Mi mayor condena (Sombras En Manhattan 1) 21.  Sloan
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21.  Sloan

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A penas soy capaz de mirar a Na Ri a los ojos. Sé que ella está de mi lado, pero saber que forma parte de lo que sea esto me hace sentir algo extraño. No es miedo ―estoy segura de que no me hará daño― pero se parece bastante... y es una auténtica mierda, lo juro.

―¿Te encuentras bien? ―pregunta entrando en la habitación.

―He tenido días mejores.

Sonríe y levanta la mirada hacia mí, pero se queda de piedra cuando ve el apósito de mi cuello.

―¿Tae te ha hecho eso?

―No ha sido él, sino su subordinada. Parece que me odia, supongo que piensa que me interpongo entre ella y Tae.

―¿Interponerte entre ellos?

―Parece estar loca por él.

―¿Sky? ―bufa medio riendo― Solo son amigos.

―Eso no significa que ella no tenga sentimientos por él.

―Créeme, son más bien como dos hermanos empeñados en fastidiarse mutuamente cada vez que pueden.

―Cualquiera lo diría.

―¿Y tú no has hecho nada para sacarla de quicio, Sloan?

Me muerdo el labio con culpabilidad.

―La verdad es que la he provocado. ¡Pero me ha hecho orinar en un cubo! Y me ha roto el mando de la tele, eso sin hablar de que me ha tenido sin comer nada en todo el día. Me odia, te lo aseguro.

―Sky no te conoce. Para ella solo eres una civil que puede poner en peligro a la organización, y lo que es peor, a Tae Min. No es que te odie... eres un objetivo a abatir.

―Perfecto... he pasado de ser una mujer a ser un maldito objetivo.

Na Ri sonríe y rebusca en su bolso hasta sacar un mando nuevo y algunos libros pequeños.

―Te he traído un mando para la televisión y algunos libros de pasatiempos ―explica―. No sé si te gustan, pero...

―Solía hacerlos de pequeña con mi abuela ―sonrío―. Te lo agradezco.

―¿Necesitas algo más? Había pensado en traerte revistas de actualidad, pero es sábado y todas se han agotado.

―Con los pasatiempos y Netflix creo que sobreviviré.

Se sienta en la cama y suspira. Está verdaderamente cansada, puedo notarlo en sus ojeras y en su rostro cansado.

―Lamento de verdad que tengas que pasar por todo esto ―susurra.

―Yo solita me lo busqué, ¿no? Debería haberme ido a casa cuando el técnico se marchó, pero quise ser la maldita empleada del mes y darle a Tae el parte de lo ocurrido antes de hacerlo.

―He intentado hablar con él, asegurarle que confío en ti y que te deje libre, pero...

―No te escuchará, Na Ri. Él jamás confiará en mí.

―Os conocéis, ¿verdad? Os conocíais el día que viniste a hacer la entrevista.

―Sí, nos conocemos.

Ella asiente, comprendiendo un poco mejor la animadversión que siente Tae hacia mí. Quiero contárselo, decirle toda la verdad... pero no puedo hacerlo.

―Estuvimos juntos durante la universidad ―me veo diciendo―. Pero la cosa no terminó demasiado bien entre nosotros.

Es lo mínimo que puedo contar sin profundizar en ello. Ella parece entenderlo, porque asiente, pero no pregunta nada más.

―¿Te está tratando bien, Sloan? ¿Te ha... te ha...

―Se limita a ignorarme la mayor parte del tiempo, pero está pendiente de cubrir mis necesidades básicas ―susurro―. No me ha hecho daño, puedes estar tranquila.

―¡Bien! Bien... Me preocupaba que estuviera siendo demasiado brusco contigo.

―Después de lo de hoy, cualquier enfrentamiento que haya podido tener con él puede calificarse como una leve caricia.

Ella sonríe, toma el mando de la mesita de noche y se dispone a crearme un perfil en la aplicación de Netflix para que pueda ver lo que quiera. Cuando termina, se dirige a la cocina para preparar la cena, pero se detiene justo antes de llegar a la puerta.

―¿No vienes? ―pregunta.

―¿De veras puedo ir?

―Tae te ha soltado, ¿no? Eso significa que puedes moverte libremente por la casa.

―Te ha dicho que no me dejes hacerlo ―le recuerdo.

―No se enterará.

Me levanto de un salto y la sigo hacia la cocina.

Saca de unas bolsas de la compra carne, verduras y un saco inmenso de arroz, que guarda en uno de los muebles de la cocina después de llenar la arrocera.

Me pone a cortar algunos vegetales mientras ella corta otros, y pasamos la tarde cocinando una cena tradicional coreana.

Hay bulgogi ―una carne marinada que está deliciosa―, fideos de boniato, rollos de huevo con verduras, kimchi ―aunque este lo ha traído ya hecho de su casa― y ensalada picante de pepino, además del arroz.

Colocamos todo sobre la mesa del comedor y miramos nuestra obra, yo con más admiración que ella.

Me hace sentir bien haber sido capaz de ayudarla a preparar toda esta comida, y me ha asegurado que me apuntará las recetas para cuando esté en libertad...

si es que llega ese día. Como Tae parece no tener intención de llegar pronto ―y no le coge el teléfono―, nos sentamos a comer las dos juntas.

―¿Puedo hacerte una pregunta? ―digo de repente.

―Claro que sí, Sloan. ¿Qué ocurre?

―Mi abuela...

―No te preocupes, me encargué de enviarle un mensaje para que supiera que estás bien. Cree que estás con mi hermano en Corea del Sur, y que no puedes hablar con ella por el roaming.

―Te lo agradezco.

―¿Solíais hablar por videollamada?

―No ―reconozco―. Durante el tiempo que estuve viviendo en Cleveland apenas hablábamos por mensaje. Jamás se me ocurrió hacer una videollamada.

―¿Qué pasó para que os distanciarais?

Rompí el corazón de Tae Min, rompiendo el mío a su vez.

―Estaba demasiado ocupada entre el trabajo y los estudios, y cuando terminé de estudiar me centré tanto en el trabajo que...

Se me rompe la voz, porque sé perfectamente que lo hice muy mal con ella. Na Ri parece ver mi dolor, toma mi mano por encima de la mesa y la aprieta.

―Cuando regresé hace unos meses me di cuenta de lo mal que lo había hecho ―continúo―. Me había propuesto enmendarlo, cuidarla lo mejor que pudiera, y ahora...

―Oye, podrás seguir haciéndolo ―me anima―. No voy a permitir que mi hermano te haga daño, aunque para ello tenga que desafiar su autoridad.

―Terminarás muerta también.

―Claro que no. Como mucho me enviará de regreso a Busan, pero merecerá la pena.

La puerta se abre en ese momento dando paso a Tae, que está completamente borracho. Recuerdo que, cuando estábamos juntos, era uno de esos borrachos simpáticos que a todo el mundo agrada, pero ahora... ahora no sé qué debo esperar de él, la verdad.

―¡Na Ri-ya! ―exclama, lanzándose hacia su prima para abrazarla― Bogo shipeosseo ...

Na Ri sonríe, palmea su espalda con cariño y le lleva a la silla para sentarlo.

―Yo también te he echado de menos, oppa . ¿Dónde estabas?

―Por ahí... ―señala hacia la puerta― ¿Dónde estabas tú?

―Aquí mismo, esperándote.

Tae Min vuelve a abrazarla.

―Bebamos soju.

―¡Ah, no... ni hablar! ―ríe ella, levantándose― Ahora mismo vas a ir a darte una ducha para que se te pase la borrachera.

―Yo no estoy borracho... él lo está ―vuelve a señalar hacia la puerta.

―¿Quién es él?

―El italiano. Está enamorado de su cuñada, el muy imbécil.

―¿Le has traído aquí?

―Claro que no, no soy estúpido ―responde negando efusivamente con un dedo―. Lo he montado en un taxi y lo he mandado a Italia.

―Espero de veras que el pobre taxista haya sido capaz de sacarle su dirección...

―Lisa se la ha dado ―hipa.

―¿Y quién es Lisa, eh?

―La camarera. Tiene como mil años. Pero su uniforme era divertido... y rosa.

Na Ri se vuelve hacia mí con una sonrisa de disculpa.

―¿Me ayudas a llevarlo a la ducha, por favor?

Llevo un rato aguantándome la risa, porque he de reconocer que sigue siendo divertido ver a Tae borracho. La ayudo a llevarlo al cuarto de baño, pero salgo para darle privacidad.

―¡Joder, Na Ri! ¡Está fría! ―le escucho gritar.

―Haberlo pensado antes de beber más de la cuenta.

―¿Y por qué no me quitas los pantalones?

―Porque eres un hombre.

―Has visto todo lo que hay debajo, maldición.

―Sí... cuando tenías seis años. Espera aquí.

Na Ri sale del cuarto de baño completamente mojada, y ahora sí no puedo evitar reírme.

Ella me mira con un mohín, pero también sonríe.

Sale de la habitación y vuelve poco después con dos hombres a los que ordena sacar a Tae de la ducha y llevarlo al vestidor para cambiarle la ropa empapada.

Ella se queda mirándome, y en su rostro puedo ver algo de arrepentimiento cuando señala hacia la cadena que cuelga de la pared.

―Creo que será mejor que...

Asiento y corro al cuarto de baño para ocuparme de mis necesidades, me lavo los dientes y vuelvo a la cama, extendiendo la mano sin oponer resistencia.

―¿Estás bien con que lo acueste aquí? ―pregunta―. En su estado dudo mucho que se despierte hasta bien entrada la mañana. Solo hay esta cama en toda la casa, y no está en condiciones de dormir en el sofá.

―Duerme aquí todas las noches para vigilarme ―explico.

Na Ri arquea una ceja, pero no dice nada.

Los dos hombres acuestan a Tae a mi lado, y despidiéndose, Na Ri sale de la habitación, cerrando la puerta con suavidad.

Tomo mi nuevo mando a distancia y pongo Netflix, dispuesta a retomar la serie que dejé pendiente el día que me colé por error en donde sea que Tae estuviera.

No sé cuánto tiempo ha pasado, pero miro inconscientemente a Tae Min y me sobresalto al ver que está despierto, mirándome fijamente.

―Sloan... ―susurra― ¿De veras eres tú?

―¿Quién más puede ser? Duérmete.

―Te odio, Sloan ―confiesa―. Te odio tanto como te amo. ¿Tiene eso sentido?

Mi corazón empieza a latir a toda prisa ante sus palabras. Dicen que los borrachos y los niños dicen la verdad, pero no quiero creerlo, no quiero hacerme ilusiones vagas. Acerca su mano a mi mejilla y la acaricia con suavidad, arrancándome un gemido.

―Debería odiarte y hacerte pagar por lo que me hiciste. ¿Ethan, en serio? De todos los tíos que había en la universidad, ¿tuviste que engañarme con el más capullo?

―Tae, duérmete ―susurro desesperada, porque no quiero que sus pensamientos vayan en su estado por esos derroteros.

―Ese tío no se merece besar el puto suelo que tú pisas. Es egocéntrico, ególatra y prepotente. ¡Te subestimaba, joder! Se creía mejor que tú por el simple hecho de tener dinero.

Trago saliva. Ahora mismo es demasiado inestable y tengo miedo de lo que pueda pasar a partir de ahora. Le ignoro, poniendo mi atención en la televisión, pero no puedo evitar continuar escuchándole.

―Dinero... ―bufa con fastidio, cruzándose de brazos― Tengo más del que puedo llegar a gastar en esta vida. ¿Y de qué me sirve? ¡De una mierda! Me dejaste. Me abandonaste. ¡Yo te amaba, joder! Te amaba tanto que iba a dejarlo todo por ti. ¡Todo!

Sus palabras son como un jarro de agua fría para mí.

Sin poder evitarlo, mis ojos se llenan de lágrimas.

Tae se incorpora y las borra con sus labios de mis mejillas, de mis párpados, de mi boca.

En cuanto su boca roza la mía, mi cuerpo entero se deshace, y enredo los brazos en su cuello para atraerlo mucho más cerca de mí.

Su lengua se hunde en mi boca, tan cálida y suave como la recordaba.

No hay nada brusco ni cruel en este beso, sino todo lo contrario.

Sus manos amasan mis pechos sobre la camiseta, y cuando su dedo roza mi pezón, un gemido escapa de mi garganta.

―Muy bien, pequeña... Muéstrame cuánto te gusta...

Mi cuerpo entero entra en erupción cuando el calor de su boca cubre mi pecho, humedeciendo la tela.

Su lengua juega con mi pezón hasta que lo endurece, y arqueo la espalda hasta sentir su erección clavarse entre mis muslos abiertos.

Dios santo... hace tanto tiempo que no estoy con un hombre que empiezo a sentirme mareada.

Tae introduce la mano dentro de mis bragas y hunde un dedo entre mis labios, completamente mojados. Se lo lleva a la boca y lo lame con una sonrisa algo desfigurada... y es cuando caigo en la cuenta de que no podemos hacer esto.

Tae no está en sus cinco sentidos y yo... yo lo amo demasiado como para permitirle continuar.

Me aparto sin brusquedad, y cuando intenta volver a meter la mano en mis pantalones, se lo impido.

―Tae, no ―digo con firmeza.

Su sonrisa se transforma en una máscara de furia, y reconozco que me asusto de su expresión.

―¿Por qué cojones no? ―protesta.

―Porque has bebido y me odiarás mucho más cuando despiertes.

Se aparta mirándome de arriba abajo con asco.

―Has estado con él, ¿es eso? Blackwell te ha follado como la puta que eres y ya no tienes ganas de hacerlo conmigo.

Le abofeteo.

Levanto la mano y le golpeo con fuerza en la cara, llevada por el dolor que me han causado sus palabras. Pero su equilibrio es inestable debido a la bebida y termina cayendo hacia atrás, dando un golpe seco en el suelo. ¡Mierda!

Me asomo por el borde de la cama y compruebo, con alivio, que está roncando. ¡Roncando, maldita sea! Después de decir algo tan hiriente, está durmiendo a pata suelta.

¡Pues que duermas bien en el suelo, desgraciado!

Me acurruco en mi lugar de la cama, haciéndome un ovillo, y me cubro con las mantas. Mi cuerpo entero es un manojo de nervios. Ruega porque Tae lo toque, pero, a su vez, mi corazón está tan herido por lo que ha dicho que no puedo hacerlo. Antes de darme cuenta, estoy rompiendo en lágrimas.

Me lo merezco, desde luego. Merezco todo lo que quiera decirme por mucho que me duela. Pero eso no quiere decir que el dolor sea más llevadero.

Todo esto es culpa de su madre. De su estúpida mentalidad de mierda, de su superioridad de clases, de su cultura, a fin de cuentas.

Y la odio. La odio tanto por habernos hecho esto que no sé qué seré capaz de hacer si algún día me la echo a la cara.