablarlo.
Pero Joon se deja caer en mi sofá, se quita la chaqueta y le pide a sus hombres que le acerquen uno de los tazones que hay sobre la isla.
Se lo llevo yo mismo. Lo dejo sobre la mesa de cristal y me siento a su lado.
―Gracias ―susurro.
―Me ofende que pensaras que podría ser tan hijo de puta como para matarla ―bufa―. ¿Por qué demonios no me llamaste en cuanto tuviste un problema, Tae? También me he enterado del pequeño altercado con Sky.
―Me desobedeció.
―No estoy diciendo que no tuvieras razón. Solo digo que me gustaría enterarme de las cosas por ti. ¿Dozer está vivo?
―A duras penas.
―Se lo tiene merecido por saltarse la jodida cadena de mando.
―¿Qué pasará con ella?
―Si mantiene la boca cerrada, absolutamente nada. Le he asegurado que puede conservar su puesto en la galería y que, si se porta bien, la ascenderé a final de año a técnico de colecciones.
―¿Y qué pasará con Ava?
―La ascenderé a directora de colecciones. Un aumento de sueldo y responsabilidad le gusta a cualquiera.
―¿Has vuelto solo?
―¿Tú qué crees? La boda es dentro de tres días, así que me has salvado de tener que acudir. Mi padre está poniéndose un poco pesado con eso de que nos casemos y está buscándonos esposa. A los tres.
―¿A mí también? ―protesto.
―Desde luego. Y cuenta con la más que dispuesta ayuda de tu madre, que está encantada con que nos obliguen a pasar por el aro.
―Tengo canas ya en los huevos para que me obliguen a casarme. No lo haré.
―¿Crees que yo sí? Mi Ra se ha quedado en Busan para hacer de escudo, pero me parece que mi padre terminará por buscarle un marido a ella también.
―¿Y qué coño le ha dado ahora con que nos casemos?
―Quiere nietos.
―Es consciente de que estarían al otro lado del océano, ¿no?
―¿Crees que le importa?
―Debería buscarse una nueva esposa y dejarnos en paz.
―Es lo que ha dicho Do Hyun ―ríe―. Tiene tan pocas ganas de casarse como nosotros.
Se incorpora un poco, poniéndose serio. Deja el bol en la mesa y suspira, con gesto cansado.
―¿Estás bien? ―pregunta de repente.
―¿A qué te refieres?
―Bueno, tener que convivir con ella durante seis días ha tenido que ser duro.
―No voy a negarlo. Es cabezota y yo... yo he sido un capullo. Aunque ayer firmamos una especie de tregua.
―¿Y por qué no lo intentas de nuevo con ella?
―¿Estás loco?
―Han pasado diez años, Tae. La gente cambia.
―Me traicionó, hyung . Tú mejor que nadie sabes lo que pasé por su culpa.
―Solo digo que la mujer que he encontrado ahí dentro no parecía una mala persona. ―Se pone de pie―. Me voy a la cama, volar toda la maldita noche me ha dejado agotado.
―Descansa.
―Seguirás trabajando con ella ―dice caminando hacia la puerta―, así que espero que puedas sobrellevarlo.
―Por supuesto que podré, no soy un niño.
Pero miento.
Le miento a él y, lo peor, me miento a mí mismo.
Porque mientras Joon hablaba con Sloan he recordado lo que pasó anoche.
Y haberla tocado como lo hice, haberla probado, es como una puta droga para mí. Y después de cómo gimió, como se retorció debajo de mí para rozarse conmigo, sé que ella tampoco es indiferente como ha intentado hacerme ver.
Ahora que lo sé, pequeña, no voy a parar hasta terminar lo que empecé.